Título: El desafío de Zhur

11– Acto 5: La Tierra de los Dragones

–Bueno, pues ya estamos todos aquí de nuevo –dijo Fabio; había cierta nota de tensión en su voz.
–Casi todos –corrigió Chimo–. Siento que Alicia lo dejara. No lo estaba haciendo tan mal, para ser una novata, ¿eh?
–No –admitió Alex, y no lo hizo a regañadientes–. Bueno, Raist, sigue con la aventura y acabemos cuanto antes.
Chimo cogió de nuevo su libreta. Se aclaró la garganta y abrió la sesión de juego:
–Os recuerdo vuestra situación: habéis llegado al Oráculo de la Clarividencia, uno de los dos grandes santuarios de la Iglesia de los Tres Soles. Estáis medio muertos y sin la sacerdotisa. Y en el edificio no hay puertas para entrar.
–Habíamos caído dormidos al pie del Oráculo –gruñó Víctor–. Sí, todo eso lo sabemos ya. ¿Quieres ir al grano?
–Vale, voy al grano: no os despertáis todos en el mismo sitio. Eva y Susana, al salón.
Las chicas cruzaron una mirada. Se levantaron y, obedientes, salieron de la habitación. Chimo miró gravemente a los tres chicos.
–Os despertáis dentro del Oráculo de la Clarividencia, en una sala muy luminosa, llena de enormes ventanales con vidrieras de colores. Os rodea un grupo de monjes. Uno de ellos, un celeste, se acerca a vosotros y os pregunta quiénes sois. ¿Quién es el portavoz?
–Yo –dijo Víctor–. Les digo que venimos de la Torre del Norte y vamos al límite del mundo porque hemos sido elegidos para el Desafío de Zhur.
–Los monjes se miran unos a otros –prosiguió Chimo–, y el Abad, el celeste que os ha hablado antes, vuelve a haceros una pregunta: quiere saber por qué sois solamente cinco.
–Les hablo del sacrificio de nuestra sacerdotisa –dijo Víctor, y Fabio percibió, no sin sorpresa, una cierta mueca de dolor y rabia en su expresión–. Y les digo que, a pesar de todo, Zhur no nos ha vencido.
Víctor se cogió la mano izquierda. Chimo no se dio cuenta del gesto, pero Fabio sí lo vio. Llevaba toda la semana fijándose en la mano de su amigo, y había comprobado que, aunque a él no le gustara comentarlo, lo cierto era que apenas podía moverla. “Como si no estuviera ahí”, se dijo Fabio, y se estremeció.
Si las suposiciones de Eva eran ciertas, y ellos estaban de alguna manera unidos a sus personajes, ¿hasta qué punto lo estaban?
–El Abad os dice que en el Oráculo podréis reponeros de vuestras heridas –prosiguió Chimo–. Por cada día que estéis allí, se os aumentarán dos puntos de vida.
–¡Genial! –saltó Alex.
–Yo tengo una pregunta –intervino Fabio–. ¿Y las chicas?
–Las mujeres no pueden entrar en un santuario de la Iglesia de los Tres Soles –explicó Chimo–, y los hombres no pueden entrar en uno de la Iglesia de las Tres Lunas.
–¿Y qué pasará con ellas?
Chimo se encogió de hombros.
–Que os esperen fuera. No hay excepciones, ni siquiera en este caso.
Fabio miró a sus compañeros.
–Nos ha puesto en un apuro –dijo.
–¿Por qué? –preguntó Alex.
–Pues porque ellas están en las últimas también. Si no llegan hasta el oasis, morirán. No pueden esperarnos.
–Pero si vamos todos juntos al oasis puede que no lleguemos. Necesitamos esos puntos de vida, Fabio.
Fabio se removió en su sitio, inquieto. Se sentía entre la espada y la pared.
–La guerrera sigue bajo un hechizo –les recordó a sus amigos–. Yo esperaba que en el Oráculo la librasen de él. ¿No puede salir un monje del Oráculo y echarle una mano?
–El Abad te dice que harán lo que puedan. ¿Qué hacéis?
