Título: El desafío de Zhur

12– Saltar al otro lado

El elfo cerró lentamente los ojos para disfrutar de la luz del amanecer, y sonrió para sí cuando sintió la calidez del sol naciente en su rostro.
No importaba que de fondo se oyeran aquellos ruidos atronadores y aterradores, que el aire fuera opresivo y asfixiante, que aquel árbol en aquel parque fuese el único reducto habitable que había encontrado en toda la ciudad.
Volvía a ser él. O, al menos, en cierto modo.
Abrió los ojos, suspiró y se acomodó mejor sobre la rama. Algunos transeúntes madrugadores se quedaban mirándolo un momento; el elfo les devolvía la mirada y ellos sacudían la cabeza y seguían su camino, siempre con prisas, siempre con cara de sueño o de pocos amigos.
No debía de ser común en aquel mundo quedarse en cuclillas sobre la rama de un árbol para contemplar el amanecer.
Una chica de unos quince años pasó por debajo del árbol, pero no vio al elfo; éste, en cambio, se quedó mirándola pasar. Le gustaba observar, y la chica tenía algo que le traía recuerdos. Iba vestida con unos vaqueros y un jersey a rayas ajustado, y llevaba una cartera llena de libros al hombro. El cabello, suelto, era oscuro y rebelde, y los recuerdos asaltaron al elfo con mayor fuerza.
“Yo tuve una vez una hermana…”
Se enderezó y atrapó el recuerdo al vuelo en su mente. Sabía que era importante y que no debía dejarlo escapar.
Cerró los ojos otra vez y se dispuso a explorar aquella parte de sí mismo que no era él, que tanto miedo le daba, y que se llamaba Fabio.
Sintió terror, desesperación, rabia, impotencia… No eran sentimientos propios de un elfo, y buceó en su consciencia en busca de la causa que los provocaba.
Y recordó…
Recordó cómo Fabio había vuelto a su casa una tarde, una tarde trágica, y había preguntado por su hermana.
Oyó con gran claridad la voz de sus padres:
–¿Qué hermana? Fabio, no nos tomes el pelo: tú eres hijo único.
Revivió la desesperación de Fabio cuando, tratando de buscar vestigios de Susana, no halló ninguna huella de ella en ninguna parte, como si jamás hubiese existido. Su cuarto era ahora –siempre había sido– una sala de estar; en los álbumes familiares no estaba en ninguna foto, y nadie, absolutamente nadie, ni su familia, ni sus amigos, la recordaba.
Había llamado entonces a Víctor, un número de teléfono que conocía de memoria:
–No, te has equivocado: aquí no vive ningún Víctor.
Fabio había creído volverse loco. Había corrido a casa de Víctor: efectivamente, él no vivía allí. Su familia sólo tenía dos hijos, y no tres.
Nadie le conocía, ni a él ni a Susana, y, probablemente, tampoco a Alicia. Nadie les recordaba. ¿Por qué?
Su primer impulso fue llamar a Chimo y gritarle, y exigirle que le devolviera a su hermana y a sus amigos, pero no llegó a llevarlo a cabo.
Su segundo impulso, probablemente más sensato, fue acudir a hablar con Eva y con Alex.
El elfo sacudió la cabeza. Ahora recordaba qué hacía él allí: había quedado con ellos en el parque.
No habían ido al instituto en toda la semana, tratando de averiguar lo que estaba pasando. Ni siquiera Eva entendía muy bien por qué los que habían perdido en el juego de rol se habían desvanecido de pronto en la nada, como si nunca hubiesen nacido.
–¿Por qué los recordamos nosotros, entonces? –había preguntado Fabio.
–Porque nosotros los conocimos también en otro mundo, probablemente. Y, probablemente, es allí donde han muerto. De alguna manera, nosotros y nuestros personajes formamos una unidad. El caballero, la sacerdotisa y la guerrera murieron al otro lado; quizá…
Calló un momento. Luego miró a sus dos amigos, desolada.
–No sé –dijo–. Se me han acabado las explicaciones. Estoy asustada, muy asustada.
