CAPÍTULO
III: PISCIS
Una vez
estuvieron en el agua, bucearon hasta el fondo y luego se dirigieron
a la parte este del lago, donde May decía estaban las Colinas
de Coral; esas colinas, según May, estaban recubiertas de coral
multicolor, y llenas de agujeros que los piscos usaban como viviendas.
Auren se dio cuenta de que todo era como May había dicho: no
se mojaba y podía respirar perfectamente.
- ¿Cuál es la Maldición de los piscos? - le preguntó
a May.
- No lo sé -fue la respuesta.
-¿Y cómo puedo deshacerla?
- Usando a PISCIS.
- Eso ya lo sé. Pero... ¿qué debo hacer con él?
-No lo sé.
Auren suspiró. "¡Pues estamos apañadas!",
pensó. Nadaron un rato en silencio por el agua tranquila.
- ¡Alerta! -gritó Auren de pronto, haciendo que May diera
un respingo-. ¿Qué es eso?
Detrás de una roca se había movido algo.
-Es un pisco -susurró May-. Bueno... eso creo.
- ¡Sal, pisco! -dijo Auren-. No vamos a hacerte daño.
- Estamos aquí para ayudaros -añadió May-. Vamos,
no te escondas.
El pisco salió de detrás de la roca. Era tan pequeño
como May, y parecía muy asustado. En lugar de aletas pectorales
tenía unos pies descalzos en el vientre.
- No me habías dicho que tuvieran pies -susurró Auren
a May-, ni que fueran de tu tamaño.
- Es que este pisco es aún muy joven. Y... -se estremeció-,
además, tengo la impresión de que los pies son su Maldición.
Es una salvaje.
Auren la miró extrañada, hasta que se dio cuenta de
que su compañera se refería a Petilay.
- ¡Ah! Ya comprendo -musitó.
- Ven, pisco -dijo May, con voz dulce-. Acércate. ¿Cómo
te llamas?
- Cirzus -contestó el pisco, tembloroso-. ¿Quiénes
sois?
-Soy la Princesa Auren -dijo Auren-, traigo a PISCIS y os voy a ayudar.
Guíanos hasta las Colinas de Coral, por favor.
Mas Cirzus no se movió. No parecía fiarse mucho aún.
- Vamos -dijo May suavemente-. Ella es la Princesa Auren, de veras,
y yo soy May. Créeme. No debes temer nada.
Cirzus dudó unos instantes, pero luego dijo:
- Está bien; seguidme. No está muy lejos.
Nadaron durante un rato. Al fin llegaron a una zona llena de rocas
y montañas submarinas que parecían hechas de coral,
de diversos colores. Allí había cuevas, y multitud de
piscos tan grandes como Auren, que entraban y salían de ellas,
o bien recogían algas.
Se podía diferenciar fácilmente los machos de las hembras,
porque aquellos presentaban una coloración muchísimo
más viva y, además, tenían las antenas más
largas.
Cuando los piscos vieron a Auren y a May con Cirzus se agruparon curiosos
alrededor.
- Son May y la Princesa Auren -explicó Cirzus-, tienen a PISCIS
y nos van a ayudar. Vienen de parte de Bhepcilus.
Inmediatamente, los piscos prorrumpieron en susurros de admiración
y extrañeza:
- ¡PISCIS!
- ¡Han venido a ayudarnos!
- ¡La Princesa Auren!
- ¡De parte de Bhepcilus!
- ¡Y también ha venido May!
Los piscos seguían murmurando entre sí, como si no dieran
crédito a sus ojos.
- Es que ha pasado tanto tiempo desde que PISCIS se escapó
-dijo May- que ya habían perdido la esperanza de que te en¬contrara
y regresara contigo.
Auren asintió.
- ¡Dejadme pasar! -dijo una voz autoritariamente. Todos enmudecieron
y se apartaron un poco. Otro pisco, que tenía en la aleta caudal
una mancha con forma de estrellase aproximó a ellos.
- Es el jefe -susurró Cirzus.
El Jefe se acercó más y le dijo a Auren:
-Traes a PISCIS, ¿sabes cómo deshacer el Sortilegio?
- N... No -balbuceó Auren.
El Jefe entonces pareció enfadarse.
- Entonces... ¿para qué has venido? -inquirió,
montado en cólera.
