2–
Los héroes
Chimo
los miró a todos con seriedad.
Estaban sentados en torno a la mesa de la cocina de su casa. Generalmente
a esas horas no solía haber nadie allí, por lo que los
chicos tenían intimidad y libertad para desarrollar sus aventuras.
Todo era como siempre, y nada tenía por qué ser diferente;
sin embargo, Fabio intuía que sí lo era.
Para empezar porque, por primera vez, estaba Chimo de master, y aquella
reunión tenía cierto aire de experimento que a Fabio
no terminaba de resultarle cómodo.
En segundo lugar, porque iban a jugar en un mundo nuevo que sólo
Chimo conocía.
Y por último porque, además de los cuatro de siempre,
y para disgusto de Alex, allí estaba Alicia. Fabio llevaba
tiempo preguntándose qué buscaría ella en el
grupo (no parecía muy puesta en fantasía y juegos de
rol), y se había dedicado a observarla desde su llegada a la
casa de Chimo. Y encontró la respuesta en las miradas de soslayo
que la chica dirigía a Víctor. “No podía
ser de otra manera”, pensó Fabio. Lo sentía por
Chimo, pero Víctor era el deportista del grupo, el tío
bueno, el que más ligaba sin proponérselo. Siempre había
sido así. A Fabio no le parecía mal que Alicia estuviese
por Víctor, pero meterse a jugar a rol sin estar realmente
interesado en el rol era otra cosa. Deseando que no les fastidiase
la partida, Fabio decidió hacer como que no se había
dado cuenta de nada.
En realidad sabía mucho más de lo que aparentaba, pero
no solía compartir esa información. Era muy observador
y poco hablador y, por tanto, discreto, por la sencilla razón
de que ni le interesaban lo más mínimo los asuntos ajenos,
ni tenía ganas de compartir los suyos con los demás.
–Bueno –dijo Chimo–. Sois cuatro. Yo dije seis.
–Eva estará a punto de llegar –dijo Fabio.
–¿Y el sexto?
Los jugadores se miraron unos a otros.
–Llama a tu hermana, Fabio –dijo Víctor.
–Ni hablar.
–¿Por qué?
–¿Qué más da que seamos cinco o seis?
–Porque hay seis personajes –explicó Chimo–.
Y no se puede quedar ninguno fuera.
Les dio un montón de folios que pasaron de mano en mano.
–¡Son fichas de personajes ya acabadas! –exclamó
Víctor–. ¿Qué significa esto?
–Que no podemos crear nuestro propio personaje –gruñó
Alex–. El muy cabrón nos lo da ya hecho. ¿Qué
es esto, Chimo?
–Hay un grupo ya definido –explicó Chimo–.
Seis personajes con nombres, historia y características. Entre
esos seis tendréis que elegir el que queráis.
–Menudo rollo.
–Aunque a grandes rasgos se parecen a los personajes que soléis
llevar –añadió el master–. Hay un caballero
–miró a Víctor–, y un bardo –miró
a Alex–. Pero me temo que no hay elfos oscuros, ni en la aventura,
ni en el mundo.
Fabio hizo una mueca de decepción. Su personaje siempre había
sido un elfo oscuro, y no le gustaba la idea de cambiar de raza.
–Pero hay un elfo montaraz –añadió Chimo
con una sonrisa.
–Mejor eso que nada.
–¿Y yo? ¿Qué soy yo? –se oyó
la voz de Alicia.
Alex lanzó a Chimo una mirada desesperada, pero el flamante
nuevo master no le hizo caso.
–Hay seis personajes –le dijo a Alicia–. Los miembros
oficiales del club tienen preferencia, así que imagino que
elegirán los más próximos a sus personajes originales:
un caballero, un bardo ladrón, un elfo montaraz. Quedan una
maga, una guerrera mercenaria y una elfa sacerdotisa.
–Tres tías –observó Víctor.
–Ha de ser así –explicó Chimo–, porque
hay tres dioses y tres diosas.
–¿Y qué?
