8–
El embrujo
–Fabio,
ven, rápido.
La voz de Eva tenía un cierto tono de urgencia, y Fabio se
volvió hacia ella.
–¿Qué es lo que pasa?
–Acompáñame.
Fabio dirigió una mirada interrogante a sus amigos, se encogió
de hombros y se despidió con un gesto.
Siguió a Eva por los pasillos del instituto, llenos de gente
que salía al recreo parloteando animadamente. Ella no parecía
tener intención de contarle qué era lo que la preocupaba
tanto, de manera que Fabio se resignó y se limitó a
ir detrás.
Era extraño que Eva hubiese aparecido por clase aquel día,
pensó de pronto.
Subieron rápidamente las escaleras que llevaban a la azotea.
Cuando estaban a punto de llegar arriba, Eva habló:
–Creo que la he convencido para que espere un poco, pero no
sé por cuánto tiempo podrá resistir…
–¿Resistir el qué? ¿De qué estás
hablando?
Eva abrió de golpe la puerta de la azotea. Fabio se asomó
y ahogó un grito.
De pie sobre el antepecho, de espaldas a él y en precario equilibrio,
estaba su hermana Susana. Tenía los brazos abiertos en cruz,
y el viento le revolvía la melena oscura.
–¡Susana! –gritó Fabio–. ¿Qué
haces? ¡Baja!
–No puede oírte –dijo Eva en voz baja.
Fabio corrió hacia el antepecho, pero se detuvo a dos metros,
temeroso de acercarse más, por si a ella se le ocurría
saltar.
–Susana –la llamó con suavidad–. Por favor,
baja de ahí.
Tampoco esta vez ella dio señales de haberle oído. Fabio
se acercó lentamente al antepecho y se asomó para mirarle
la cara: Susana mostraba una expresión hierática, impenetrable,
con la mirada perdida en el horizonte.
–Susana…
Fabio alzó una mano, pero no se atrevió a rozar la de
ella, por miedo a sobresaltarla y que saltara al vacío.
Sintió entonces que Eva le cogía del brazo, y se volvió
hacia ella.
–¿Qué le pasa? –preguntó.
Eva no respondió a la pregunta.
–Puedo hacer que me reconozca y que vuelva un poco a la realidad,
si me mira a los ojos –dijo–, pero necesito de tu ayuda
para bajarla de ahí.
Fabio asintió. Entre los dos cogieron a Susana, uno de cada
brazo, y tiraron de ella. La chica se resistió sin hacer muchos
aspavientos, y a Fabio le costó muchísimo moverla de
donde estaba. Se sorprendió de que su hermana fuera tan fuerte.
La bajaron del antepecho a tirones. Eva la cogió de las manos
y la obligó a mirarla a los ojos.
Mientras la mirada de Eva sondeaba la de su hermana, Fabio se quedó
aparte, incómodo. Todo aquello le parecía de locos,
demasiado irreal, demasiado fuera de lo común.
–Escúchame –le dijo entonces Eva a Susana, dulcemente–.
Vuelve con nosotros. Vuelve, Susana.
Ella pareció reconocerle por un breve instante, y su rostro
mostró un pequeño momento de vacilación. Pero
entonces, con un chillido salvaje, Susana retrocedió, sacudiéndose
de encima a la otra chica, que cayó al suelo, de espaldas.
–¡Susana!
Fabio se lanzó sobre ella. La joven alcanzó una barra
de hierro que yacía en el suelo, cerca de ella, y la blandió
amenazadoramente entre los dos. Fabio se detuvo.
–¿Qué haces?
Susana levantó la barra. Fabio retrocedió, sólo
un paso.
–Susana, deja eso –dijo, e intentó acercarse.
Ella descargó la barra contra él, en un movimiento semicircular.
Fabio se apartó por los pelos; iba a volver a hablarle, pero
no tuvo tiempo: Susana ya lanzaba el siguiente golpe.
Fabio retrocedió.
–¡Susana, déjalo!
Ella no parecía escucharle. Avanzó hacia él descargando
golpes, y Fabio retrocedió, esquivándolos. Se sorprendió
de la gran habilidad que tenía su hermana en el uso de aquella
improvisada arma; la manejaba como si lo hubiese hecho toda la vida,
y la movía con tanta facilidad como si fuese de paja.
Inmediatamente, se dio cuenta también de que él mismo
estaba haciendo cosas fuera de lo corriente: se movía con una
rapidez y una agilidad que hubiese envidiado cualquier gimnasta. Cuando
sintió que su espalda ya tocaba la pared, sin apenas reflexionar,
flexionó las piernas y saltó.
Se impulsó hacia arriba, ligero como una pluma. Sólo
cuando aterrizó sobre el techo de la entrada de la azotea fue
totalmente consciente de que acababa de saltar dos metros hacia arriba.
“Esto es de locos…” pensó vagamente. Miró
hacia abajo. Susana tenía los ojos clavados en él. Aún
blandía la barra de hierro, y lo observaba con precaución.