El elfo suspiró y apartó aquellos recuerdos de su mente. Había sido una semana muy confusa. A veces era Fabio y a veces era un elfo, y a veces veía su mundo de tres soles y tres lunas, y a veces vivía en aquel mundo aterrador, lleno de máquinas y ruido. Eva (o Kali, no lo tenía muy claro) le había dicho que eso era porque la frontera entre ambos mundos era ya tan fina que a veces se difuminaba, y los dos planos se superponían y parecían uno.
El elfo se incorporó, y quedó de pie sobre la rama, dejando que la brisa le revolviera el pelo.
Entonces oyó un ruido por la vereda, y miró hacia abajo. Allí estaba Eva, o Kali, atando su bicicleta a una farola. Él se quedó mirándola, y ella alzó la cabeza y le saludó, sonriente; pero a la aguda visión del elfo no se le escapó que la sonrisa era un tanto forzada.
–Baja de ahí, Fabio –dijo ella–. Tenemos que hablar.
El elfo saltó ágilmente, desde una altura de casi tres metros, y aterrizó sin ruido a su lado.
Ambos se sentaron al sol, al pie del árbol, sobre la hierba. Fabio advirtió que Eva llevaba una larga camisa azul, por fuera del pantalón; recordaba vagamente a la túnica de la maga Kali.
–Bueno, ¿qué vamos a hacer esta tarde? –preguntó él, sin rodeos.
–Mejor lo decidiremos cuando llegue Alex, ¿te parece?
–Sí. –Fabio echó un rápido vistazo al reloj–. Y llega tarde, como siempre.
–Tal vez no venga –murmuró Eva tras un breve silencio.
Fabio la miró, sorprendido.
–¿Quieres decir… que puede que se eche atrás?
–Ya lo conoces. Y no le culpo, en realidad.
Fabio calló un momento.
–No –dijo finalmente–. No, tienes razón. Yo tampoco. Y, si pudiera, daría media vuelta y saldría corriendo, no volvería por casa de Chimo y haría como si nada de esto estuviera ocurriendo. Pero no puedo. –Respiró hondo–. Digan lo que digan, yo tengo una hermana, y voy a hacer todo lo posible por recuperarla. Aunque, ¿te has parado a pensar que llegar al final no nos garantiza que recuperemos a los que hemos perdido?
–Llegar hasta el final significa derrotar a Zhur. Es él el que ha empezado todo esto, ¿no? Aunque, ¿por qué?
–Dijiste una vez que probablemente quería que ambos planos se uniesen.
–¿Eso dije? Bueno, pero era sólo una idea. Además, ¿para qué iba a querer eso Zhur?
–No sé. Esta la explicación típica de las pelis, claro: extender su poder hacia otro mundo.
–¿Crees que es eso?
–No sé, Eva. Eso pasa en las pelis y en los juegos de rol. Pero el mundo no está lleno de magos locos que buscan más poder. ¿O sí?
–Bueno, el mundo está lleno de locos que buscan poder, o dinero. Aunque, escucha… ¿y si no fuera Zhur?
–¿Qué quieres decir?
–¿Y si fuese el Séptimo, el dios oscuro, el que quiere que se unan los mundos? Piénsalo. Al otro lado tiene a seis dioses que lo controlan y lo mantienen a raya.
–Bueno, ¿y cuántos hay aquí?
–No sé. Puede que uno, puede que ninguno. No creo que el planeta entero se haya puesto de acuerdo sobre esa cuestión. En cualquier caso, no me apetece nada imaginar nuestro mundo plagado de hombres-serpiente y de serpientes aladas como la que se cargó a nuestro caballero…
–Y, si matamos a Zhur…
–Sí, puede que el hechizo se rompa. Puede que la mente de Chimo quede libre y nosotros nos desvinculemos de nuestros personajes. Entonces…
–Entonces Susana, Víctor y Alicia volverían a estar con nosotros, porque ellos nunca murieron; sólo han muerto Iona, Althon y Tamina, ¿no?
Eva asintió, y Fabio sonrió. Una nueva llama de esperanza ardía en sus ojos.
–¿Y qué podemos hacer?
