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Acto 2: Las llanuras de Shur-Ikail
–Bueno,
¿dónde está Alex? –preguntó Chimo.
–Ha ido al quiosco a comprar marranadas –explicó
Víctor.
–Como si aquí no se os diera bien de merendar, ingratos…
–No se ha olvidado de ti: ha dicho que traería ganchitos.
–Ah, bueno, eso es otra cosa.
En aquel momento sonaba el timbre. Chimo se levantó para abrir
y, apenas un par de minutos después, Alex y él volvían
a entrar con los brazos repletos de bolsas de chucherías.
Soltaron su cargamento en el centro de la mesa. Alex se dio cuenta
de que Alicia miraba las bolsas con reparos y dijo, burlón:
–Lo siento, princesita: no había chucherías bajas
en calorías.
Ella decidió ignorarle por completo.
–Tocamos a veinte duros por cabeza, Sectarios –anunció
Alex–. Así que, apoquinad.
Hubo cierta confusión mientras todos pagaban su parte y se
apropiaban de las bolsas que más les interesaban. Una vez las
cosas volvieron a la normalidad, y Chimo se hubo asegurado de que
la bolsa de ganchitos estaba a su alcance, miró a sus jugadores,
ordenó sus papeles y empezó:
–Abandonáis la Torre de los Sortilegios al amanecer,
con las bolsas llenas…
–¿De ganchitos? –preguntó Alex.
Carcajada general.
–Vale ya, tíos, esto no es serio. Empecemos de una vez.
–Venga, basta de chorradas –intervino Víctor, aunque
aún sonriéndose.
–Como iba diciendo, salís de la torre con las bolsas
repletas –Chimo lanzó una mirada amenazadora al inoportuno
bardo– de comida, cosas útiles y bastante dinero. En
resumidas cuentas, el equipo que os he puesto a cada uno en la ficha.
Y os dirigís hacia el este, hacia Shurik, el pueblo donde se
organiza la competición.
>>Llegáis al atardecer, justo a tiempo para ver la final.
Preguntáis por el campeonato y os cuentan que el mejor de los
participantes va a enfrentarse con el mejor de los guerreros enanos.
¿Qué hacéis?
–Si vamos a pasar la noche allí, deberíamos buscar
una posada –dijo Víctor.
–Vale, escuchad –dijo Alex–. Hagamos una cosa: el
caballero y yo nos iremos a buscar una posada. El resto, que vaya
a ver la final.
–¿Os separáis? –dijo Chimo–. De acuerdo:
Susana, Alicia, Fabio y Eva, al salón.
Los aludidos se levantaron y salieron de la cocina.
Fabio se dejó caer en el sofá del salón. Susana
y Alicia hablaban entre ellas, pero él permaneció callado
y en silencio hasta que Chimo los llamó para que entraran
Alex y Víctor ya salían. Este último parecía
enfadado, y dirigía a Alex miradas amenazadoras. Fabio no preguntó
nada: se suponía que no sabía lo que había ocurrido.
Fabio y las chicas entraron de nuevo en la cocina.
–Os vais a las afueras del pueblo –empezó Chimo–,
y allí encontráis a un montón de gente que ha
acudido a ver el campeonato. Os abrís paso hasta el pequeño
circo que han habilitado para la ocasión, y veis a la guerrera
luchando contra un enano bastante tocho, para ser un enano. Ella lleva
espada; él, hacha.
–¿Voy a tener que tirar los dados? –preguntó
Susana.
–No, porque vas a ganar. El juego comienza para ti cuando te
unes al grupo.
>> Vosotros, ¿qué hacéis mientras ella
lucha?
–Yo voy a comprar hierbas curativas –anunció Eva–.
No tengo ninguna en el equipo.
–Como quieras. Entonces, la maga se aleja en busca de un herbolario,
¿no? Os quedáis los dos elfos viendo luchar a Iona.
>> Veis, un poco más allá, a dos enanos más,
sacerdotes del dios Karevan, que están observando la lucha
con interés. Os ven, se acercan a vosotros y os preguntan si
venís de la Torre de los Sortilegios.
