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Acto 4: El desierto de Kash-Tar
–Bueno,
pues aquí estamos todos de nuevo –dijo Chimo, echando
una mirada a su alrededor–. ¿Qué os pasa, chicos?
Traéis caras largas.
Se fijó en Susana, que se frotaba la sien.
–¿Te encuentras mal?
–Me siento pesada y algo zombie. Debo de estar incubando un
catarro.
–¿Cuánto queda para el final del juego? –quiso
saber Fabio.
–Tres actos más y el del final. ¿Por qué?
¿Tantas ganas tienes de acabar?
–Me da mal rollo este juego.
–¡Y a mí también! –saltó Alex.
Chimo los miraba, estupefacto.
–¿Por qué? Es como los de siempre, pero en un
mundo nuevo. ¿Qué problema hay?
Fabio cruzó una mirada con Eva, que negó casi imperceptiblemente
con la cabeza. El chico recordó que debían averiguar
qué estaba pasando, por Susana; así que dijo:
–Ninguno. Venga, empieza.
Chimo se ajustó las gafas, ordenó sus papeles y comenzó:
–Salís de Rhyrr algo descansados, pero no lo bastante.
Cruzáis la Llanura sin problemas; los celestes os acogen bien
allá donde vais, porque, como ya sabéis, son un pueblo
tranquilo y pacífico.
>> Poco a poco el paisaje de verdes praderas va siendo sustituido
por páramos yermos. Cada vez calienta más el sol, y
ya hace tiempo que dejasteis atrás el Río de Cristal,
que parte en dos la Llanura Celeste. ¿Cuánto tenéis
en Resistencia?
Todos consultaron sus fichas. Los menos resistentes eran los elfos
y el bardo.
–Cada dos días que paséis en el desierto, se os
quitará un punto de vida.
–¡Hala, no te pases! –protestó Alex.
–Por el día hace mucho calor, y por la noche, mucho frío
–decretó Chimo, implacable–. Los elfos son demasiado
delicados para aguantar eso, y tú tampoco es que hayas llevado
una vida muy dura, chaval.
>> Y el resto, borrad esa sonrisa: tampoco vosotros os quedáis
tan tranquilos. Se os quitará un punto de vida cada tres días.
A ver, Víctor.
–¿Qué pasa?
–O le quitas esa armadura a tu caballero o se va a achicharrar.
–¿Cómo le voy a quitar la armadura a un caballero?
–Entonces, un punto menos de vida cada dos días, como
los elfos y el bardo.
–¡Eh! La guerrera también lleva armadura, y ella
no…
–Llevo una cota de mallas, no una armadura –terció
Susana–. No es lo mismo.
–Hay un oasis a medio camino –dijo entonces Fabio, examinando
el mapa–. Y una especie de templo… que se llama…
mmm… “Oráculo de los Pensamientos”. ¿Qué
es eso?
–Uno de los centros de poder de la Iglesia de los Tres Soles
–respondió Alicia–. Un puente de comunicación
entre los dioses y los mortales.
Todos la miraron, sorprendidos.
–¿Y tú cómo sabes eso?
Alicia parpadeó, perpleja, pero se rehizo enseguida.
–No sé, me lo he supuesto –dijo, encogiéndose
de hombros.
Fabio decidió no empezar a hacerse preguntas, y volvió
a centrarse en el mapa.
–¿Podemos parar ahí, en el Oráculo?
– Somos los enviados de los dioses, ¿recuerdas? –comentó
Alex.
Fabio no le escuchaba.
–¿Pueden deshacer ahí el hechizo que han lanzado
sobre Susana?
–Vosotros aún no sabéis que ella está bajo
un hechizo. Tú lo sospechas, pero eso no te basta para hacer
nada.
>>Lleváis cuatro días de camino por el desierto.
Mucho calor. Los elfos, el bardo y el caballero con la armadura, dos
puntos de vida menos. La maga y la guerrera, uno menos.
>> Una noche, reunidos en torno a la hoguera, decidís
que es hora de dormir. ¿Quién va a hacer la guardia?
Tiraron los dados. Le tocó a Alex.
–El bardo hace la primera guardia –concluyó Chimo–.
Todos os quedáis fritos. Alex, haz una tirada de Percepción.
Alex obedeció. La puntuación fue bastante baja.