–Yo estaba pensando en saltar al otro lado y combatir a Zhur allí.
Fabio calló un momento. Luego dijo:
–No sé qué quieres decir.
–Sí lo sabes: pasar a la otra dimensión, la de nuestros personajes. Es allí donde está Zhur, y donde tenemos que buscarle. ¿Qué te pasa? ¿Todavía tienes miedo de que esto no sea real?
Fabio miró hacia cualquier otra parte. Eva lo obligó a mirarle a los ojos.
–Fabio, no estás bien –dijo con suavidad–. ¿Qué te preocupa?
Él se apartó de ella, algo molesto. Eva adivinó lo que pensaba. Se le quedó mirando un momento, en silencio, y luego dijo en voz baja:
–No fue culpa tuya, Fabio.
El chico estalló.
–¡No intentes consolarme! Claro que lo fue. Maldita sea, tú lo sabes. Yo os dejé fuera. Fue mía la decisión de quedarnos en el Oráculo. Deberíamos haber seguido todos juntos.
–El dragón la habría matado igual.
–Pero yo habría podido hacer algo, alguna cosa. No esconderme cobardemente detrás de los muros del Oráculo.
–¿Eso crees que pasó?
–Y lo de Víctor también fue culpa mía –prosiguió Fabio, mortificándose sin piedad–. Alex iba a intentar convencerle de que entrase en la torre, y yo le dije que lo dejase estar. Si hubiésemos insistido, el caballero no se habría quedado fuera y…
–Vamos a ver, Fabio: ¿actuaste el algún momento con mala intención?
–En el caso vuestro, actué con egoísmo. Sólo pensé en nosotros y en los puntos de vida.
–Pues yo no estoy de acuerdo. Yo creo que las dos veces hiciste lo que creías correcto.
–Pero me equivoqué.
–¡Joder, Fabio, todo el mundo se equivoca!
Él la miró; Eva percibió entonces un inmenso dolor y rabia contenida en sus ojos.
–Todo el mundo toma decisiones todos los días, y todos se equivocan alguna vez –dijo–. Pero en este mundo generalmente nadie muere cuando te equivocas.
Se separó de ella y apoyó la espalda en el tronco del árbol; parecía muy cansado.
–De eso tengo miedo –añadió en voz baja–. Cuando juegas a rol tomas decisiones y mueren personajes de vez en cuando; pero lo más grave que puede pasar es que algún amigo tuyo se cabree porque ha perdido un personaje que tenía una ficha muy buena. Pues se hace otra, y ya está. Puede que llegue a ser mejor que la anterior.
>> Pero en este juego, Eva, si tomas decisiones y te equivocas puede morir gente de verdad. Eso es lo que me da miedo. No temo por mí, pero…
–Eso se llama responsabilidad –cortó Eva amablemente–. Y la responsabilidad está presente todos los días en todas las decisiones que tomas, aunque no dependan vidas de ello.
>> Y en una cosa te equivocas: en este mundo sí hay decisiones de las que depende la vida de otras personas. Por ejemplo, los médicos las toman cada dos por tres. O los jueces. O los políticos. Y puede que tú, dentro de un par de años, cuando tengas carnet de conducir decidas conducir una noche con unas copas de más, o no conducir.
>>En todo mundo donde hay vida y hay muerte existe un riesgo al tomar decisiones. Es cierto que nuestro mundo, o al menos el país donde vivimos, es más seguro que los mundos salvajes de los juegos de rol. Por eso jugamos a rol, ¿no? Para sentir el riesgo. Para tomar decisiones… sin responsabilidades.
>> Ya es hora de que aprendamos… tú, y yo, y todos… a aceptar la responsabilidad de nuestros actos. No estaría bien que huyeras de ella, Fabio, pero el sentimiento de culpa tampoco debe paralizarte. Has tomado una decisión, te has equivocado. Si crees que lo de Víctor y Susana ha sido culpa tuya, haz algo para arreglarlo. No escurras el bulto.
–Pero quedáis Alex y tú…
–Quedamos los tres. Y sólo nosotros tres podemos hacer que todo vuelva a ser como antes.
