Título: El desafío de Zhur

14– El último acto

–Fin del sexto acto –dijo Chimo.
Sobrevino un silencio.
Fabio se liberó de la conciencia del elfo y, de pronto, ambas dimensiones volvieron separarse, y Eva y él volvían a estar en la cocina de la casa de Chimo.
A Alex no se le veía por ninguna parte.
–Pero, ¿cuándo se ha ido? –preguntó Chimo, muy sorprendido–. Hace un momento estaba aquí, con nosotros. Ya me estoy cansando de sus gracias.
Fabio y Eva cruzaron una mirada entristecida. Los ojos de ella parecían haber perdido el brillo.
–¿No te encuentras bien?
–No mucho.
Chimo los miraba alternativamente.
–No sé qué os pasa a todos últimamente; da la sensación de que estáis intentando chafarme la aventura.
Fabio sonrió con cansancio. Inocente Chimo… ¿sería posible que, de verdad, no hubiese notado nada extraño en todo aquello? Miró a Eva, que contemplaba pensativa la silla que había ocupado Alex. Ahora que el bardo había entregado al mundo su canto de muerte, su querido amigo ya no era nada en aquella dimensión. No había existido para nadie, y lo único que quedaba de él eran recuerdos en la mente de tres personas.
Los ojos de Eva se detuvieron en la taza de manzanilla que Alex había dejado a mitad.
–Me vendría bien algo caliente –dijo.
Fabio no necesitó que se lo dijese dos veces, y se levantó para prepararle una infusión. Su mano rozó la de ella un momento; fue un contacto breve, pero lleno de ternura.
Chimo consultaba su reloj.
–Son las seis –dijo–. ¿Qué hacemos? ¿Lo dejamos para el próximo sábado o acabamos ya?
Eva y Fabio cruzaron una mirada.
–Acabemos de una vez –dijo Fabio.
–Caray, cualquiera diría que esto es un castigo… –comentó Chimo, algo molesto–. Está bien, atended: seguís por el túnel.
Fabio puso el agua a calentar y se sentó de nuevo. Buscó la mano de Eva por debajo de la mesa y la oprimió con fuerza. Sintió que ella vacilaba, y eso le hizo dudar a él también: si volvían a cruzar la línea, tendrían que enfrentarse directamente a Zhur. ¿Qué posibilidades tenían de salir vencedores?
Fabio se estremeció, y sintió miedo por vez primera. No temía por él… sino por Eva. Ya había perdido a Susana y no quería perderla también a ella.
La chica percibió sus dudas y se esforzó en tragar saliva y levantar la cabeza con decisión.
Se miraron a los ojos, y Fabio leyó en los de Eva que ella estaba dispuesta a seguir adelante, costase lo que costase.
–¡Eh! –llamó Chimo–. ¡Base llamando a tortolitos! ¡Volved al planeta Tierra!
Eva apartó la mirada, algo confusa.
–Mira que eres bestia –gruñó Fabio.
–Estamos aquí para jugar, ¿no?
–Sí, sí. Venga, sigue.
–Ejem… como iba diciendo: el elfo sigue por el túnel cargando con la maga. No se ve un pijo; pero Sim, como todos los elfos, posee visión infrarroja, así que ningún problema.
Fabio oprimió la mano de Eva, que respiró hondo. Ambos buscaron en lo más recóndito de sus mentes la conexión con esa otra dimensión tan cercana a la suya.
Sim y Kali.
Chimo seguía hablando:
–Finalmente, el elfo logra ver al fondo…
El salto.

