Título: El desafío de Zhur

4– El sexto jugador

–¡Fabio!
Fabio dio un respingo, sobresaltado. Casi se cayó del alféizar de la ventana; por suerte, era un bajo. Se giró y vio, plantada en el pasillo, a su hermana Susana, con los brazos en jarras y cara de pocos amigos.
–¿Qué pasa? –replicó Fabio, poniendo su gesto más agrio en respuesta a las malas maneras de ella.
–¿Por qué no me has dicho nada?
–¿Decirte el qué?
–No te hagas el despistado: lo sabes muy bien.
–No sé de qué me estás hablando.
–Sí lo sabes. Alex me lo ha contado todo: habéis empezado una nueva aventura.
–Ah, eso. –Fabio se encogió de hombros–. ¿Y qué? Tú vienes muy pocas veces a jugar.
–Es que el Rolemaster es muy complicado. Pero Alex me ha dicho que esta aventura se desarrolla en un mundo nuevo, y que las reglas son más sencillas. Y –alzó un dedo acusatoriamente–, que necesitáis a una persona más.
Susana calló y se le quedó mirando.
–¿Y qué? –replicó Fabio, malhumorado.
–Podías haberme avisado. Alex me ha dicho que Chimo te dijo el sábado que me llamaras para la próxima vez.
–Alex es un bocas –gruñó Fabio–. Y nos vale cualquiera, para que te enteres. El sexto personaje no es exclusiva tuya.
–Pues yo el sábado voy a ir, lo quieras o no. Son cuatro contra uno.
En aquel momento llegaba Alex.
–¿Qué es lo que pasa? –quiso saber–. No os veo muy felices.
–Nada; que al simpático de mi hermanito no le apetece que me una a la partida de rol.
–¿Por qué no?
Fabio gruñó algo y les dio la espalda, ignorándoles. Fingió que estaba muy interesado en observar el partido de baloncesto que se jugaba en la cancha del patio del instituto, unos metros más allá.
–Pues yo quiero jugar –decía Susana–. Por lo que contáis, es una pasada de aventura.
–Vaya si lo es. Mira, se desarrolla en un mundo en el que hay seis dioses buenos y un dios oscuro. Y el dios oscuro reta a los otros seis a través de un mago malvado llamado Zhur…
–Hola, Fabio. ¿Qué haces ahí sentado?
Fabio volvió a la realidad. Frente a él, en el patio, estaba Alicia.
–Pensar –respondió Fabio, encogiéndose de hombros.
–¿En qué?
Fabio retrocedió mentalmente en el tiempo para recordar en qué estaba pensando justo antes de la llegada de Susana.
–En nada en concreto. Inventaba una historia. Imaginaba… –los ojos de Fabio se perdieron en la inmensidad del cielo–. Imaginaba que aún quedaban dragones, en alguna parte.
–Pero los dragones nunca han existido.
Fabio suspiró con resignación. No, definitivamente, aquella chica no era del grupo, y nunca lo sería; no porque ellos no la aceptaran, sino porque no tenía sensibilidad para la magia.
–Olvídalo –dijo, conciliador–. Era sólo un pensamiento.
Alicia iba a replicar cuando los interrumpió la llegada de un apresurado Chimo, que venía corriendo por el patio, entre la cancha de baloncesto y la de futbito.
Se detuvo frente a la ventana donde estaba sentado Fabio, y los saludó a él y a Alicia.
–¡Estáis aquí! ¿Alguien ha visto a Susana?
La aludida se asomó por la ventana, detrás de Fabio, desde el pasillo.
–¿Qué pasa?
Fabio vio, impotente, cómo Chimo le entregaba a su hermana la ficha de la guerrera. Los folios pasaron por delante de sus narices; Susana los cogió, dirigiéndole una mirada triunfante.
Fabio suspiró de nuevo, con más resignación que antes.
Susana estudiaba la ficha con atención.
–¡Hala, una semielfa! ¡Cómo mola!
–¿Te va el personaje? –preguntó Chimo.
Susana había encontrado entre los folios el retrato dibujado por Eva. Lo exhibió con una sonrisa traviesa.
–Pero yo no tengo tanta “pechonalidad”…
–Ni falta que hace. Ella es Iona y tú eres Susana.
–Ya lo sé, tonto. ¿Por quién me has tomado?
–¿Por qué tienes tanto miedo de que nos creamos nuestro personaje, Chimo? –preguntó Fabio, con curiosidad–. Es absurdo, y lo sabes.
–¿Por qué? –preguntó Alicia–. Puede pasar, ¿no?
–No seas tonta –replicó Alex–. Eso sólo pasa en las películas.
–Pero ha habido gente que ha matado a gente…
–Entonces, ¿cómo te has atrevido a jugar con nosotros? Podrías ser la próxima.
–No hagas bromas estúpidas, Alex –cortó Fabio, molesto.
–Perdón, perdón. Tienes razón.
–¿Cuánta gente ha muerto por culpa del fútbol, eh? –intervino Susana–. Y a nadie se le ocurre encerrar a todos los hinchas en un manicomio, ni dicen que el fútbol es algo satánico; mientras que, porque una vez un loco mató a un chaval, ya todo el rol es malo, y todos los que juegan a rol están grillados o realizan ritos demoníacos, o qué se yo… ¿por qué?
–Mira, Alicia –trató de explicarle Chimo–. La gente que juega a rol es gente normal, como tú, como yo, como el vecino de enfrente. Y un psicópata es un psicópata, y un día quizá saque una pistola y se líe a tiros, y mate a todo el que pase, ya sea haciendo la compra, o paseando al perro, o jugando a rol. ¿Entiendes?