–Entenderéis por qué en cuanto os explique de
qué va la historia; pero, de momento, necesito que elijáis
un personaje, y que subáis el número de jugadores hasta
seis.
Alicia tiraba a Fabio de la manga.
–Oye, ¿puedo ser yo la elfa sacerdotisa?
Alex dejó caer tres hojas frente a ella.
–Toma, pesada –dijo–, aquí tienes la ficha
de la sacerdotisa.
Alicia cogió los folios y los estudió con interés.
Sólo vio números y porcentajes; por la cara que ponía,
pensó Fabio, debía de parecerle muy complicado.
Sonrió para sí y se apresuró a coger la ficha
del elfo montaraz.
Descubrió que se llamaba Sim, y que era un tipo solitario al
que no le gustaba mucho la compañía. Vivía en
plena naturaleza, en un lugar llamado el Bosque Oculto, al pie de
la cordillera de Somnor, en la región de Derbhad.
Ninguno de aquellos nombres le era familiar.
Sacudió la cabeza y siguió leyendo cosas sobre Sim.
Era huérfano; había sido criado por un grupo de cazadores
humanos en el bosque, hasta que él decidió marcharse
y vivir solo, porque no se sentía a gusto entre los humanos,
pero tampoco comprendía del todo la complicada civilización
élfica.
Orgulloso, solitario, sigiloso y letal si hacía falta. Así
era Sim.
A Fabio no le pareció mal del todo. Examinó sus características.
Como todo elfo que se preciase, tenía una puntuación
muy alta en inteligencia, agilidad, velocidad y flexibilidad, una
visión muy aguda y un oído muy fino, se movía
como nadie por el bosque y conocía todos sus secretos. Por
contra, no era muy fuerte ni muy resistente. Y, para desencanto de
Fabio, no usaba como armas las cimitarras de su drow favorito, sino
un nada impresionante arco largo y un cuchillo de caza.
–Oye, Chimo, ¿no le puedo cambiar el cuchillo por la
cimitarra?
–Puedes comprar una cimitarra en el próximo pueblo, claro.
Pero entre las habilidades de ese personaje no está saber usarla
y, si lo intentas, puede que te tumben en el primer combate.
–¿Y no podrías…?
–No. No insistas, Fabio. Sim no sabe manejar una cimitarra.
–Porque tú no se lo has puesto en la ficha. No te cuesta
nada cambiarlo.
–No sería él mismo. Y deja de darme la lata: estoy
ocupado.
Fabio se resignó. Efectivamente, Chimo estaba “ocupado”
explicándole a Alicia las habilidades y características
de su personaje.
Al menos, Sim tenía una puntuación bastante buena en
Percepción, Poner Trampas, Suerte, Don de lenguas, Empatía
Animal, Conocimiento de Plantas… Pero, en cuanto a habilidades
mágicas, cero pelotero.
–¡Chimo! –protestó–. ¿Y los
hechizos de curación?
–Los tengo todos yo –presumió Alicia.
Chimo se interrumpió un momento para dar una mirada circular.
–Dejad de molestar con eso. De una vez por todas, os lo voy
a explicar. Aquí la magia no funciona con pergaminos ni objetos
mágicos ni zarandajas de ésas. En este mundo, los magos
son magos porque alguna vez a lo largo de su vida les ha tocado un
unicornio.
–¿Un unicornio? –repitió Alex, pasmado.
–Exacto: un unicornio. En este mundo nadie nace siendo mago,
ni tampoco puede aprender la magia. En este mundo, los unicornios
entregan la magia a los mortales. Y sólo los que alguna vez
en su vida han sido rozados por el cuerno de uno de ellos pueden entrar
en la Orden Mágica. Siento decíroslo, chicos, pero ninguno
de vuestros personajes ha sido nunca consagrado por un unicornio.
–Entonces, ¿por qué tiene ella hechizos de curación?
–protestó Alex, señalando a Alicia acusadoramente.