–Nada –sentenció el master–. No te enteras.
Sigues a la tuya, luchando contra el sueño, hasta que, de repente,
oyes una especie de siseo.
–¿Más hombres–serpiente?
–No. Es como si algo se arrastrase sobre la arena. Algo muy,
muy grande.
>> De pronto, desde detrás de una duna sale un enorme
monstruo, una mezcla entre un ciempiés y un escorpión
gigante… Bajo la luz de las tres lunas, la criatura alza sus
inmensas pinzas sobre ti. Es tan grande, que, al resplandor rojizo
de los rescoldos de la hoguera, puedes ver su boca llena de pequeños
apéndices dispuestos a triturarte…
De pronto Alex gritó, aterrado, y su grito sobresaltó
a todos los jugadores, que se volvieron hacia él, sorprendidos.
El chico se había levantado de un salto de la silla y tenía
los ojos muy abiertos; se había puesto pálido.
Nadie se movió durante un momento, mientras Alex recobraba
la compostura. Miró a su alrededor, algo confuso y avergonzado.
–Lo siento –balbuceó–. La imaginación
me ha jugado una mala pasada. –Trató de sonreír–.
Ahora va a resultar que nuestro Raistlin es mejor narrador que yo…
Chimo aceptó el cumplido con una sonrisa, pero algo preocupado.
–Tío, vaya susto. Tampoco era para tanto, ¿eh?
Esto no es una peli de terror.
–Estoy empezando a creer de verdad que estáis todos locos
–dijo Alicia.
–No ha sido nada –se apresuró a aclarar Chimo–.
A Alex le gusta dar la nota a veces.
–A veces no, siempre –puntualizó Víctor
con una sonrisa.
El ambiente parecía haberse distendido un poco. Chimo carraspeó.
–Bueno, ves a un insecto gigante –resumió–.
Y me ahorro los detalles. ¿Qué haces?
–Grito –dijo Alex, muy serio.
Carcajada general.
–No, no va de coña –insistió Alex–.
Grito; de hecho, he gritado. Supongo que eso servirá para despertar
a todos los demás, ¿no?
–Cierto –asintió Chimo–. Pero ahora tienes
un problema: el bicho se ha fijado en ti. Como tú no lo habías
oído llegar, te ataca. Y hace mucha, mucha pupa, te lo aseguro.
–Llevo un amuleto de protección que me dio el semimago
en el bosque, ¿recuerdas?
–Eso es un puntito de vida nada más. Creo que estás
bastante muerto, chaval.
Chimo tiró los dados por el ataque del insecto. Entre los dos,
sumaban un cuatro.
–Bastante cutre –se lamentó el master–. Aun
así… mmm… hagamos cuentas…
Chimo sumó el resultado de la tirada a la fuerza del monstruo
y la resistencia del personaje de Alex. Cuando éste se restó
los puntos de vida que le había quitado la criatura se encontró
con que, dentro de lo que cabía, no había salido tan
malparado.
–Estás con un pie en el otro barrio, tío –dijo
Chimo–. Has tenido bastante suerte, dadas las circunstancias.
Deberías estar muerto del todo.
>> Aun así, está claro que no vas a poder contraatacar.
Y con un punto de vida que te queda, macho, al próximo golpe
te matan definitivamente.
>> Los demás, ¿qué hacéis?
–¿Recurrir a la maga y su hechizo de teletransportación?
–insinuó Fabio.
–No –sentenció Chimo–. No tiene suficiente
energía mágica.
–¡Eh! –exclamó ella–. Han pasado muchos
días desde el último hechizo. Ya debería estar
repuesta.
–No, porque esos días los has pasado, en su mayor parte,
en un desierto. En este mundo, la magia se repone más rápido
en lugares con mucha vida.
>> No podéis escurrir el bulto.
Los jugadores se miraron unos a otros. Y, uno por uno, fueron tirando
los dados. El elfo disparó varias flechas a los diminutos ojos
de la criatura, la guerrera y el caballero golpearon repetidamente
con sus espadas, la maga lanzó una bola de fuego y la sacerdotisa
rezó a la diosa de la luz, lo cual les proporcionaba a sus
compañeros algunos puntos de suerte adicionales en aquella
batalla.