Y en ese momento toda la multitud comenzó a gritar:
- ¡Eso, eso! ¿Qué has venido a hacer aquí?
¿Qué buscas en nuestro lago, si no puedes ayudarnos?
¡Tanto tiempo esperando para nada!
- ¡Tarde o temprano hallaremos la solución, estoy segura!
-La voz de May se elevó por encima de las de los piscos, convencida-.
¡Tan sólo tenemos que esperar, y tratar de descubrir
el Secreto de PISCIS!
- ¡Esperar! -dijo un pisco, despectivamente-. ¿Y qué
crees que llevamos haciendo todo este tiempo?
Y una nueva oleada de protestas envolvió a May y Auren. El
único pisco que creía en ellas era Cirzus que, algo
alejado, pensaba lo que podía decir para defenderlas. Al fin
una idea cruzó su mente.
- ¡Escuchad! -gritó-. ¡Tengo algo muy importante
que deciros!
Por naturaleza los piscos son curiosos, así que se callaron
para poder escuchar lo que tenía que decir Cirzus.
- ¿Por qué no le preguntamos al Ermitaño del
Monte Piscazul? -propuso Cirzus-. Seguro que él conoce la respuesta.
La multitud miró expectante al Jefe, que se había quedado
pensativo.
- Es buena idea -dijo éste al fin-. Vamos a verle. Él
nos puede dar la solución. No cuesta nada probar.
- ¿De qué están hablando?
- En la parte oeste del lago -fue la respuesta-, hay un monte recubierto
de coral azul-turquesa. Solamente se encuentran en ese monte. De lejos
parece que la montaña sea de color azul-turquesa, y por eso
la llamamos el Monte Piscazul. Pero lo más importante es que
allí vive el Sabio Pleyk, el Ermitaño del Monte Piscazul.
Es el pisco más anciano y sabio de todo el lago, y por eso
debemos ir allí.
- Ah, bueno. Pues vamos.
Comenzaron a nadar hacia las afueras del círculo de Colinas
de Coral. Eran cuatro: el Jefe, Cirzus, May y Auren. Por orden del
primero todos los demás piscos se quedaron allí.
Lejos ya de las Colinas de Coral comenzó a verse en la lejanía
una montaña color azul-turquesa.
- El monte Piscazul -anunció Cirzus.
Y comenzaron a hablar animadamente, hasta que el Jefe los cortó
para llevarse aparte a Auren.
- He de advertirte una cosa -dijo-: a Pleyk no le gusta que entre
demasiada gente a la vez en su caverna, de modo que tendrás
que ir tú sola. Mas si te da miedo entrar, ya puedo ir yo en
tu lugar.
- No, iré yo sola -decidió Auren.
- Como quieras, Princesa.
Auren se unió de nuevo a la conversación que mantenían
Cirzus y May. Pero el Jefe volvió a interrumpirles:
- Silencio, que ya falta muy poco -hizo notar-, y a Pleyk no le agradan
los ruidos.
Cuando alcanzaron la falda del monte, el Jefe los guió hasta
una caverna.
- Es aquí -dijo en voz baja.
Los otros no se atrevieron a hablar. Auren agitó la mano con
gesto de despedida y entró.
La cueva estaba oscura en el primer tramo, pero PISCIS emitía
un suave resplandor dorado que permitía al menos la visibilidad.
Auren avanzó con precaución, preparándose un
discurso para cuando estuviera frente al pisco más sabio de
PISCIS. "Dicen que es el más anciano", pensó.
"Si tanto ha vivido, seguro que conoce la forma en que tengo
que usar a PISCIS para conseguir deshacer la Maldición".
Según fue adentrándose en el túnel, las paredes
de roca recubiertas de algas comenzaron a brillar con un bello fulgor
azul-turquesa, que devolvió a Auren la confianza en sí
misma. "¡Qué hermoso!", pensó.
Del techo colgaban estalactitas de coral azul de capri¬chosas
formas, que se movían con el vaivén de la corriente.
No se oía ni un ruido, todo era paz y serenidad. De vez en
cuando un pececillo curioso asomaba por entre las rocas, volviéndose
a ocultar rápidamente al ver a Auren, que miraba admirada todo
lo que le rodeaba. "No me extraña que Pleyk quiera vivir
sólo aquí, alejado de las Colinas de Coral", se
dijo. "Esto es un verdadero paraíso de silencio y calma".
