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Acto 6: El Límite del Mundo
–Me
mosquea que la gente decida no venir más a las partidas cuando
les matan el personaje –declaró Chimo al comprobar que
sólo eran cuatro aquella tarde.
–Prueba a llamarles, a ver si todavía existen –murmujeó
Alex.
–¿Qué?
Fabio le dio un pisotón a Alex por debajo de la mesa para que
cerrara la boca. Los tres supervivientes habían decidido, de
común acuerdo, no contarle nada a Chimo; debían asegurarse
de que el vínculo entre él y Zhur seguía ahí,
para que ellos pudiesen saltar al otro lado. De lo contrario, si Chimo
trataba de romper aquel control, tal vez ambos mundos se separaran
antes de que ellos lograsen derrotar al hechicero y recuperar a los
amigos que habían perdido.
–No he dicho nada –se apresuró a responder Alex–.
Anda, comencemos de una vez.
–Bueno. –El master cogió sus papeles–. Os
pongo en situación: el elfo, la maga y el bardo sobrevuelan
Awinor a lomos de un dragón, en dirección al límite
del mundo. ¿Alguno de vosotros padece de vértigo?
Alex se puso lívido, y consultó su ficha.
–Tío, no me hagas esto… –protestó.
–Tira.
Alex cogió los dedos y tiró. No tuvo mucha suerte esta
vez.
–Se te revuelve el estómago –decretó Chimo–.
Quítate un punto de vida.
Alex cogió el lápiz con cara de circunstancias, pero
cerró los ojos de pronto y se sujetó el estómago
con una mano. Miró a sus amigos con expresión de angustia.
–¿Qué es lo que pasa? –preguntó Chimo,
frunciendo el ceño.
–Tengo que ir al baño –murmujeó Alex, y
se levantó precipitadamente.
–Desde luego, este tío es un notas –comentó
Chimo con un suspiro exasperado.
Eva cruzó una mirada con Fabio, y éste asintió,
casi imperceptiblemente: si Alex se había mareado de verdad,
eso sólo podía significar una cosa: estaban ya tan unidos
a los componentes del grupo de aventureros que se acercaba la hora
de fusionarse con ellos completamente.
Alex regresó, algo pálido, y volvió a tomar asiento.
Eva se ofreció para prepararle una manzanilla con limón
para el estómago; él aceptó, y Chimo le indicó
a la chica dónde guardaba su madre las infusiones. Apenas unos
minutos más tarde el agua borboteaba alegremente en el cazo,
y pronto la manzanilla estuvo ya preparada.
–Bébetela –le dijo a Alex, al ver que éste
miraba la taza con reparos–. Es mano de santo.
–Bueno –dijo Chimo, tratando de retomar la partida–.
Como decía, voláis sobre Awinor…
Fabio apenas le escuchaba: por debajo de la mesa, Eva acababa de coger
su mano, y el chico sabía que también había agarrado
la de Alex.
Era la señal convenida.
Fabio alargó la mano libre bajo la mesa para encontrar la mano
libre de Alex. Los tres amigos quedaron unidos en un círculo.
–…A lo lejos –seguía diciendo Chimo–,
veis una bruma misteriosa y oscura que cubre el horizonte…
Los tres cerraron los ojos y trataron de visualizar lo que iba describiendo
el master.
–…allá donde el cielo se confunde con el mar…
Fabio buscó en su mente la consciencia de Sim, el elfo montaraz.
Ambas mentes se encontraron a través del pasillo interdimensional.
–…donde las cosas no son lo que parecen…
Las dos consciencias se aferraron como en un abrazo.
–… de donde nunca nadie ha regresado…
Fabio sintió una mareante sensación de vértigo.
Todo giraba a su alrededor, y él oprimió con más
fuerza las manos de sus amigos, para sentir que aún estaba
sujeto a algo sólido y real.
–…es el Límite del Mundo –concluyó
Chimo.
“¡Voy por ti, Susana!”, pensó Fabio antes
de dejar de ser Fabio…
Sim
abrió los ojos después de un breve momento de mareo.
