Título: El desafío de Zhur

7– Acto 3: El Bosque de Awa y la Llanura Celeste

–Habéis cruzado la cordillera de Daminon sin novedad –empezó Chimo–. A excepción del caballero, que está un poco tocado, todos en general os encontráis bien, aunque algo cansados del viaje.
>> Al bajar las montañas veis que se extiende ante vosotros el Bosque de Awa, al norte de la Llanura Celeste.
–¿Es un bosque mágico? –quiso saber Eva.
–No hay bosque más mágico que Alis Litban, donde viven los unicornios –explicó Chimo–, pero está al oeste, muy al oeste, en los confines de Drackwen, y vosotros no vais a pasar por ahí.
>> Aun así, Awa es un bosque bastante peculiar. No se trata de una floresta tétrica y oscura, pero alberga algunas comunidades de hadas, así que a veces las cosas no son lo que parecen. También viven allí algunos druidas y semimagos, para potenciar sus poderes. Además, posee la mayor variedad de plantas del continente, así que los que tengan conocimientos en el tema pueden aprovechar para llenar sus bolsas de raíces útiles.
>> Eso es todo lo que sabéis del bosque. Rodearlo os llevaría mucho tiempo, de modo que decidís que lo mejor es entrar.
–Pues eso hacemos –concluyó Víctor.
–Muy bien. Os adentráis en el bosque. Es un lugar misterioso y fascinante, lleno de luces y sombras y enormes flores de colores extraños.
–Por si acaso, no nos acercamos a las flores –se apresuró a aclarar Alex.
–Bien hecho. Entonces, no os acercáis a las flores. En tal caso, el primer día transcurre sin problemas.
>> Cae la noche y os disponéis a acampar. ¿Qué hacéis?
–Encender un fuego –dijo Alicia.
–¡No! –exclamó Eva–. A las hadas no les gusta que se enciendan fuegos en sus bosques. Podríamos meternos en problemas.
–Entonces, ¿qué hacemos, chica lista? ¿Congelarnos de frío?
Fabio curioseaba en la ficha de Eva.
–Maga, tú tienes un hechizo de luz mágica –dijo–, y es muy sencillo.
–¿Eso calienta? –quiso saber Susana.
–Menos que un fuego, pero algo más que nada –respondió Chimo–. ¿Qué hacéis, entonces? ¿Probáis la luz mágica?
Eva tiró los dados. La puntuación no fue alta, pero bastó para realizar el hechizo.
–Bueno –prosiguió Chimo–. Estáis reunidos en torno al fuego mágico. ¿Qué hacéis?
–Yo puedo cantar una canción –propuso Alex.
–Para atraer a los enemigos, ¿no? –se burló Susana.
–¿Qué enemigos? Chimo ha dicho que no es el típico bosque tétrico y oscuro. No va a haber arañas gigantes, ¿o sí?
–Tal vez lo mejor que podamos hacer sea dormir –intervino Fabio–. Para recuperar fuerzas, y eso. ¿Quién hace la primera guardia?
Tiraron los dados. Le tocó al propio Fabio.
–Todos al salón –ordenó Chimo–. Estáis durmiendo y no os enteráis de lo que le va a pasar al amigo elfo.
Enseguida se quedaron Chimo y Fabio solos.
–Bueno, están todos sobando –explicó el master–, y tú te quedas despierto. Al cabo de un rato ves una débil luz a lo lejos. ¿Qué haces?
–Me quedo donde estoy.
–¿Eso haces? –Chimo parecía decepcionado–. ¿Por qué?
–Porque puede ser un engaño de las hadas, ya sabes. ¿Te crees que soy tonto?
–Bueno, vale, pasas de la luz –aceptó Chimo a regañadientes–. Entonces oyes un canto mágico. ¿Cuánto tienes en Resistencia a Hechizos?
–¿Cómo es la tirada? –preguntó Fabio a su vez–. ¿Fácil, Normal, Difícil …?
–Digamos que Difícil. Así que mucha suerte.
Los dados no acompañaron.
–Quedas hechizado por la voz, te levantas y abandonas tu puesto de guardia. La sigues hacia la luz y ves un enorme árbol.
–La casa de un hada –adivinó Fabio–. ¿Qué tiene contra mí?
–En realidad, nada. Simplemente se aburre.
>> Encuentras un agujero en el tronco y te cuelas dentro. Y caes en una especie de sueño mágico.
–¿No puedo hacer nada para evitarlo?