Al cabo de un rato Auren vio que la luz se hacía más
intensa allá, al final del pasadizo. Nadó un poco más
aprisa; por fin llegó a un lugar donde el túnel se ensanchaba
bruscamente, dando lugar a una amplia sala. Auren entró.
Al fondo de la estancia había un trono de coral, que parecía
hecho naturalmente. Y Pleyk, el Ermitaño, había sabido
aprovecharlo. E1 trono estaba ocupado por un viejo pisco de cabellos
muy blancos y aspecto venerable. Sus ojillos, inquietos y cansados
a la vez, miraban a Auren con curiosidad. En su rostro se reflejaba
todo el tiempo que había vivido.
Era Pleyk, el Ermitaño del Monte Piscazul.
Se observaron mutuamente, sin decir una palabra. Pleyk estaba tranquilo,
Auren nerviosa. Al ver al Ermitaño, todo lo que había
pensado decirle en un principio se le había olvidado, como
si su mirada tuviera un efecto mágico. Pleyk la miraba con
calma, como diciendo con sus ojos grises: "Por fin has venido
¿eh? Eres como yo te imaginaba".
Y Auren se percató de una cosa: Pleyk no tenía la Maldi¬ción.
Tenía las aletas pectorales en su sitio, y, desde luego, no
se parecían en nada a los pies que tenían los piscos
de fuera, desfigurados.
"Qué raro", pensó. "¿Tendrá
algún poder, alguna clase de Magia que pueda combatir la de
Petilay?". Se estremeció. "O tal vez es aliado de
ella. No tendría sentido que a un partidario suyo le echara
una Maldición". Se acercó más, aún
sin saber qué decir.
Entonces fue el Ermitaño quien, por primera vez desde que Auren
llegara, despegó los labios, para decir con voz cansina:
- Bienvenida a mi humilde morada, Princesa Auren. Te espe¬raba
desde hace mucho, sí, desde hace mucho...
Auren retrocedió instintivamente. El Ermitaño se le
antojaba tan misterioso...
Pleyk se dio cuenta de su vacilación y dijo, con un cierto
matiz burlón en su voz:
-¿Me tienes miedo, acaso? ¡Quién lo hubiera dicho
de la Princesa de ZODIACCÍA...!
Auren se enderezó.
- Yo no le tengo miedo a nada -declaró, pero tu voz no sonaba
muy convincente, tal vez porque seguía sintiendo respeto por
el Anciano, y no se atrevía a levantarle la voz. Pero, de todas
formas, se aproximó más.
Pleyk rió sofocadamente.
- Has venido a pedirme consejo, ¿no? -dijo-. Y yo sé
muy bien cuál es tu pregunta, sí, la conozco, y también
la respuesta.
Parecía como si estuviera entablando una batalla consigo mismo
para poder continuar hablando. Sus años ya le fallaban y probablemente
no podría seguir vivo mucho tiempo.
"Debe ser muy anciano", se dijo Auren, conmovida y admirada.
- Bueno, en realidad -pudo decir al fin Auren-, yo he venido para
preguntarle una cosa, pero además quisiera que me dijera...
bueno.. -tartamudeó- yo... querría que me respondiese
a otra pregunta. Y es la siguiente... ¿por qué no tiene
usted la Maldición? ¿Es que es usted mago... o aliado
de Petilay?
El Ermitaño sonrió.
- No, no soy aliado de Petilay -dijo-. No lo soy, ni lo seré
nunca, después de lo que hizo con los piscos. Tampoco soy mago.
-Se removió en su sillón con regocijo; era evidente
que la idea le había parecido muy divertida-. Si lo fuera...
¿no te parece que ya habría acabado con la Maldición,
si pudiera? Sabes muy bien que la Magia Negra de Petilay no se puede
combatir sino con los Medallones. Y tú tienes a PISCIS, ¿no?
- ¿Entonces...? -quiso saber Auren, desorientada-. ¿Por
qué se libró usted y los demás no?
- La respuesta es muy sencilla: Petilay quería hacer daño,
¿comprendes?
Auren negó con la cabeza.
- Quería hacer daño -repitió Pleyk- Y conmigo
no lo hubiera conseguido. A mí no me importaría tener
pies o no. Esto Petilay lo sabía, y por eso hizo lo que más
me podía herir: no echarme a mí la Maldición.
