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Acto 3: El Bosque de Awa y la Llanura Celeste
–Habéis
cruzado la cordillera de Daminon sin novedad –empezó
Chimo–. A excepción del caballero, que está un
poco tocado, todos en general os encontráis bien, aunque algo
cansados del viaje.
>> Al bajar las montañas veis que se extiende ante vosotros
el Bosque de Awa, al norte de la Llanura Celeste.
–¿Es un bosque mágico? –quiso saber Eva.
–No hay bosque más mágico que Alis Litban, donde
viven los unicornios –explicó Chimo–, pero está
al oeste, muy al oeste, en los confines de Drackwen, y vosotros no
vais a pasar por ahí.
>> Aun así, Awa es un bosque bastante peculiar. No se
trata de una floresta tétrica y oscura, pero alberga algunas
comunidades de hadas, así que a veces las cosas no son lo que
parecen. También viven allí algunos druidas y semimagos,
para potenciar sus poderes. Además, posee la mayor variedad
de plantas del continente, así que los que tengan conocimientos
en el tema pueden aprovechar para llenar sus bolsas de raíces
útiles.
>> Eso es todo lo que sabéis del bosque. Rodearlo os
llevaría mucho tiempo, de modo que decidís que lo mejor
es entrar.
–Pues eso hacemos –concluyó Víctor.
–Muy bien. Os adentráis en el bosque. Es un lugar misterioso
y fascinante, lleno de luces y sombras y enormes flores de colores
extraños.
–Por si acaso, no nos acercamos a las flores –se apresuró
a aclarar Alex.
–Bien hecho. Entonces, no os acercáis a las flores. En
tal caso, el primer día transcurre sin problemas.
>> Cae la noche y os disponéis a acampar. ¿Qué
hacéis?
–Encender un fuego –dijo Alicia.
–¡No! –exclamó Eva–. A las hadas no
les gusta que se enciendan fuegos en sus bosques. Podríamos
meternos en problemas.
–Entonces, ¿qué hacemos, chica lista? ¿Congelarnos
de frío?
Fabio curioseaba en la ficha de Eva.
–Maga, tú tienes un hechizo de luz mágica –dijo–,
y es muy sencillo.
–¿Eso calienta? –quiso saber Susana.
–Menos que un fuego, pero algo más que nada –respondió
Chimo–. ¿Qué hacéis, entonces? ¿Probáis
la luz mágica?
Eva tiró los dados. La puntuación no fue alta, pero
bastó para realizar el hechizo.
–Bueno –prosiguió Chimo–. Estáis reunidos
en torno al fuego mágico. ¿Qué hacéis?
–Yo puedo cantar una canción –propuso Alex.
–Para atraer a los enemigos, ¿no? –se burló
Susana.
–¿Qué enemigos? Chimo ha dicho que no es el típico
bosque tétrico y oscuro. No va a haber arañas gigantes,
¿o sí?
–Tal vez lo mejor que podamos hacer sea dormir –intervino
Fabio–. Para recuperar fuerzas, y eso. ¿Quién
hace la primera guardia?
Tiraron los dados. Le tocó al propio Fabio.
–Todos al salón –ordenó Chimo–. Estáis
durmiendo y no os enteráis de lo que le va a pasar al amigo
elfo.
Enseguida se quedaron Chimo y Fabio solos.
–Bueno, están todos sobando –explicó el
master–, y tú te quedas despierto. Al cabo de un rato
ves una débil luz a lo lejos. ¿Qué haces?
–Me quedo donde estoy.
–¿Eso haces? –Chimo parecía decepcionado–.
¿Por qué?
–Porque puede ser un engaño de las hadas, ya sabes. ¿Te
crees que soy tonto?
–Bueno, vale, pasas de la luz –aceptó Chimo a regañadientes–.
Entonces oyes un canto mágico. ¿Cuánto tienes
en Resistencia a Hechizos?
–¿Cómo es la tirada? –preguntó Fabio
a su vez–. ¿Fácil, Normal, Difícil …?
–Digamos que Difícil. Así que mucha suerte.
Los dados no acompañaron.
–Quedas hechizado por la voz, te levantas y abandonas tu puesto
de guardia. La sigues hacia la luz y ves un enorme árbol.
–La casa de un hada –adivinó Fabio–. ¿Qué
tiene contra mí?
–En realidad, nada. Simplemente se aburre.
>> Encuentras un agujero en el tronco y te cuelas dentro. Y
caes en una especie de sueño mágico.
–¿No puedo hacer nada para evitarlo?