–Has fallado la tirada, macho. Has caído en las garras de la dríada más juguetona de todo el bosque –le dirigió una mirada picarona–. Míralo por el lado bueno: en el fondo no es una mala compañía.
>> Y ahora, vete al salón y diles a ésos que vuelvan.
–Van a tener problemas, ¿no? –adivinó Fabio, levantándose.
Chimo se encogió de hombros.
–Ya no tienen a nadie que haga la guardia –dijo–, y, desde el límite del mundo, Zhur está deseando pillarlos desprevenidos.
A Fabio le pareció ver un brillo siniestro en los ojos de Chimo. Mientras salía de la cocina, trató de quitarse aquellos pensamientos de la cabeza. Sería el reflejo de la luz en los cristales de las gafas, se dijo.
Se quedó solo en el salón. Allí estaba la madre de Chimo, viendo la televisión.
–¿Te han echado? –preguntó ella.
–Estoy hechizado –le explicó Fabio–. Se supone que no me entero de lo que les pasa a los otros, ni ellos saben lo que me ha pasado a mí.
Cogió una revista para echarle un vistazo, pero enseguida su mirada se volvió hacia la puerta del balcón, que estaba abierta.
No tardó mucho en salir fuera a respirar. Se sentó en una de las sillas y miró hacia arriba para ver solamente el azul del cielo. “Me ahogo aquí”, pensó, y recordó de pronto dónde había oído antes eso: se lo había dicho Alicia el día anterior, en el instituto. “Estoy desvariando”, se dijo, y cerró los ojos.
Poco a poco empezó a ver en su mente un curioso velo aureolado formado por luces de distintos colores vivos y brillantes, como una aurora boreal. El velo se movía y lo envolvía con suavidad, transportándolo a un mágico mundo de ensueño donde todo era posible.
Y entonces oyó una voz extraña y fascinante, que no parecía de este mundo, cantando una melodía sin palabras, una música inhumana que lo dejaba totalmente embrujado.
–¡Fabio!
Fabio abrió los ojos, sobresaltado. Junto a él estaba Susana.
–Que dice Chimo que entres ya.
–¿Ah, sí? –se sorprendió Fabio, aún algo aturdido–. ¿Ya, tan pronto?
–¿Cómo pronto? Llevas aquí sobando casi una hora, corazón –se burló ella–. Ya es hora de que salgas del árbol, ¿no?
Fabio se levantó, confuso, y la siguió de nuevo hasta la cocina. Se sentó en su silla y miró a sus amigos, un poco perdido.
–Jo, tío, parece que de verdad hayas estado bajo el hechizo de un hada –bromeó Víctor, pero enmudeció al ver que tanto Fabio como Alex se ponían pálidos.
Chimo prosiguió con la historia:
–El elfo despierta del hechizo y se encuentra en una cabaña rodeado por todos sus compañeros. Hay también un individuo bajito y con una túnica verde.
–Por supuesto, pido explicaciones –dijo Fabio, esforzándose todavía en volver del todo a la realidad.
–Te las damos –respondió Susana–: nos hemos despertado en medio de la noche y de milagro, gracias a que la sacerdotisa ha oído siseos en la espesura; de lo contrario, estaríamos todos muertos.
>> Eran un grupo de criaturas híbridas entre hombre y serpiente, bastante feos, por cierto, y muy peligrosos. Aturdían con sus silbidos y sus armas estaban envenenadas.
–Szishs –dijo Chimo, y le tendió a Fabio uno de los dibujos de Eva.
–Se parecen a los draconianos de la Dragonlance –comentó él.
Pero Chimo negó con la cabeza, impacientemente.
–No, no, no son así. Lo que pasa es que Eva no lo ha captado bien. No tienen cabeza de lagarto, sino de serpiente, es decir: triangular, no alargada. Y sin tantos dientes; sólo se les ven los colmillos delanteros.
>> Vosotros sabéis que los szishs son el ejército terrestre del dios oscuro y los suyos. No hay szishs en el bosque de Awa, así que suponéis que los ha enviado Zhur para mataros.
–La batalla ha sido terrible –siguió explicando Susana–, y el bardo ha estado en un tris de palmarla. Pero entre Víctor y yo hemos solucionado la papeleta.
–De todos modos, estamos todos para el arrastre, con la mitad de vida –puntualizó Alex–. Y yo, con bastante menos.
–La sacerdotisa no podía curarnos, porque el veneno de los szishs es muy potente –siguió explicando Víctor–. Pero la guerrera conocía una fórmula para hacer un antídoto.