Había vuelto a tener aquellas extrañas visiones, y giró
la cabeza para mirar a Kali. Ella le sonrió tranquilizadoramente:
sí, le había dicho más de una vez, estaban conectados
de alguna manera con otro mundo. Pero eso no tenía por qué
ser malo.
Sim no lo consideraba malo; simplemente, preocupante. Aunque intuía
que aquel mundo que vislumbraban no tenía que ver con Zhur
ni con el Séptimo, le inquietaba. “Quizá lo que
hayamos visto sea Erea, el mundo de los dioses”, le había
dicho una vez a la maga. “Quizá”, había
respondido ella.
El elfo levantó involuntariamente la vista hacia la más
grande de las tres lunas, que asomaba entre las brumas, donde tradicionalmente
se había pensado que estaba situado el reino divino. Quizá…
Un gemido le hizo volver a la realidad: Huril, el bardo, seguía
indispuesto. Sim se sonrió para sí. A aquel humano siempre
le pasaban cosas raras.
Él, por el contrario, se sentía en la gloria, volando
sobre los lomos de aquel poderoso dragón, sintiendo el viento
en el rostro y el mundo a sus pies, a pesar de las amenazadoras brumas
que cubrían el horizonte.
El gran dragón giró la cabeza hacia ellos:
–¡Preparaos para bajar! –dijo, y su voz sonó
como el redoble de un inmenso tambor.
Sim sintió los brazos de Kali rodeándole la cintura.
Recordó de pronto a Iona, la valiente guerrera, y se preguntó
por qué sentía ahora aquel peso en el corazón
al pensar en ella. “No sabía que hubiese sentido tanto
su pérdida”, pensó.
Pronto tuvo que atender a otros asuntos. Huril gemía otra vez,
porque el dragón descendía a una velocidad vertiginosa.
Enseguida tomarían tierra. Abajo, Sim sólo veía
un páramo frío y desolado. Su mente volvió de
nuevo a su misión, y a lo que les esperaba más allá
del límite.
Y aquel extraño peso en el corazón… Sin saber
muy bien lo que hacía, o por qué lo hacía, cogió
la mano de Kali y la oprimió con fuerza.
El dragón se posó en tierra, levantando una gran polvareda.
Cuando el ambiente se despejó, Sim saltó ágilmente
al suelo, y ayudó a descender a Kali.
Huril se quedó un momento arriba, con el rostro ceniciento.
El elfo iba a echarle una mano a él también, pero el
bardo se repuso prontamente y, de un salto, bajó a tierra.
Dio la sensación de que todo su cuerpo se lo agradecía
sinceramente.
Sim clavó sus ojos almendrados en el horizonte.
–Aún falta bastante para llegar –observó.
El dragón inclinó la cabeza, pesaroso.
–Lo siento –dijo–. No puedo llevaros más
allá.
Sim no quiso discutir, y se limitó a asentir con la cabeza.
Pero no pudo evitar que un escalofrío le recorriese la espalda:
los dragones eran los seres más poderosos del mundo, y ellos
tenían que seguir hacia el lugar donde uno de ellos no se atrevía
a adentrarse.
Apenas se dio cuenta de que el dragón alzaba el vuelo y los
abandonaba, pero, cuando se fue, se sintió muy solo y frágil.
Miró a sus compañeros. Kali estaba cerca de él,
en cuclillas, observando el horizonte pensativa. Huril se había
sentado en el suelo y estaba terminando de recuperarse.
Y el dragón rojo no era ya más que una mancha en el
cielo nublado.
–Bueno –dijo Huril–. Y ahora, ¿qué
hacemos?
Sim suspiró. Echaba de menos la determinación del caballero,
el arrojo de la guerrera, la fe de la sacerdotisa. Empezaba a comprender
por qué los habían elegido los dioses: se complementaban
unos a otros.
Pero ahora, sólo quedaban tres del grupo original.
Kali no respondió enseguida.