Fabio seguía inquieto. Víctor le cogió del brazo y lo miró a los ojos.
–Si alguien puede controlar a la guerrera, ésa es Kali. Susana está en buenas manos.
–Querrás decir Iona –intervino Chimo.
Víctor se volvió hacia él y lo miró gravemente, como si lo viese por primera vez.
–Sí –dijo–. Sí, eso he querido decir.
Fabio miró a sus amigos y tomó una decisión:
–Descansamos unos días en el Oráculo –dijo, sintiéndose muy traidor–. Pero sólo hasta que nuestro nivel de vida esté aceptable.
Chimo sonrió.
–De acuerdo –dijo–. Entonces, salid fuera y decidles a ellas que entren.
Mientras esperaba en el salón, a Fabio se le hicieron los minutos eternos. Víctor estaba sentado junto a la ventana, y miraba las nubes, serio y pensativo. Alex jugueteaba, nervioso, con los cordones de sus zapatillas. Ninguno de los tres tenía ganas de hablar.
Hasta que por fin fue Víctor quien rompió el silencio.
–Estoy preocupado –dijo por fin.
–¿Por qué?
–Bueno… hemos dado por sentado que Alicia abandonó el juego, y que está bien. Pero… en fin, no he podido evitar pensar en mi mano. Si el caballero perdió la mano y ahora yo no siento la mía… ¿qué pasaría si el caballero muriese?
Tanto Alex como Fabio se quedaron helados, y un terror irracional les inundó ante lo que había insinuado su amigo.
–Quiero decir… –siguió Víctor, muy nervioso–. ¿Alguien ha visto a Alicia esta semana, en el instituto?
–Eh, para, tío, me estás acojonando –dijo Alex–. Yo no la he visto, pero eso no significa que no haya ido a clase. No viene a la nuestra.
–Bueno, yo tampoco la he visto, y eso que la he buscado.
–Quizá no sea nada –opinó Fabio; pero en su fuero interno, temblaba como un flan–. Quizá esté enferma. ¿La has llamado a casa?
–Tíos, eso que está diciendo Víctor es muy fuerte –dijo Alex–. ¿Queréis decir que nosotros… podríamos morir de verdad?
–Eh, no, vamos a ver. Estamos sacando las cosas de madre. Si a Alicia le hubiese pasado algo, nosotros ya lo sabríamos. Es una chica muy popular, y las noticias vuelan.
–Es verdad –asintió Víctor, aliviado–. Pero no tengo su teléfono: no puedo llamarla.
–Entonces –decidió Fabio–, le diremos a Eva que se ponga en contacto con ella.
La puerta de la cocina se abrió y salieron Eva y Susana. Ésta le dirigió a su hermano una feroz mirada de odio, y Fabio se quedó sorprendido y confuso por un momento. Parpadeó y lo primero que pensó fue que lo había imaginado; pero, por si acaso, volvió a mirar a Susana, que se había derrumbado en el sofá con una revista en las manos.
Eva cogió entonces a Fabio del brazo y le explicó en un susurro:
–No le ha sentado bien que os quedéis dentro del Oráculo y nos dejéis fuera.
–Ya. Escucha, Eva, hazme un favor: trata de ponerte en contacto con Alicia y averigua si está bien.
Ahora le tocó a ella sorprenderse, pero asintió sin poner objeciones.
Fabio, Víctor y Alex entraron en la cocina y volvieron a ocupar posiciones.
–Han pasado tres días –dijo Chimo sin ceremonias–. Sumaos nueve puntos de vida cada uno. Y ahora, ¿qué hacéis?
–Preguntamos a los monjes si pueden darnos algún consejo útil –dijo Víctor–, porque vamos a adentrarnos en la Tierra de los Dragones.
–Os explican cosas que ya sabéis; por ejemplo, que los dragones son criaturas superiores, que son hijos del dios del fuego y la diosa de la luz y que encarnan el poder absoluto. Y que sólo pueden con ellos unas criaturas a los que llaman “sheks”, y que fueron creadas por el dios oscuro. Los dragones y los sheks se odian a muerte.