Cuando todo acabó y el insecto gigante yacía patas arriba
sobre las arenas de Kash-Tar, los compañeros no estaban mucho
mejor que él, y los jugadores tuvieron que reducir drásticamente
los puntos de vida de sus hojas de personaje. El caballero había
perdido la mano izquierda, amputada por una pinza del monstruo; el
elfo yacía inconsciente en el suelo; la maga, exhausta, había
gastado toda su energía mágica, y no era probable que
la recobrase en mucho, mucho tiempo; la guerrera tenía una
fea herida en la pantorrilla… Ni siquiera la sacerdotisa había
salido ilesa, pese a haberse mantenido al margen.
El que peor lo llevaba era Alex. Su personaje se debatía entre
la vida y la muerte.
El peligro ya había pasado. Los jugadores discutieron acerca
de cómo suministrar los remedios curativos, y se acordó
por unanimidad que los poderes de la sacerdotisa se empleasen primero
en el bardo. Mientras, la maga preparó una pócima con
sus hierbas curativas, con el objeto de cicatrizar las heridas más
preocupantes.
–Al amanecer, proseguís vuestro camino –dijo Chimo–,
bastante maltrechos, por cierto. El bardo ya no está en coma,
pero sigue inconsciente.
–Yo cargaré con él –se ofreció Víctor,
generosamente–. Soy el más fuerte.
–Te falta una mano –le recordó Susana.
–Y tú cojeas. Ya sé que tú también
tienes mucha fuerza, pero creo que vas a necesitarla más que
yo.
–Alicia –dijo entonces Chimo–, ¿sabes que
estás en las últimas tú también?
–¿Por qué?
–Porque has empleado mucha energía en los procesos curativos.
Y te pasa lo mismo que a la maga: en un desierto, la magia no rinde
tanto como en un lugar boscoso. Así que, ojito, ¿eh?
Y lo digo también por los demás: puede que, la próxima
vez que necesitéis que os curen, ella no pueda hacerlo.
–Tampoco quedan hierbas curativas –anunció Eva–.
Estamos en una situación crítica.
–Pero seguimos adelante –dijo Fabio con aplomo.
–Seguís adelante –repitió Chimo–.
Muy bien.
>> El viaje se prolonga por espacio de cuatro días más,
sin novedad.
Todos se quitaron los puntos de vida correspondientes.
–Estoy con tres –dijo Fabio lúgubremente–.
Espero que ahora no haya problemas.
–Depende –dijo Chimo–. Una noche, mientras contempláis
el fuego en silencio, antes de dormir, notáis algo. Haced una
tirada de Percepción.
Fabio la sacó alta.
–Bien. El elfo, pese a estar en mal estado, descubre que os
rodean muchos pares de ojos brillantes y rojizos que os observan desde
la oscuridad.
–Preparamos las armas, por si acaso.
–Desde detrás de la duna se os acerca una de las criaturas:
es un yan.
Chimo sacó uno de los dibujos de Eva, el del humanoide cubierto
de trapos, de enormes ojos brillantes y sin párpados.
–Los yan son la sexta raza –explicó–, después
de los elfos, los humanos, los celestes, los enanos y los varun. Son
los hijos de Aldun, el dios del fuego. Los habitantes del desierto
de Kash-Tar.
–¿Son amigos?
–Depende. Son poco sociables y ariscos, y sólo piensan
en ellos mismos. Lo mismo pueden acogeros muy bien que mataros ahí
mismo. Nunca se sabe. En cualquier caso, estáis en su territorio.
¿Alguien habla idhunaico yan?
–Yo –dijo Susana–. Y creo que el bardo también,
pero está inconsciente.
–Bueno, pues Iona razona con el jefe. Quiere saber quiénes
sois.
–Le digo que somos un grupo de aventureros que tratan de llegar
a Awinor. Le pido ayuda, porque tenemos heridos.
–Bien. Quiere saber qué os atacó.
–Le cuento lo del bicho gigante.
–¿En serio? –los ojos de Chimo brillaron, y Susana
supo inmediatamente que acababa de cometer un error–. Pues te
informa de que acabáis de matar a un swanit, una de las criaturas
sagradas de los yan. –Dejó la libreta aparte–.
Estáis muertos, chicos.
–O, no. O, no –susurró Alex.