–Se supone que sé los nombres de las plantas; pero estoy acostumbrada a comprarlas en el herbolario, no a buscarlas en el bosque. De eso se ha encargado Eva.
>> Nos hemos separado en dos grupos: Eva, Alex y yo nos hemos puesto a buscar las hierbas; y Víctor y Alicia se han puesto a buscarte a ti.
–Hemos tenido algún problemilla, porque Alex ha estado a punto de engullir unas bayas venenosas –añadió Eva–, pero una tirada muy buena de Suerte le ha salvado.
–Buscándote, nosotros hemos encontrado a un semimago que vive por allí –siguió contando Víctor–. Él te ha rescatado. Después de preparar el potingue con las hierbas que ha encontrado Eva y con las que tenía el semimago, nos hemos curado, más o menos. Pero Alex sigue bastante tocado.
–Y te acabas de despertar en la casa del semimago, querido elfo –concluyó Chimo–. Mientras tú dormías tus sueños feéricos, tus compañeros lo han pasado bastante mal. El caballero y la guerrera están mosqueados contigo por haber dejado tu puesto de guardia.
–No ha sido culpa mía, me han hechizado –se defendió Fabio–. Por cierto, se me ha pasado el tiempo volando en la terraza. Habéis hecho cantidad de cosas sin mí.
Alex le dirigió una mirada grave, y Fabio supo enseguida qué estaba pensando. Cambió de tema:
–Bueno, estamos en la cabaña del semimago. ¿Y ahora qué?
–Se ofrece a acompañaros hasta la salida del bosque. Descansáis una noche allí, así que poneos un punto más de vida.
–No me basta –suspiró Alex, mirando su ficha, abatido–. Estoy muy malherido.
–Iremos entonces a Rhyrr –dijo Susana–. Allí tal vez podrán curarte.
Seis pares de ojos la miraron fijamente.
–¿Ir a dónde? –preguntó Alex.
–Ir a Rhyrr –repitió Susana–, la Ciudad Celeste. ¿No nos viene de camino?
Chimo la miraba con seriedad. Desplegó el mapa frente a ellos, y todos se inclinaron hacia adelante para verlo. En el centro de la Llanura, junto a un río, había un punto señalado como “Ciudad Celeste”. Chimo volvió a clavar su mirada en Susana y dijo quedamente:
–¿Cómo sabías que la capital de la Llanura Celeste se llama Rhyrr?
Todos se volvieron hacia él con sorpresa.
–No nos tomes el pelo –dijo Fabio–. Acabas de inventarlo.
Pero Chimo extrajo un papel doblado de su cartera y lo desplegó sobre la mesa. Era un mapa del mundo por el que se movían, pero muchísimo más detallado.
–La Ciudad Celeste se llama Rhyrr –dijo el master–. Ese nombre sólo aparece en mis notas y en este mapa, que no había visto nadie más que yo hasta ahora. Y no recuerdo haberlo mencionado aquí.
–¿Veis como pasan cosas raras? –saltó Alex, sin poderlo evitar.
Reinó un silencio sepulcral.
–Vosotros también lo habéis notado –dijo entonces Eva en voz baja.
Alicia la miró con miedo.
–Me dijisteis que estas cosas no pasaban –les reprochó a sus compañeros.
–¿De qué estáis hablando? –dijo Chimo
–De nada de importancia –concluyó Fabio–. Hala, sigue con la partida.
Trató de ignorar la mirada pensativa que le dirigió Eva.
–Qué extraño, elfo –le dijo ella en voz baja–. ¿Tu percepción empieza a fallar, o es que no quieres admitir lo que está pasando?
Fabio tragó saliva. Nadie más había oído el comentario, y Chimo ya volvía a centrarse en sus notas, pero, por alguna razón, el chico supo en aquel momento que no le sería fácil olvidar las palabras de su amiga.
–El semimago os acompaña hasta el límite del bosque de Awa –prosiguió el master–. Os despedís de él y os adentráis por la Llanura Celeste.
Aprovecharon aquel respiro para tratar de mejorar el estado del bardo. Alicia tiró los dados y Chimo le indicó a Alex que se sumase cuatro puntos de vida más.
–Vais por el camino que lleva hacia el sur –continuó–, en dirección a Rhyrr. A los dos o tres días os encontráis con una caravana de mercaderes de Awinor, que regresan a su tierra después de haber recorrido los mercados de Daminon. Os unís a ellos.