¿Crees que a mí me gusta estar aquí, completamente
normal, mientras allá fuera los piscos están deformados?
Y entonces Auren comprendió. "Se siente culpable",
se dijo. "Y precisamente de ser como es. No debe ser agradable
salir y encontrarse con que todos lo señalan con el dedo, diciendo:
"Ese pisco no tiene la Maldición. Es aliado de Petilay,
es un brujo o es que esconde a PISCIS y no nos lo ha dicho..."
Por eso se oculta. No quiere que los piscos se pongan contra él,
porque siente como si todos fueran hijos suyos".
- Petilay lo sabía -prosiguió el Anciano-, conocía
el medio de hacerme infeliz. Fue muy astuta, sí, muy astuta...
Y Pleyk terminó hablando para sí mismo.
- Ehemmmmmm... - carraspeó Auren.
El Ermitaño volvió a la realidad.
- ¿Eh? ¿Qué?... Ah, sí, es verdad, querías
preguntarme algo -dijo confuso-. Dímelo de una vez, porque
nos hemos andado por las ramas, ¿no es cierto?
-Esto... bueno...
- No balbucees tanto - dijo Pleyk, molesto -, y había ya.
- Lo que... lo que yo querría saber... es... cómo deshacer
la Maldición de los piscos.
- Mediante PISCIS puedes lograrlo.
-Eso ya lo sé -gruñó Auren -. Pero... ¿cómo
lo uso?
- Tú eres la Princesa, y sólo tú lo sabes.
- ¿Eh? ¿Cómo? ¿Yo...?
- ¿Y quién si no? Es muy sencillo. Sólo tienes
que mirar en tu corazón, porque PISCIS y tú sois una
sola cosa. Tú conoces todos sus secretos, aunque no lo sepas.
Tienes que mirar en tu interior, leer en tu corazón, y entonces
sabrás lo que PISCIS quiere que hagas. Es muy sencillo, sí,
muy sencillo... Disculpa, estoy cansado. Ya soy viejo, y hablar durante
tanto tiempo me agota. De forma que adiós, de nada y que tengas
suerte.
Y el Ermitaño cerró los ojos.
- ¡No, espere! -gritó Auren-. ¡Usted me dijo que
tenía una respuesta a mi pregunta!
- Y, efectivamente, la tenía -dijo Pleyk, abriendo los ojos-.
Y te he dado mi respuesta. Me has preguntado cómo curar a los
piscos, y yo te he dicho que mirando en tu corazón... ¿qué
más quieres?
Pleyk cerró los ojos.
- ¡Oiga! -insistió Auren.
- ¿Qué? -preguntó el Ermitaño, abriendo
los ojos.
- Y ... ¿y si me equivoco?
- ¡Pues te equivocaste! -Y cerró definitivamente los
ojos.
- ¡Por favor!
- Demasiado tarde.
Auren se dio por vencida. Sabía que nada más iba a sacar
de él, de forma que salió de la sala y comenzó
a nadar en dirección a la salida. A sus espaldas oyó
la voz criticona de Pleyk:
- ¿No te da vergüenza? ¡Eres la Princesa de toda
ZODIACCÍA y no eres capaz de tomar tus propias decisiones!
¡Habráse visto!
Auren no contestó. "En el fondo tiene razón",
pensó. Pero no se desanimó. "PISCIS", se dijo,
"PISCIS" me ayudará. Liberaremos a los piscos de
su Maldición. Con PISCIS lo lograré. Juntos encontraremos
la manera de conseguirlo..."
Cuando salió de la gruta, Cirzus se abalanzó sobre ella,
en tanto que May y el Jefe la miraban interrogantes.
- ¿Qué te ha dicho? -preguntaba Cirzus . Quiero saberlo
todo.
"Pues se va a quedar con las ganas", pensó May al
ver la mirada de Auren.
Y, efectivamente, Auren no dijo nada sobre su visita al Ermitaño
del Monte Piscazul.
El viaje de vuelta a las Colinas lo hizo sumida en un mutismo total,
meditando las palabras de Pleyk. El Jefe la miró de reojo un
par de veces, pero sabía que en aquellos momentos no podía
ni debía molestarla, de forma que no le dijo nada.
Al llegar, Auren encargó al Jefe que congregara allí
a todos los piscos del lago.
- ¿Y Pleyk?
- No hace falta que venga.