–Respondemos que sí, claro –dijo Fabio–.
Están en el ajo, ¿no?
–Efectivamente. Os explican que el vencedor de esa lucha será
vuestro compañero. Notáis que les gustaría que
ganase el enano, por supuesto.
>> En ese momento, Iona resulta vencedora. La multitud ruge.
El enano se levanta de la arena, furioso y humillado. Los sacerdotes
ponen cara de circunstancias; parecen muy decepcionados, pero dicen
que aceptarán la voluntad de su dios; añaden que van
a hablar Iona, que se reunirá con vosotros más tarde,
cuando le hayan contado de qué va el asunto. Así que
os alejáis de allí y preguntáis por la posada.
–¿Y yo? –dijo Eva.
–A eso iba. Tú encuentras una herboristería. Las
plantas curativas que tienes disponibles son, en orden de eficacia,
la tuwia, el boré, las hojas de olenko.
–Hasta has inventado plantas nuevas –dijo Fabio, pasmado.
Pero Chimo no le hizo caso. Mientras regateaba con Eva sobre el precio
de las plantas curativas, Fabio meditó su próximo movimiento.
El bardo y el caballero habían ido a la posada, y allí
había pasado algo, seguro; por la cara que ponía Víctor…
Y él…
–Vale, solucionado –dijo entonces Chimo.
Eva se apuntaba las hojas curativas en la sección de Equipo
de su ficha, refunfuñando por lo bajo y protestando por los
abusivos precios que se gastaba el master.
–Llegáis a la posada –dijo Chimo–, y os encontráis
con problemas: las autoridades del pueblo están a un pelo de
llevarse al bardo a la cárcel. Diles a esos dos que entren.
Unos minutos más tarde, ya estaban todos reunidos de nuevo
en torno a la mesa.
–Que os cuenten, que os cuenten –dijo Chimo, riéndose
por lo bajo.
–Este inútil le ha robado la bolsa a un rico comerciante
–gruñó Víctor, señalando a Alex–.
Con tan mala suerte que le han pillado.
–Me ha salido mal la tirada –se defendió el acusado.
–O hacéis algo pronto o lo colgarán por mangui
–sentenció Chimo–, así que…
–Alicia, habla con ellos –dijo Víctor–. Eres
una sacerdotisa. Te respetarán, ¿no?
–¿Y qué les digo? ¿Que el destino del mundo
depende de nosotros seis?
–No se lo tragarán –dijo Alex, agorero.
–Bueno, yo lo intento. Veamos… me acerco a los guardias,
o lo que sean, y les digo que suelten al bardo, que va conmigo.
Alicia tiró los dados. La puntuación fue bastante baja.
–Lo siento, Alicia. Los guardianes de la paz y el orden se ríen
de ti en tus barbas. Aunque, espera… Seré bueno. Alex,
haz una tirada de Suerte.
Alex hizo rodar los dados.
–¡Doce! –exclamó–. ¡Toma ya!
¡Chúpate esa!
–Vale, vale –refunfuñó Chimo–. Con
eso y con la puntuación de Suerte que tiene tu personaje, se
puede producir hasta un milagro: en ese momento entran Iona y los
sacerdotes enanos en la posada. Éstos interceden por vosotros
en nombre del dios Karevan.
–¿Y por qué a ellos les hacen caso y a mí
no? –protestó Alicia.
–Porque estamos en Shur-Ikail, muy cerca de Raheld, el reino
de los enanos. En esta región, el dios Karevan es más
venerado que la diosa Irial, a la que tú sirves. ¿Estamos?
>> Bueno: subís a una habitación privada y los
sacerdotes os presentan a Iona, el miembro número seis del
grupo. Os desean mucha suerte y se van hacia su templo.
>>Vosotros partís al amanecer. Abandonáis Shurik
y salís a una extensísima pradera. El pueblo más
próximo está a unos cinco días de camino. Cruzáis
las praderas sin novedad y una tarde veis a lo lejos un grupo de jinetes
que se acercan a vosotros. No sabéis si son enemigos o no.