–Porque es una semimaga. Siendo niña una vez vio un unicornio,
aunque él no llegó a tocarla. No puede entrar en la
Orden Mágica, pero sí posee cierta… sensibilidad
para la magia y ciertos poderes curativos, que se ven fortalecidos
debido a que es sacerdotisa de la diosa de la luz. Pero nada más.
Alicia, háblales de tu elfa.
–Veamos… –Alicia puso en orden sus hojas, algo nerviosa–.
Se llama Tamina, y es una elfa nacida en… hummm… en Vaisel,
en la región de Derbhad. De familia noble, de pequeña
vio un unicornio y, en lugar de marcharse a vivir al bosque, entró
en la Iglesia de las Tres Lunas. No sé qué significa
esto.
–Para potenciar sus poderes –explicó Chimo–,
los semimagos pueden irse a vivir en la naturaleza o entrar en una
de las dos Iglesias: la de los Tres Soles, formada por los adoradores
de la tríada de dioses, y la de las Tres Lunas, que veneran
a la tríada de diosas.
–Entonces, en tu mundo hay tres soles y tres lunas –dedujo
Víctor.
–Exacto. Sigue, Alicia.
–Tamina es sacerdotisa de Irial, la diosa de la luz. Vive en
el Oráculo de la Clarividencia. Es… hummm… de carácter
suave y sereno, pero con una gran fuerza interior que le nace de su
fe en su diosa, aunque con poca experiencia en el mundo real. Posee
poderes curativos… y…
Alicia parecía algo apurada. Chimo cogió su ficha y
resumió:
–Lo más interesante en ella es su gran cultura, su conocimiento
del idioma idhunaico antiguo, sus dotes diplomáticas y, por
supuesto, que os puede curar si os hacen pupa. Pero no esperéis
que pelee, porque nada de nada. A ver, siguiente personaje.
–¡Espera! –dijo Víctor–. ¿No
lleva armas?
–Una pequeña daga ceremonial.
–Una niña pija hasta en una aventura de rol –gruñó
Alex.
–¡Silencio! Vamos, Víctor, te toca.
–Bueno –empezó Víctor–, mi personaje
se llama Althon. Nació en Damineth, región de Nandelf,
y es un caballero de la Orden de Caballería de Nurgon, donde
ingresó desde muy pequeño por pura vocación.
Lleva armadura, así que tiene una puntuación bastante
alta en Defensa, y maneja muy bien la espada, cómo no. No miente,
no roba, no mata si no son monstruos o enemigos muy malvados. En resumen,
no hace nada moralmente reprochable. Su honor y su deber están
por encima de todo. Y, por lo que parece, no confía en la magia
y les tiene cierta manía a los magos.
Alicia le dirigió una mirada de desencanto.
–Pero no a los sacerdotes, ¿verdad? –preguntó
Fabio, como sin darle importancia.
–No, no a los sacerdotes –confirmó Chimo–.
Para que lo entendáis un poco mejor: siempre ha existido una
cierta rivalidad entre la Orden Mágica y las dos Iglesias.
La Orden de Caballería de Nurgon fue creada por la Iglesia
de los Tres Soles justamente para luchar contra los magos, en un tiempo
en que las rencillas se convirtieron en una guerra abierta. Por eso
los caballeros no confían en los magos, pero respetan a los
sacerdotes y a las sacerdotisas.
–En fin –prosiguió Víctor–, este caballero
no se distingue mucho de otros caballeros. Es íntegro, leal,
valiente, ayuda a los desvalidos, cumple con su deber, etcétera.
–O sea, prácticamente igual a tus personajes habituales
–comentó Fabio con envidia–. Qué suerte
has tenido, macho.
–Pero hay una pega –dijo Víctor–: es un individuo
demasiado orgulloso, y poco tolerante con las cosas que no comprende,
o con los que tienen ideas diferentes a las suyas. –Miró
a Chimo–. Eso me va a traer problemas, ¿verdad?
–Imagino que sí. Pero bueno, puede que no. Cada vez que
te encuentres con un desconocido que te cuente cosas nuevas, haremos
una tirada de dados para ver cómo reaccionas, y si confías
en él o no. ¿Te hace?