–Yo hago una invocación –anunció entonces
Eva.
–¡Tú no tienes energía mágica! –saltó
Chimo.
–Dijiste cuatro días. Normalmente son dos puntos de magia
recuperados por día, pero en el desierto, sólo uno,
¿no? Pues tengo cuatro. Y la Reserva Elemental.
Chimo se puso pálido.
–¿Qué es eso de Reserva Elemental? –quiso
saber Alicia.
–Algo nuevo que ha inventado Chimo para los mundos con deidades
elementales –dijo Fabio, sin poder reprimir una sonrisa–.
Toda criatura que adore al dios de un elemento determinado tiene una
bonificación de magia para los hechizos de dicho elemento.
>> Kali adora a la diosa del mar, y su elemento es el agua.
Y Eva quiere que su maga invoque a un demonio acuático en pleno
desierto…
–…lo cual haría que los yan huyesen despavoridos
–concluyó Víctor, jubiloso–. ¿Sabes
lo que pasa si plantas un gigante líquido en las narices de
gente que no ha visto en su vida más agua junta de la que cabe
en un charco?
–Bueno, vale, buena idea –gruñó el master–.
Pero vas a necesitar una tirada muy alta.
–Mejor eso que darnos por muertos tan pronto –replicó
Eva, y Fabio percibió un cierto tono de desafío en su
voz.
La joven cogió los dados y tiró. Todos contuvieron el
aliento.
Once. Los ojos de Eva destellaron, triunfantes.
–¿Te vale eso, hechicero de tres al cuarto?
–Bueno, vale –gruñó Chimo–. Invocas
al demonio de agua y los yan salen corriendo.
Respiró hondo antes de añadir:
–Y no creo que vuelvan a acercarse a vosotros en muchos días.
>> Pero ahora, maga, has cometido un pequeño error: no
te queda nada, nada de energía mágica. Y, como no sabes
usar armas, ni tampoco tienes plantas de las tuyas, eres poco menos
que un cero a la izquierda en el grupo.
–Tiene cabeza –intervino Fabio–. Y eso nos va a
ser más útil de lo que crees.
Chimo se le quedó mirando un momento. Después, lentamente,
dijo:
–Todos menos Susana, tirad un dado.
Fabio se puso rígido y cruzó una mirada con Eva.
La puntuación más baja fue la de Víctor.
–Ahora, Susana, tira tú dos dados.
Susana le miró, interrogante, pero tiró. La puntuación
fue muy alta.
Chimo miró a sus jugadores con una sonrisa de triunfo.
–Estáis aún recuperándoos del susto –prosiguió–,
cuando sucede algo que no habíais previsto, algo que os sorprende
completamente y os deja helados…
–La guerrera ataca al caballero –dijo Fabio a media voz.
Chimo le miró sorprendido:
–¿Cómo…?
–Yo sospechaba algo, ya sabes. Y tengo una puntuación
muy alta en Intuición.
–¡Un momento! –exclamó Víctor–.
¿Qué significa eso?
–Iona estaba bajo un hechizo, ¿recordáis? El mago
de la caravana, que, por cierto, trabajaba para Zhur, la ha embrujado;
y sólo el elfo intuía algo.
>> De modo que, cuando menos lo esperáis, la guerrera
blande la espada y atiza al caballero, porque es el que tiene más
cerca. Lo pilla desprevenido y … lo siento; la tirada de Susana
ha sido muy buena: se ha cargado a Althon.
Sobrevino un silencio.
–¿Has contado que llevo armadura? –dijo Víctor.
–¿No te la quitaste para aguantar mejor el calor?
–No; eso me ha quitado bastante vida, pero espero que ahora
me sirva de algo.
Chimo rehizo sus cuentas y rectificó:
–No estás muerto, pero tienes un punto de vida nada más.
Estás sentenciado.
–Corro a detener a la guerrera –se apresuró a decir
Fabio.
–¿Detenerla cómo?
–No sé, dejándola inconsciente. Sólo yo
puedo hacerlo, ¿no? Tengo a un bardo atontado, a un caballero
en coma, a una maga sin magia y a una elfa que no sabe pegar. Voy
y le pego un puñetazo a Iona.
–Ya. Te recuerdo que es una guerrera, Fabio. Y es semielfa.
Es más fuerte que tú.