–Pues preparamos las armas, por si acaso –dijo Víctor.
–Me parece muy prudente.
>>Cuando llegan a una distancia más o menos aceptable,
el elfo los distingue por fin: son miembros de la tribu de los Dagan,
los bárbaros de las llanuras. Por lo que sabéis, no
tienen por qué resultar peligrosos. ¿Alguno de vosotros
habla idhunaico dagan?
Los jugadores consultaron sus fichas.
–Si, yo –dijo Alex, satisfecho.
–Pues espero que estés bien en diplomacia, macho –comentó
Víctor–; porque, si nuestros contactos dependen de ti,
vamos listos.
–Los jinetes llegan hasta vosotros –prosiguió Chimo–,
y os preguntan quiénes sois, a dónde vais y de dónde
venís. ¿Qué respondéis?
–Que venimos de Shurik –dijo Alex con cautela–,
de ver el campeonato de fuerza. Y nos volvemos a casa.
–Buena respuesta –aprobó Chimo–, porque tal
vez a los dagan no les sentaría bien que dijeseis que sois
elegidos de los dioses. De momento, se sorprenden un poco de ver un
grupo tan heterogéneo.
>> Haz una tirada de Presencia, Alex.
Alex tiró. Todos contuvieron el aliento mientras Chimo estudiaba
el resultado con aire crítico.
–Vale, les has caído bien –sentenció finalmente
el master–. Os acompañarán hasta el bosque.
>> Guiados por los guerreros dagan, llegáis sin novedad
hasta un pequeño bosque entre las Llanuras y la Cordillera
de Daminon. Os despedís de ellos y seguís vuestro camino.
>> Avanzáis por un camino que serpentea entre abedules.
Hace un día precioso, luce el sol… es un tiempo impropio
de las fría región del norte así que, pese a
todo, estáis de buen humor. Hasta la sacerdotisa y el caballero
están de buen rollito con la maga…
–…Que pasa olímpicamente de ellos –terció
Eva.
–Exacto. –Chimo miró a Eva con cierta sorpresa–.
Kali es muy suya y no habla mucho con la gente. Has captado bien al
personaje, Eva.
>>Bueno, sigo. Como decía, cruzáis un bosque claro
y bonito, los pájaros cantan…
–Vaya, vaya –murmujeó Víctor–. Eso
significa problemas.
–Depende. Haced una tirada de Percepción.
Los jugadores consultaron sus fichas. Los que más puntuación
tenían en Percepción eran la maga y el elfo, así
que Fabio cogió los dados y los tiró. Todos estiraron
el cuello.
El resultado fue decepcionantemente bajo.
–Problemas –repitió Víctor, pesaroso.
Chimo ya hacía sus cuentas, sumando el resultado de la tirada
con la capacidad del elfo montaraz en Percepción.
–Tú no ves ni oyes nada raro –concluyó–.
A ver, Eva.
Eva tiró los dados también. Su resultado fue algo mejor.
–Hum… –dijo Chimo–. Bueno, seguís adelante.
El elfo va completamente tranquilo y feliz. La maga sospecha algo,
pero no lo tiene muy claro. Intuye que, desde la espesura, muchos
ojos os vigilan.
–Y, entonces, ¿qué hacemos? –preguntó
Alicia.
–Pues esperar a que nos ataquen –explicó Susana–.
Hemos fallado la tirada de Percepción, y nos cogerán
por sorpresa. Será más difícil que si los hubiésemos
visto antes.
–Atended –prosiguió Chimo–: de pronto, os
disparan tres flechas desde los matorrales. Tirad todos un dado de
seis y decidme qué tenéis en Suerte y Agilidad.
Uno por uno, los jugadores tiraron los dados. La puntuación
más baja fue la de Víctor. La más alta, la de
Alicia.
–Los elfos y el bardo esquivan las flechas. A la maga le da
en el brazo: dos puntos de daño. A la guerrera, en el hombro:
un punto. A ti, Víctor, te ha acertado en el pecho y en la
pierna. Son ocho puntos.