–Entonces, estarán de nuestra parte –dedujo Fabio–, porque nosotros luchamos contra el dios oscuro.
–Sí y no. En principio los dragones os apoyan, pero una cosa son las razones divinas y otra las razones personales. Si invades el territorio de un dragón, puede que a éste no le siente nada bien… y tampoco les ha sentado bien que los dioses hayan elegido a simples mortales para aceptar el desafío. Si os topáis con un dragón maduro no tendréis problemas. Pero hay muchos, jóvenes e impetuosos, que ven a los mortales como simples mosquitos.
>> Y como a tales os tratarán.
–Si no hay nada más –concluyó Fabio–, nos despedimos y nos marchamos de allí.
–Bien. Salís del Oráculo y no veis a Iona y Kali por ninguna parte.
–Mierda –gruñó Fabio, sintiéndose muy, muy culpable–. ¿Qué les ha pasado?
–No lo sabéis. ¿Qué vais a hacer?
–Mmmm… –reflexionó Fabio–. Habrán seguido hacia el oasis. A ver, ese mapa.
Chimo extendió el mapa sobre la mesa.
–El norte de Awinor, la Tierra de los Dragones, es una prolongación del desierto de Kash-Tar –explicó–. Más allá, al sur de los Montes de Fuego, encontraréis a los dragones.
>> El oasis está a dos días de camino.
–Pues nos ponemos en marcha hacia allí.
Chimo asintió, y prosiguió con la narración.
En aquellos dos días, el elfo, el caballero y el bardo se cruzaron con un grupo de nómadas del desierto que les dijeron que habían visto a Iona y a Kali, y que les llevaban tres días de ventaja. También se encontraron con otro tipo de problemas: el bardo estuvo a punto de ser mordido por un escorpión venenoso, y, desafortunadamente, el caballero derramó el agua que les quedaba a un día de llegar al oasis.
Pero, finalmente, vieron a lo lejos una fila de palmeras desafiando al sol del desierto.
–Entráis en el oasis –dijo Chimo–. Allí habita una tribu de nómadas yan.
–¿Saben que matamos a su insecto sagrado? –preguntó Fabio.
–No; eso ocurrió muchos kilómetros al norte. En principio, éstos no tienen nada contra vosotros. Pero no tenéis a la guerrera. ¿Quién sabe hablar su idioma?
–Yo –dijo Alex–. Me acerco a ellos y les pregunto por Kali y Iona.
–Dicen que llegaron dos días antes, en muy mal estado, y que siguieron hacia el sur.
–¿¡Qué!? –exclamó Fabio–. ¿Ellas solas?
–El yan os dice que no sabe a dónde iban, pero que ocasionaron bastante revuelo. La noche que pasaron en el oasis, la guerrera atacó a la maga sin previo aviso. Estuvieron a punto de matarse la una a la otra, pero finalmente la maga dejó inconsciente a su compañera, se la cargó al hombro y abandonó el oasis sin mirar atrás.
Fabio estudiaba el mapa.
–¿Veis lo mismo que yo?
–No –dijo Alex–. ¿Qué hay?
–Una torre –respondió Víctor gravemente–. Una torre de la Orden Mágica.
–La Torre de los Espejismos –asintió Fabio–. Allí es a donde van. Hay que alcanzarlas. –Miró a Chimo–. Llenamos las cantimploras, nos avituallamos con dátiles o con lo que haya y seguimos adelante.
–Eh, para –protestó Chimo–. ¿No das una vuelta por los alrededores, no miras lo que tienen los mercaderes para vender?
En otras circunstancias, Fabio habría aceptado la sugerencia del master, porque ello significaba que seguramente había algún objeto mágico interesante para comprar; pero en aquel momento tenía mucha prisa.
–Yo, no. Los otros que se queden, si quieren.
–Vamos contigo –dijo Víctor, y Alex asintió.
–Entonces, al salón; les toca a ellas.
Fabio evitó mirar a Susana cuando se cruzó con ella, pero la mano de Eva rozó la suya, y él se sintió algo mejor.
