CAPÍTULO
IV: ARIES
Ya era
de noche cuando May y Auren decidieron acampar. Habían llegado
casi hasta las riberas del Arroyo Masyr, quedando a su derecha la
Cordillera del Oeste. Pero no habían encontrado a ningún
fauno (según May, los faunos eran los habitantes de ARIES).
Desistieron entonces de seguir caminando y lo dispusieron todo para
pasar la noche en un claro del bosque.
Se hicieron sendas camas de musgo, encendieron una fogata delimitada
por piedras, se sentaron y se quedaron pensativas durante un rato,
hasta que May dijo:
- ¿No es va la hora de cenar?
- ¿Eh? -preguntó Auren, como si cayese de las nubes.
- Digo que tendríamos que buscar algo de comer; ya se nos han
agotado las provisiones, y es hora de cenar.
- No me lo recuerdes -gruñó Auren-. Ya no queda nada
de comer, o sea, que habrá que confiar en la hospitalidad de
los faunos mañana.
- No hace falta -dijo May alegremente-. Aquí en el bosque debe
haber algo comestible, ¿no te parece? Confiemos mejor en la
Naturaleza.
Auren aceptó y ambas se levantaron para buscar algo de cenar.
Antes de irse, cogieron dos ramas y les prendieron fuego, para iluminarse
el camino, a modo de antorchas. No se alejaron de masiado, por miedo
a perder de vista el campamento. Hasta que, explorando el lugar a
la vacilante luz de las antorchas, May descubrió algo.
- ¡Tréboles! -dijo, y salió disparada, perdiéndose
en la oscuridad.
Auren no se movió del sitio durante un rato. Luego, despacio,
comenzó a buscar a May.
- ¡May! -susurró.
Oyó entonces la voz de su amiga:
- Ven, Auren. Este sitio es formidable.
Auren por fin localizó a May, y se colocó junto a ella.
Miró entonces alrededor.
- El suelo está cubierto de tréboles -informó
May-. La ventaja de ser conejo es que puedes comer prácticamente
en cualquier sitio. En cuanto a ti, mira. -Y señaló
a su alrededor-. Esto está lleno de árboles frutales.
Sus frutas están bajas, fáciles de coger.
Auren asintió. Tomó una manzana de un árbol que
había por allí, y, mientras la mordisqueaba, dijo distraídamente:
- Creo que será mejor que traslademos el campamento aquí.
May estaba de acuerdo, de modo que volvieron para recoger las mantas
y apagar la hoguera, que se habían dejado encendida.
Pero al llegar comprobaron con sorpresa que las cosas no se encontraban
de la forma en que ellas las habían dejado. Los lechos de musgo
estaban muy desordenados, casi deshechos. Las mantas estaban por ahí
tiradas de cualquier manera, habían apagado la hoguera arrojando
agua encima y la chaqueta de Auren estaba colgada de un árbol,
afortunadamente, no demasiado alta. Todo había sido sometido
a un minucioso registro.
- ¿Quién puede haber hecho esto? -dijo Auren, recogiendo
su chaqueta.
May se encogió de hombros.
- Debe de haber sido algún Vigilante.
- ¿Vi...Vigilante? -Auren creyó no haber oído
muy bien.
- Ajá -dijo May, mientras ambas lo recogían todo-, los
faunos nombran a los Vigilantes, que son otros faunos que se dedican
a cuidar el bosque y la montaña de los intrusos, las basuras
y los incendios. Los faunos son grandes amantes de la Naturaleza.
- ¿Cómo son los faunos?
- Son hombrecillos de patas de cabra y cuernos también. Viven
en aldeas, v tocan armónicas de cañas hechas por ellos.
May metió todo el musgo en la chaqueta de Auren y la cogió
por las mangas, como si fuera una cesta. Auren, por su parte, recogió
las mantas y las dobló. Ambas se encaminaron, antorchas en
ristre, al claro de los árboles frutales.
- ¿Cómo viven los faunos? - quiso saber Auren.
- En poblados -le contestó -May-. Están formados por
diez o doce casas, hechas de barro y piedras con techo de paja. En
las aldeas más importantes, como son Ebifos, Taminos y Arres,
suele haber más faunos, y por eso son de veinticinco casas
o más. Al amanecer algunos se van al bosque, otros al monte.
Allí fabrican armónicas y las tocan. Son seres solitarios
y, sin embargo, hogareños. Se pasan el día fuera y al
anochecer vuelven a sus casas.
- Y, ¿qué comen?
- Poseen un huerto en cada aldea. Se reparten las hortalizas equitativamente
entre cada familia y, como es un huerto grande, tienen para bastante
tiempo, contando con las frutas y bayas que recogen en el bosque.
Por la mañana los hombres adultos se van a su lugar predilecto
donde suelen componer las melodías, ya que cada mes se celebra
el Concurso de Melodías. El que lo gana...
-Ya hemos llegado - anunció Auren .
Encendieron otra fogata, arreglaron el musgo y se sentaron sobre él.
-...el fauno que gana el Concurso de Melodías es proclamado
Jefe de su poblado durante un mes, hasta que, al mes siguiente, eligen
a otro -prosiguió May-. Si es el Jefe el que gana el Concurso,
sigue siendo Jefe hasta que le gane otro. Son los niños los
que se ocupan del huerto, y las mujeres las que cuidan de las faenas
del hogar. Cuando un fauno considera que su hijo ya tiene el juicio
suficiente lo lleva al monte o al bosque con él, y le enseña
todo lo que un fauno debe saber: a tocar melodías, a componerlas,
a construir armónicas, etc. Cuando ha aprendido, lo lleva ante
el Jefe de la aldea, que lo presenta a los demás como un adulto
más. Si es niña, cuando su madre ya cree que es lo suficientemente
mayor, la instruye en el arte del hogar; le enseña a cocinar,
a coser, a limpiar, a distribuir la comida... en fin, todo lo que
debe saber una buena ama de casa. Cuando la niña ya está
preparada, su madre la lleva ante la pariente femenina más
próxima al Jefe, si éste no está casado. Y si
lo está, a su esposa, que la presenta a la aldea como una adulta
más.