–Llevo armadura –le recordó él–. Son
más dos puntos de defensa.
–Cierto, cierto. Seis, entonces.
–¿Podemos ver ya a los atacantes? –preguntó
Fabio.
–Los elfos, sí. La sacerdotisa y tú sois los únicos
que podéis atacar. Pero, como ella no tiene armas, pues te
toca a ti.
–Bueno, pero, ¿qué son?
–Wibbas. Un tipo de criatura parecida a un goblin, pero con
cabeza de perro. Son ladrones y asaltantes, y suelen poner emboscadas
en los caminos. Su piel pardusca hace que sean muy difíciles
de distinguir entre el follaje.
–¿Cuántos hay?
Chimo empujó un dado hacia él. Fabio tiró: un
tres.
–Tú ves a tres, pero no sabes si hay más. ¿Qué
haces?
–Saco el arco y… ¿cuántas flechas puedo
disparar en un turno?
–Dos.
–Roñoso. Soy un experto tirador y tengo una puntuación
muy alta en Rapidez.
–Bueno, vale: tres.
–Entonces disparo tres flechas, una a cada uno.
Fabio tiró tres dados. Un seis, un cuatro, un uno.
–Vale –concluyó Chimo–. Has matado a uno,
has dejado herido a otro y al tercero no le has dado. ¿Alguien
más quiere hacer algo, antes de que se os pase el turno?
–¿Puedo lanzar yo mi puñal? –quiso saber
Alex.
–No, porque no puedes ver a tus atacantes. Para cuando veas
al wibba que ha herido Fabio, ya será el turno de contraataque
de ellos.
–Yo quiero hacer algo –dijo entonces Eva–. ¿Son
muy grandes esos wibbas?
–Algo más pequeños que los goblins, y no tan gordos.
¿Por qué?
–Porque, si son ligeros, quiero hacer un hechizo de tornado.
Aquí pone que puedo.
Hubo un breve silencio.
–¡Muy bien! –exclamó entonces Víctor–.
¡Así se juega!
–Vale, inténtalo –gruñó el master–.
Pero os advierto que alguno de vosotros puede salir volando también.
Eva tiró. La puntuación fue aceptable.
–Humm… –dijo Chimo–. Bueno, vale. El hechizo
ha salido bien, pero te has quedado con poca energía mágica,
que tardarás varios días en reponer. ¿Estamos?
–Perfecto. ¿Y los wibbas?
–Tres de ellos han salido volando; uno de ellos era el herido
grave. Sabéis que queda uno, pero tal vez haya más.
En cuanto a vosotros… todos, excepto Víctor, haced una
tirada de Suerte, y decidme cuánto pesáis.
–¿Por qué Víctor no…? –empezó
Alicia, pero Chimo se lo explicó antes de que terminase de
formular la pregunta:
–Porque el caballero lleva una armadura muy pesada y no se lo
lleva el viento.
Todos tiraron. Esta vez la puntuación más baja fue la
de Alicia.
–Mala suerte –dijo Chimo, engullendo un puñado
de ganchitos–. Eres, además, la que menos pesa; o sea,
que la sacerdotisa sale volando por los aires. Os quedáis sin
ella.
–¿Ya estoy fuera del juego?
–No, mujer. Luego harás una tirada para ver si la caída
te quita muchos puntos de vida o no. Vosotros, ¿qué
hacéis?
–Después de lo del viento –dijo Fabio–, ¿no
vemos a los wibbas que quedan?
–Haz una tirada de Percepción.
Fabio tiró. Chimo estudió el dado con aire crítico.
–Vale, sí. Ves a tres más. Eso hacen cuatro. Pero
se te ha pasado el turno. Ya no puedes disparar otra vez.
–¿Por qué no? –intervino Susana–.
Los asaltantes están aturdidos y confusos. No van a reaccionar
ahora.
–Susana tiene razón –metió baza Alex–.
Aún podemos hacer algo.