Y Auren no dijo nada más hasta que, pasadas dos horas, le anunciaron
que ya estaban todos. Entonces murmuró, como perdida en sus
propios pensamientos:
- Muy bien; aseguraos que no falta nadie. Cuando se lo confirmaron,
Auren asintió.
Se acercó a la multitud de piscos y trepó a un montículo
cubierto de algas rojas. Luego alzó la mano, solicitando silencio
y atención. Cuando todos callaron y un silencio total reinó
en el lago, Auren se decidió a hablar por fin. Y dijo:
- Yo soy, como todos sabéis, la Princesa Auren. PISCIS salió
al Exterior a buscarme y, cuando me encontró, me llamó
solicitando ayuda. Me trajo hasta aquí para que yo pudiera
deshacer el Sortilegio de Petilay. No conocía el modo de hacerlo
hasta ahora y, aún así, no estoy todavía segura
de que sea éste. Por eso quiero que os atengáis a las
instrucciones que yo os dé, pues lo único que sé
es que si esto sale mal, no sabré qué hacer después,
así que, por favor, os ruego la mayor colaboración posible.
Respiró profundamente y continuó:
- Quiero que, a una señal mía, cerréis todos
los ojos y digáis el nombre del Medallón que os representa.
Yo tendré PISCIS puesto y lo abriré cuando sea el momento.
Dos cosas son imprescindibles: la primera, que no abráis los
ojos, porque la energía liberada por el Duodécimo Medallón
en forma de luz os haría daño a los ojos. Y, la segunda,
que no se despiste nadie, porque todos debéis decirlo a la
vez.
Se puso a PISCIS al cuello y lo abrió. Todos estaban expectantes,
aguardando.
- ¡Ahora! -gritó Auren.
Según sus instrucciones, todos los piscos cerraron los ojos
y dijeron a una:
- ¡PISCIS!
Una luz brillante emanó entonces del Medallón, envolviéndolo
todo. Los que cometían la imprudencia de abrir los ojos tenían
que volver a cerrarlos inmediatamente ante la cegadora luz que emitía
PISCIS.
Cuando cesó el resplandor, algunos se atrevieron a abrir los
ojos, y lo que vieron les dejó asombrados. Todos agitaron alegres
sus recuperadas aletas pectorales; ya no había Maldición,
al menos allí, en el lago PISCIS. Auren pensaba en esto mientras
escuchaba los gritos de alegría de los piscos. Hizo una señal
a May.
- Ahora toca ARIES -le dijo. May asintió.
- No podemos quedarnos aquí por más tiempo. Toda ZODIACCÍA
pide nuestra ayuda, Auren.
Auren estaba de acuerdo con May en este punto, así que, cuando
los piscos las invitaron a las grandes fiestas que se celebrarían
en su honor, rehusó:
- No, gracias. Tenemos una Misión que cumplir, y partiremos
sin demora, ¿verdad, May?
- Arriba es casi de noche -dijo May, sensatamente, mirando a Auren-.
Saldremos al amanecer.
- Prometedme que volveréis - pidió Cirzus, dolido por
tener que separarse de sus amigas.
Auren y May se miraron.
- Lo intentaremos, al menos. Puedes estar seguro, Cirzus -dijeron.
Después de una nutritiva cena a base de algas, Solia, la madre
de Cirzus, les ofreció alojamiento en su casa. Auren se durmió
nada más tocar las sábanas, pues las emociones del día
la habían agotado.
Al día siguiente Auren y May se despidieron de los piscos y
nadaron hacia la superficie, provistas de mantas y provisiones que
seguramente les serían de mucha utilidad en su viaje hacia
ARIES.
Cuando alcanzaron la orilla, se sentaron a descansar. Al rato May
llamó la atención de Auren:
- Fíjate. PISCIS está brillando:
Auren lo miró. Emitía destellos rojos y dorados, como
si fueran señales. Obedeciendo a un impulso, lo abrió.
En el espejo irisado aparecía ahora la imagen de Bhepcilus,
que le decía:
- Has logrado efectuar el sortilegio que permite deshacer la Maldición
de los piscos. Ahora May y tú debéis encaminar vuestros
pasos hacia la región de ARIES. Cuando os encontréis
allí, os revelaré cuanto sé sobre su paradero.
Dicho esto la imagen se esfumó. Auren cerró el Medallón
y dijo a May:
- ¿Por dónde se va a ARIES?
