Capítulo
I: AURORA
La cartera
cayó estrepitosamente al suelo, después de que se oyera
cómo alguien cerraba con mucho ruido la puerta de la calle.
Para los de la casa, aquello era una señal inequívoca
de que Aurora acababa de llegar.
-¡Ya estoy aquí! -anunció Aurora.
-No hace falta que lo digas -sonrió su madre-. Se te ha oído
en todos los rincones de la casa. ¿Por qué no dejas
colgada la cartera, como te digo siempre?
Aurora puso cara de culpable.
- Es que, como hoy comienzan las vacaciones, pues estoy... ¡eufórica!
¿Te das cuenta? ¡Ya hemos acabado el curso!
- Sí, me doy cuenta... pero haz el favor de colgar de una vez
la cartera.
Aurora lo hizo y, ya de vuelta en la cocina, le comentó a su
madre:
- No tengo ningún plan para este fin de semana. La mitad de
mis amigas están ya ocupadas, y la otra mitad quiere dedicarse
a descansar y hacer el vago. ¡No lo comprendo!
- Mujer, es natural que quieran descansar. Séptimo de E.G.B.
no es un curso fácil, y a muchas les ha costado sacarlo adelante.
Ahora que pueden olvidarse de los estudios por algún tiempo,
lo aprovechan. Las más movidas lo hacen yéndose a algún
sitio a pasar el verano, y las otras prefieren tranquilizarse más.
-¿Y por qué no nos vamos a veranear a algún pueblo
junto al mar? ¡O a la montaña! Nadie es tan tonto como
para quedarse aquí, con el calor que hace. Cristina se va a
su apartamento, Regina a su chalet en la montaña, Lourdes al
campo, Olga a casa de sus tíos, María a la playa, Teresa
y Sandra a una acampada, Ana y Marián se van a Inglaterra...
¡Fíjate, a Inglaterra! Además, Isabel se va a...
-¡Ya basta, ya basta...! ¿Será posible que conozcas
los planes de todas tus amigas?
-Todas se marchan en verano. Es muy aburrido. No se queda nadie aquí
-Se queda Víctor - intervino Miguel, el hermano pequeño
de Aurora, de siete años, que hasta entonces había estado
contemplando las evoluciones de un par de peces rojos que nadaban
en el interior de una pecera.
-Sí, y la mayoría de los de la clase también
se quedan. Pero los del barrio se marchan casi todos.
-Bueno, no os pongáis así -dijo la madre-. En agosto
iremos quince días a casa de Fanny...
Fanny era Estefanía, la hermana mayor de Miguel y Aurora, ya
casada y con una hijita de tres años, Teresa, a quien todos
llamaban Terry, debido a que a Fanny siempre le habían gustado
mucho los nombres ingleses. Por eso desde que era muy pequeña
había insistido en que la llamaran Fanny. Los padres recordaban
muy bien cuando ella decía: "¡No me llamo Estefanía!
Mi nombre es Fanny".
Fanny, Terry v Andrés, su marido, vivían en una ciudad
muy lejos de la de Aurora.
- ¿Y por qué no vienen ellos aquí? - quiso saber
Miguel.
- Porque Fanny va a tener un bebé, y es mejor que se quede
en su casa.
Aurora dejó a su madre y a su hermano hablando y fijó
su vista en los dos peces rojos, sumiéndose en sus propios
pensamientos.
Era una chica de trece años, con una negra melena que se recogía
en una coleta, detrás de la cabeza. Tenía mucha imaginación,
era dinámica y atrevida. Era muy sociable, y, por ello, tenía
amigos por todas partes. Más de uno se había sorprendido,
al ir con ella por 1a calle, de cantidad de personas que la saludaban.
Su padre decía en broma que Aurora se conocía a media
ciudad.
- Me gustaría irme a la playa con María -dijo a media
voz.
Su madre la oyó.
- ¿A la playa? - dijo-. ¡No! Hay otra cosa mejor...
- ¿Qué? - preguntaron a dúo Aurora y Miguel.
-¿Qué os parece...si nos vamos mañana a la feria?
- ¡¡Viva!!- fue la respuesta unánime de los dos
hermanos.
- ¿Ocurre algo? -quiso saber el padre, asomando la cabeza por
la puerta-. ¿Os ha tocado la lotería?
- ¡Nos vamos mañana a la feria! - informó Aurora,
cogiéndole del brazo.
- ¿Es que no lo sabíais? A propósito Aurora,
tendrás que llevarte tu dinero. ¿De cuánto capital
dispones?
- Poco. Estoy prácticamente sin blanca después de haber
comprado tantas cosas para el decorado de la Fiesta de Fin de Curso.
Sólo tengo cuatrocientas. ¿Cuándo iremos?
- Si es parece, mañana, después de comer.
Pero a Aurora no le hacía demasiada ilusión. Pensaba
que un día divertido no solucionaría el aburrimiento
de todo un verano. Estaba convencida que aquellas vacaciones las iba
a pasar más inactiva que una ostra. Pero se equivocaba.
Al día siguiente, sábado veintidós de junio,
a eso de las cuatro de la tarde, la familia se dirigió a la
feria. Al llegar, la madre dio permiso a Aurora para irse donde quisiera.
- Pero a las siete en punto debes estar aquí en la puerta -le
advirtió.
- Okey.
- Pues entonces, nos vemos aquí dentro de tres horas. Ten cuidado.
Espero poderme fiar de ti.
- Pues claro.
- No lo tengo yo tan claro, Aurora.
- No te preocupes, que a las siete, ni un minuto más, ni un
minuto menos, me tendrás aquí plantada.
- Bueno, pues hasta luego.