–Yo sacaré mi espada y… –empezó Víctor,
pero Chimo cortó:
–Tú, no. Estás herido. Alex, Fabio y Susana, tirad
y decidme qué tenéis en Reflejos.
Afortunadamente, las tres tiradas fueron altas.
–Fabio puede disparar otra flecha, Alex puede lanzar su puñal
y Susana le atiza a uno con la espada. Tirad otra vez.
Los tres lo hicieron. De acuerdo con la puntuación de los dados,
Chimo decretó que la flecha del elfo no había dado en
el blanco, pero que el puñal del bardo, sí. Por otra
parte, los dados se portaron bien con Susana:
–¡Doce! –gritó–. ¡Eso es un crítico!
–¿Un qué? –preguntó Alicia.
–Vamos, que le ha hecho mucha, pero que mucha pupa al wibba
–explicó Chimo.
Quedaban dos asaltantes, y era su turno para atacar. Los dos wibbas
dispararon sendas flechas con sus arcos cortos. Chimo tiró
los dados: uno falló el disparo; otro acertó al bardo,
aunque éste, gracias a su buena suerte, no resultó herido
de muerte.
En el siguiente turno, los compañeros acabaron con los atacantes.
–¿Quedan más? –quiso saber Fabio, receloso.
Chimo tardó un poco en contestar. Parecía decepcionado.
–No –dijo por fin–. No, no hay más. Bueno,
resumo vuestra situación. El bardo está herido, y la
maga y la guerrera también, aunque en este caso son heridas
superficiales. Althon es el que peor se encuentra. Ah, y, por cierto,
vuestra sacerdotisa ha salido volando por los aires.
–Pues vamos a buscarla, ¿no? –dijo Fabio–.
Tenemos a gente herida.
–De acuerdo. Seguís pues por el camino, en busca de Tamina.
Al cabo de un rato oís que alguien gime desde la espesura,
y la encontráis por fin… a ver, Alicia, tira los dados.
Alicia cogió los dos dados y los hizo rodar sobre la mesa:
cuatro y cinco.
–Nueve –observó el master–. Bien, bien. No
estás malherida. Arañados, contusiones y poca cosa más.
Aun así, es un punto de vida menos.
Alicia, obediente, cogió un lápiz y le rebajó
a su elfa un punto de vida sobre la ficha.
–La sacerdotisa sólo puede realizar un hechizo de curación
cada cierto tiempo.
–Entonces, que cure a Víctor, que es el que peor está
–dijo Alex generosamente.
–¿Estás de acuerdo, Alicia? ¿Sí?
Pues tira los dados.
La tirada resultó buena.
–Vale, el hechizo ha salido bien –concluyó Chimo–.
Curas al caballero. Apúntate cinco puntos de vida más,
Víctor.
>>Seguís por el bosque. Pasan dos días sin novedad.
–¿Entonces, puede ya la sacerdotisa curar a la maga?
–preguntó Fabio.
Chimo le miró como si fuera un piojo.
–Sí, ya puede –soltó por fin, a regañadientes.
–Pero no me da la gana –dijo Alicia, y los demás
la miraron, sorprendidos.
–¿Y eso por qué? –preguntó Susana,
intrigada; Eva no dijo nada.
–En primer lugar, porque es una maga; y, en segundo lugar, porque
me ha hecho volar por los aires con un hechizo.
–Hombre, visto así…
–Pero estás viva –dijo Fabio–. Si no fuese
por ella, quizá te habrían matado los wibbas.
–Quizá yo no quiera que ella me cure –dijo entonces
Eva, con voz serena–. Además, no me hace falta: tengo
plantas curativas.
“Un tanto para Eva”, pensó Fabio. Chimo se encogió
de hombros.
Aprovechando la pausa, Víctor se había levantado para
llenarse un vaso de agua. De forma casual, Fabio se fijó en
que cojeaba ligeramente.
–Y ahora, ¿qué? –preguntó Víctor
al sentarse de nuevo.
–Al cabo de dos días más –concluyó
Chimo–, abandonáis y llegáis a la cordillera,
dejando atrás las praderas de Shur-Ikail. Fin del segundo acto.