»Sobre esa edad ya comienzan los faunos a buscar pareja. Si
uno se enamora, lleva a la que le gusta hasta el lugar donde suele
buscar melodía, y se le declara. A continuación, le
obsequia tocando para ella la melodía más bonita que
haya inventado. Muchos inventan una melodía especial para la
ocasión. Eso, últimamente está de moda. Decir
"ésta la he compuesto sólo para ti" es lo
que les gusta hacer ahora.
»Si la fauno dice que sí, los casa el Jefe de la aldea
y se construyen una cabaña. Si dice que no, el frustrado enamorado
se va de peregrinación por toda ARIES y no vuelve hasta pasadas
dos semanas, como mínimo. Después, cuando regresa, vive
solitario hasta que la fauno acceda o hasta que encuentre a otra y
se vuelva a enamorar.
- Y el Jurado de los Concursos de Melodías... ¿quiénes
lo constituyen?
- Los ancianos que por su vejez ya no pueden subir a los montes y
están retirados. Siempre son imparciales, y por eso cada mes
reina en cada aldea la persona que por sus melodías más
se lo merece.
»Respecto a la geografía de ARIES, te diré que
da al mar, y que sus ríos principales son el Río de
Plata y el Arroyo Masyr. Cerca de nosotras está la Cordillera
del Oeste, aunque más bien está situada en el Suroeste.
También, al norte, junto al mar, está el Bosque Dorado.
Y al este, la Montaña Gris. Pero no sé exactamente dónde
está situada cada cosa.
- Mejor será que durmamos ya; ahora que conozco las costumbres
de los faunos, me siento menos extraña. Pero el fuego está
casi apagado, es muy tarde y más nos vale descansar esta noche.
Se echaron sobre las camas de musgo y se cubrieron con las mantas.
- Buenas noches -dijo Auren-, mañana tenemos mucho que hacer.
- ¿Cómo? - la voz de May le llegó soñolienta
desde su lecho de musgo.
- Nada. Duérmete.
La hoguera se extinguió a los diez minutos, pero, para entonces,
las dos amigas estaban ya profundamente dormidas. Al día siguiente,
Auren notó que le tiraban de la manta.
- ¡Levántate ya, pesada! Hace rato que ha amanecido y
tenemos mucho que hacer. -May repitió la frase que Auren pronunciara
la noche anterior como su mejor arma para conseguir despertarla.
Auren se levantó, bostezando.
- Necesito lavarme la cara, estoy legañosa -dijo.
May le señaló la ribera del Arroyo Masyr, que no estaba
lejos de donde ellas habían acampado. Después de lavarse,
volvió junto a May. Ambas desayunaron y luego recogieron las
cosas. No sabiendo a dónde dirigirse, optaron por caminar simplemente
hacia adelante, siguiendo el curso del arroyo.
Al rato, May señaló una columna de humo entre los árboles
que se elevaba hacia el cielo.
- ¡Mira! - dijo a Auren.
- ¡Es un incendio! ¡Vamos, corre...! -Y Auren echó
a correr en dirección a la negra columna.
May se quedó boquiabierta, pero luego reaccionó y comenzó
a correr hasta ponerse a la altura de Auren.
- ¡Espera! - gritó.
Auren no hizo caso. Amaba la Naturaleza y no podía soportar
la idea de que un incendio pudiera destruir todo aquel paraíso
sin contaminación.
May se agarró de su pierna fuertemente, tratando de frenarla
en su loca carrera. Auren seguía sin detenerse y May le chilló:
- ¡Para Auren!. Piensa que, si hubiera un incendio, los faunos
ya lo tendrían controlado... ¡tienen Vigilantes! ¿No
te lo dije anoche? ¡Paraaaaa!
Mas Auren continuó corriendo. Una llamada se había oído
en ella desde su más tierna infancia: una llamada de auxilio
de la Naturaleza y, sobre todo, de los árboles. Cuando alguien
encendía un cigarro en el bosque o arrojaba allí basura,
parecían decir: "¡Ayúdanos! El fuego nos
destruirá y, con el tiempo, las basuras pudrirán nuestras
raíces. Estamos encadenados a la tierra, ¡no podemos
escapar!".
May pensó que no tenía sentido seguir sujeta a la pierna
de Auren porque, de todas formas, no se iba a detener, así
que la soltó. Observó exhausta cómo su amiga
se alejaba corriendo y cruzaba el Arroyo en dirección al humo.
Moviendo la cabeza, volvió al campamento, recogió las
cosas y pensó mientras lo hacía: "Va directa a
Taminos. Tal vez la encuentre allí. Me lleva mucha ventaja,
pero..."
Auren corría por el bosque, cuando creyó escuchar un
suspiro, seguido de un sollozo incontenido. Se dirigió hacia
allí, movida por la curiosidad. Cuando comenzaba a pensar que
había sido fruto de su imaginación, otro suspiro aún
más fuerte rasgó el silencio. Se aproximó un
poco más y, apartando unos matorrales, vio a un joven fauno
sentado sobre una roca con aspecto muy abatido. Era más bien
bajito, y llevaba el torso desnudo. Su rostro reflejaba una tristeza
profunda y, a la vez parecía enfadado, enfadado y furioso consigo
mismo y con los demás.