–Has fallado la tirada, macho. Has caído en las garras
de la dríada más juguetona de todo el bosque –le
dirigió una mirada picarona–. Míralo por el lado
bueno: en el fondo no es una mala compañía.
>> Y ahora, vete al salón y diles a ésos que vuelvan.
–Van a tener problemas, ¿no? –adivinó Fabio,
levantándose.
Chimo se encogió de hombros.
–Ya no tienen a nadie que haga la guardia –dijo–,
y, desde el límite del mundo, Zhur está deseando pillarlos
desprevenidos.
A Fabio le pareció ver un brillo siniestro en los ojos de Chimo.
Mientras salía de la cocina, trató de quitarse aquellos
pensamientos de la cabeza. Sería el reflejo de la luz en los
cristales de las gafas, se dijo.
Se quedó solo en el salón. Allí estaba la madre
de Chimo, viendo la televisión.
–¿Te han echado? –preguntó ella.
–Estoy hechizado –le explicó Fabio–. Se supone
que no me entero de lo que les pasa a los otros, ni ellos saben lo
que me ha pasado a mí.
Cogió una revista para echarle un vistazo, pero enseguida su
mirada se volvió hacia la puerta del balcón, que estaba
abierta.
No tardó mucho en salir fuera a respirar. Se sentó en
una de las sillas y miró hacia arriba para ver solamente el
azul del cielo. “Me ahogo aquí”, pensó,
y recordó de pronto dónde había oído antes
eso: se lo había dicho Alicia el día anterior, en el
instituto. “Estoy desvariando”, se dijo, y cerró
los ojos.
Poco a poco empezó a ver en su mente un curioso velo aureolado
formado por luces de distintos colores vivos y brillantes, como una
aurora boreal. El velo se movía y lo envolvía con suavidad,
transportándolo a un mágico mundo de ensueño
donde todo era posible.
Y entonces oyó una voz extraña y fascinante, que no
parecía de este mundo, cantando una melodía sin palabras,
una música inhumana que lo dejaba totalmente embrujado.
–¡Fabio!
Fabio abrió los ojos, sobresaltado. Junto a él estaba
Susana.
–Que dice Chimo que entres ya.
–¿Ah, sí? –se sorprendió Fabio, aún
algo aturdido–. ¿Ya, tan pronto?
–¿Cómo pronto? Llevas aquí sobando casi
una hora, corazón –se burló ella–. Ya es
hora de que salgas del árbol, ¿no?
Fabio se levantó, confuso, y la siguió de nuevo hasta
la cocina. Se sentó en su silla y miró a sus amigos,
un poco perdido.
–Jo, tío, parece que de verdad hayas estado bajo el hechizo
de un hada –bromeó Víctor, pero enmudeció
al ver que tanto Fabio como Alex se ponían pálidos.
Chimo prosiguió con la historia:
–El elfo despierta del hechizo y se encuentra en una cabaña
rodeado por todos sus compañeros. Hay también un individuo
bajito y con una túnica verde.
–Por supuesto, pido explicaciones –dijo Fabio, esforzándose
todavía en volver del todo a la realidad.
–Te las damos –respondió Susana–: nos hemos
despertado en medio de la noche y de milagro, gracias a que la sacerdotisa
ha oído siseos en la espesura; de lo contrario, estaríamos
todos muertos.
>> Eran un grupo de criaturas híbridas entre hombre y
serpiente, bastante feos, por cierto, y muy peligrosos. Aturdían
con sus silbidos y sus armas estaban envenenadas.
–Szishs –dijo Chimo, y le tendió a Fabio uno de
los dibujos de Eva.
–Se parecen a los draconianos de la Dragonlance –comentó
él.
Pero Chimo negó con la cabeza, impacientemente.
–No, no, no son así. Lo que pasa es que Eva no lo ha
captado bien. No tienen cabeza de lagarto, sino de serpiente, es decir:
triangular, no alargada. Y sin tantos dientes; sólo se les
ven los colmillos delanteros.
>> Vosotros sabéis que los szishs son el ejército
terrestre del dios oscuro y los suyos. No hay szishs en el bosque
de Awa, así que suponéis que los ha enviado Zhur para
mataros.
–La batalla ha sido terrible –siguió explicando
Susana–, y el bardo ha estado en un tris de palmarla. Pero entre
Víctor y yo hemos solucionado la papeleta.
–De todos modos, estamos todos para el arrastre, con la mitad
de vida –puntualizó Alex–. Y yo, con bastante menos.
–La sacerdotisa no podía curarnos, porque el veneno de
los szishs es muy potente –siguió explicando Víctor–.