Ella se quedó pensativa unos instantes.
- Vamos al camino -dijo al fin-. Allí sabré dónde
estamos y te lo diré.
Atravesaron las hileras de árboles que separaban el lago del
camino, y se encontraron en la frontera. May miró frente a
ella.
- Las regiones están delimitadas por caminos que recorren toda
ZODIACCÍA -explicó-. Esa región que tenemos enfrente
es LEO, luego... ¡a la izquierda! Es el camino más corto.
Y comenzaron a caminar.
Mientras, May narraba a Auren cómo un día Petilay había
atacado la Casa del Zodíaco.
Ya hacía tiempo que se rumoreaba que la Princesa preparaba
una traición. Además, la desaparición de Talen
el Magno y Talon el Magnánimo, Zogímenes Reales de Petilay
(según explicó May, los zogímenes eran los habitantes
de GÉMINIS), sirvió para echar más leña
al fuego.
May se interrumpió cuando vio que el camino se bifurcaba. Tomaron
el sendero de la derecha, y luego siguieron recto. Entonces May reanudó
su relato: Petilay creía que un ataque a la Casa del Zodíaco
podría ser la solución; si lograba que ésta cayese
en su poder, toda ZODIACCÍA se rendiría.
-Pero... ¿dónde está situada la Casa del Zodíaco?
May le dijo que ya se enteraría más adelante, que nadie
en ZODIACCÍA salvo Bhepcilus y ella, sabía su situación
exacta.
Un día Petilay había atacado por sorpresa la Casa del
Zodíaco pero May, pese a que no quería dar crédito
a las habladurías, estaba preparada. Había sido una
batalla en carnizada en la que, afortunadamente, Petilay se había
llevado la peor parte.
Furiosa por su fracaso, ocultó los Medallones para que nadie
pudiera deshacer la Maldición que iba a lanzar sobre los habitantes
de ZODIACCÍA. En casos extremos, los Medallones no salen de
sus regiones. Petilay lo sabía y por eso tuvo que ocultar cada
Medallón en su región. De lo contrario, los Doce hubieran
vuelto con Bhepcilus.
Luego la expulsaron de ZODIACCÍA, quitándole el poder
que tenía para abrir una Puerta entre el País de los
Horóscopos y su mundo.
Sin embargo, los Medallones estaban escondidos, y en cada región
había una Maldición diferente. Y sólo podían
ser encontrados por una persona Elegida. Pero ni May ni Bhepcilus
podían salir al Exterior a buscar a una.
Así estaban las cosas cuando PISCIS, Duodécimo Medallón,
logró escapar de su escondite para llegar hasta Bhepcilus,
que lo envió al Exterior en busca de un Elegido.
No era tan fácil. Los Doce Elegidos estaban repartidos por
todos los rincones del mundo y, si hubiesen estado todos los Medallones,
tal vez hubiera resultado más sencillo. Pero no, PISCIS estaba
solo, y solamente era capaz de encontrar al Elegido de su Signo. Una
búsqueda que aparentemente no tenía sentido, pues encontrar
a una persona determinada en todo el mundo podría llevarle
mucho tiempo. Pero el poder del Horóscopo era muy grande. Los
Medallones y los Elegidos se atraían mutuamente, porque Magia
e Imaginación son una misma cosa. Si no hubiera influido el
Horóscopo, cualquiera del los Doce Elegidos podría haber
estado ahora en ZODIACCÍA en lugar de Auren. Pero no, porque
PISCIS sólo podía encontrar a la persona Elegida de
su Signo.
Era muy difícil. Sin embargo, PISCIS y Auren se atraían
mutuamente. Por eso ésta había guiado a PISCIS hasta
su país, su ciudad y su barrio. Y luego el Duodécimo
Medallón la había llamado, y ella había escuchado,
la llamada, y había acudido.
Terminaba de hablar May cuando, al caer la tarde, encontra ron un
sendero que se cruzaba con el que ella seguían.
- Éste es el fin del camino -dijo May-. Y de nuestro viaje
a ARIES también.
Ya era la hora del crepúsculo, y tras el camino sólo
se veían sombras. May y Auren habían agotado todas sus
provisiones durante el viaje, pero ahora estaban por fin frente a
la región de ARIES.
- Vamos, antes de que se nos eche encima la noche -dijo May-. Cruzaron
la senda y penetraron en la Primera Región.