Fabio inclinó la cabeza. Se sentía confuso y mareado.
Eva levantó la mirada: alguien venía corriendo por el sendero del parque.
Era Alex. Se paró cuando los vio, y se acercó a ellos con gesto decidido y sombrío.
–Buenos días –saludó.
–Buenos días –dijo Eva–. Ya creíamos que no venías.
Alex sonrió, algo incómodo.
–Si queréis que os diga la verdad, también yo creía que no vendría. Estaba mejor en casa, en mi cama. Aún no sé qué estoy haciendo aquí.
–El dios Yohavir tenía razón –murmuró Fabio–. Eres un buen tío.
Alex cruzó una mirada con Eva.
–¿Qué le pasa a éste?
Ella decidió no andarse con rodeos.
–Hemos decidido saltar al otro lado, Alex.
Fabio apenas escuchó la conversación entre los dos. Oyó como en un sueño cómo Eva trataba de convencer a Alex de que aquello sí era posible, si se concentraban y dejaban que su mente fluyera hasta la mente de sus personajes en la otra dimensión.
Fabio sabía, de alguna manera, que podían hacerlo. Y que, si no lo habían hecho aún, era porque no querían.
Porque tenían miedo.
Si fracasaban y Zhur les derrotaba… ¿qué pasaría? ¿Se fusionarían ambas dimensiones en una, definitivamente? ¿Entraría el Séptimo en su mundo? Y, de ser así, ¿qué ocurriría?
Fabio se sentía inseguro, lleno de miedo, de rabia, de dudas. Sabía que el elfo no era así, ni se sentía así.
Pero el elfo no había perdido una hermana.
–Tu oíste lo que contó Chimo sobre los dragones –estaba diciendo Eva–. Los lazos entre ambos mundos comenzaron hace mucho tiempo; nosotros sólo los hemos reforzado. Si los dragones pudieron venir aquí, ¿por qué no podemos ir nosotros allí?
–No sabemos cómo, Eva.
–No creo que haga falta planteárselo demasiado –intervino Fabio–: ya estamos con un pie allí, ¿no os parece?
Sobrevino un silencio.
–He estado pensando –dijo entonces Fabio–. Creo que, si abandonamos, Zhur habrá vencido. Y no quiero ni pensar en lo que vendrá después.
–¿Entonces…?
–Creo que, por muy mal que nos vaya si seguimos adelante, al menos tendremos una oportunidad de arreglar las cosas. Si nos quedamos parados, habremos perdido definitivamente.
Fabio miró a sus amigos. Alex temblaba. Eva tenía los ojos húmedos.
Los dos estaban muy asustados.
–No quiero tomar la decisión por vosotros –dijo–. Pero yo tengo que seguir adelante, porque tengo una hermana que recuperar.
–Jo, macho, hablas como el agente Mulder… –intentó bromear Alex, pero enseguida se dio cuenta de que su gracia estaba fuera de lugar–. Lo siento, tío. Ya sé que esto es serio.
>> Tú tendrás una hermana que recuperar, pero yo he perdido a Víctor, mi mejor amigo… ¿qué digo?… Mi hermano adoptivo. Y le echo de menos, todos los días, a todas horas. Y me desespera que la gente no le recuerde, y que actúen como si él nunca hubiese existido. No se merece esto, no haber existido… yo sé que sí ha estado con nosotros, y quiero que la gente lo sepa también.
Eva se secó una lágrima indiscreta.
–Yo también voy a seguir –dijo–. Ya sabéis por qué.
–Yo, no –confesó Alex–. ¿Por qué estás tan segura?
–No lo estoy –respondió ella–. Pero sé lo que es la responsabilidad. Y yo también me siento responsable. No sé lo que pasará si Zhur y el Séptimo logran cruzar a este lado… pero sí sé que sólo nosotros tres estamos en situación de impedirlo.
Fabio asintió. En algún lugar, dentro de él, al otro lado, el elfo aplaudía su decisión.
–… porque nosotros tres –concluyó Eva–, aceptamos el Desafío de Zhur, y tenemos que ser consecuentes con lo que decidimos entonces.