Veinte minutos después fueron llamados de nuevo a continuar el juego.
Atravesaron el norte de Awinor y vieron cómo, poco a poco, el paisaje volvía a mostrarse verde, y la brisa era cada vez más fresca. En aquel tiempo fueron atacados por una patrulla de szishs, los temibles hombres-serpiente; se perdieron en una confusa niebla mágica, y el bardo cayó enfermo, víctima de una extraña fiebre del desierto.
Los dados rodaron una y otra vez sobre la mesa; los jugadores discutieron y regatearon con el master, perdieron y recuperaron puntos de vida…
Y, finalmente, llegaron a la Torre de los Espejismos.
–Veis seis torres en el horizonte, todas iguales –dijo Chimo–. ¿A cuál vais?
Alex exhaló un suspiro de desesperación. Fabio respiró hondo y cerró los ojos. No sabía si lo que iba a tratar de hacer era lo acertado, pero no se le ocurría nada mejor: intentó ver a través de los ojos del elfo. Se esforzó por lograr que su mente se uniese a la de él para observar las seis torres, igual que Alex había visto el swanit del desierto.
Y lo consiguió. Visualizó un cielo con tres soles y, bajo ellos, a lo lejos, seis torres… exactamente iguales.
Fabio frunció el ceño y se concentró. La visión de Sim, el elfo montaraz, era extraordinariamente aguda, y podía apreciar más detalles que el resto de la gente. Fue así como logró ver algo que al principio le había pasado inadvertido.
Abrió los ojos y volvió a encontrarse en la cocina de la casa de Chimo.
–… una tirada de Percepción –estaba diciendo éste.
–No hace falta –cortó Fabio–. Vamos a la cuarta torre empezando por la derecha.
Chimo se quedó con la boca abierta.
–¿Cómo…? –empezó, pero Fabio le interrumpió:
–Hay un mago asomado a la ventana de cada una de las torres –dijo–. Seis magos idénticos. Pero sólo a uno se le mueve la barba con el viento.
Sobrevino un silencio sepulcral.
–Fabio, tío –saltó Chimo–, eso no se hace: no se deben mirar los apuntes del master.
Fabio no sabía si Chimo fingía o no, pero decidió seguirle la corriente:
–Lo siento, la tentación era muy fuerte. No lo haré más.
–Pues no vale. Haz una tirada de Percepción.
Fabio tiró: un doce.
–¿Lo ves? –le espetó a su incrédulo master–. ¡Ya te dije yo que había visto moverse las barbas del mago! Y ahora apunta eso: vamos a la cuarta torre por la derecha.
–Vale –gruñó Chimo–. Vais a la cuarta torre empezando por la derecha.
>> Habéis llegado a la Torre de los Espejismos.
Los tres reprimieron un suspiro de alivio.
–¿Hay puerta? –preguntó Alex con guasa.
–Sí, hay puerta, y está abierta. ¿Qué hacéis? ¿Entráis?
–No –dijo Víctor–. No, yo no entro.
–¿Por qué?
–Porque no me fío de los magos. Si fui a la Torre de los Sortilegios fue porque lo ordenaban mis superiores, pero ahora no tengo por qué repetir la experiencia.
–Víctor, tío, no seas aguafiestas… –empezó Alex, pero Fabio intervino:
–No, déjalo. El caballero nos espera fuera. Nosotros entramos.
–Está bien –dijo Chimo–. Entráis.
>> Dentro os espera la Señora de la Torre del Sur. Ya la conocisteis en el primer acto, en la reunión con los jefazos de la Orden Mágica. Os recibe muy calurosamente y os pregunta qué ha sido de vuestros compañeros, porque, según dice, Zhur ha lanzado un hechizo de ocultamiento sobre vosotros, y los demás magos no pueden saber qué os ha pasado.
–Pues entonces le contamos lo de la sacerdotisa y le decimos que el caballero nos espera fuera. Y le preguntamos si sabe qué ha sido de las chicas.
–Dice que no. ¿Qué hacéis?
Alex y Fabio cruzaron una mirada.