Pero la guerrera conocía una fórmula para hacer un antídoto.
–Se supone que sé los nombres de las plantas; pero estoy
acostumbrada a comprarlas en el herbolario, no a buscarlas en el bosque.
De eso se ha encargado Eva.
>> Nos hemos separado en dos grupos: Eva, Alex y yo nos hemos
puesto a buscar las hierbas; y Víctor y Alicia se han puesto
a buscarte a ti.
–Hemos tenido algún problemilla, porque Alex ha estado
a punto de engullir unas bayas venenosas –añadió
Eva–, pero una tirada muy buena de Suerte le ha salvado.
–Buscándote, nosotros hemos encontrado a un semimago
que vive por allí –siguió contando Víctor–.
Él te ha rescatado. Después de preparar el potingue
con las hierbas que ha encontrado Eva y con las que tenía el
semimago, nos hemos curado, más o menos. Pero Alex sigue bastante
tocado.
–Y te acabas de despertar en la casa del semimago, querido elfo
–concluyó Chimo–. Mientras tú dormías
tus sueños feéricos, tus compañeros lo han pasado
bastante mal. El caballero y la guerrera están mosqueados contigo
por haber dejado tu puesto de guardia.
–No ha sido culpa mía, me han hechizado –se defendió
Fabio–. Por cierto, se me ha pasado el tiempo volando en la
terraza. Habéis hecho cantidad de cosas sin mí.
Alex le dirigió una mirada grave, y Fabio supo enseguida qué
estaba pensando. Cambió de tema:
–Bueno, estamos en la cabaña del semimago. ¿Y
ahora qué?
–Se ofrece a acompañaros hasta la salida del bosque.
Descansáis una noche allí, así que poneos un
punto más de vida.
–No me basta –suspiró Alex, mirando su ficha, abatido–.
Estoy muy malherido.
–Iremos entonces a Rhyrr –dijo Susana–. Allí
tal vez podrán curarte.
Seis pares de ojos la miraron fijamente.
–¿Ir a dónde? –preguntó Alex.
–Ir a Rhyrr –repitió Susana–, la Ciudad Celeste.
¿No nos viene de camino?
Chimo la miraba con seriedad. Desplegó el mapa frente a ellos,
y todos se inclinaron hacia adelante para verlo. En el centro de la
Llanura, junto a un río, había un punto señalado
como “Ciudad Celeste”. Chimo volvió a clavar su
mirada en Susana y dijo quedamente:
–¿Cómo sabías que la capital de la Llanura
Celeste se llama Rhyrr?
Todos se volvieron hacia él con sorpresa.
–No nos tomes el pelo –dijo Fabio–. Acabas de inventarlo.
Pero Chimo extrajo un papel doblado de su cartera y lo desplegó
sobre la mesa. Era un mapa del mundo por el que se movían,
pero muchísimo más detallado.
–La Ciudad Celeste se llama Rhyrr –dijo el master–.
Ese nombre sólo aparece en mis notas y en este mapa, que no
había visto nadie más que yo hasta ahora. Y no recuerdo
haberlo mencionado aquí.
–¿Veis como pasan cosas raras? –saltó Alex,
sin poderlo evitar.
Reinó un silencio sepulcral.
–Vosotros también lo habéis notado –dijo
entonces Eva en voz baja.
Alicia la miró con miedo.
–Me dijisteis que estas cosas no pasaban –les reprochó
a sus compañeros.
–¿De qué estáis hablando? –dijo Chimo
–De nada de importancia –concluyó Fabio–.
Hala, sigue con la partida.
Trató de ignorar la mirada pensativa que le dirigió
Eva.
–Qué extraño, elfo –le dijo ella en voz
baja–. ¿Tu percepción empieza a fallar, o es que
no quieres admitir lo que está pasando?
Fabio tragó saliva. Nadie más había oído
el comentario, y Chimo ya volvía a centrarse en sus notas,
pero, por alguna razón, el chico supo en aquel momento que
no le sería fácil olvidar las palabras de su amiga.
–El semimago os acompaña hasta el límite del bosque
de Awa –prosiguió el master–. Os despedís
de él y os adentráis por la Llanura Celeste.
Aprovecharon aquel respiro para tratar de mejorar el estado del bardo.
Alicia tiró los dados y Chimo le indicó a Alex que se
sumase cuatro puntos de vida más.
–Vais por el camino que lleva hacia el sur –continuó–,
en dirección a Rhyrr. A los dos o tres días os encontráis
con una caravana de mercaderes de Awinor, que regresan a su tierra
después de haber recorrido los mercados de Daminon. Os unís
a ellos.
