6–
Extrañas coincidencias
–Sabía
que te encontraría aquí –dijo Alex.
Fabio se dio la vuelta. Su amigo avanzó hasta situarse junto
a él, y ambos contemplaron en silencio la vista que había
desde la azotea del instituto.
Fabio no dijo nada. Se limitó a quedarse mirando, perdido en
sus pensamientos.
La azotea era uno de sus lugares favoritos para estar. Generalmente
era un sitio muy tranquilo, porque, entre que siempre había
mucho viento, y un edificio de catorce plantas tapaba el sol la mitad
del tiempo, casi nadie subía allí. Pero a Fabio todos
aquellos inconvenientes no el molestaban. Le gustaba sentir el viento
en la cara, y ver el patio del instituto y todo su barrio desde arriba.
Le hacía sentirse libre.
–Tengo un problema, Fabio –dijo entonces Alex.
Fabio tampoco dijo nada esta vez, y ni siquiera le miró. Pero
Alex sabía perfectamente que su amigo le estaba prestando atención,
y que podía contar con él.
–¿Recuerdas la partida del sábado pasado? –empezó
Alex.
Fabio asintió.
–¿Recuerdas a mi personaje, el bardo ladrón? ¿Te
acuerdas de que tuvo problemas por robar la bolsa de un rico comerciante?
–Claro.
Alex calló durante un momento. Fabio se volvió hacia
él, intrigado. Era impropio de su amigo estar tan serio y pensativo.
Alex miró a Fabio a los ojos. Entonces, lentamente, extrajo
algo de su bolsillo y se lo tendió. Fabio lo cogió:
era una cartera.
–Es de Víctor –dijo solamente.
Fabio le miró fijamente.
–¿Qué quieres decir?
Alex se encogió de hombros.
–Yo… no sé, le pedí un tippex y me dijo:
“Cógelo, está en el estuche, que está en
mi mochila”. Buscando en la mochila tropecé con la cartera
y…
Fabio se encogió de hombros.
–Pues devuélvesela. Como broma, ya ha sido bastante pesada.
–No lo entiendes, Fabio. No es eso.
–Bueno, se enfadará, claro, pero…
–No me importa que se enfade, y por supuesto que se la voy a
devolver. Pero es que no se la he quitado para gastarle una broma.
–No entiendo qué quieres decir –dijo Fabio; aunque
empezaba a intuirlo, y no le hizo ninguna gracia–. ¿Qué
es lo que pasa?
–¿Recuerdas lo que dijo Chimo cuando empezamos la partida?
Que cada cuatro turnos tendría que hacer una tirada para ver
si el bardo robaba algo que no era suyo.
–No digas chorradas, Alex.
–Fabio, yo nunca, nunca he quitado nada a nadie –Alex
empezaba a subir el tono de voz–. ¿Por qué ahora?
Fabio perdió la paciencia.
–Mira, Alex, no seas idiota. Todos te conocemos: habrás
querido hacer una gracia de las tuyas cogiéndole la cartera
a Víctor, y ya está. Devuélvesela, y punto. Y
no intentes comerme la cabeza.
–Yo no intento…
–No quiero ni oírte hablar del tema, ¿vale? Si
es otra de tus bromas, no tiene gracia. Sólo eso me faltaba:
que intentes hacernos creer que tienes problemas de identidad con
tu personaje.
Alex no dijo nada. Fabio empezaba a creer que se había pasado,
cuando su amigo dijo suavemente:
–¿No lo sientes tú también?
–¿El qué?
–Que tú ya no eres tú.
–No, no lo siento. Y no empieces, Alex. Sabes muy bien que eso
no pasa.
–Sí, lo sé. Y justamente por eso estoy tan preocupado.
Fabio se giró para mirarle a los ojos. Una sombra de duda aleteó
sobre su mente y su corazón. ¿Y si Alex no le estaba
tomando el pelo?
Desvió de nuevo la mirada hacia las calles de su barrio.
–Mira, por ahí llega Víctor –dijo–.
¿Por qué viene tan tarde? Ya es la hora del recreo.
–Ha ido a casa a ver si se había dejado la cartera allí.
Se ha perdido la hora de mates, pero decía que no podía
esperar al recreo.