–Y como vuelvas a insinuar algo así te echamos del club –sentenció Alex.
Alicia notó enseguida que el ambiente se había enrarecido.
–¿Qué os pasa? ¿Qué he dicho?
–Déjalo, niña bien –dijo Alex; ya no parecía enfadado, sino simplemente cansado y algo triste–. No lo entenderías.
Les dio la espalda y se fue sin una palabra.
Fabio tampoco tenía ganas de seguir hablando con ella, pero se esforzó en ser un poco amable, y simplemente dijo:
–A veces, hemos tenido bronca en casa por jugar a rol. Se creen que es algo malo.
–Estamos bastante incomprendidos –añadió Chimo–. Mi madre pensaba que yo era poco menos que un delincuente, hasta que un día se puso a espiarnos detrás de la puerta mientras jugábamos una partida. Al cabo de media hora entró y nos preguntó que cuándo dejábamos de hablar y tirar los dados y empezábamos a jugar. Le explicamos que llevábamos ya un buen rato jugando; y, desde entonces, si vamos a jugar a casa y está ella, hasta nos hace la merienda. Dice que prefiere que estemos en casa haciendo teatro que tirados por ahí, borrachos, en cualquier discoteca.
–Jo, macho, eso es tener suerte. Mis padres no quieren ni oír hablar de rol.
Susana miró a Fabio de reojo.
–Ya ves cómo nos llaman en el insti –prosiguió Chimo–: los Sectarios. Y eso que somos gente muy normal: Víctor está en el equipo de futbito, Alex es scout, Fabio toca la guitarra y yo leo bastante y saco buenas notas, y colaboro con la revista de aquí. Lo único que pasa es que nos gusta la fantasía y tenemos imaginación. Y eso no es malo.
Fabio no pudo más.
–¿Pero por qué tenemos que dar explicaciones siempre, Chimo? –estalló–. ¿Por qué la gente se piensa que somos mala gente y hacemos cosas raras, sólo porque jugamos a rol? ¿Saben acaso lo que es un juego de rol?
Hubo un largo silencio.
–Bueno, siento haberos molestado –dijo entonces Alicia, muy cortada–. Yo…
–¿Qué tal si cambiamos de tema? –intervino Susana–. Como, por ejemplo, ¡mi personaje!
–Iona –asintió Chimo–. La semielfa guerrera. Creo que todos han leído ya tu ficha, Susana.
–Yo no –dijo Fabio.
Se incorporó un poco sobre el alféizar, y respiró hondo. Estaba dispuesto a ser agradable con su hermana; Alicia le había recordado lo solo e incomprendido que se había sentido muchas veces, y no podía evitar pensar ahora que Susana no sólo era la única en su familia que aceptaba los juegos de rol, sino que, además, disfrutaba jugando.
Era una tontería no querer que se uniera al grupo.
–Háblame de Iona, Susana –pidió.
Susana sonrió.
–Se llama Iona Mano de Acero –dijo–. De profesión, mercenaria. Nació en Namre, la ciudad portuaria más importante de Derbhad, la tierra de los elfos, hija de una joven humana y un apuesto marinero elfo. Su padre abandonó a la joven embarazada, y ésta murió poco después de que Iona naciera, víctima de una epidemia. La niña fue adoptada por los dueños de una taberna, y allí creció, entre compañías poco recomendables. Un día abandonó Namre para no volver jamás, decidida a buscar aventuras y a ganarse la vida con su espada. Ha recorrido buena parte del mundo, es experta en el manejo de la espada y conocedora en general de todo tipo de armas y venenos.
–¡Venenos! –repitió Fabio–. Interesante.
–También se le da bien la lucha cuerpo a cuerpo –prosiguió Susana–. Lleva una armadura ligera y monta a caballo. Es rápida, fuerte, resistente.… Su nivel cultural deja mucho que desear, pero habla varios idiomas, es sagaz y muy lista. Tiene experiencia en aventuras de este tipo y en la lucha contra monstruos y guerreros varios, así que será una buena baza.
>> En cuanto a carácter, tiene un problema; y es que, al ser una híbrida, no se siente a gusto en ninguna parte, es solitaria y poco sociable. Y tiene muy mal genio.
–Como tú –se le escapó a Fabio.
Susana le propinó una colleja.
–¿Lo ves? –refunfuñó Fabio, frotándose la nuca magullada.
–Bueno, pues ya está todo listo para seguir la partida el sábado que viene –dijo Chimo, satisfecho–. Fantástico.
En aquel momento sonó el timbre que indicaba el final del recreo. Alicia se despidió de ellos y se fue para su clase, y Susana hizo lo propio, llevándose consigo la ficha de la guerrera semielfa.
Fabio se quedó un momento más en el alféizar de la ventana, mirando cómo el patio se vaciaba de gente, y oyendo a su espalda el bullicio de los alumnos que recorrían el pasillo en dirección a las aulas.
Cuando se dio la vuelta, descubrió que Chimo seguía allí, esperándole.
–Tenemos que volver –le dijo.
Fabio asintió.
–Sí, la clase de lengua estará a punto de empezar.
Pero Chimo negó con la cabeza.
–No me refiero a eso. –Le miró fijamente–. Quiero decir, volver allí. Al otro lado.
Fabio no tuvo tiempo de preguntarle. El nuevo master del grupo dio media vuelta y se alejó pasillo abajo, hacia las aulas.