Título: El desafío de Zhur

13– Acto 6: El Límite del Mundo

–Me mosquea que la gente decida no venir más a las partidas cuando les matan el personaje –declaró Chimo al comprobar que sólo eran cuatro aquella tarde.
–Prueba a llamarles, a ver si todavía existen –murmujeó Alex.
–¿Qué?
Fabio le dio un pisotón a Alex por debajo de la mesa para que cerrara la boca. Los tres supervivientes habían decidido, de común acuerdo, no contarle nada a Chimo; debían asegurarse de que el vínculo entre él y Zhur seguía ahí, para que ellos pudiesen saltar al otro lado. De lo contrario, si Chimo trataba de romper aquel control, tal vez ambos mundos se separaran antes de que ellos lograsen derrotar al hechicero y recuperar a los amigos que habían perdido.
–No he dicho nada –se apresuró a responder Alex–. Anda, comencemos de una vez.
–Bueno. –El master cogió sus papeles–. Os pongo en situación: el elfo, la maga y el bardo sobrevuelan Awinor a lomos de un dragón, en dirección al límite del mundo. ¿Alguno de vosotros padece de vértigo?
Alex se puso lívido, y consultó su ficha.
–Tío, no me hagas esto… –protestó.
–Tira.
Alex cogió los dedos y tiró. No tuvo mucha suerte esta vez.
–Se te revuelve el estómago –decretó Chimo–. Quítate un punto de vida.
Alex cogió el lápiz con cara de circunstancias, pero cerró los ojos de pronto y se sujetó el estómago con una mano. Miró a sus amigos con expresión de angustia.
–¿Qué es lo que pasa? –preguntó Chimo, frunciendo el ceño.
–Tengo que ir al baño –murmujeó Alex, y se levantó precipitadamente.
–Desde luego, este tío es un notas –comentó Chimo con un suspiro exasperado.
Eva cruzó una mirada con Fabio, y éste asintió, casi imperceptiblemente: si Alex se había mareado de verdad, eso sólo podía significar una cosa: estaban ya tan unidos a los componentes del grupo de aventureros que se acercaba la hora de fusionarse con ellos completamente.
Alex regresó, algo pálido, y volvió a tomar asiento. Eva se ofreció para prepararle una manzanilla con limón para el estómago; él aceptó, y Chimo le indicó a la chica dónde guardaba su madre las infusiones. Apenas unos minutos más tarde el agua borboteaba alegremente en el cazo, y pronto la manzanilla estuvo ya preparada.
–Bébetela –le dijo a Alex, al ver que éste miraba la taza con reparos–. Es mano de santo.
–Bueno –dijo Chimo, tratando de retomar la partida–. Como decía, voláis sobre Awinor…
Fabio apenas le escuchaba: por debajo de la mesa, Eva acababa de coger su mano, y el chico sabía que también había agarrado la de Alex.
Era la señal convenida.
Fabio alargó la mano libre bajo la mesa para encontrar la mano libre de Alex. Los tres amigos quedaron unidos en un círculo.
–…A lo lejos –seguía diciendo Chimo–, veis una bruma misteriosa y oscura que cubre el horizonte…
Los tres cerraron los ojos y trataron de visualizar lo que iba describiendo el master.
–…allá donde el cielo se confunde con el mar…
Fabio buscó en su mente la consciencia de Sim, el elfo montaraz. Ambas mentes se encontraron a través del pasillo interdimensional.
–…donde las cosas no son lo que parecen…
Las dos consciencias se aferraron como en un abrazo.
–… de donde nunca nadie ha regresado…
Fabio sintió una mareante sensación de vértigo. Todo giraba a su alrededor, y él oprimió con más fuerza las manos de sus amigos, para sentir que aún estaba sujeto a algo sólido y real.
–…es el Límite del Mundo –concluyó Chimo.