Auren, por el momento, decidió permanecer oculta. El fauno
comenzó a dibujar algo en al suelo, luego lo borraba, lo dibujaba
de nuevo, lo borraba otra vez y vuelta a empezar. Su dedo se deslizaba
sobre la tierra trazando la imagen de algo que él conocía
muy bien.
Auren se incorporó ligeramente y se estiró para ver
lo que era. Descubrió que se trataba de una armónica,
era el dibujo de una armónica de cañas. Al intentar
volver a su anterior posición tras el matorral, éste
crujió v el fauno se incorporó, asustado.
- ¿Quién anda ahí? - preguntó con desconfianza.
- Soy yo -dijo Auren, saliendo de su escondite-. Soy Princesa Auren,
y tengo a PISCIS.
El fauno se relajó al ver el Medallón.
- ¿Y qué? -dijo malhumorado-. Si no tienes a ARIES,
podrás hacer.
- No eres muy hospitalario -observó Auren . Claro que no tengo
a ARIES; he venido para buscarlo. A... a propósito -añadió-,
¿cuál es vuestra Maldición?
- ¡Bah! Ni siquiera sabes eso. ¡Vaya Princesa!
- ¿No crees en mí? ¡Pues entonces, ve al lago
PISCIS y com¬prueba por ti mismo que allí ya no hay Sortilegio!
El fauno asintió de mala gana.
- Pero no tienes idea de dónde está ARIES, ¿verdad?
-dijo-. Pues así, poco vas a conseguir, me parece, porque en
toda la región nadie sabe nada. Es muy fácil ir a PISCIS
con el Duodécimo Medallón y curar a los piscos, pero
aquí no te va a ser tan fácil si no tienes a ARIES.
- Creo que tienes razón. Sin embargo, Bhepcilus sabe algo,
me lo dijo -Auren adoptó un tono de voz a la vez amistoso y
confidencial. Cualquiera hubiera pensado, al oírla hablar,
que ella y el fauno se conocían de toda la vida-. De todas
formas, antes de comenzar nada, me gustaría sa¬ber cuál
es vuestra Maldición.
Entonces el fauno comenzó a lamentarse:
- ¡Qué horror! Ya no puedo tocar, nadie puede tocar ahora,
y no seré Jefe, y seguirán considerándome un
holgazán para siempre. Ya ni siquiera Sol cree en mí,
y, si toco la armónica, Terak vendrá, pero yo quiero
demostrar a todos que puedo... ¡Oh, es espantoso, sencillamente
espantoso!.
- ¡Eh, para! ¿Por qué no puedes tocar? ¿Quién
es Terak?
- Terak es el Habitante Eterno de las entrañas de la tierra
de ARIES. Vive bajo el suelo, desde que existe ZODIACCIA, debajo de
ARIES, siempre debajo de ARIES. Duerme. Es muy, muy grande.
-¿Qué... qué quieres decir? ¿Do.. do...
dónde has dicho que viv... que vive? - tartamudeó Auren.
E1 fauno señaló el suelo.
- Bajo nuestros pies -informó. Al ver el creciente nerviosismo
de Auren añadió-: No pasa nada. Él duerme, ya
te lo he dicho. Hemos convivido en paz desde los tiempos remotos de
Pan. Los faunos y él somos como hermanos. Desde el Pacto que
Pan hizo con Terak, no ha pasado nada. Nosotros no lo molestábamos
y él no nos molestaba a nosotros. Le gustaba el arrullo de
nuestras melodías, le ayudaba a dormir. Pero fue Petilay...
hubo un encantamiento. Algo hay que el sueño de Terak... algo
en nuestras armónicas de cañas. Se enfurece. No puede
ya aguantar el sonido de nuestra música. Si alguien osa tocar
su armónica, se despierta y surge de las entrañas de
la tierra para castigarlo. Destruye su aldea. Hemos tenido que reconstruirlas
todas. La última fue Arres. Aún están trabajando
en ella. Y después de aquella masacre, los Jefes se reunieron
y to¬maron la decisión de hacer una hoguera en cada aldea...
para quemar TODAS las armónicas. Sólo una dejaron. Está
en Ebifos, es la armónica de Pan, nuestro más antiguo
Antepasado, Patriarca de los Faunos. Se guarda como pieza histórica
allí, en Ebifos.
- Entonces ...¿sólo queda una?
El fauno asintió abatido.
- Hoy quemaron las últimas. -Miró a Auren, con un brillo
extraño en la mirada-. Tienes que encontrar a ARIES -dijo-.
Llevo cinco meses esperándote, esperando que lo encuentres
y que pueda tocar de nuevo una armónica. Desde que el Consejo
tomó la decisión de incinerarlas todas, llevo aguardando
el momento en que yo pueda volver a trabajar en mi Sinfonía
Silvestre. Si la acabo, la tocaré en el próximo Concurso
y, si gano... -Volvió a fijar su mirada en Auren y dijo con
amargura-: ¿Quién soy yo? ¿Qué sobrenombre
me han puesto los faunos de mi aldea? Sí, yo soy Sen, el Holgazán,
el Gandul. Mis melodías jamás han sido ni dignas de
participar en el Concurso, porque prácticamente desde que aprendí
a tocar he estado componiendo una que hiciera historia en ARIES: mi
Sinfonía Silvestre. La tenía casi acabada, sólo
unas notas y ya estaría lista.