–Qué remedio.
–A ver, Alex, habla tú.
Alex se aclaró la garganta.
–Bueno, os presento a Huril, un personaje algo pícaro,
medio bardo, medio juglar, medio ladrón…
–Querrás decir un tercio de cada –se oyó
la voz de Víctor, burlona–. Que, desde luego tú,
las matracas…
–Es humano –prosiguió Alex, como si no le hubiera
oído–, nacido en Puerto Esmeralda, región de Nandelf.
Ha recorrido medio mundo y ha visto muchas cosas, por lo cual podría
decirse que no cree en nada. Es mentiroso, tahúr, truhán,
etcétera. Es bueno apostando y jugando a las cartas, tiene
buena memoria, gran capacidad de observación, mucha cara dura,
buena puntuación en Actuar y en cosas tales como Abrir Cerraduras,
Robar, Fingir, Ocultarse… También se le da bien convencer
a los demás y llevárselos al huerto. Es muy bueno en
el uso del puñal.
–¡Menuda joya! –comentó Fabio–. Un
tipo así siempre viene bien.
–Pero hay que tener cuidado con él, porque le gusta demasiado
lo que no es suyo –concluyó Alex–. Aunque en el
fondo es un buen tío.
–Cada cuatro turnos más o menos tendrá que hacer
una tirada para ver si roba algo que os pueda meter en problemas –añadió
Chimo.
–Y, por cierto, también hay que tener en cuenta sus habilidades
artísticas: cantar, bailar, recitar, tocar instrumentos, contar
chistes… Además tiene un poder… “Canto de
Cisne”. ¿Qué significa eso, Chimo?
–Es una antigua bendición… o maldición,
según se mire…que concedió el dios del aire a
todos los miembros de su estirpe que se dedicaron a las artes musicales.
Vosotros sabéis que se dice que los cisnes cantan cuando van
a morir, ¿no? Se dice también que es un canto muy hermoso,
y que, quien lo oye alguna vez, no lo olvida jamás.
–¿Y qué tiene que ver eso con mi personaje?
–Déjame acabar, hombre. Eso significa que tienes el poder
de cantar un canto tan bello que conmovería a las mismísimas
piedras. Pero, claro, sólo lo puedes usar una vez, porque es
un canto de muerte. Te quita todo el aliento vital.
–Pues menuda chorrada. ¿Quién iba a querer suicidarse
así?
–Tienes razón; bueno, que sepas que, de momento, nadie
en tu familia ha usado nunca este poder.
–No me extraña. Bueno, más cosas sobre mi bardo:
otra cosa buena que tiene son sus conocimientos de lengua y costumbres
de las distintas regiones por las que ha pasado. Y tiene una puntuación
muy alta en Suerte. Será muy útil, ya lo veréis.
En aquel momento sonó el timbre del interfono, y Chimo se levantó
para abrir. Volvió anunciando que era Eva.
Apenas cinco minutos más tarde, la chica entró en la
habitación. Sus ojos mostraron una cierta sorpresa al ver a
Alicia, pero no dijo nada, aunque sí dirigió a Chimo
una mirada interrogante. Alicia respondió con una expresión
desafiante. La mirada que cruzaron ambas lo decía todo. “Problemas”,
pensó Fabio. Daba la sensación que las dos chicas no
se llevaban bien entre ellas, “y no me extraña”,
se dijo Fabio. “Son completamente diferentes”.
Eva no hizo el menor comentario, y Alicia tampoco se dignó
a decir nada más que un escueto “hola”. La recién
llegada se sentó junto a Chimo y le tendió el bloc de
dibujo. Los ojos del master brillaron un momento tras las gafas.
–¡Genial! –dijo, y le cambió el bloc por
las fichas de los dos personajes que quedaban por repartir–.
Ten, elige.
Eva les echó un vistazo rápido y no lo pensó
mucho. Tal y como Fabio había imaginado, se había quedado
con la maga.