“¡Voy por ti, Susana!”, pensó Fabio antes de dejar de ser Fabio…

 

Sim abrió los ojos después de un breve momento de mareo. Había vuelto a tener aquellas extrañas visiones, y giró la cabeza para mirar a Kali. Ella le sonrió tranquilizadoramente: sí, le había dicho más de una vez, estaban conectados de alguna manera con otro mundo. Pero eso no tenía por qué ser malo.
Sim no lo consideraba malo; simplemente, preocupante. Aunque intuía que aquel mundo que vislumbraban no tenía que ver con Zhur ni con el Séptimo, le inquietaba. “Quizá lo que hayamos visto sea Erea, el mundo de los dioses”, le había dicho una vez a la maga. “Quizá”, había respondido ella.
El elfo levantó involuntariamente la vista hacia la más grande de las tres lunas, que asomaba entre las brumas, donde tradicionalmente se había pensado que estaba situado el reino divino. Quizá…
Un gemido le hizo volver a la realidad: Huril, el bardo, seguía indispuesto. Sim se sonrió para sí. A aquel humano siempre le pasaban cosas raras.
Él, por el contrario, se sentía en la gloria, volando sobre los lomos de aquel poderoso dragón, sintiendo el viento en el rostro y el mundo a sus pies, a pesar de las amenazadoras brumas que cubrían el horizonte.
El gran dragón giró la cabeza hacia ellos:
–¡Preparaos para bajar! –dijo, y su voz sonó como el redoble de un inmenso tambor.
Sim sintió los brazos de Kali rodeándole la cintura. Recordó de pronto a Iona, la valiente guerrera, y se preguntó por qué sentía ahora aquel peso en el corazón al pensar en ella. “No sabía que hubiese sentido tanto su pérdida”, pensó.
Pronto tuvo que atender a otros asuntos. Huril gemía otra vez, porque el dragón descendía a una velocidad vertiginosa.
Enseguida tomarían tierra. Abajo, Sim sólo veía un páramo frío y desolado. Su mente volvió de nuevo a su misión, y a lo que les esperaba más allá del límite.
Y aquel extraño peso en el corazón… Sin saber muy bien lo que hacía, o por qué lo hacía, cogió la mano de Kali y la oprimió con fuerza.
El dragón se posó en tierra, levantando una gran polvareda. Cuando el ambiente se despejó, Sim saltó ágilmente al suelo, y ayudó a descender a Kali.
Huril se quedó un momento arriba, con el rostro ceniciento. El elfo iba a echarle una mano a él también, pero el bardo se repuso prontamente y, de un salto, bajó a tierra. Dio la sensación de que todo su cuerpo se lo agradecía sinceramente.
Sim clavó sus ojos almendrados en el horizonte.
–Aún falta bastante para llegar –observó.
El dragón inclinó la cabeza, pesaroso.
–Lo siento –dijo–. No puedo llevaros más allá.
Sim no quiso discutir, y se limitó a asentir con la cabeza. Pero no pudo evitar que un escalofrío le recorriese la espalda: los dragones eran los seres más poderosos del mundo, y ellos tenían que seguir hacia el lugar donde uno de ellos no se atrevía a adentrarse.
Apenas se dio cuenta de que el dragón alzaba el vuelo y los abandonaba, pero, cuando se fue, se sintió muy solo y frágil. Miró a sus compañeros. Kali estaba cerca de él, en cuclillas, observando el horizonte pensativa. Huril se había sentado en el suelo y estaba terminando de recuperarse.
Y el dragón rojo no era ya más que una mancha en el cielo nublado.
–Bueno –dijo Huril–. Y ahora, ¿qué hacemos?
Sim suspiró. Echaba de menos la determinación del caballero, el arrojo de la guerrera, la fe de la sacerdotisa. Empezaba a comprender por qué los habían elegido los dioses: se complementaban unos a otros.
Pero ahora, sólo quedaban tres del grupo original.
Kali no respondió enseguida.