–Pero yo estoy desesperado.
–Bueno, tira los dados.
La suerte se alió con Fabio, y la tirada fue buena.
–Sim golpea a Iona –siguió narrando Chimo–.
Ella queda aturdida.
–Golpeo otra vez. Si está aturdida, pierde el turno.
Esta vez, los dados no acompañaron.
–Tu turno, Susana. Recuerda que estás bajo un hechizo.
Susana tiró los dados. La puntuación fue media.
–Herido –anunció Chimo–. Un puntos de vida
menos. Estás con dos, Fabio.
–Me da igual: pego.
–¿No usas tu puñal de caza?
–No quiero matarla.
–Yo rezo –intervino Alicia–. Rezo a la diosa de
la luz.
Fabio tiró. La puntuación fue relativamente alta.
–Súmale los puntos de suerte de la plegaria de Tamina,
Chimo –le recordó al master.
–De acuerdo, tira.
Alicia tiró.
– Tu diosa te ha escuchado –decretó Chimo–.
El elfo deja inconsciente a la guerrera.
>>Pero tenéis a Althon al borde de la muerte.
–Yo intento curarle –dijo Alicia.
–¿Curarle, cómo? No te quedan energías.
Alicia permaneció en silencio un momento antes de decir:
–Le otorgo las mías propias.
–¿¿¿Quéééééé???
–Si no puedo canalizar la energía vital del mundo, le
daré mi propia vida. Sé que puede hacerse.
–Sí, puede hacerse –dijo Chimo–. Pero nadie
lo hace.
–Yo, sí.
Los otros jugadores asistían al diálogo entre ambos,
sin comprender muy bien de qué estaban hablando. Chimo le dijo
a Alicia que tirase los dados, y ella lo hizo.
–Muy bien –dijo el master–. Lo has conseguido.
–¿Qué es lo que ha conseguido? –quiso saber
Alex.
Alicia los miró.
–Tenéis que llegar al Oráculo –les dijo–.
Es vuestra única oportunidad.
–Víctor –dijo Chimo–, súmate cuatro
puntos de vida: la sacerdotisa ha entregado todo su aliento vital
al caballero. Ahora tenéis una elfa de menos.
Reinó un silencio sepulcral, y Fabio se sintió incómodo.
A todos se les veía en la cara que lamentaban la pérdida
de la elfa, y el chico se preguntó por qué. Nunca había
sentido tanto la muerte de un personaje: pasaba en todas las partidas.
Simplemente, se seguía sin él. Si el jugador quería
volver a la partida, se hacía otra ficha con otro personaje.
Alicia dejó a un lado su ficha y dijo:
–No me apetece seguir jugando. Gracias por la partida, y hasta
el lunes.
Se levantó y salió de la cocina. Chimo se apresuró
a ir tras ella, pero no logró alcanzarla: enseguida oyeron
el ruido de la puerta al cerrarse.
Fabio tardó un poco en romper el silencio:
–Y ahora, ¿qué hacemos?
–Sois cinco –dijo Chimo, tomando otra vez sus papeles–.
La guerrera y el bardo están inconscientes, y el elfo, la maga
y el caballero, muy débiles.
–Vamos al Oráculo –dijo Víctor enérgicamente–.
¿Cuánto queda?
Fabio lo miró. Estaba serio, y su mirada era sombría.
–Tres días –respondió Chimo.
Los compañeros se prepararon para la última etapa a
través del desierto. El caballero se despojó de su armadura,
y todos llenaron sus cantimploras con los restos de agua que habían
quedado tras la aparición del demonio invocado por Kali, antes
de que se evaporasen con el sol. Descansaron un tiempo y repusieron
fuerzas.
Después Althon cargó con Iona, y Sim con el bardo, y
se pusieron en marcha.
–Tres días después veis a lo lejos una elegante
construcción con una cúpula de cristal –anunció
Chimo–. Quitaos los puntos de vida correspondientes al viaje.
Los jugadores lo hicieron. Ninguno de ellos se quedó a cero.
–Llegáis… no, os arrastráis hasta el Oráculo
de la Clarividencia –corrigió Chimo–, pero no veis
ninguna entrada, y tampoco sale nadie a recibiros.
>> Junto al Oráculo hay un pequeño montículo.
Acampáis allí.