Se dejó caer sobre una roca, y suspiró: - Ahora ya no
sirve para nada. Para nada.
- Encontraré a ARIES - prometió Auren-. ¿Cómo
te llamas?
- Sen. Oye, ¿es cierto que estuviste en la Casa del Zodíaco?
Auren miró a Sen, pensando que otra vez se burlaba de ella.
Sin embargo, corrigió su primera impresión al no encontrar
en sus ojos nada más que curiosidad.
- Naturalmente -dijo.
- ¿Conociste a May?
Entonces, Auren se acordó de una cosa:
- ¡Es cierto, May! -exclamó-. No pudo alcanzarme cuando
yo corría hacia el incendio.
- ¿Venías con May?
Auren asintió.
-¿De qué incendio hablabas antes?
Auren señaló la negra columna de humo, que ahora ya
no era más que un hilo que subía hacia el azul del cielo
entre los árboles.
Sen se echó a reír.
- Eso no es un incendio -dijo-. Es la hoguera en la que han quemado
las últimas armónicas hoy. En ARIES no suele haber incendios.
Tenemos Vigilantes, que guardan día y noche el bosque, la montaña
y los prados.
Auren se reprendió a sí misma por haber olvidado lo
que May le dijera la noche anterior.
- De todas formas -gruñó- yo no he venido aquí
para apagar fuegos.
De pronto, Sen señaló a PISCIS.
-¡Mira tu Medallón! - dijo.
Auren lo miró. Ya volvía otra vez a relucir con destellos
rojizos. Sonrió y le explicó a Sen:
- Me lo imaginaba. Es cosa de Bhepcilus, es su manera de llamarme
la atención. Y, por si no lo sabías, PISCIS no es mío,
no pertenece a nadie; sólo a sí mismo.
Abrió el Medallón y de nuevo la imagen de Bhepcilus
apareció en el espejito. Sen se colocó tras Auren para
poder mirar el Medallón por encima de su hombro.
- ¿Qué sabes del asunto? -preguntó Auren a la
imagen.
- Poca cosa -fue la respuesta-. Sin embargo, prefiero de¬círtelo
todo cuando esté May contigo.
Y la imagen desapa¬reció.
- ¿Era Bhepcilus? - interrogó Sen, mientras Auren cerraba
el Medallón.
Auren asintió.
- Llévame a tu aldea -pidió-. Quiero que todos sepan
que May yo hemos llegado.
- No está lejos. Se llama Taminos, y es una de las más
grandes de ARIES.
Se encaminaron hacia allí, y, mientras, Sen iba hablando a
Auren de su Sinfonía Silvestre.
- Quiero -decía- que todos se den cuenta de que no se puede
hacer una buena melodía de un mes para otro. Las melodías
de los demás no son muy bonitas, pero, como nadie las supera,
pueden competir entre sí. Sin embargo, cuando uno se pone de
veras a trabajar en una melodía, no sólo para ganar
un estúpido concurso, sino además porque le gusta arrancar
música a la armónica, siempre sale mucho mejor si trabaja
duro en ello. En un mes mi Sinfonía Silvestre no lista, y sería
sólo una melodía de tantas otras. Todos me consideran
un holgazán porque cuando toco en los Concursos lo hago improvisando,
porque no tengo tiempo para componer una melodía, pensando
en mi Sinfonía Silvestre. Y así, ¿quién
puede ganar? Pero eso a mí no me importa. No me importa ganar
o perder, ser Jefe o no, pero todos los de Taminos has sido Jefes
por lo menos una vez, y yo ni eso. Y, como consecuencia, la gente
no me toma en cuenta, los niños se burlan de mí, mi
padre se avergüenza de tener un hijo tan perezoso, y Sol, la
que antaño fue mi mejor amiga, hace todo lo posible por molestarme,
porque dice que la he decepcionado.
- ¿Y por qué no les cuentas lo que estás haciendo?
- Porque quiero que sea una sorpresa par todos, y sobre todo para
Sol; quiero que me quieran por lo que soy, y no por lo que hago, pero,
puesto que no es posible, quiero que se den cuenta de que las apariencias
engañan, y que no soy un holgazán.
Al fin llegaron a Taminos. Había allí una hoguera limi¬tada
con piedras y varios faunos alrededor, contemplándola silenciosos.
- Ejem... - carraspeó Sen.
Los faunos entonces repararon en ellos y miraron a Sen con ojos interrogantes.
- Es la Princesa Auren -explicó Sen-. Tiene a PISCIS y ha venido
a buscar a ARIES.
Los faunos miraron a Auren con incredulidad y escepticismo. Muchos
se esforzaron por contener una carcajada, y otros rieron sin intentar
eso siquiera.
Sólo una fauno estaba seria. Parecía enfadada, y miraba
a Auren de arriba a abajo.
Auren se miró a sí misma. Comprendía los sentimientos
de los faunos, porque allí estaba ella, vestida con unos pantalones
vaqueros, una camiseta de manga corta y una chaqueta roja de chandal
atada a la cintura; su madre se había empeñado en que
se la llevase con la excusa de que cuando volvie¬ran de la feria
haría frío. En verdad, no parecía una Princesa,
ni mucho menos. Era natural que los faunos, que habían esperado
con impaciencia la llegada de la Princesa Auren, la que debía
encontrar los Medallones y salvar a ZODIACCÍA, pensaran en
otra clase de Princesa. En realidad era muy normal que no creyeran
a Sen, pero a Auren le dio rabia pensar que tal vez no lo creían
porque lo consideraban un inútil.