Mientras Fabio presentaba a su personaje, Chimo examinaba los dibujos
que había traído Eva, con gesto satisfecho. Después
arrancó algunas hojas y las pasó para que todos las
vieran.
Eran bocetos de sus personajes. Sobre ellos, Eva había escrito
el nombre, la raza y la profesión. Allí estaban Althon,
el caballero humano; Tamina, la sacerdotisa elfa; Huril, el pícaro
humano; y, por supuesto, Sim, el elfo montaraz guardabosques. También
había una joven maga de cabello corto, nariz respingona y gesto
decidido. Sobre el dibujo, Eva había escrito: Kali, la hechicera
humana. Por último, quedaba el personaje que aún no
tenía jugador, la guerrera que Eva le había enseñado
el día anterior, en su casa: Iona, la mercenaria semielfa.
–No hay enanos –comentó Víctor.
–Es cierto –admitió Alex–. Qué pena;
hay pocas cosas que hagan tanta pupa como un hacha enana. ¿Tienes
algo en contra de los enanos, Chimo?
–No. Simplemente, ningún enano ha sido escogido. Pero
es una pura casualidad.
–¿Escogido para qué?
–Para el desafío, claro. –Chimo se volvió
hacia Eva–. ¿Tienes ya claro tu personaje? ¿Sí?
Pues cuéntanos.
–Kali –empezó Eva–, es una joven humana que
nació en Lunn, región de Drackwen. Un día un
unicornio se acercó a ella, y la rozó con su cuerno,
y le entregó la magia… ¿qué significa esto?
Chimo se lo explicó en pocas palabras, y Eva prosiguió:
–De modo que Kali ingresó en la Orden Mágica,
y estudió en una de las Cuatro Torres… la Torre del Sur,
también llamada Torre de los Dragones, en Awinor. Hace poco
que ha alcanzado el grado de hechicera, después de un largo
periodo de aprendizaje.
–Imagino que, como todos los magos, será buena en lanzar
hechizos, sabrá mucho de hierbajos y hará muchas pócimas,
pero nada de usar armas –comentó Alex.
–Exacto: nada de armas. En cuanto al carácter, no es
muy sociable, que digamos. Vive muy encerrada en su carrera de maga,
no por ambición, sino por deseo de saber. Habilidades más
significativas… veamos… –Eva estudió su ficha–:
Cultura… Conocimiento de la Historia…Idiomas: idhunaico
arcano… hum, tiene una puntuación muy alta en Inteligencia,
Intuición, Percepción… Por lo demás, nada
que no tenga cualquier otro mago.
–Pero, bueno, ¿hasta dónde llegan tus poderes?
–quiso saber Víctor.
–Tengo aquí una lista de hechizos… de fuego, hielo,
viento, tierra… pero, sobre todo, de agua.
–Eso es porque Kali es adoradora de Nelier, la diosa del mar
–explicó Chimo.
–Ah, sí, lo pone en la ficha. ¿Cuántos
dioses hay?
–Tres dioses: el dios del aire, el dios del fuego, el dios de
la piedra, que es también señor de los enanos. Y tres
diosas: la diosa de la tierra, la diosa de la luz, la diosa del mar.
Bueno –concluyó, y volvió a mirar a los jugadores
con gesto grave–. Sois cinco, y falta uno.
–Yo llamaría a Susana –dijo Alex–. Además,
el personaje que queda es una tía.
–No está en casa ahora –recordó Fabio, muy
oportunamente–. Se ha ido al cine.
–Bueno, empezaremos sin ella –dijo Chimo–. Pero
el próximo día tiene que venir, ¿estamos? A no
ser que encontréis a otro para jugar. El primer acto podemos
hacerlo sin Iona, porque ella se incorpora más tarde al grupo;
pero el segundo, ya no.
Fabio asintió, conforme. En una semana tendría tiempo
de sobra para encontrar a otra persona que no fuese su hermana.
–Así que estamos a punto de empezar –anunció
Chimo solemnemente–. ¿Preparados? Comienza ya “El
desafío de Zhur”