… una enorme puerta cerrada a cal y canto. Sim se acercó con cautela para examinarla. Con su visión nocturna logró descifrar las inscripciones que adornaban la madera milenaria: estaban en idhunaico antiguo, una lengua que ya no se hablaba, pero que los hijos de los nobles aún estudiaban en las escuelas. Sim no sabía mucho del idioma de los antiguos, pero podía percibir claramente que aquellos caracteres emanaban una fuerza siniestra.
–Es la puerta al Inframundo –susurró entonces Kali.
Sim la depositó en el suelo y examinó su rostro, preocupado.
–¿Cómo te encuentras?
–Algo mejor, gracias. ¿Dónde estamos?
–Tú has dicho que es la puerta al Inframundo.
–Es la sensación que tengo. Hay algo decididamente maligno ahí detrás, Sim.
El elfo miró fijamente la enorme puerta cerrada.
–Tenemos que entrar –dijo Kali, adivinando sus pensamientos.
–Kali, tú no estás en condiciones…
Ella le miró un momento y, lentamente, se levantó, apoyándose en la pared de piedra.
–¡No trates de protegerme! Lucharé hasta el final; si he de morir, prefiero hacerlo ahora que vivir esclava en un mundo dominado por el Séptimo.
La maga avanzó un poco, tambaleándose, hasta la puerta; apoyó una mano sobre la antiquísima madera y pronunció las palabras de un conjuro.
Se oyó un chasquido, y la puerta comenzó a abrirse lentamente. Kali, agotada por el esfuerzo, inclinó la cabeza. Se le doblaron las rodillas, y Sim la cogió justo a tiempo para que no cayera al suelo.
La puerta terminó de abrirse, y un resplandor azulado los bañó de pies a cabeza. Sim entrecerró los ojos y trató de ver qué había más allá. Con Kali en brazos, dio un paso al frente, cautelosamente.
Ante él se extendía una amplia cueva ocupada en gran parte por un lago subterráneo. Los reflejos del agua iluminaban las paredes en un mosaico fascinante y cambiante.
No parecía haber nadie, pero Sim percibía una presencia muy poderosa ahí dentro. Se esforzó por ver con mayor claridad, y escudriñó la penumbra. Y entonces vio que en el lago, no lejos de la orilla, se alzaba un pequeño promontorio que formaba una especie de trono natural. Y sobre él se agazapaba una sombra.
Sim avanzó. La sombra se movió un poco, y el elfo pudo ver que vestía una túnica oscura, y que una capucha le tapaba el rostro. Sim se sentía intrigado: ¿quién o qué era aquella criatura? ¿Y por qué estaba sola, en mitad del lago?
“Bienvenidos a la casa de Zhur”, resonó una voz en su mente.
Sim se estremeció de pies a cabeza.
Un varu, pensó.
“Exacto”, corroboró la voz telepática. “Un varu”.
La sombra se levantó y se quitó la capucha. Los resplandores argénteos que emanaban de las aguas del lago iluminaron un poco su rostro de anfibio y sus manos cubiertas de escamas, con membranas natatorias entre los dedos.
El varu fijó en Sim sus enormes ojos oceánicos.
Los varun eran los hijos de la diosa del mar, y vivían bajo las aguas en inmensas ciudades submarinas. Había muy pocos en el continente, porque necesitaban el silencio de su milenario mundo azul para sentirse en calma, porque su piel se resecaba si permanecían mucho tiempo fuera del agua y porque no podían hablar como el resto de las criaturas inteligentes: carecían de cuerdas vocales y se comunicaban por telepatía.
Sim apreció una cosa más en aquella criatura del mar: la túnica que llevaba estaba bordada con signos arcanos.
–Tú eres Zhur –dijo el elfo a media voz– Un varu que ha traicionado a la diosa del mar para aliarse con el Séptimo.
El varu ladeó la cabeza.
“¿Sorprendido?”.
–Un poco sólo. Pero esperaba encontrar a más gente aquí.
“Ya has pasado todas las otras pruebas. Ahora se trata de un enfrentamiento entre tú y yo… cara a cara”.
Hubo un breve silencio. Entonces Sim, lentamente, se agachó para depositar a la inconsciente Kali sobre el frío suelo de piedra.
–Así que ya hemos llegado al final –dijo.
Tanteó su espalda en busca de su arco, pero no lo encontró, y recordó entonces que los szishs los habían desarmado.
Zhur sonrió.
“Habéis llegado al final, sí. Pero habéis perdido”.
–¿Por qué? Todavía no has vencido.
“¿Ah, no? ¿Y cómo piensas evitar que os mate aquí mismo?”.
Sim no respondió, pero se quedó mirándole, desafiante.
Zhur alzó la mano derecha. Sobre ella apareció una bola brillante formada por rayos que giraban como en un torbellino.
“Lo siento. Habéis llegado al final del juego… y al final de vuestra existencia”.
La bola se hizo más grande en su mano, y Sim supo que iba a lanzarla. Se echó sobre el cuerpo inerte de Kali, dispuesto a protegerla.
–Fabio… –susurró ella.
Sim abrió los ojos. Aquel nombre le resultaba vagamente familiar, pero no tenía ningún significado para él.
–Fabio… –repitió Kali–. Los dos mundos han de ser uno solo…
Sim no comprendía lo que le estaba diciendo.
La luz del hechizo de Zhur era ya dolorosamente cegadora. Por intuición, Sim supo que acababa de lanzarla contra ellos, y rodó hacia un lado, con Kali.
El rayo cayó muy cerca.
–¿Sim?
El elfo miró a su compañera. Había abierto los ojos y parecía desconcertada.
–¿Qué…?
–Estamos ante Zhur, Kali. El varu.
La voz de Zhur inundó sus mentes: “Decidles a vuestros patéticos dioses que ahora yo mandaré en este mundo… y mi dios gobernará en el otro”.
Sim sintió de pronto un profundo sopor, y supo que se trataba de otro hechizo de Zhur. Trató de mantenerse despejado, pero, poco a poco, su mente iba abandonando el estado de la consciencia sin que él pudiese hacer nada.
–Es un varu –murmuró entonces Kali–. Es vulnerable a los hechizos de fuego.
–Pero tú no puedes lanzar hechizos ahora –musitó Sim, medio atontado.
–Fuego… –siguió diciendo ella, en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia–. Busca fuego, Fabio.
Sim miró a su alrededor, luchando por mantener los ojos abiertos.
“No hay fuego aquí”, rió Zhur. “Esto es una caverna subterránea, hijo”.
Pero Sim empezó a ver otras cosas además de la caverna.
Estaba en una caverna, sí, pero también estaba en una habitación extraña con muebles extraños y paredes cubiertas de azulejos blancos, y ambas imágenes se superponían como si ambas fueran una, o como si ninguna de las dos existiese realmente.
Sim se frotó un ojo.
–Los dos mundos se convierten en uno –susurró Kali.
“Sí, niña, los dos mundos se convierten en uno”, dijo Zhur. “Y pronto yo seré el único enlace entre ambos. Yo seré la única puerta”.
–En el otro lado no existe Zhur –dijo Kali, y miró a Sim a los ojos.
Y Sim comprendió entonces lo que tenía que hacer.
Se aferró a la imagen de la habitación blanca con muebles raros y trató de llegar hasta ella, e imaginar que la caverna no existía realmente.
Y entonces supo que era Sim, pero también era Fabio, y vio a través de los ojos de Fabio…