–Las esperamos, ¿no? –dijo Fabio–. Pasarán por aquí.
–Muy bien. Pasan dos días. Descansáis allí, recuperáis fuerzas, el bardo se cura de su fiebre, de vez en cuando salís a visitar el campamento de vuestro amigo Althon, que sigue empeñado en no pisar la torre… y, al tercer día, recibís una visita.
Chimo se levantó y fue a abrir la puerta de la cocina. Asomó la cabeza al exterior. Cuando volvió a ocupar su lugar en la mesa, Eva entraba tras él.
–¿Y Susana? –preguntó enseguida Fabio.
–Se ha ido a casa.
–¿Cómo que…?
–Cuéntales, Eva –la invitó Chimo–. Ya saben lo que pasó en el oasis.
–Bueno –empezó ella tomando asiento–; pensábamos esperaros en el oasis, pero, como Iona tuvo otra de sus crisis, decidí que lo mejor era llegar a la torre cuanto antes.
>> Pero, a medio camino, nos encontramos con un dragón embrujado.
–¿Un dragón embrujado? –repitió Fabio.
–Sí… ¿os han hablado de los sheks?
–Sí: monstruos creados por el dios oscuro que pueden plantarles cara a los dragones.
–Eso es. Son enormes serpientes con alas de murciélago, del mismo tamaño que los dragones, pero sin patas, con el cuerpo más alargado, la cabeza triangular… no echan fuego por la boca, pero sus colmillos destilan el veneno más mortífero de todo este mundo, y sus poderes telepáticos son más intensos y letales que los de los mismos hijos de Nelier, la diosa del mar.
>> El dragón que nos salió al paso estaba controlado por un shek. Por eso nos atacó. Hicimos lo que pudimos, luchamos juntas codo con codo… pero, para cuando pude liberar al dragón de su embrujo, Iona…
–En resumen –cortó Chimo sin contemplaciones–, que os habéis quedado sin la guerrera. Un personaje menos. Ya sois sólo cuatro.
Fabio sintió una terrible furia dentro de sí. Su primer impulso fue saltar por encima de la mesa y estrangular a Zhur por haber enviado un dragón a matar a Iona… pero se contuvo a tiempo; cerró los ojos y contó hasta diez, tratando de tranquilizarse.
Cuando su cólera fluyó lejos de él, volvió a abrir los ojos, miró a sus amigos y pensó que, al fin y al cabo, era buena cosa que Susana estuviese por fin alejada de aquel juego.
–Todos lamentáis la muerte de la guerrera –prosiguió Chimo–, pero al vida sigue, y pronto os encontráis con otro problema. Mientras estáis hablando con Kali y la Archimaga, entra un mago muy apurado a deciros que se acerca un shek y viene derecho a la torre.
>> La Archimaga se apresura a ordenar que organicen las defensas y lancen un hechizo de protección sobre el edificio…
–¡Eh, que yo estoy fuera! –protestó Víctor.
–Exacto –corroboró el master–. Tú estás fuera y, por eso mismo, no sabes que viene el shek hasta que lo tienes encima.
–¿No se le puede avisar? –dijo Fabio, preocupado.
–Los magos están ocupados asegurando la protección de la torre.
–Entonces, salgo yo a avisarle.
–Vale. Veamos quién es más rápido, si tú o el shek.
Chimo y Fabio se miraron un momento a los ojos, y éste sintió con toda su fuerza el poder del Desafío de Zhur. Cada uno cogió un dado. Los dos lo tiraron a la vez.
Fabio sacó un cuatro.
Chimo, un seis.
–No llegas a tiempo –concluyó el master–. El shek llega a la Torre de los Espejismos; es demasiado inteligente como para caer en el engaño óptico, de manera que se dirige derechito a la torre auténtica. Se topa con todas las defensas mágicas organizadas pero… ¿qué es esto? Un caballero, solo, acampado al pie de la torre…
>> Como soy bueno, Víctor, Fabio llegará a ayudarte en el segundo turno, y Kali y Huril, en el tercero. Pero el shek te ha pillado por sorpresa. Ataca él primero.