Aurora observó cómo sus padres marchaban hacia el tiovivo
y, seguidamente, miró a su alrededor, pensando hacia dónde
podía ir primero.
Y entonces sintió algo muy extraño en su interior.
Era como una llamada, no sabría definir cómo era, pero
sabía que algo o alguien la necesitaba...más bien reclamaba
su ayuda. Por un momento se quedó allí, parada en el
sitio, completamente inmóvil, sin saber muy bien lo que debía
hacer, mirando a la gente que la rodeaba, desorientada.
Pero la llamada volvió a insistir, esta vez con más
fuerza, más apremiante todavía. Y entonces Aurora echó
a correr. No tenía idea de a dónde iba, ni lo que buscaba,
ni siquiera porqué corría. Sencillamente lo que se preguntaba
a sí misma en realidad no le importaba. Sólo corría
y corría, abriéndose paso entre la multitud, que la
miraba extrañada.
De pronto, todo esto le pareció absurdo y se detuvo, jadeante.
"Nadie necesita tu ayuda, Aurora, lo único que ocurre
es que lees demasiados libros de fantasía y ciencia-ficción",
decía su parte juiciosa de adulta. "Deja tu imaginación
volar. Quizá, al fin y al cabo, sea cierto", decía
su parte soñadora de niña.
Porque era una adolescente. Y los adolescentes son mitad niño,
mitad adulto. Y, en la mayoría de los casos, cuando hay que
escoger entre imaginar y tener los pies en el suelo, es la parte adulta
la que gana.
Pero en el caso de Aurora esto no sucedió así, pues,
como hemos dicho antes, era muy imaginativa y fantasiosa, así
que se dejó llevar por sus ilusiones.
La llamada se oía cada vez más fuerte, y Aurora supo
entonces que no podría resistirse. Continuó corriendo
y, en aquel momento, nada ni nadie hubiera podido detenerla. Su parte
soñadora, su parte de niña, había ganado.
Corría y corría, acuciada por la apremiante voz que
recla¬maba su auxilio. No miraba a los tenderetes, y se habría
detenido más de una vez a hacerlo si la llamada no se lo hubiera
impedido. Se abría paso a empujones entre la gente.
"¿Quién eres?", pensó. No hubo respuesta.
Tan sólo el llamamiento seguía dejándose oír
en su interior. "¿Qué quieres de mí?",
interrogó. Otra vez tan sólo se escuchó la llamada.
"¿Quién eres? ¿Qué quieres?",
insistió. Y por fin creyó oír una respuesta,
lejana, allá en el fondo de su corazón:
"Mi nombre es PISCIS. Te necesito. Acude sin demora".
De pronto, la llamada dejó de oírse y Aurora se detuvo,
desorientada. Un gran vacío llenó su mente. No parecía
escuchar el tumulto que había a su alrededor. A la espera de
una nueva señal del misterioso PISCIS, dio una mirada circular,
en busca de alguna pista que le indicara el medio de llegar hasta
él. Sus ojos se detuvieron entonces en un puesto a su derecha.
Allí vio muchas pulseras, pendientes y collares, todo bisutería.
Pero un amuleto viejo atrajo su atención antes que cualquier
otra cosa. Era un medallón redondo y dorado. En su centro destacaban
dos peces.
"PISCIS...", pensó Aurora.
Hechizada por aquel amuleto, preguntó a la dueña del
tenderete:
- ¿Cuánto cuesta? - y señaló el Medallón.
La mujercita se volvió hacia ella y miró fijamente al
colgante.
- Qué cosa tan curiosa - dijo-. Estoy convencida de que ese
amuleto no es mío. No lo traje yo a la feria.
- ¿Cuánto cuesta? - insistió Aurora.
- Bueno, tal vez esté equivocada. Pero una cosa es indudable:
es muy viejo, y está muy roñoso. No puedo pedirte demasiado
por él. Te lo doy por doscientas pesetas...
Aurora tenía mil, puesto que su padre le había dado
seiscientas para la feria. El Medallón era muy barato, pero
tal vez su madre se enfadaría si viera que se había
gastado el dinero en una cosa tan vieja y que no servía para
nada. Sin embargo quería comprarlo, tenía que comprarlo,
debía comprarlo.
Se decidió y dijo:
- Está bien. Me lo llevo.
Pagó y se llevó el medallón, mientras la tendera
se quedaba atónita, pensando por qué aquella muchacha
tenía tanto interés en un pedazo de hojalata oxidada
como aquél. ¿Qué tendría de especial?
Aurora se sentó en un solitario banco y comenzó a dar
vueltas y más vueltas al Medallón.
-¿Cómo puedo ayudarte? - musitó.
Y entonces la oyó. En su interior, muy hondo, oyó la
Canción de PISCIS:
"Doce éramos mis hermanos y yo y de los doce sólo
uno quedó. Once ocultos aguardan en silencio que una Princesa
llegue a socorrerlos".
- Ayúdame tú primero, PISCIS - susurró Aurora
-. Quiero penetrar en tu secreto.
Al fin halló en un costado del Medallón un pequeño
botoncito. Lo oprimió y el amuleto se abrió, dejando
al descubierto un pequeño espejo y un nombre, grabado en el
oro viejo con letras trazadas caprichosamente:
PISCIS
Volvió
a cerrarlo, y entonces cayó en la cuenta de que su signo zodiacal
era PISCIS. Y pensó que no era una casualidad. Se colgó
el Medallón al cuello. Trató de descifrar mentalmente
las palabras de PISCIS... no lo consiguió. Abrió entonces
el Medallón y, en voz baja, dijo: "¡PISCIS!".
Al instante, una gran luz surgió del amuleto. El espejito brillaba
con todos los colores del arco iris. El resplandor era tan cegador
que Aurora tuvo que cerrar los ojos...