- Tú no has sido Jefe ni siquiera una sola vez desde que fuiste
mayor de edad -dijo la fauno que estaba seria a Sen-. No has conseguido
que alguna de tus melodías sea digna ni de participar en el
Concurso ni un sólo mes. ¿Qué haces cada vez
que te vas al bosque, tumbarte sobre la hierba a contemplar los pajaritos?
Todos rieron a carcajadas ante la ironía de la fauno. Ella
y Auren se observaron mutuamente.
Sen trataba de conservar la calma, aunque odiaba que se burlaran de
él. Iba a replicar cuando notó que una mano se posaba
sobre su hombro. Era Auren que, imperceptiblemente, le decía
que no con la cabeza. Sen asintió, y trató de tranquilizarse.
- ¿Esperas que te creamos? -continuó la fauno-. Te presentas
aquí con una humana cualquiera y dices que es la Princesa Auren,
cuando ni siquiera sabes cómo es una Princesa.
Entonces Sen estalló:
- ¡Sol, debes creerme! Es verdad, lo juro, ella tiene a PISCIS,
y ha hablado con Bhepcilus mediante él... ¿crees que
soy ciego?
- Ciego no -admitió Sol-, pero no hay duda de que tienes alucinaciones
de vez en cuando.
La carcajada fue general. Sen, humillado, iba a contestar, pero alguien
se le adelantó:
- ¡Es cierto! -La voz de Auren, que hasta entonces había
estado callada, hizo cerrar la boca a los faunos-. Yo -prosiguió-
soy la Princesa Auren. He venido a buscar ARIES y no voy a permitir
que por culpa de vuestra cabezonería no lo encuentre y no pueda
buscar los demás Medallones. ¿Queréis, acaso,
ser culpables de que los Doce no se vuelvan a encontrar y toda ZODIACCÍA
continúe sumida en la Maldición de Petilay? Además,
aquí tengo a PISCIS.
"Tiene coraje", pensó Sol satisfecha. En realidad,
le gustaba ser siempre la última en hablar y, por eso, estaba
contenta de poder entablar una disputa verbal con aquélla que
pretendía ser la Princesa de ZODIACCÍA.
Vio cómo Auren mostraba el Medallón a los faunos y replicó
fríamente:
- Puede ser cualquier otro medallón. ¿Y quién
nos asegura a nosotros que eso que llevas al cuello es uno de los
Doce?
"Tiene respuesta para todo", pensó Auren admirada.
-¡Es PISCIS! - gritó, para que todos la oyeran.
Sol no quiso ser menos que su interlocutora, y voceó:
- ¡No es cierto!
- ¡Sí lo es!
- ¡No!
-¡Sí!
- ¡No!
- ¡Sí!
- ¡No!
- ¡Silencio! -ordenó una voz.
Todos enmudecieron. El Jefe se aproximaba al lugar de la disputa.
- ¿Qué sucede? - preguntó.
Un fauno se acercó, se arrimó a él y le dijo
algo al oído. "El típico pelota", pensó
Auren. Ya estaba cansada de tanta tontería, y hubiera sido
capaz de criticar a todos los faunos (y especialmente a Sol) a gritos.
- Así que dices ser la Princesa Auren, ¿eh? -inquirió
el Jefe-. No pareces una Princesa. ¿Hay alguien que pueda afirmarlo?
- ¡Sí, yo!
Todos volvieron la cabeza hacia el lugar de donde había salido
la voz. De detrás de un matorral salió triunfante la
propia...
- ¡¡¡May!!! -exclamaron todos.
- Ella -dijo May, señalando a Auren- es la Princesa Auren,
la Elegida del Signo PISCIS, y lleva el Duodécimo Medallón.
Los faunos se quedaron inmóviles. No sabían que decir,
y Sol era la más avergonzada de todos.
En aquel momento, PISCIS comenzó a relucir, y Auren lo abrió.
- ARIES siempre hablaba en acertijos -dijo Bhepcilus-, y dejó
uno en la Roca Gris.
La imagen desapareció.
- ¿Dónde está la Roca Gris? -preguntó
Auren a los faunos. Ninguno se movió. La intervención
de May los había sorprendido mucho, tanto que aún no
se lo creían.
- ¿DÓNDE ESTÁ LA ROCA GRIS? - repitió
Auren.
- En la Montaña -fue Sol la que habló-. Está
en la Montaña Gris. Ruego me disculpes por todo lo que te dije
antes, Princesa. No sabía lo que hacía.
El tono de humildad con que Sol hablaba sorprendió.
- No tiene importancia -pudo decir al fin.
- Te nombraremos un guía para que os lleve hasta allí
-dijo el Jefe, adoptando un tono oficial -. Es una montaña
muy alta, pero la Roca Gris está al pie.
- Gracias -dijo May-. Propongo que partamos inmediatamente.
Al cabo de unos momentos una comisión formada por Auren, May,
el Jefe, Sen y Sol, que se había ofrecido a guiarles, se ponía
en marcha hacia la Montaña Gris.
Sol conocía bien el camino, pues de pequeña sus padres
la habían llevado muy a menudo allí. Ahora ella y Sen
habían hecho las paces, desde el momento en que éste
le dijera que tenía una sorpresa reservada para ella.
- Desde que fui mayor de edad -había dicho Sen- he estado trabajando
en una cosa. Es para todos, pero, en realidad, la hice pensando en
ti. Por eso no disponía de tiempo para componer melodías
para los Concursos, y no me salían bien cuando tocaba porque
me las iba inventando según soplaba la armónica. Está
casi acabada. Ya verás, Sol.