Cautelosamente, ella empezó a retroceder, y Fabio se dio cuenta
de que, por el rabillo del ojo, estaba vigilando si Eva hacía
algún movimiento sospechoso.
Pero ella se había sentado junto al antepecho, con las piernas
cruzadas y la espalda muy erguida, observando la escena con atención.
Susana se giró lentamente, con las piernas ligeramente flexionadas,
balanceando la barra de hierro, alerta, en tensión.
Fabio conocía suficientemente bien a su hermana como para saber
que todo aquello no era una broma de mal gusto. Susana no era tan
buena actriz.
–No estamos contra ti –dijo entonces Eva, incorporándose
un poco–. Formamos parte del mismo grupo, ¿recuerdas?
Susana la miró, sin reconocerla. Tras echarle un vistazo a
Fabio y comprobar que él no tenía intención de
moverse de su atalaya, Susana levantó la barra de hierro por
encima de la cabeza y, con un grito salvaje, se lanzó sobre
Eva.
Ella no se movió. Se quedó quieta, en cuclillas, con
los ojos cerrados y la cabeza inclinada. Fabio gritó para avisarla.
Todos sucedió muy rápido. En centésimas de segundo,
Eva se había levantado y le plantaba cara a Susana. Las dos
forcejeaban por la barra de hierro, que se balanceaba peligrosamente
sobre sus cabezas. Fabio advirtió enseguida que Susana era
mucho más fuerte, y que llevaba las de ganar.
Pero también percibió que Eva no estaba del todo interesada
en la lucha. Mientras trataba de arrebatarle el arma a su atacante,
la miraba fijamente a los ojos; y, al estar ambas frente a frente,
no le resultaba difícil obligar a Susana a mirarla también.
Los ojos de Eva tenían un brillo hipnótico. Al cabo
de unos segundos que parecieron eternos, sin dejar de mirar a Eva
a los ojos, Susana aflojó la presión sobre la barra
de hierro. Momentos después, la soltó, y ésta
quedó en manos de su oponente.
Un par de minutos más tarde, Susana cerró los ojos y
se desplomó, inerte, en brazos de Eva.
Fabio se acuclilló sobre el tejado y observó la escena,
preocupado. Eva tendía a Susana suavemente en el suelo.
–Baja de ahí –le dijo a Fabio.
El chico miró hacia abajo, dudoso.
–No puedo –dijo.
–Si has subido, podrás bajar –razonó Eva.
–No sé cómo lo he hecho.
–Simplemente, salta.
–¿No ves que está muy alto?
–¿Y tú no ves que no eres la misma persona que
hace un mes?
Fabio la miró, perplejo. Aunque en el fondo sabía perfectamente
de qué estaba hablando, su lógica se negaba a entenderlo
y aceptarlo.
Susana gimió en sueños y se removió en brazos
de Eva.
–Baja de una vez –insistió ella, mirando severamente
a Fabio–. Tu hermana te necesita.
Fabio se irguió y se acercó al borde, con precaución.
Examinó la pared: tal vez lograse bajar apoyándose en
los salientes. Descubrió otra posibilidad: la puerta se había
quedado abierta. Podía apoyar los pies sobre ella y saltar
desde allí.
Se acercó, con precaución. Se sentó sobre el
borde del tejadillo, con las piernas colgando. Tras una breve vacilación
y un nuevo vistazo a su hermana inconsciente, Fabio apoyó los
pies sobre la puerta. Con cuidado, se soltó.
Pero la puerta se movió con el impulso. Fabio perdió
el equilibrio, movió los brazos desesperadamente, saltó…
Y, de repente, había aterrizado limpiamente en el suelo sin
hacer ruido, de pie, sin problemas.
Temerosamente, miró hacia atrás, hacia la puerta de
la azotea, que todavía se movía, terminando de abrirse
hasta que llegó al tope. Fabio sacudió la cabeza, preguntándose
aún cómo diablos no se había estrellado contra
el suelo.
Hasta le había parecido que hacía una pirueta en el
aire, le dijo vagamente la vocecilla de lo inconsciente en un rincón
de su cerebro.
Fabio no perdió tiempo y se acercó a las dos chicas.
Susana seguía inconsciente.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Fabio,
cogiéndola entre sus brazos.
Eva se echó hacia atrás.
–¿Recuerdas que en la partida del sábado pasado
la guerrera quedó bajo un hechizo? –dijo–. Pues
ya sabemos en qué consiste: en algún momento de la historia
ella se volverá contra nosotros y nos atacará, o nos
traicionará.
Fabio se le quedó mirando. Eva era la última persona
del mundo de quien se esperaba una broma de aquel tipo. La posibilidad
de que todo aquello estuviese ocurriendo de verdad le hizo palidecer.
–Eva, ¿qué demonios está pasando aquí?
¿Nos estamos volviendo todos locos?