–Bueno, pues entonces es buen momento para devolvérsela,
¿no crees?
Alex no contestó enseguida.
–Sí –dijo por fin–. Sí, tienes razón.
Por cierto –añadió–, ¿dónde
dices que está Víctor?
–Por allí –Fabio señaló, a lo lejos,
un punto en una de las calles principales–. ¿No lo ves?
Lleva puesto el anorak gris.
Alex frunció el ceño.
–No, no lo veo –dijo–. Está demasiado lejos.
Dio media vuelta para marcharse y se alejó unos pasos. A medio
camino se giró hacia Fabio, que seguía asomado al antepecho
de la azotea, de espaldas a él, y dijo:
–Oye, Fabio… ¿no eras tú el que decía
que tenía que ir al oculista porque no veía muy bien
de lejos?
Fabio se enderezó bruscamente y se volvió hacia él;
pero Alex ya había desaparecido por la puerta de la escalera.
En aquel momento sonaba el timbre del recreo.
Fabio permaneció allí un momento más, observando
cómo los demás chicos y chicas del instituto abandonaban
el patio, que se iba vaciando poco a poco. Le gustaba quedarse mirando;
siempre era el último en entrar en clase, y algunas veces llegaba
tarde, pero para él valía la pena.
Cuando no quedó nadie, Fabio se apartó del antepecho
y, lentamente, bajó las escaleras en dirección al aula.
Al salir de clase se entretuvo también un poco más hablando
con un profesor. Cuando acabó, abandonó el aula y recorrió
los pasillos del instituto, pensativo.
Se encontró con Alicia sentada en una de las ventanas que daban
al patio, la misma en la que, a veces, solía sentarse él.
La chica miraba hacia el cielo, con gesto triste, pero se volvió
inmediantamente hacia él al oírle llegar.
–Hola –saludó Fabio.
–Hola –dijo ella.
Hubo un breve silencio. Fabio sintió entonces, para su sorpresa,
que se sentía muy unido a ella, sin saber por qué. Su
mirada tenía cierto brillo angustiado.
–¿Qué te pasa? –preguntó Fabio.
–Me ahogo –respondió ella–. Me ahogo aquí.
Inexplicablemente, Fabio supo enseguida a qué se refería.
Él mismo había estado sintiendo algo parecido aquellos
días… desde el sábado, recordó.
Se esforzó por apartar de su mente aquellos pensamientos.
–¿Aquí, dónde? –preguntó,
como si no lo entendiese–. ¿Quieres decir, en el instituto?
Ella le miró fijamente un momento, como considerando la pregunta,
y la respuesta que debía darle.
–Realmente, no lo sé –dijo, y trató de sonreír–.
Quizá sea la ciudad. O el aire.
Apoyó la cabeza en el marco de la ventana y dejó que
su mirada volase libre por un cielo sin nubes. Después se volvió
hacia él con una sonrisa de disculpa.
–Lo siento –dijo; ya parecía la Alicia de siempre–.
Hoy estoy rara: me habré levantado con el pie izquierdo.
Fabio se despidió de ella y siguió su camino, pensando
que sus amigos se estaban comportando de forma muy extraña
últimamente.
Víctor y Alex le esperaban en la puerta del instituto. Fabio
se dio cuenta enseguida de que había problemas: Víctor
parecía muy enfadado.
–¿Qué pasa? –preguntó Fabio, por
tercera vez en la misma mañana.
Víctor le explicó que “el villano de Alex le había
expoliado”, y otras cosas por el estilo. Fabio se le quedó
mirando:
–Querrás decir que este capullo te ha mangado la cartera
–rectificó.
–Sí, eso –Víctor parpadeó, perplejo–.
Jo, qué repelente me estoy volviendo.
Con infinita paciencia, Fabio intervino para aclarar el malentendido.
Se dio cuenta inmediatamente de que Alex iba a empezar a decir cosas
raras sobre cambios de identidad, y le cortó por lo sano:
–Bueno, ha sido una broma pesada, pero era eso, una broma, ¿no?
–Miró a Víctor antes de que Alex pudiera protestar–.