–Pásame su ficha.
Chimo le alcanzó la hoja donde había descrito las características de la gigantesca serpiente alada. Víctor le echó un rápido vistazo y se quedó blanco como la cera.
–Ya te dije que los sheks eran criaturas muy poderosas –le recordó Chimo–. Tanto, tanto, que una vez lograron expulsar a los dragones del mundo. Claro que ellos finalmente consiguieron volver, y restauraron el poder de los seis dioses sobre el séptimo. Pero estuvieron bastante tiempo en el exilio.
–¿Ah, sí? –dijo Eva–. ¿Y a dónde fueron?
Chimo la miró un momento, como pensando si debía decírselo o no.
–Pues… –respondió por fin–. Los magos creen que los dragones se fueron a una misteriosa y aterradora dimensión paralela, que, por aquel entonces, no era muy diferente de la suya propia. Pero tenía un solo sol y una sola luna, y muy poca energía mágica, aunque en aquella época sí tenía caballeros, y guerreros, y puede que algún que otro mago.
–Nuestro mundo en la Edad Media –adivinó Fabio, y se estremeció.
–Eh, eh, dejad eso ya –protestó Víctor, agitando la hoja de la ficha del shek–. ¿Habéis visto esto? Estoy muerto.
–Puede que tengas suerte –dijo Chimo–. Veamos, el shek ataca. Se lanza sobre ti. –Cogió los dados–. Con un dos, la pifia: significa que es un shek cegato y que no te ha visto muy bien. En tal caso, podrías atacar tú…
–Y prologar mi agonía –suspiró Víctor–. Por lo menos me gustaría poder golpearle una vez con la espada…
–Está bien –suspiró Chimo–, haz una tirada de Suerte.
Víctor tiró los dados, y el resultado fue bueno.
–A lo lejos, en el cielo, hay una mancha roja que se acerca a gran velocidad –siguió relatando el master–. Tú no la ves, claro, pero el shek sí percibe su presencia, y se vuelve un momento para ver qué es. Ha perdido el turno. Te toca, caballero.
Víctor se lanzó sobre los dados y los hizo rodar por encima de la mesa: doce.
–¡Hala, has hecho pleno! –se admiró Alex–. ¡Buen golpe!
Chimo hizo sus cuentas con una media sonrisa.
–Vale, le has quitado tres puntos de vida.
–¿Sólo? –dijo Alex, desencantado–. ¿Y cuántos tiene?
–Setenta y siete –dijo Víctor en voz baja–. Dejadlo, tíos. Estoy muerto.
Chimo, con gran parsimonia, cogió los dados y tiró. Fabio ya sabía, de alguna manera, que no iba a sacar un dos, pero en su pecho había una llama de esperanza.
Cinco y tres. Chimo esbozó una sonrisa de triunfo y sacó cuentas.
–Te acaba de quitar veintitrés puntos de vida, así, de golpe –anunció.
–Eso es un crítico –dijo Víctor–. Adiós a Althon. Bueno, lo siento. Ahora sois tres.
Y añadió algo en voz tan baja que nadie lo oyó; pero Fabio habría jurado que su amigo había dicho: “Lo siento, Tamina”.
De pronto, ya a nadie le apetecía seguir jugando. Fabio no sintió la menor alegría cuando Chimo les informó de que la mancha roja que se acercaba volando era el dragón desencantado por Kali, el mismo que había matado a Iona, y que ahora llegaba para vengarse del shek que lo había hechizado. Siguió sin mucho interés la batalla entre las dos formidables criaturas; Chimo tiraba los dados por el shek, y Eva lo hacía por el dragón.
Finalmente, fue el gran reptil rojo el que ganó la batalla y, en compensación por haber matado a la guerrera, se ofreció a llevar a Sim, Kali y Huril volando sobre su lomo hasta los confines meridionales de Awinor: hasta el mismísimo límite del mundo.
Los tres compañeros pudieron por fin descansar antes de iniciar la siguiente etapa del viaje; pero ninguno de ellos tenía ya ganas de continuar.