–Siento la energía negativa que fluye del escondite de Zhur –dijo por fin–, y sé dónde está.
Se levantó, con gesto decidido, dispuesta a seguir adelante.
–Sólo somos tres –dijo Huril–. ¿Qué podemos hacer nosotros?
–No mucho más siendo seis, os lo aseguro.
El bardo se la quedó mirando.
–¿Quieres decir que, desde el principio, ha sido una empresa suicida?
–No. Quiero decir que no creo que sea ésta una batalla que se gane por la fuerza.
–Entonces, ¿cómo?
Kali se encogió de hombros.
–Improvisaremos.
Huril no pareció muy convencido, pero no puso objeciones. Los tres se levantaron y echaron a andar hacia adelante, hacia las nieblas del fin del mundo, sin una palabra.
Caminaron durante cuatro días y cuatro noches, alimentándose de las raíces y frutos de las escasas y extrañas plantas que crecían en el páramo. Aparte de ellas, ningún ser vivo parecía habitar allí.
Finalmente vieron a lo lejos una altísima cadena de montañas rojizas.
–Es allí –dijo Kali.
Una ráfaga de viento frío les azotó el rostro. Sim se estremeció.
“No estás solo”, le susurró una voz interior.
–Adelante –dijo entonces–. De nosotros depende el futuro del mundo.
Echó a andar, y sus compañeros le siguieron
Al anochecer alcanzaron la falda de la montaña., y decidieron acampar; el rugido del viento era terrible y amenazador incluso allí, al abrigo de los grandes bloques de piedra, de manera que ninguno fue capaz de dormir.
Un par de horas después, los alertaron unos silbidos y siseos que venían con el aire.
–Sim… –dijo Kali, incorporándose; pero el elfo ya se había puesto en pie y escudriñaba la oscuridad con su visión nocturna.
–Szish –dijo Huril–. Si podemos oírlos, es que ya los tenemos encima.
Los tres formaron un círculo, espalda contra espalda, para cubrirse unos a otros y vigilar mejor las sombras. Poco a poco, los hombres-serpiente fueron apareciendo a su alrededor. Sus ojos brillaban en la oscuridad y su lengua bífida producía un siseo aterrador.
–Son demasiados –jadeó Huril.
–Nunca son demasiados –replicó Sim, disparando la primera flecha.
Sin embargo, no pudo evitar preguntarse qué esperaban los dioses que hiciesen ellos tres, solos contra aquel formidable enemigo.
De las sombras surgían más y más szishs, como nacidos de la peor de sus pesadillas.
–No quieren matarnos –dijo entonces Kali–. Nos quieren vivos.
–¡Nunca!
Sim colocó otra flecha en su arco y tensó la cuerda. Kali lanzó una bola de fuego.
Sin embargo, la batalla no fue muy larga. Apenas unos minutos más tarde, los tres compañeros avanzaban, desarmados y maniatados, entre una tropa de szishs que los mantenían a raya con sus afiladas lanzas.
–Si nos llevan ante Zhur –dijo Kali en voz baja–, tal vez tengamos una oportunidad.
–¿Y entonces qué? –replicó Huril, con rabia–. ¿Por qué los dioses escogen a seis aventureros corrientes y molientes y el Séptimo elige a un poderosísimo mago? ¿Por qué nosotros, eh? ¿Qué oportunidades tenemos? ¿Es que no había magos y archimagos en todas las torres? ¿Es que…?
Uno de los szish le propinó un puntapié, y el bardo calló.
Pero, aunque no lo dijera, Sim se veía asaltado por las mismas dudas.
¿Por qué ellos?
Los szish los condujeron hasta la entrada de una inmensa cueva, y les empujaron para que entrasen. Kali se quedó quieta, pálida y con los ojos muy abiertos.
–¿Qué pasa? –preguntó Sim.
–¡¡No!! –La maga trató de dar media vuelta y escapar, pero los hombres-serpiente la obligaron a volver con el grupo.