–Fuego –dijo Eva.
Fabio ya se había dado cuenta de algo.
Manzanilla.
Sobre la encimera de la cocina había un cazo con agua que llevaba un buen rato hirviendo.
Fuego.

Sim volvió a la caverna., y sintió que el hechizo de Zhur ya no pesaba sobre él. No entendía muy bien por qué, pero intuía que tenía que ver con su brevísimo viaje a la otra dimensión.
Miró a su alrededor. Ambos espacios se mezclaban y confundían, pero el elfo vislumbraba claramente los muebles de la cocina sobre las rocas de la cueva, y la encimera con el fuego encendido justo encima del lago, cerca de Zhur.
El elfo saltó hacia el mago, que alzó las manos hacia él para lanzar un nuevo hechizo. Sim lo esquivó viajando de nuevo al otro lado; estuvo ausente solamente unas centésimas de segundo pero, cuando volvió, el hechizo ya había sido lanzado, y él no había estado allí para recibir sus efectos.
Sim cayó sobre una roca que sobresalía del agua y volvió a saltar. Zhur lanzó otro hechizo ofensivo, y el elfo volvió a escabullirse al otro lado. Con las dos dimensiones tan próximas, la línea que las separaba era casi inexistente, y Sim podía cruzarla a placer.
No sucedía lo mismo con Zhur: Sim tenía un cuerpo al otro lado, el de Fabio, pero el mago varu, no. El elfo recordaba vagamente a alguien llamado Chimo, pero sabía que él y Zhur no eran uno, porque ninguno de los dos se había implicado en la existencia del otro de la misma manera que un tal Fabio se la había jugado por el propio Sim.
El elfo aterrizó finalmente sobre la pequeña isla donde se hallaba Zhur, pero el varu retrocedió unos pasos y saltó ágilmente al agua.
Sim escudriñó las sombras en su busca.
Lo vio de pronto en la orilla, saliendo del agua con la túnica empapada… muy cerca de la inerte Kali.
–¡¡No!! –gritó.
Sólo tenía una oportunidad.
Viajó al otro lado.

