Hubo
una vez una época, antes de Mahoma y el Islam, en que Arabia
fue tierra de misterio y leyenda. En aquella era, que los árabes
llaman yahiliyya o “tiempo de ignorancia”, todo era
posible, porque no había más reglas que las del honor
y el amor, que a menudo las rompen todas. Entonces las ciudades
apenas eran aldeas grandes junto a los oasis; los djinns, espíritus
elementales del desierto, podían sorprender al viajero incauto
en cualquier recodo; toda la tierra poseía una magia especial,
y sólo había tres cosas que los árabes valoraran
por encima de sus creencias personales: el amor, el honor y la poesía.
En aquella época mítica existió una vez un
hombre del cual hoy no quedan más que retazos de confusas
leyendas, un hombre que emprendió una búsqueda épica
y que fue llamado, por diversas razones, “el Rey Errante”.
He aquí su historia.
PRÓLOGO: EL CONDENADO
El suluk desmontó con un ágil salto y desenvainó
la espada. Parecía dispuesto a luchar si era necesario, pero
Walid no hizo ademán de intentar defenderse; al contrario,
aguardaba de pie, en calma, la llegada de la muerte.
—Juré que te mataría si volvías a cruzarte
en mi camino —dijo el suluk.
—Lo recuerdo —asintió Walid—, y acepto
mi destino.
—No sabría decir de ti si eres un hombre valiente o
estás rematadamente loco —le dijo aquel que había
venido a matarlo.
—Tal vez ambas cosas—repuso Walid.
El otro no hizo más comentarios, aunque parecía algo
desconcertado ante la extraña actitud de Walid. Alzó
la espada sobre su víctima, que no se movió.
Los ojos de ambos se encontraron. Los del jinete mostraban un brillo
acerado que Walid conocía muy bien.
La hoja de la espada relució un momento bajo el abrasador
sol del desierto.
Casi inmediatamente, Walid vio cómo el acero descendía
sobre él hasta clavarse en su pecho con un golpe certero,
sintió un furioso y profundo dolor y notó que su fuerza
vital se escapaba de su cuerpo, gota a gota. Mientras caía
sobre la arena aferrándose la herida sangrante del pecho
con sus manos desnudas, toda su existencia pasó ante sus
ojos como si volviese a vivirla. Volvió a ver el palacio
donde había nacido y pasado su infancia, un palacio de altas
murallas en Dhat Kahal, la ciudad de las siete torres, un pequeño
enclave verde en medio de un desierto que parecía infinito;
un palacio en el que se había forjado su gloria, su leyenda
y su desgracia…
CAPÍTULO
I: EL PRÍNCIPE
Todos decían que Walid ibn Huyr, príncipe de Kinda,
había sido tocado por un djinn en el momento de su nacimiento.
No sólo era hermoso y bello de cuerpo y semblante, sino también
de alma. Generoso como un torrente de aguas desbordadas, no escatimaba
recursos a la hora de complacer a su amado pueblo, al que trataba
con magnanimidad y justicia. Gentil y elegante, era el cortesano
perfecto; conocedor de varias lenguas, dotado de un gran tacto y
una diplomacia verdaderamente dignos de admiración, tanto
cuando actuaba de embajador como cuando ejercía de anfitrión
de mandatarios de los más alejados países, Walid ibn
Huyr manejaba la política con sutileza e inteligencia.
¿Y qué decir de sus aptitudes como guerrero? Montaba
a caballo como si no hubiese nacido para otra cosa, y su habilidad
con la espada era proverbial. Cabalgaba a través del desierto
como un rayo cruzando el cielo estrellado para defender sus tierras
contra los saqueadores o los guerreros de los reinos rivales. En
plena batalla Walid era, como solían decir los que alguna
vez lo habían visto en semejante trance, un león magnífico
e indomable.