–¿Qué pasa? –repitió Sim.
Ella no respondió, pero sus ojos seguían mostrando un profundo terror.
Entraron en la cueva, y la oscuridad se los tragó. Mientras recorrían un larguísimo túnel que parecía hundirse cada vez más en las entrañas de la tierra, Sim empezó a notar que un terror irracional le invadía hasta el tuétano de los huesos. Y, poco antes de que los szishs los metieran a empujones en una enorme cámara subterránea iluminada por el resplandor rojizo de varios fuegos mágicos, el elfo ya sabía lo que les esperaba.
La criatura descansaba al fondo de la sala. Su enorme cuerpo de innumerables anillos estaba enroscado sobre sí mismo, y había plegado sus alas membranosas para moverse por la cueva con mayor comodidad.
Alzó la cabeza cuando los sintió llegar, y la inclinó sobre ellos para verlos mejor. Su lengua bífida producía un siseo aún más terrible que el de todo un ejército de szishs.
Era una visión aterradora y sobrecogedora porque, pese a todo, aquella criatura era fascinante y magnífica, y poseía una belleza misteriosa y letal. Los sheks habían nacido de las entrañas de la tierra cuando el mundo era aún muy joven, y eran los hijos predilectos del dios oscuro, prácticamente semidioses, quizá por encima de los mismísimos dragones.
“Vaya”, dijo el shek. “Así que sólo quedáis vosotros tres”.
–Queremos ver a Zhur –exigió Sim, fingiendo un aplomo que estaba lejos de sentir.
Una risa baja hizo que el cuerpo de la serpiente alada se convulsionase ligeramente. Sus ojos relumbraron con un resplandor irisado.
“¿Y qué os hace pensar que habéis alcanzado el final? “, preguntó. “Para llegar hasta Zhur, antes tenéis que derrotarme a mí”.
Sim se hundió. Ellos eran sólo un elfo y dos humanos, maniatados y sin armas. No podían contra un shek, cuya fuerza no radicaba sólo en su enorme tamaño o en su mortífero veneno, sino también en su gran inteligencia y en sus poderes telepáticos; la mente de un shek era más evolucionada que la de cualquiera de las criaturas de la tierra, y ello incluía también a los dragones y a los unicornios.
No había nada que hacer. Incluso si alguno de los tres concibiese un plan desesperado, el shek leería en su mente antes de que pudiesen mover un dedo.
La criatura sonrió.
“Exacto”, dijo, y su voz resonó en las mentes de todos. “Habéis perdido”.
Hubo un momento de silencio. Y después, lentamente, el shek desenroscó sus inmensos anillos y se deslizó por la enorme cueva. Su sinuoso cuerpo de serpiente rodeó a los compañeros, que retrocedieron hasta quedar muy juntos, temblando de puro terror.
Entonces, por encima del horrible siseo de la criatura, Sim empezó a escuchar un extraño sonido, que le resultaba ligeramente familiar, pese a que, estaba seguro, era la primera vez que lo oía.
Miró a su alrededor, y enseguida descubrió de qué se trataba.
Huril, el bardo, estaba cantando.
Era una canción sin palabras, que parecía provenir de otro mundo, de otro tiempo. Era algo totalmente distinto a lo que Sim había oído hasta entonces y, aunque conocía la voz de Huril, porque lo había oído recitar en más de una ocasión, aquella vez le parecía que tenía un tono especial, como de embrujo, como si su amigo estuviese en trance.
Sim ladeó la cabeza y cerró los ojos. No importaba lo que pasase a continuación; la melodía de Huril era tan hermosa que rompía el corazón.
Sintió que Kali le cogía suavemente del brazo.
–Es el Canto del Cisne –le dijo ella en voz baja–. Mira.
El elfo abrió los ojos y se encontró con una escena sorprendente.