Fabio se levantó bruscamente y corrió hacia la encimera. Apenas quedaba agua el cazo; lo apartó de un empujón, mientras cogía un trapo de cocina con la otra mano.
Lo echó sobre el fuego.
–¿Qué haces, Fabio? –preguntó Chimo.
El trapo comenzó a arder.
Fuego.
Fabio miró a su alrededor. Eva estaba allí; su imagen se superponía a la de la yacente Kali, y Fabio vio que el mago estaba ya muy cerca de ella. Entre Zhur y Sim había un lago.
Entre Zhur y Fabio, sólo unos metros de cocina, y un salto interdimensional.
Con el trapo ardiendo en la mano, Fabio cruzó la cocina en dos zancadas hasta llegar junto a Eva.
Y saltó.

Sim apareció de nuevo de la nada con una tela ardiendo en la mano, justo junto a Zhur. El varu se quedó un momento inmóvil.
–¡Kali! –gritó el elfo.
Ella se incorporó un poco y trató de despejarse.
–¡Kali! ¡Salta! ¡Vuela!
Kali saltó al otro lado, y regresó en apenas unas milésimas de segundo, ya liberada del letal hechizo de aturdimiento.
Entonces Sim le lanzó a Zhur el trapo ardiendo a la cara.
Y Kali, con sus últimas fuerzas, pronunció las palabras de un hechizo en lengua arcana.
La inocente llama del trapo de cocina se transformó en una inmensa llamarada que envolvió el cuerpo del varu de la cabeza a los pies.
Zhur gritó; de su garganta no salió ningún sonido, pero su mente emitió un chillido telepático que golpeó la consciencia de Sim con la fuerza de una maza. El elfo se llevó las manos a la cabeza, con un gemido de dolor, mientras Zhur, tropezando, envuelto en llamas, trataba de llegar hasta el lago.
Pero Sim no podía permitir que eso sucediera. De otro salto, el elfo se plantó junto al mago y lo agarró de la túnica, sin preocuparse por el fuego que lo envolvía. Sintió que las llamas mordían su carne, pero apretó los dientes y se esforzó por concentrarse y visualizar la otra dimensión, la de la habitación blanca…
Y saltó.

Fabio se apartó con presteza de la forma envuelta en llamas que acababa de aparecer en la cocina.
Chimo se levantó de un salto, con la boca abierta.
–¿¡Qué es eso!? –chilló–. ¿Qué hace en mi cocina?
Enseguida se llevó las manos a la cabeza y gimió de dolor, nada más sentir los agudos gritos que procedían de la mente del varu.
–¡Es Zhur! –respondió Fabio, apretando los dientes–. ¡Maldita sea, ayudadme, haced algo!
Pero ninguno de los tres estaba en situación de actuar. El agónico chillido telepático del mago se había aferrado a sus mentes y les estaba destrozando los nervios.
El varu seguía golpeándose contra las paredes de la cocina mientras se consumía en llamas. Las cortinas prendieron inmediatamente, y también los delantales que colgaban junto a la puerta.
–¡¡Mierda!! –gritó Chimo–. ¡¡Fabio, haz algo, échale agua a esa cosa!
Alguien fue más rápido.
Un cuchillo de cocina voló de un extremo a otro de la habitación y fue a clavarse en el cuerpo de Zhur, que gritó de nuevo. Su onda telepática golpeó con fuerza las mentes de los tres amigos.
Fabio se volvió en cuanto pudo. Eva se había apropiado del cajón de los cubiertos y extraía ahora una pequeña hacha de carnicero. La alzó sobre la cabeza.
–¡Fabio! –dijo–. ¡Cuando le dé, llévatelo!
Fabio miró la alocada forma llameante, y se preguntó si sería capaz de volver a tocarla. Pero Eva se acercó con valentía y descargó el hacha en la cabeza de Zhur.
Fabio cerró los ojos y agarró el brazo del hechicero varu. Saltó con él antes de que su mano comenzara a quemarse también.