–¿Cuántos son? –quiso saber Víctor.
–Más de un centenar, la mitad esclavos. Pero vosotros hacéis amistad con el jefe de la caravana, un tipo jovial y bastante listo, y un mago elfo amigo suyo, que siente mucha curiosidad por vuestra misión.
Los jugadores cruzaron una mirada.
–Yo no me fiaría –dijo Fabio–. Mejor le contamos lo imprescindible: que somos un grupo de aventureros y que nos han llamado para participar en un duelo al sur de Awinor.
–Haced una tirada de Resistencia, todos –indicó el master.
Los jugadores obedecieron. La puntuación más baja fue la de Susana, y Chimo esbozó una sonrisa de triunfo.
–Una noche, reunidos en torno al fuego, el mago elfo se pone a hablar con la guerrera. Al principio, ella no hace mucho caso, pero poco a poco va sintiéndose cada vez más fascinada por él.
>> Fabio y Eva, haced una tirada de Percepción.
Esta vez, los dados le dieron ventaja a Fabio.
–El elfo se da cuenta de que sucede algo extraño –concluyó Chimo–, y trata de acercarse al mago y a la mercenaria. Observa que ella no puede apartar sus ojos de él.
Fabio meditó un momento.
–Voy a hablar con Eva, que para eso es maga también, y le cuento lo que he visto.
Chimo asintió.
–Muy bien. La maga observa lo que está sucediendo entre el mago y la guerrera, y llega a la conclusión de que él la está sometiendo a algún tipo de hechizo. Pero, como no has sacado bastante puntuación, Eva, no eres capaz de descubrir más.
–Me da igual –concluyó Fabio–. Voy al mago y le pregunto qué está haciendo.
–Y la propia Iona te replica de mala manera que no interrumpas y que les dejes en paz –replicó Chimo–. Los otros se meten por medio para saber qué está pasando, y la cosa se calienta un poco. Pero en ese momento, aprovechando la confusión, os atacan.
>>Se trata de una rebelión de los esclavos. Haced otra tirada de Percepción.
Tanto Eva como Fabio la sacaron satisfactoriamente.
–Descubrís entre los rebeldes a dos o tres tipos que se ocultan entre las sombras, pero que llevan la insignia del dios oscuro: la serpiente.
–Entonces son ellos los que han sublevado a los esclavos –adivinó Fabio.
–Exacto. Como podréis imaginar, no sólo van a por el capataz, sino también a por vosotros. Pero nadie parece tener interés en el mago elfo. Son cerca de medio centenar.
Los compañeros cruzaron una mirada.
–¡Pies, para qué os quiero! –dijo Alex.
–Puedo hacer un hechizo de teletransportación –sugirió Eva–. Pero necesito mucha energía para llevaros a los cinco.
–La sacerdotisa puede pasarte un poco –dijo Fabio.
Alicia dudaba.
–Si no lo haces, Alicia, se acabó la partida –insistió Fabio.
Tanto le rogaron todos que al final accedió. En dos turnos se transfirió fuerza a la maga, que realizó el hechizo. Entretanto los esclavos rebeldes hirieron al elfo montaraz, el personaje de Fabio, y a Iona, la guerrera.
Pero lograron escapar de allí.
–Gracias al hechizo de Kali aparecéis todos en Rhyrr, la Ciudad Celeste –concluyó Chimo–. Estáis que da pena veros: el bardo sigue muy malherido, la maga está exhausta, al elfo también le han dado… y, por cierto, la guerrera está bajo los efectos de un hechizo.
–¿En qué consiste el hechizo?
–No lo sabéis aún. Al principio no os dais cuenta; sólo el elfo percibe algo, y la maga, aunque también está sobre aviso, no logra llegar a ninguna conclusión.
>> En Rhyrr estáis a salvo. Pasáis tres días allí: sumaos dos puntos de vida todos.
Ellos se apresuraron a rectificar su ficha.
–Os quedaríais más tiempo, descansando –prosiguió Chimo–, pero la sacerdotisa recibe un mensaje del Padre de la Iglesia de los Tres Soles, que le dice que debéis poneros en marcha ya. Si no avanzáis posiciones, será el ejército de Zhur el que dé el siguiente paso.
>> Así que, aún no del todo repuestos, abandonáis la ciudad de los celestes y seguís vuestro camino hacia el sur, en dirección al desierto de Kash-Tar, la siguiente etapa.