Y a Sol le habían brillado los ojos de ilusión... Mientras
caminaban, May iba explicando a Auren que ARIES había logrado
poner un mensaje en algún lugar de la región, indicando
dónde se encontraba, pero Petilay se dio cuenta y, como no
podía contra la Magia del Medallón, había transformado
ese mensaje en una adivinanza. Era lo único que podía
hacer si quería evitar que alguien encontrase al Primer Medallón,
pues no podía borrarlo y tampoco estaba en sus manos destruir
lo, porque no tenía poder suficiente. Además lo había
escondido, pero Bhepcilus se había enterado por fin del lugar
donde se hallaba: en la Roca Gris.
Al caer la tarde llegaron por fin a la Montaña Gris, que se
abría ante ellos como un picacho hostil y amenazador. Sol los
condujo hasta una enorme piedra vertical, que se asemejaba a un tótem
indio.
- La Roca Gris -anunció.
Se sentaron a descansar. Auren, al rato, se acercó a la Roca
para examinarla. La miró, alzando la vista, desde su base hasta
su vértice. Parecía tan imponente...
Era sobrecogedor. Auren se acercaba, la mirada fija en la parte más
alta de la Roca, despacio... sin mirar nada más que arriba,
Auren tropezó con una piedra y hubiera caído al suelo
de no haberse cogido a tiempo de una pequeña roca que sobresalía
de la Roca Gris. Murmurando por lo bajo, se frotó su magullado
brazo, mientras May se acercaba.
- ¿Te has hecho daño? -le preguntó ésta.
Auren negó con la cabeza, mas de pronto recordó algo,
observó detenidamente el saliente que le había servido
de apoyo.
- ¿Ocurre algo? - inquirió May.
Auren no respondió. Aquello parecía una palanca. Si
su teoría era cierta, entonces...
Oprimió el saliente, ante las miradas extrañadas de
los demás.
- No pasa nada -dijo Sen-. ¿Qué esperabas encontrar?
Auren se encogió de hombros.
- Era sólo una idea - dijo.
- Escuchad... -dijo el Jefe -. ¿Qué es ese ruido?
Todos callaron y escucharon atentamente.
Hubo entonces una especie de lamento, que parecía venir de
muy hondo, allá abajo, bajo tierra.
"¿Terak?", se preguntaron los faunos.
Pero no. No, porque, con un chirrido, una corteza de piedra se corrió,
dejando al descubierto un párrafo escrito tosca¬mente en
la Roca.
- Creo que es esto lo que buscamos, chicos - dijo Sol. Y Auren leyó:
"SOY
ARIES, ESTOY OCULTO
Y SÓLO ME ENCONTRARÁS
SI CONSIGUES ACLARAR
ESTE ENIGMA TAN OSCURO
Y DE SENTIDO PROFUNDO:
EXISTE UN ÁRBOL EN ARIES
DE RAMAS LARGAS Y GRANDES
Y MUCHAS HOJAS DORADAS.
UNA HAY QUE NO ARDERÁ EN LLAMAS;
BAJO ÉSA TAN IMPORTANTE".
Auren copió
los versos en un papel y volvieron a la aldea. Era noche cerrada,
muy tarde ya. En la aldea, tras una hora de devanarse los sesos, Auren,
May, Sen y Sol aún no se aclaraban. Cada verso del poema constituía
una fuente inagotable de discusión.
- Es que es imposible -decía Sen-. En ARIES no puede nunca
quemarse un árbol.
- Y, además -decía Sol-, ¿qué árbol
hay que tenga hojas doradas?
- En otoño -dijo May, en un momento de lucidez-. En otoño
las hojas de los árboles son doradas.
-Pero si estamos en primavera -dijo Auren-. Y, además, en otoño
es más difícil que haya incendios. Si fuera en verano,
pues aún, pero...
May no estaba dispuesta a que algo tan evidente como eso echara por
tierra su idea, así que dijo:
- En tu mundo es verano, ¿no?
- Pero situémonos, chicos, aquí dice "Existe en
ARIES", ¿sí o no? Pues entonces... ¿qué
importa. que en mi mundo sea verano, si aquí estamos en mayo
y es primavera?
- Doradas -dijo Sen soñador-. Doradas como las cañas
de los arroyos.
- Pero -dijo Tar, el hermano pequeño de Sol, que rondaba por
allí para ver si los mayores sacaban algo en limpio-, ¿puede
estar el Medallón bajo la hoja de un árbol? Y, ¿
en qué clase de árbol una hoja puede ser más
importante que las demás? Por otra parte, si un árbol
se quema... ¿puede salvarse solamente una hoja?
Ante las miradas de los demás, que parecían decir: "Deja
de molestar y vete a la cama, que ya es muy tarde como para que estés
levantado", Tar decidió poner pies en polvorosa.
- Estooo... mejor me voy a dormir. Ya tengo sueño.
Bostezó ruidosamente y salió de la habitación.
Se volvieron a centrar en la tarea de aclarar el enigma. "No
se por qué", pensaba Auren, "pero creo que no tiene
sentido que sigamos pensando en árboles".
Y entonces, una palabra que lo explicaba todo le vino a la mente,
una palabra que conocía pero que había olvidado: "Alegoría".
Y recordó lo que decía el acertijo: "De sentido
profundo". ¡Pues claro! No se refería a hojas, ni
a ni siquiera a árboles. Era una alegoría, varias metáforas
encadenadas, tenía doble significado. Y se acordó entonces
de las palabras de Sen: "Doradas como las cañas de los
arroyos". Todo le vino de repente, como un rayo de luz, a la
cabeza: comprendió la adivinanza de principio a fin.