–Siento la energía negativa que fluye del escondite de
Zhur –dijo por fin–, y sé dónde está.
Se levantó, con gesto decidido, dispuesta a seguir adelante.
–Sólo somos tres –dijo Huril–. ¿Qué
podemos hacer nosotros?
–No mucho más siendo seis, os lo aseguro.
El bardo se la quedó mirando.
–¿Quieres decir que, desde el principio, ha sido una
empresa suicida?
–No. Quiero decir que no creo que sea ésta una batalla
que se gane por la fuerza.
–Entonces, ¿cómo?
Kali se encogió de hombros.
–Improvisaremos.
Huril no pareció muy convencido, pero no puso objeciones. Los
tres se levantaron y echaron a andar hacia adelante, hacia las nieblas
del fin del mundo, sin una palabra.
Caminaron durante cuatro días y cuatro noches, alimentándose
de las raíces y frutos de las escasas y extrañas plantas
que crecían en el páramo. Aparte de ellas, ningún
ser vivo parecía habitar allí.
Finalmente vieron a lo lejos una altísima cadena de montañas
rojizas.
–Es allí –dijo Kali.
Una ráfaga de viento frío les azotó el rostro.
Sim se estremeció.
“No estás solo”, le susurró una voz interior.
–Adelante –dijo entonces–. De nosotros depende el
futuro del mundo.
Echó a andar, y sus compañeros le siguieron
Al anochecer alcanzaron la falda de la montaña., y decidieron
acampar; el rugido del viento era terrible y amenazador incluso allí,
al abrigo de los grandes bloques de piedra, de manera que ninguno
fue capaz de dormir.
Un par de horas después, los alertaron unos silbidos y siseos
que venían con el aire.
–Sim… –dijo Kali, incorporándose; pero el
elfo ya se había puesto en pie y escudriñaba la oscuridad
con su visión nocturna.
–Szish –dijo Huril–. Si podemos oírlos, es
que ya los tenemos encima.
Los tres formaron un círculo, espalda contra espalda, para
cubrirse unos a otros y vigilar mejor las sombras. Poco a poco, los
hombres-serpiente fueron apareciendo a su alrededor. Sus ojos brillaban
en la oscuridad y su lengua bífida producía un siseo
aterrador.
–Son demasiados –jadeó Huril.
–Nunca son demasiados –replicó Sim, disparando
la primera flecha.
Sin embargo, no pudo evitar preguntarse qué esperaban los dioses
que hiciesen ellos tres, solos contra aquel formidable enemigo.
De las sombras surgían más y más szishs, como
nacidos de la peor de sus pesadillas.
–No quieren matarnos –dijo entonces Kali–. Nos quieren
vivos.
–¡Nunca!
Sim colocó otra flecha en su arco y tensó la cuerda.
Kali lanzó una bola de fuego.
Sin embargo, la batalla no fue muy larga. Apenas unos minutos más
tarde, los tres compañeros avanzaban, desarmados y maniatados,
entre una tropa de szishs que los mantenían a raya con sus
afiladas lanzas.
–Si nos llevan ante Zhur –dijo Kali en voz baja–,
tal vez tengamos una oportunidad.
–¿Y entonces qué? –replicó Huril,
con rabia–. ¿Por qué los dioses escogen a seis
aventureros corrientes y molientes y el Séptimo elige a un
poderosísimo mago? ¿Por qué nosotros, eh? ¿Qué
oportunidades tenemos? ¿Es que no había magos y archimagos
en todas las torres? ¿Es que…?
Uno de los szish le propinó un puntapié, y el bardo
calló.
Pero, aunque no lo dijera, Sim se veía asaltado por las mismas
dudas.
¿Por qué ellos?
Los szish los condujeron hasta la entrada de una inmensa cueva, y
les empujaron para que entrasen. Kali se quedó quieta, pálida
y con los ojos muy abiertos.
–¿Qué pasa? –preguntó Sim.
–¡¡No!! –La maga trató de dar media
vuelta y escapar, pero los hombres-serpiente la obligaron a volver
con el grupo.