Zhur cayó pesadamente al lago, y, tras un sonoro ¡splash!, una espesa nube de humo surgió de la superficie de las aguas.
Sim se asomó con precaución.
Sobre el agua flotaba el cuerpo inerte de Zhur, el gran mago varu, con los ojos muy abiertos, la piel carbonizada y una enorme brecha en la cabeza. El arma que se la había producido se había hundido en las profundidades del lago.
El elfo se estremeció.
Habían vencido, pero de una forma terrible. Aún no tenía muy claro qué era el otro lado, ni cómo había saltado de un lado para otro, ni quién era Fabio, ni si Fabio y él eran dos personas distintas, o él era Fabio, o Fabio era él.
Miró a su alrededor. La caverna volvía a ser la caverna. La visión doble se había desvanecido.
Todo volvía a ser como antes. Como siempre.
Vio entonces a Kali, que yacía en el suelo, y corrió hacia ella. se inclinó sobre su rostro buscando signos vitales.
La maga abrió los ojos y sonrió con cansancio.
–He sobrevivido al hechizo –dijo suavemente–. No me han faltado las fuerzas.
Sim sonrió también.
–Los dioses nos han ayudado –dijo.
Kali asintió.
–Sí. Sí, los dioses estaban con nosotros, al fin y al cabo.
Se incorporó un poco, apoyada en el elfo.
–¿Cómo saldremos de aquí ahora? –preguntó él, preocupado.
–Somos los vencedores –respondió ella–. El Séptimo y los suyos ya no tienen poder sobre nosotros.
Sim sonrió de nuevo. Kali echó a andar, lentamente, apoyada en el hombro del elfo, hacia la salida de la cueva.
Hacia un nuevo comienzo.


Fabio contemplaba el desastre, desolado.
–Bueno, por lo menos no os ha pasado nada a vosotros –dijo la madre de Chimo, mirando resignada los restos de sus cortinas–. Ahora ya sé que tengo que colgar los trapos más lejos de la encimera.
Los tres amigos cruzaron una mirada. Estaban confusos y asustados y, desde luego, lo que menos les preocupaba era el incendio de la cocina.
La madre les echó de allí diciendo que tenía mucho que arreglar y, como almas en pena, los tres salieron de la casa y bajaron al parque.
Por el camino, Fabio y Eva iban cogidos de la mano. Ninguno de los dos olvidaba lo vivido en la piel de Sim y Kali al otro lado; se sentían más unidos que nunca.
–Me vais a tener que explicar todo lo que ha pasado –dijo Chimo, tras un buen rato de silencio–, con pelos y señales, ¿eh?
–No sé si quiero recordarlo –murmuró Eva.
–Resumiendo –zanjó Fabio–, que lo mejor es volver al Dungeons and Dragons, ¿eh?
–Pero, ¿por qué?
Eva y Fabio cruzaron una mirada. Ella se encogió de hombros.
Él tomó la palabra, y empezó a contarle a su amigo todo lo que había pasado desde el día en que había “inventado” aquella nueva aventura en aquel nuevo mundo. Chimo escuchaba sin una palabra.
Los tres paseaban por la ciudad, sin rumbo fijo, mientras Fabio contaba su historia, hasta que pasaron frente a un salón de recreativos. Fabio miró entonces, por casualidad, a través del cristal, y el corazón le dio un vuelco.
Frente a una de las máquinas había una chica morena y vivaz, con la mirada fija en la pantalla.
–Ahora vuelvo –dijo, y entró en los recreativos, muy nervioso.
Eva y Chimo asistieron, desde fuera, al emotivo reencuentro entre Fabio y su hermana Susana. Ella no parecía recordar nada de lo que había sucedido, lo cual, en opinión de Eva, no era de extrañar: no había existido durante dos o tres semanas.
Chimo seguía confuso. Eva colocó una mano sobre su hombro, en ademán tranquilizador.
–Todo ha terminado ya –dijo–. Ya no hay nada de qué preocuparse.
Fabio ya se había despedido de Susana, y salía de los recreativos, radiante.
–Nunca aprecias lo que tienes hasta que lo pierdes –comentó–. Prometo no volver a enfadarme con Susana nunca más.
Eva se encogió de hombros, sonriendo.
–Pero bueno, si ella no recuerda nada –dijo Chimo–, tampoco los otros lo harán, ¿no?
Ni Fabio ni Eva respondieron.
–Así que quizá lo mejor sería no contarles nada, ¿no creéis? –concluyó Chimo.
Fabio y Eva cruzaron una mirada.
–Puede que tengas razón –dijo Eva, y se estremeció–. No ha sido una experiencia agradable.
–Pero ha terminado ya –concluyó Fabio–, y creo que lo mejor que podemos hacer es ir a buscar a Víctor y a Alex y organizar una partida de Warhammer, ¿no os parece?
Chimo estuvo más que de acuerdo.
Mientras recorrían juntos las calles, Fabio le dijo a Eva en voz baja:
–Creía que las magas no usaban armas, ni siquiera blancas.
Ella sonrió.
–Kali no puede usar armas –dijo–, pero, ¿quién te ha dicho que Eva no puede coger un cuchillo de cocina?
Fabio sonrió a su vez.
–Lo tendré en cuenta.