Huril seguía plantado en el centro de la caverna, con las manos atadas a la espalda, la cabeza bien alta, los ojos brillantes y una expresión extática en el rostro mientras cantaba su última canción, belleza pura, que flotaba en el ambiente y atrapaba los corazones de cualquiera que la escuchara.
Frente a él estaba el shek., mirándolo fijamente con sus ojos irisados. Había vuelto a enroscar su cuerpo, y su cabeza descansaba sobre él, en ademán atento y calmoso. Parecía haberse olvidado por completo de sus otros prisioneros.
Huril seguía cantando, y Sim no entendía muy bien qué estaba sucediendo. Recordó de pronto algo que alguien le había dicho una vez, no recordaba quién, ni cuándo, ni dónde: “un canto tan bello que conmovería a las mismísimas piedras…”
Sacudió la cabeza, confundido.
–¿Qué está pasando? –susurró.
–Los sheks poseen una inteligencia fuera de lo común –respondió Kali en el mismo tono–. Son especialmente sensibles a la belleza.
Sim sacudió la cabeza de nuevo para tratar de librarse del embrujo del canto de Huril y miró a su alrededor, en busca de una escapatoria. Hacía tiempo que los szishs se habían marchado, pero al elfo no le parecía prudente adentrarse por el túnel por donde los habían traído. Descubrió otra salida un poco más allá, y se la señaló a Kali, que asintió.
Sim hizo ademán de ir hacia allí, pero se detuvo, indeciso, y miró hacia atrás.
Hacia Huril, que seguía cantando.
–No podemos dejarle ahí –dijo, pero Kali negó con la cabeza.
–Está sentenciado, Sim. Si le llevásemos con nosotros, moriría igual. El suyo es un canto de muerte.
Sim se estremeció. No entendía muy bien las palabras de Kali, pero intuía lo que ella quería decir, y no le gustó nada.
Los dos alcanzaron el túnel en silencio. Pero, cuando iban a adentrarse por él, el shek se dio cuenta de que se escapaban, y el embrujo se rompió.
Con un terrible siseo, la enorme serpiente se alzó sobre su cuerpo escamoso, abriendo al máximo sus gigantescas alas de murciélago, hasta cubrir toda la cueva, y se abatió sobre ellos. Sim tiró de Kali, y los dos fugitivos lograron entrar antes de que los mortíferos colmillos del shek alcanzasen la boca del túnel.
El terrible golpe hizo que del techo se desprendiese un alud de piedras. Sim huyó por el túnel, mientras una lluvia de roca caía sobre ellos.
Oyó entonces que la maga gritaba, y volvió sobre sus pasos para buscarla. La encontró agazapada en un rincón del túnel, encogida sobre sí misma y cubierta de polvo. A su alrededor había grandes fragmentos de piedra.
Sim se inclinó sobre su amiga.
–¿Estás bien?
Kali alzó la cara sucia para mirarle a los ojos. No podía verle, porque estaba oscuro, pero el elfo sí podía verla a ella. Y vio que estaba malherida.
Miró hacia atrás. El alud de roca había taponado la entrada del túnel. Detrás habían quedado el shek y Huril, el bardo.
Sim movió la cabeza con tristeza. Era irónico, pero quien mejor había sido capaz de apreciar la belleza de aquel canto último había sido, con toda seguridad, la enorme serpiente alada.
–Se acabó –dijo–. Busquemos una salida y volvamos a casa.
–No puedes hacer eso –murmuró ella–. Hemos de seguir adelante, para recuperar a los que hemos perdido.
–No vamos a recuperar a los que hemos perdido, Kali. Están muertos.
–Yo voy a seguir –dijo ella, y trató de ponerse en pie.
Pero perdió el sentido y cayó en brazos de Sim, que cargó con ella con delicadeza. Se dio cuenta entonces de que la única salida posible era seguir adelante por aquel túnel.
Y eso hizo, llevando en sus brazos a la maga inconsciente.