–¿Qué pasa? –repitió Sim.
Ella no respondió, pero sus ojos seguían mostrando un
profundo terror.
Entraron en la cueva, y la oscuridad se los tragó. Mientras
recorrían un larguísimo túnel que parecía
hundirse cada vez más en las entrañas de la tierra,
Sim empezó a notar que un terror irracional le invadía
hasta el tuétano de los huesos. Y, poco antes de que los szishs
los metieran a empujones en una enorme cámara subterránea
iluminada por el resplandor rojizo de varios fuegos mágicos,
el elfo ya sabía lo que les esperaba.
La criatura descansaba al fondo de la sala. Su enorme cuerpo de innumerables
anillos estaba enroscado sobre sí mismo, y había plegado
sus alas membranosas para moverse por la cueva con mayor comodidad.
Alzó la cabeza cuando los sintió llegar, y la inclinó
sobre ellos para verlos mejor. Su lengua bífida producía
un siseo aún más terrible que el de todo un ejército
de szishs.
Era una visión aterradora y sobrecogedora porque, pese a todo,
aquella criatura era fascinante y magnífica, y poseía
una belleza misteriosa y letal. Los sheks habían nacido de
las entrañas de la tierra cuando el mundo era aún muy
joven, y eran los hijos predilectos del dios oscuro, prácticamente
semidioses, quizá por encima de los mismísimos dragones.
“Vaya”, dijo el shek. “Así que sólo
quedáis vosotros tres”.
–Queremos ver a Zhur –exigió Sim, fingiendo un
aplomo que estaba lejos de sentir.
Una risa baja hizo que el cuerpo de la serpiente alada se convulsionase
ligeramente. Sus ojos relumbraron con un resplandor irisado.
“¿Y qué os hace pensar que habéis alcanzado
el final? “, preguntó. “Para llegar hasta Zhur,
antes tenéis que derrotarme a mí”.
Sim se hundió. Ellos eran sólo un elfo y dos humanos,
maniatados y sin armas. No podían contra un shek, cuya fuerza
no radicaba sólo en su enorme tamaño o en su mortífero
veneno, sino también en su gran inteligencia y en sus poderes
telepáticos; la mente de un shek era más evolucionada
que la de cualquiera de las criaturas de la tierra, y ello incluía
también a los dragones y a los unicornios.
No había nada que hacer. Incluso si alguno de los tres concibiese
un plan desesperado, el shek leería en su mente antes de que
pudiesen mover un dedo.
La criatura sonrió.
“Exacto”, dijo, y su voz resonó en las mentes de
todos. “Habéis perdido”.
Hubo un momento de silencio. Y después, lentamente, el shek
desenroscó sus inmensos anillos y se deslizó por la
enorme cueva. Su sinuoso cuerpo de serpiente rodeó a los compañeros,
que retrocedieron hasta quedar muy juntos, temblando de puro terror.
Entonces, por encima del horrible siseo de la criatura, Sim empezó
a escuchar un extraño sonido, que le resultaba ligeramente
familiar, pese a que, estaba seguro, era la primera vez que lo oía.
Miró a su alrededor, y enseguida descubrió de qué
se trataba.
Huril, el bardo, estaba cantando.
Era una canción sin palabras, que parecía provenir de
otro mundo, de otro tiempo. Era algo totalmente distinto a lo que
Sim había oído hasta entonces y, aunque conocía
la voz de Huril, porque lo había oído recitar en más
de una ocasión, aquella vez le parecía que tenía
un tono especial, como de embrujo, como si su amigo estuviese en trance.
Sim ladeó la cabeza y cerró los ojos. No importaba lo
que pasase a continuación; la melodía de Huril era tan
hermosa que rompía el corazón.
Sintió que Kali le cogía suavemente del brazo.
–Es el Canto del Cisne –le dijo ella en voz baja–.
Mira.
El elfo abrió los ojos y se encontró con una escena
sorprendente.