Míralo por el lado bueno: ya tienes tu cartera. Si te la hubiesen
robado de verdad, habría sido peor, ¿no crees?
Víctor le miró un momento, pensativo. Luego dijo:
–Tienes razón.
Parecía muy cansado. Cuando echaron a andar los tres hacia
casa, Fabio advirtió que su cojera seguía siendo muy
pronunciada.
–¿Qué te pasa en la pierna? –preguntó.
–No lo sé, tío. Debe de haberme dado un tirón,
o algo así. Lleva doliéndome…
–Desde el sábado –murmuró Alex; lo dijo
en voz baja, pero Fabio lo oyó.
–… desde el fin de semana –concluyó Víctor.
Fabio lanzó a Alex una mirada amenazadora, pero el chico se
limitó a sostenerla sin pestañear.
–Por cierto –dijo entonces Víctor–, ¿alguien
sabe por qué Chimo falta tanto a clase últimamente?
Era de los que no se perdían una.
–Estará preparando la partida del sábado. O tal
vez esté enfermo, no sé. Le llamaré cuando llegue
a casa.
Se quedaron en silencio un buen rato, mientras caminaban por la calle
perdidos en sus pensamientos.
–Estoy preocupado –dijo entonces Alex.
–No empieces, tío –protestó Fabio, pero
Víctor le miró, interesado:
–¿Por qué?
–Me siento diferente –explicó Alex–. Como
si no estuviese aquí. Y, cuando estoy aquí, yo no soy
yo.
Fabio hizo un gesto de fastidio.
–No nos rayes más con eso, Alex. No tiene gracia la broma.
–No es una broma. Venid a mi casa y os lo enseñaré.
Fabio y Víctor cruzaron una mirada, pero le siguieron, intrigados.
Poco después estaban los tres en la habitación de Alex,
intentando encontrar un sitio donde sentarse entre el desorden de
ropa, libros y discos compactos. Alex salió un momento del
cuarto y volvió con una guitarra.
–Sentaos –dijo.
–Eso estamos intentando –gruñó Víctor;
apartó una cazadora y un par de libretas de encima de una silla
y tomó asiento.
Fabio había encontrado sitio en una esquina de la cama. Alex
sacó una silla plegable de detrás de la puerta, la abrió
y se sentó. Apoyó la guitarra sobre su rodilla y empezó
a tocar.
La música ascendió hasta el techo, llenó la habitación
y salió al pasillo. Era una melodía suave y melancólica,
pero compleja y fascinante. Víctor y Fabio la escuchaban sin
una palabra y, cuando las últimas notas murieron entre las
cuerdas de la guitarra y el cuarto quedó de nuevo en silencio,
ninguno de los dos dijo nada.
–¿Qué os parece? –preguntó Alex.
–Muy bonito, tío –dijo Fabio–. No sabía
que tocases la guitarra. Lo haces mejor que yo.
Alex le miró fijamente.
–De eso de trata, Fabio –dijo con gravedad–. No
sé tocar la guitarra. Nunca he aprendido.
–Me estás tomando el pelo.
–No, en serio. La guitarra es de mi hermana. Ayer me dio por
cogérsela y me puse a tocar, y salió algo parecido a
esto. Y era la primera vez en mi puñetera vida que cogía
una guitarra.
–Mira, Alex… –empezó Fabio, pero se calló
al ver que Víctor se había puesto pálido.
–Alex dice la verdad –dijo–. Nos conocemos desde
la guardería. Nunca ha aprendido a tocar la guitarra.
–Pero mi personaje de “El Desafío de Zhur”
sí sabe tocar instrumentos –dijo Alex–. Y el tuyo,
Fabio, es un elfo, y tiene la vista muy aguda y el oído muy
fino. Y el tuyo, Víctor… –Alex respiró hondo–,
resultó herido en la partida del sábado pasado. Herido
en el pecho y en la pierna.
Reinó de pronto un silencio sepulcral.
–Eh, tíos, si esto es una broma… –empezó
Fabio, pero Víctor negó con la cabeza:
–Si es una broma, yo no estoy en el ajo, Fabio. Te lo juro.
Sabes que yo soy un tío muy serio y que no me gustan ese tipo
de cosas.