Todo ello lo aderezaba con unos insaciables deseos de saber. Por
tal motivo, Walid ibn Huyr leía y escribía en los
tiempos en que aquello era todavía extraño, y había
reunido en su palacio una nada desdeñable biblioteca que
visitaba con tanta frecuencia como sus nobles obligaciones le permitían.
El príncipe de Kinda, por tanto, no sólo era joven,
apuesto, gallardo, generoso, discreto, inteligente, valiente y hábil
como guerrero, sino que, además, era una persona culta.
Todo lo cual constituía un gran orgullo para su padre, el
anciano rey Huyr, y también para sus súbditos, las
gentes de Kinda. Verdaderamente, decían, nuestro príncipe
está inspirado por los djinns del desierto.
Y, a pesar de que todo lo poseía, había algo que Walid
ibn Huyr ambicionaba más que ninguna cosa en el mundo, algo
que tenía que ver con su gran pasión: la poesía.
Este fue el motivo por el cual una tarde el príncipe se presentó
ante el rey y le habló de este modo:
—Padre, solicito tu permiso para ausentarme del reino durante
unas semanas —dijo, inclinándose respetuosamente ante
el monarca.
El anciano rey Huyr volvió hacia él sus ojos sin vida.
—¿Por qué razón, hijo mío?
Walid ibn Huyr alzó la cabeza con orgullo, gesto que pasó
desapercibido a su padre, que había perdido la vista mucho
tiempo atrás. El rey no dejó de notar, sin embargo,
el timbre excitado de la voz de su hijo cuando respondió:
—Desearía asistir al certamen que se celebra, como
todos los años, en Ukaz.
El rey Huyr enarcó una ceja, pero tardó un poco en
replicar. Cuando lo hizo, su voz sonó ligeramente áspera.
—Asistir… y participar, ¿no es así?
—Padre, tú sabes que soy un buen poeta.
Como el rey no respondió, Walid insistió:
—Los mejores poetas del mundo se dan cita en Ukaz todos los
años, padre. Al ganador se le concede el honor de ver su
casida escrita en letras de oro y colgada de los velos del templo
de la Kaaba. Y yo…
—Sé muy bien que ambicionas ese honor —interrumpió
el soberano—. Y está bien que busques dejar bien alto
el nombre de tu estirpe. Ese deseo te honra, Walid. El orgullo es
una gran cualidad de nuestra raza.
El rey hizo una pausa. El príncipe aguardó, conteniendo
el aliento.
—Pero, como bien has dicho —prosiguió Huyr—,
a Ukaz acuden los más afamados poetas del mundo. Es posible
que quedes en ridículo, hijo mío. Y no eres un desconocido:
eres el heredero del trono de Kinda.
—¿Entonces…?
—Te concederé permiso para participar en ese certamen
cuando demuestres ser el mejor poeta de este reino, y no antes.
Sobrevino un silencio. Fuera del palacio, el viento jugueteaba entre
las hojas de las palmeras, y el rey ladeó la cabeza para
escucharlo mejor. Le gustaba aquel sonido. Walid lo sabía
y, por tanto, esperó un tiempo prudencial antes de preguntar:
—¿Y cómo puedo demostrar eso, padre?
El rey quedó un momento en silencio, pensando. Después
alzó la cabeza y dijo:
—Organiza tu propio certamen. Trae a jueces de otros reinos,
jueces que sean imparciales, y ofrece un premio generoso y tentador.
Cuando escuche de los labios de los jueces el nombre del ganador
del certamen y sea el tuyo, hijo, tendrás mi permiso para
ir a Ukaz.
El príncipe no dijo nada, pero había palidecido. Aunque
no dudaba que podría ganar ese certamen, prepararlo suponía
retrasar un año su viaje a Ukaz… Sin embargo debía
obediencia a su padre, y lo conocía demasiado bien como para
saber que no lograría hacerle cambiar de opinión.
Murmurando unas palabras de cortesía, Walid ibn Huyr se inclinó
de nuevo ante el rey de Kinda y salió de la sala, apretando
los labios y con el rostro de un color ceniciento.