Huril seguía plantado en el centro de la caverna, con las manos
atadas a la espalda, la cabeza bien alta, los ojos brillantes y una
expresión extática en el rostro mientras cantaba su
última canción, belleza pura, que flotaba en el ambiente
y atrapaba los corazones de cualquiera que la escuchara.
Frente a él estaba el shek., mirándolo fijamente con
sus ojos irisados. Había vuelto a enroscar su cuerpo, y su
cabeza descansaba sobre él, en ademán atento y calmoso.
Parecía haberse olvidado por completo de sus otros prisioneros.
Huril seguía cantando, y Sim no entendía muy bien qué
estaba sucediendo. Recordó de pronto algo que alguien le había
dicho una vez, no recordaba quién, ni cuándo, ni dónde:
“un canto tan bello que conmovería a las mismísimas
piedras…”
Sacudió la cabeza, confundido.
–¿Qué está pasando? –susurró.
–Los sheks poseen una inteligencia fuera de lo común
–respondió Kali en el mismo tono–. Son especialmente
sensibles a la belleza.
Sim sacudió la cabeza de nuevo para tratar de librarse del
embrujo del canto de Huril y miró a su alrededor, en busca
de una escapatoria. Hacía tiempo que los szishs se habían
marchado, pero al elfo no le parecía prudente adentrarse por
el túnel por donde los habían traído. Descubrió
otra salida un poco más allá, y se la señaló
a Kali, que asintió.
Sim hizo ademán de ir hacia allí, pero se detuvo, indeciso,
y miró hacia atrás.
Hacia Huril, que seguía cantando.
–No podemos dejarle ahí –dijo, pero Kali negó
con la cabeza.
–Está sentenciado, Sim. Si le llevásemos con nosotros,
moriría igual. El suyo es un canto de muerte.
Sim se estremeció. No entendía muy bien las palabras
de Kali, pero intuía lo que ella quería decir, y no
le gustó nada.
Los dos alcanzaron el túnel en silencio. Pero, cuando iban
a adentrarse por él, el shek se dio cuenta de que se escapaban,
y el embrujo se rompió.
Con un terrible siseo, la enorme serpiente se alzó sobre su
cuerpo escamoso, abriendo al máximo sus gigantescas alas de
murciélago, hasta cubrir toda la cueva, y se abatió
sobre ellos. Sim tiró de Kali, y los dos fugitivos lograron
entrar antes de que los mortíferos colmillos del shek alcanzasen
la boca del túnel.
El terrible golpe hizo que del techo se desprendiese un alud de piedras.
Sim huyó por el túnel, mientras una lluvia de roca caía
sobre ellos.
Oyó entonces que la maga gritaba, y volvió sobre sus
pasos para buscarla. La encontró agazapada en un rincón
del túnel, encogida sobre sí misma y cubierta de polvo.
A su alrededor había grandes fragmentos de piedra.
Sim se inclinó sobre su amiga.
–¿Estás bien?
Kali alzó la cara sucia para mirarle a los ojos. No podía
verle, porque estaba oscuro, pero el elfo sí podía verla
a ella. Y vio que estaba malherida.
Miró hacia atrás. El alud de roca había taponado
la entrada del túnel. Detrás habían quedado el
shek y Huril, el bardo.
Sim movió la cabeza con tristeza. Era irónico, pero
quien mejor había sido capaz de apreciar la belleza de aquel
canto último había sido, con toda seguridad, la enorme
serpiente alada.
–Se acabó –dijo–. Busquemos una salida y
volvamos a casa.
–No puedes hacer eso –murmuró ella–. Hemos
de seguir adelante, para recuperar a los que hemos perdido.
–No vamos a recuperar a los que hemos perdido, Kali. Están
muertos.
–Yo voy a seguir –dijo ella, y trató de ponerse
en pie.
Pero perdió el sentido y cayó en brazos de Sim, que
cargó con ella con delicadeza. Se dio cuenta entonces de que
la única salida posible era seguir adelante por aquel túnel.
Y eso hizo, llevando en sus brazos a la maga inconsciente.