Fabio miró a sus amigos alternativamente, primero a Alex, luego
a Víctor… Intentó poner en claro sus ideas.
–Vamos a ver –dijo–. Me estáis intentando
decir que hay ciertas… similitudes… entre nuestros personajes
y nosotros, ¿no?
–Yo no sé qué pensar –dijo Víctor–.
Me gusta mi personaje, claro, pero nunca me he sentido tan identificado
con él como para comportarme igual, ni siquiera inconscientemente.
Alex sacudió la cabeza y apoyó la barbilla sobre las
manos, abatido.
–No me digáis que no lo habéis sentido vosotros
también.
–¿El qué?
–Esa sensación de… irrealidad. De estar viviendo
en un mundo que no es el tuyo. De que, de algún modo, no encajamos
aquí.
Hubo un breve silencio.
–Jo, macho, yo no lo habría expresado mejor –dijo
Víctor, para sorpresa de Fabio.
–Ya basta –protestó éste–. No os estaréis
volviendo locos, ¿verdad?
–No –dijo Alex–. Un loco nunca se plantea si lo
está o no, y yo me lo planteo todos los días, siempre
que me pasa alguna cosa que se sale de lo normal. Y últimamente,
sabes, pasan demasiadas cosas extrañas. Lo que me extraña
es que tú, que eres tan observador, no te hayas dado cuenta
aún.
–Bueno, y, entonces, ¿qué es lo que pasa, según
tú?
–No lo sé. Tiene que ver con Chimo y la partida. ¿No
os habéis fijado en que está raro?
–Sí, eso sí que lo he notado. Ya ni siquiera tartamudea
cuando aparece Alicia de repente.
–Alicia… –Alex sonrió maliciosamente–.
¿No os habéis dado cuenta de que últimamente
le da por vestir de blanco, y siempre ropa más sencilla que
la que suele llevar?
Fabio no respondió enseguida. Se quedó pensando un momento,
y después dijo:
–Puede que sean todo coincidencias. Mi hermana, por ejemplo,
está como siempre.
–Porque ella no se ha metido de lleno en la partida aún.
¿Otra coincidencia, amigo Drizzt?
De pronto, a Fabio ya no le gustaba ese nombre.
–No vuelvas a llamarme así –gruñó
casi sin darse cuenta, y Víctor le miró sorprendido.
–¿Por qué?
Alex tenía la respuesta:
–Después de tres años enganchado a ese personaje,
de pronto nuestro querido Fabio no quiere ni oír hablar de
él. ¿No te das cuenta, Fabio? Has reaccionado como cualquier
elfo lo haría al oír mencionar a un elfo oscuro, aunque
sea Drizzt Do´Urden.
Fabio sacudió la cabeza.
–Me estáis mareando. No quiero oír hablar de esto,
¿vale?
Alex se encogió de hombros.
–Como quieras –dijo–. Pero mañana tenemos
otra sesión de rol en casa de Chimo. La pregunta es: ¿qué
vamos a hacer?
–Jugar –decidió Víctor–. Quizá
Fabio tenga razón, y sean todo coincidencias. Hasta puede que
tú tuvieras algún talento oculto para la guitarra, y
te hubieses enterado ahora.
–¿Y si esto va a más?
–Pero, ¿cuál es tu teoría? ¿A qué
crees que se debe todo esto que nos has contado?
–No lo sé. Puede ser que esta partida tenga algún
extraño poder de sugestión, o que Chimo esté
probando con nosotros alguna técnica de hipnosis. ¿Tú
que crees?
–No sé qué pensar, Alex. El caso es que yo nunca
había llamado “villano” a nadie, y menos a ti.
Ni siquiera hablo así en las partidas de rol. Aunque, claro,
un lapsus puede tenerlo cualquiera.
Fabio levantó entonces la cabeza y los miró.
–Yo también he notado cosas extrañas –dijo–,
pero estoy seguro de que no son más que coincidencias. Voy
a jugar mañana. ¿Y vosotros?
–Nosotros también –se apresuró a contestar
Alex–. Pero os propongo una cosa: fijaos en el comportamiento
de Chimo durante la partida, a ver si notamos algo diferente.
Fabio consideró que aquello no tenía nada de malo, y
aceptó.