–¿Todos? –Eva movió la cabeza–. ¿Insinúas
que somos víctimas de una alucinación colectiva? Tal
vez es lo que dirían los médicos, a falta de una explicación
mejor; pero, sinceramente, me parece muy poco probable. Yo no creo
que seamos nosotros, Fabio. Es ese juego, esa historia. Tiene algo.
–¿Crees que está maldito, o algo así?
Eva sonrió.
–Es muy fácil atribuir lo inexplicable a demonios y maldiciones
–dijo–. Mira, desde que empezamos con este juego he notado,
cada vez con más fuerza, que yo no soy yo: que, de alguna forma,
soy Kali, la maga. Tengo algunos conocimientos sobre plantas que antes
no tenía, y puedo influir en la mente de las personas.
–¿Y puedes hacer hechizos?
–No. Pero creo que eso es porque este mundo no tiene suficiente
energía mágica.
>> Estas últimas semanas me he dedicado a observarme
a mí misma; mis reacciones, mi comportamiento… y, desde
el sábado, también he estado observando a Susana, sobre
todo cuando comprobé que tú, efectivamente, fuiste de
alguna manera… hechizado por el hada del árbol.
–¿Y a qué conclusiones has llegado? –quiso
saber Fabio, sin acabar de creerlo, pero dispuesto a escuchar hasta
el final.
–Creo que Chimo no ha inventado ese mundo en el que estamos
jugando, Fabio.
–¿Ah, no?
–No. Creo que lo ha descubierto en su mente de alguna manera.
Creo que ha establecido un puente mental entre esa dimensión
y la nuestra.
>> Por eso nos dio personajes ya hechos: son gente que existe
en otra dimensión. Y, de alguna forma, al jugar a ese juego
de rol estamos haciendo, a través de nuestros actos en ese
mundo, que ambas dimensiones se vayan fusionando en una.
A Fabio le daba vueltas la cabeza.
–Es una teoría demasiado traída por los pelos.
–Pero intuyo que es la correcta. Y creo que Kali, al otro lado,
también ha llegado a la misma conclusión que yo.
>> Imagínate lo que será para ellos, para el grupo
de aventureros que, en otro plano, ha aceptado el Desafío de
Zhur: el elfo, el bardo, la guerrera, el caballero… todos ellos
asaltados, entre combate y combate, por visiones de otro mundo, visiones
terroríficas de un lugar lleno de ruido y máquinas que
parecen monstruos.
“Me ahogo aquí”, pensó Fabio involuntariamente.
–No –dijo en voz alta.
Se levantó bruscamente y se separó de Eva para asomarse
al antepecho de la azotea. Le latían las sienes y se sentía
algo mareado.
–¿Por qué no quieres aceptarlo? –oyó
la voz de ella a sus espaldas
Susana gimió en sueños. Fabio se giró para comprobar
que estaba bien.
–Despertará –aseguró Eva–, y probablemente
no recuerde nada de esto. Pero sigue bajo el hechizo y, mientras no
lo deshagamos, puede volver a atacarnos en cualquier otro momento.
Fabio no dijo nada. Sólo se quedó mirando fijamente
a la inconsciente Susana.
–Tenemos que seguir jugando el sábado, Fabio –concluyó
Eva–. Para deshacer el hechizo.
Fabio le dio la espalda, molesto.
–Sólo puedo contar contigo –insistió Eva–.
Ni Víctor ni Alicia van a creer todo esto, y Alex lo creerá,
pero probablemente no tenga agallas para seguir hasta el final.
>> No creo que todo esto esté pasando por casualidad.
Alguien está provocando la fusión de los mundos, Fabio,
y yo voy a averiguar quién es.
Eva calló un momento. Fabio no se movió; seguía
con la mirada perdida en el horizonte.
–Sólo hay una manera –concluyó Eva–:
seguir jugando la partida hasta el final.
Fabio sacudió la cabeza y emitió un suspiro exasperado.
En aquel momento, Susana abría los ojos con un gemido. Fabio
se dio la vuelta; cuando vio que su hermana recuperaba la consciencia,
corrió a reunirse con ella.
–¿Qué ha pasado? –murmuró Susana,
muy confusa.
Fabio iba a responder, pero Eva se le adelantó:
–Te has desmayado. No pasa nada; será que necesitas tomar
más hierro y vitaminas.
Se levantó y miró a Fabio.
–Nos vemos el sábado –dijo–. Ah, y, hazme
un favor: mientras, ve pensando en esto: ¿dónde encaja
Chimo?
Fabio abrió la boca para responder, pero no se le ocurrió
nada qué decir. Susana se había incorporado un poco,
pero aún parecía aturdida.
Eva echó a andar en dirección a la puerta de la azotea.
Fabio la vio entrar por ella y desaparecer de su vista.
La pregunta de ella le martilleaba en la cabeza, donde se había
instalado cómodamente, aparentemente sin la menor intención
de marcharse.
¿Dónde encajaba Chimo, si la teoría de Eva era
acertada?