- ¡Madre mía! ¡Ya lo tengo! Tar, Sen... ¡sois
fantásticos!. Mientras los otros la miraban sin comprender
Tar, que ni mucho menos se había marchado, sino que estaba
espiando tras la puerta, se asomó complacido.
- Todo concuerda -siguió Auren-. ¿No os dais cuenta?
Sen ha dicho, además, que las cañas de los arroyos son
doradas... pues ya está. Tar ha tenido más juicio que
nosotros cuatro juntos, pues se ha dado cuenta de que el poema no
tenía ni pies ni cabeza, sino que era como una alegoría.
Es decir, que muchas veces una poesía no dice de forma directa
lo que quiere decir, ¿me explico?
Todos pusieron cara de no enterarse muy bien del asunto.
-Es muy sencillo -dijo Auren-. Ahora, he aquí mi versión.
del enigma. Repasemos la adivinanza línea por línea:
"EXISTE UN ÁRBOL EN ARIES"... bueno, según
mi teoría, se trata de la gran familia de los faunos, cuyo
antepasado es Pan, Patriarca de los faunos. "DE RAMAS LARGAS
Y GRANDES". Esto se refiere a las familias que componen el pueblo
de los faunos. "Y MUCHAS HOJAS DORADAS". Si las armónicas
se construyen con cañas y las cañas tienen un brillo
dorado, es de cajón que las armónicas también
lo tengan. Eso, para mí, quiere decir que esas hojas simbolizan
las armónicas de los faunos. "UNA HAY QUE NO ARDERÁ
EN LLAMAS". Pues, ¿cuál es la única que
no ha sido quemada? ¡La de Pan!
»Una vez aclarado esto, la siguiente línea ya te dice
claramente dónde se encuentra el Primer Medallón: ¡Bajo
la armónica de Pan! Además, es la más importante,
la más valiosa de todas. Por eso no la echaron en la hoguera,
¿me equivoco? Pues bien, come ya dije antes, si mi hipótesis
no es errónea, hallaremos a ARIES debajo de la Armónica
de Pan.
Todos se quedaron mudos y sólo Tar dijo:
- ¡Bravo, fantástico!
- Realmente Auren... -dijo May- No sé qué decir..
- Pues no digas nada. Lo que queda por hacer ahora es ir hasta Ebifos
para comprobarlo.
Media hora más tarde, los mismos que fueran a la Montaña
Gris partían de nuevo de Taminos, pero esta vez con dirección
a Ebifos.
Sol sentía ahora un gran respeto por Sen, y se notaba que a
éste le encantaba el cambio. Ahora iban siempre juntos.
May comentó a Auren en voz baja que formaban una bonita pareja.
Llegaron a Ebifos sobre las cinco de la madrugada, completamente muertos
de sueño, pues habían viajado durante toda la noche;
pero el asunto no admitía demora. El Jefe de allí, aunque
sorprendido de recibir tales visitantes a aquellas horas, los acogió
cordialmente y al final accedió a que miraran bajo la armónica
de Pan.
Estaba en una vitrina, sobre un cojín de hierbas trenzadas,
todo apoyado en un pedestal de madera de roble. Era vieja, muy vieja
y cuando el Jefe de Ebifos la levantó lo hizo con sumo cuidado,
para que no se rompiesen las finísimas y desgastadas cuerdecillas
que ligaban una caña con otra. Según él, hacía
muchísimo tiempo que no se levantaba aquella vitrina.
Apartaron también el cojín y entonces Auren dio unos
tos en el pedestal con los nudillos.
- Suena a hueco -comentó.
Buscó con los dedos entre los orificios del pedestal, hasta
que halló un saliente, parecido al de la Roca Gris. Lo oprimió
y de nuevo un panel se corrió, y todos vieron que allí
había un hueco grande y dentro un cofre maravillosamente tallado..
Dominando su emoción, Auren lo tomó y, después
de mirar a todos los que la rodeaban, lo abrió con dedos temblorosos.
Dentro estaba el Primer Medallón, dorado, reluciente. Lo abrió
y pudo comprobar que dentro estaba el espejito y su nombre:
ARIES
Auren dio
orden de buscar a todos los faunos de ARIES.
- De Arres a Taminos, desde el Arroyo Masyr hasta la Montaña
Gris, desde la Cordillera del Oeste hasta el Bosque Dorado, que no
falte nadie -había dicho.
Con las luces del alba, los mensajeros partieron hacia todos los rincones
de ARIES, en busca de todos los faunos. Mientras, Auren, May, Sen,
Sol y el Jefe de Taminos apro vecharon para dormir un rato, pues no
lo habían hecho en toda la noche.
Al anochecer estuvieron ya todos reunidos; los emisarios habían
sido veloces.
Auren cogió a ARIES y se colocó sobre una banqueta para
que todos la vieran, de pie.
- ¡Faunos de ARIES! -dijo-. El Medallón ha sido encontrado,
y podemos alegrarnos. Sin embargo, ahora solicito la colaboración
de todos. Cerrad los ojos y, cuando yo os avise, decid: ARIES.
Algunos faunos sonrieron con escepticismo. Auren oyó algún
que otro murmullo que decía: "Pues vaya tontería".
Auren y May comenzaban a perder la paciencia.
- ¡Si no lo hacéis, no servirá de nada! -chilló
ésta-, ¿Por qué no lo intentáis, a ver
qué pasa?
Los faunos estuvieron de acuerdo. Todos cerraron los ojos, en tanto
que Auren abría el Medallón.
- ¡Ya!
- ¡ARIES!
El mismo resplandor que había surgido de PISCIS en el lago
de los piscos iluminó la región de ARIES, procedente
ahora del Primer Medallón.