–¿Cuántos son? –quiso saber Víctor.
–Más de un centenar, la mitad esclavos. Pero vosotros
hacéis amistad con el jefe de la caravana, un tipo jovial y
bastante listo, y un mago elfo amigo suyo, que siente mucha curiosidad
por vuestra misión.
Los jugadores cruzaron una mirada.
–Yo no me fiaría –dijo Fabio–. Mejor le contamos
lo imprescindible: que somos un grupo de aventureros y que nos han
llamado para participar en un duelo al sur de Awinor.
–Haced una tirada de Resistencia, todos –indicó
el master.
Los jugadores obedecieron. La puntuación más baja fue
la de Susana, y Chimo esbozó una sonrisa de triunfo.
–Una noche, reunidos en torno al fuego, el mago elfo se pone
a hablar con la guerrera. Al principio, ella no hace mucho caso, pero
poco a poco va sintiéndose cada vez más fascinada por
él.
>> Fabio y Eva, haced una tirada de Percepción.
Esta vez, los dados le dieron ventaja a Fabio.
–El elfo se da cuenta de que sucede algo extraño –concluyó
Chimo–, y trata de acercarse al mago y a la mercenaria. Observa
que ella no puede apartar sus ojos de él.
Fabio meditó un momento.
–Voy a hablar con Eva, que para eso es maga también,
y le cuento lo que he visto.
Chimo asintió.
–Muy bien. La maga observa lo que está sucediendo entre
el mago y la guerrera, y llega a la conclusión de que él
la está sometiendo a algún tipo de hechizo. Pero, como
no has sacado bastante puntuación, Eva, no eres capaz de descubrir
más.
–Me da igual –concluyó Fabio–. Voy al mago
y le pregunto qué está haciendo.
–Y la propia Iona te replica de mala manera que no interrumpas
y que les dejes en paz –replicó Chimo–. Los otros
se meten por medio para saber qué está pasando, y la
cosa se calienta un poco. Pero en ese momento, aprovechando la confusión,
os atacan.
>>Se trata de una rebelión de los esclavos. Haced otra
tirada de Percepción.
Tanto Eva como Fabio la sacaron satisfactoriamente.
–Descubrís entre los rebeldes a dos o tres tipos que
se ocultan entre las sombras, pero que llevan la insignia del dios
oscuro: la serpiente.
–Entonces son ellos los que han sublevado a los esclavos –adivinó
Fabio.
–Exacto. Como podréis imaginar, no sólo van a
por el capataz, sino también a por vosotros. Pero nadie parece
tener interés en el mago elfo. Son cerca de medio centenar.
Los compañeros cruzaron una mirada.
–¡Pies, para qué os quiero! –dijo Alex.
–Puedo hacer un hechizo de teletransportación –sugirió
Eva–. Pero necesito mucha energía para llevaros a los
cinco.
–La sacerdotisa puede pasarte un poco –dijo Fabio.
Alicia dudaba.
–Si no lo haces, Alicia, se acabó la partida –insistió
Fabio.
Tanto le rogaron todos que al final accedió. En dos turnos
se transfirió fuerza a la maga, que realizó el hechizo.
Entretanto los esclavos rebeldes hirieron al elfo montaraz, el personaje
de Fabio, y a Iona, la guerrera.
Pero lograron escapar de allí.
–Gracias al hechizo de Kali aparecéis todos en Rhyrr,
la Ciudad Celeste –concluyó Chimo–. Estáis
que da pena veros: el bardo sigue muy malherido, la maga está
exhausta, al elfo también le han dado… y, por cierto,
la guerrera está bajo los efectos de un hechizo.
–¿En qué consiste el hechizo?
–No lo sabéis aún. Al principio no os dais cuenta;
sólo el elfo percibe algo, y la maga, aunque también
está sobre aviso, no logra llegar a ninguna conclusión.
>> En Rhyrr estáis a salvo. Pasáis tres días
allí: sumaos dos puntos de vida todos.
Ellos se apresuraron a rectificar su ficha.
–Os quedaríais más tiempo, descansando –prosiguió
Chimo–, pero la sacerdotisa recibe un mensaje del Padre de la
Iglesia de los Tres Soles, que le dice que debéis poneros en
marcha ya. Si no avanzáis posiciones, será el ejército
de Zhur el que dé el siguiente paso.
>> Así que, aún no del todo repuestos, abandonáis
la ciudad de los celestes y seguís vuestro camino hacia el
sur, en dirección al desierto de Kash-Tar, la siguiente etapa.