Cuando todos abrieron de nuevo los ojos, no apreciaron ningún
cambio. Hubo murmullos de desconfianza.
- ¿Y quién nos asegura que ya no hay Maldición?
- ¡Os lo dije! Esa humana no es la Princesa, y ese amuleto es
más falso que Petilay.
- Hemos visto una luz... bien, ¿y qué? No significa
nada.
- ¿Quién es el guapo que se atreve a tocar la armónica?
- Yo no, desde luego. No quiero ser el culpable de que Terak se enfurezca
y destruya Ebifos de nuevo.
- Claro que no. No podemos arriesgarnos.
Auren estaba a punto de tirarse de los pelos.
- ¿Será posible que sean tan cabezotas?
- Oye, Auren -dijo May- . No nos queda otra solución. Ya sabes
lo que quiero decir.
Auren asintió, y habló con el Jefe, que se puso muy
pálido. Después de mucho insistir, accedió, marchándose
a buscar lo que le había pedido Auren.
- Escucha, Sen -le dijo a su amigo. Éste se acercó.
Auren le murmuró algo al oído, y Sen se llevó
un dedo a la sien.
- ¿Estás loca o qué?
Pero la mirada de Auren era tan autoritaria que no se atrevió
a desobedecer. Tomó la armónica de Pan (con sumo cuidado)
que le tendía el Jefe y miró a los demás. Al
darse cuenta de sus intenciones, comenzaron a protestar vivamente.
- ¡Yo asumo la responsabilidad! -chilló Auren. Y todos
callaron, aunque de mala gana.
- Ya sabes -susurró a Sen-. La Sinfonía Silvestre.
Sen miró a Sol, que le sonreía, y comenzó a tocar
su todavía incompleta Sinfonía Silvestre.
Reinó un silencio total, en parte por la preocupación
de que Terak se enfureciera y en parte por la maravillosa música
que salía de la Armónica de Pan.
Sin embargo, a Auren le sonaba de algo aquella melodía. Y por
fin recordó: era muy parecida a la "Pastoral" de
Beethoven. No igual, pero parecida.
Cuando Sen acabó, le preguntó:
- ¿Has oído hablar de Beethoven?
- Be... ¿qué? -preguntó Sen, extrañado.
Auren no contestó, pero sonrió, orgullosa de su amigo.
- Chico, eres un genio -le dijo.
Dejó a Sen y observó preocupada los rostros de los faunos.
Todavía estaban hechizados después de escuchar la Sinfonía
Silvestre. Una música tan maravillosa como aquélla no
se había oído en mucho tiempo en ARIES. Pero los faunos
espe¬raban, recelosos.
Pasaron cinco minutos. Todo siguió igual.
Diez Nada se movía.
Quince minutos. Todavía silencio total.
A los veinte, los faunos prorrumpieron en risas; en todo Ebifos fue
una fiesta, porque ya sabían que la Maldición estaba
rota y que nada perturbaría en mucho tiempo el sueño
de Terak En un rincón, Sen decía a Sol que aquél
había sido el regalo sorpresa que le había prometido.
Y, en otra parte, May y Auren le devolvían la Armónica
de Pan al Jefe de Ebifos y aceptaban su invitación para pasar
allí la noche.
Después de cenar, Auren dijo:
- ¿Qué vamos a hacer con ARIES?
- Debe regresar al Mosaico Zodiacal -respondió May
Ante la mirada extrañada de Auren, explicó:
-Es un muro en el que hay dibujadas muchas imágenes zodiacales,
todas entrelazadas y formando un gran Mosaico. Allí hay además
doce oquedades ordenadas en las que se encajan los Medallones... cuando
están, claro.
Siguiendo las instrucciones de May, Auren se puso a PISCIS al cuello,
cogió a ARIES en la mano, abrió ambos Medallones y dijo:
"ARIES".
Entonces en el espejo de PISCIS apareció el Mosaico Zodiacal,
pintado con enrevesadas figuras de variados colores, formando todo
ello un maravilloso conjunto de armonía y colorido excepcionales.
Y, en el primer orificio de la pared, se hallaba el Primer Medallón,
ARIES.
Después de aquello, se fueron a dormir. Al día siguiente,
pese a que no querían entretenerse demasiado, tuvieren que
hacerlo en vista de la gran multitud de faunos que las aguar daba
para darles las gracias. Les costó mucho abrirse paso entre
la muchedumbre y salir do Ebifos para encaminarse a TAURO, que limitaba
con ARIES por la frontera sur.
A Sen lo habían elegido Jefe de Taminos, y había aprove¬chado
para proponer que los Concursos de Melodías se celebrasen cada
tres meses. Así tendrían más tiempo para componer
música v las sinfonías serían mucho mejores.
Eso fue aceptado por unanimidad por los Jefes de todas las aldeas
de ARIES, en vista de lo hermosa que había sido la Sinfonía
Silvestre.
Auren y May avanzaron hacia el sur, bordeando Arres. Puesto que habían
partido tarde, no llegaron al camino hasta mediodía. Antes
de entrar en TAURO comieron algo. Luego se fijaron en que, siguiendo
el camino hacia la derecha, llegaban hasta el mar. Entonces, como
Auren expusiera su deseo de ver rocas transparentes, llegaron hasta
allí.
Las rocas eran de una belleza incomparable. Parecían de cristal,
mas no tenían nada de frágiles. Presentaban colores
diversos, muy suaves, que sólo se apreciaban desde cerca. De
lejos parecían iguales e incoloras.
Se podía mirar a través de ellas. Detrás, el
inmenso mar...