PRÓLOGO
La serpiente entornó
sus ojos irisados, pero no hizo el menor movimiento ni denotó
ninguna emoción especial cuando dijo telepáticamente:
“Ya están aquí”.
—Lo sé —respondió en voz baja Ashran,
el Nigromante, desde el otro extremo de la habitación. Estaba
asomado al ventanal, como solía, contemplando la salida de
la tercera de las lunas por el horizonte de su mundo.
La serpiente alzó la cabeza y desenroscó lentamente
su largo cuerpo anillado. Era inmensa, y ni siquiera había
desplegado las alas. Cada escama de su cuerpo irradiaba un poder
misterioso y letal, un poder ante el que cualquier mortal temblaría
de terror. Pero Ashran, el Nigromante, no era un hombre corriente.
Tampoco aquella era una serpiente corriente, ni siquiera entre las
de su raza. Se trataba de Zeshak, el señor de los sheks,
la más poderosa de las serpientes aladas.
“El dragón y el unicornio”, enumeró. “Dos
hechiceros: un humano y una feérica. Y un caballero de Nurgon,
medio humano, medio bestia”.
—Deben de formar un grupo singular —sonrió Ashran—.
Tengo ganas de verlos en acción. Pero eso no es todo, ¿verdad?
Hay una sexta persona.
Hubo un breve silencio.
“El traidor está con ellos”, dijo Zeshak con
helado desprecio. “Ese a quien llamabas tu hijo es ahora el
sexto renegado de la Resistencia”.
Ashran hizo caso omiso del tono irritado de su interlocutor. Desde
que Kirtash los había traicionado, ningún shek había
vuelto a pronunciar su nombre.
—Sé que quieres verlo muerto —dijo el Nigromante—.
Y tendrás esa satisfacción. Pero el dragón
y el unicornio son más importantes ahora.
Zeshak no dijo nada, pero Ashran percibió su escepticismo.
—La profecía se está cumpliendo —le espetó
el hechicero—. ¿O es que crees poder luchar contra
el destino?
“No existe el destino”, replicó el shek. “Los
dragones nos condenaron a vagar por los límites del mundo
durante toda la eternidad, y míranos, estamos aquí.
Somos dueños absolutos del planeta, y de nuestro propio destino.
Y hemos acabado con todos los dragones”.
—No con todos —le recordó Ashran.
En los ojos tornasolados del shek brilló un breve destello
de ira.
“Y, a pesar de todo, los sheks deseamos más la muerte
del traidor que la de ese dragón que se nos ha escapado”.
—Pero, en cuanto os topéis con él, volveréis
a sucumbir al odio —sonrió Ashran—. Como ha sido
siempre. Un dragón, aunque sea uno solo, aunque sea el último,
sigue siendo un enemigo peligroso.
El shek dejó escapar un airado siseo.
“¿Cómo es posible que consideres peligroso a
un dragón que está tan contaminado de humanidad?”.
—¿Cómo es posible que los subestimes, Zeshak?
No son criaturas corrientes. Son parte de una profecía, y
detrás de las profecías está la mano de los
dioses.
“Entonces, no deberías haberlos dejado volver”,
opinó Zeshak.
Ashran se encogió de hombros.
—En la Tierra habrían quedado lejos de mi alcance.
Además, hiciera lo que hiciese, mientras pudieran refugiarse
en Limbhad estarían a salvo. —Alzó la cabeza
para clavar en la serpiente la mirada de sus ojos plateados—.
Ahora ya no lo están.
“Siempre pueden volver atrás”.
—No —replicó Ashran—. Ya no pueden... pero
todavía no lo saben.
Zeshak asintió lentamente.
“Ya veo”, dijo. “Si es verdad que esa profecía
puede cumplirse, si es cierto que pueden derrotarnos, no deberías
enfrentarte a ellos. Ahora están aquí, en Idhún.
Ahora nosotros, los sheks, podemos encargarnos de aplastar a la
Resistencia”.
Ashran meditó la propuesta. En virtud de un antiguo conjuro,
hacía siglos que ni los sheks ni los dragones podían
atravesar la Puerta interdimensional hacia la Tierra. Por eso los
hechiceros renegados de la Torre de Kazlunn, aquellos que se oponían
al poder del Nigromante, se habían visto obligados a enviar
allí solo los espíritus del dragón y el unicornio
de la profecía, para que se reencarnasen en cuerpos humanos.
Por eso el propio Ashran había tenido que mandar tras ellos
a Kirtash, una criatura híbrida, un shek camuflado en el
cuerpo de un muchacho que, desgraciadamente para ellos, había
conservado buena parte de sus emociones humanas y había acabado
por unirse a sus enemigos.
Pero ahora, ellos estaban en Idhún, habían acudido
allí a presentar batalla. Nada impedía a los sheks
atacarles en su propio terreno.
—¿Sabes dónde están? —preguntó.
Los ojos de la serpiente presentaron, por un momento, un cierto
brillo siniestro.
“Sé dónde están. Un solo mensaje telepático
mío, y mi gente atacará”.
Ashran asintió.
—Quizá no podáis vencerles —dijo sin embargo.
El shek se envaró, ofendido. No dijo nada, pero dejó
que Ashran notara su irritación.
—Hay una extraña fuerza en su interior. Mira esta torre,
Zeshak. No era más que un edificio muerto y abandonado, y
ahora rebosa poder por los cuatro costados. Y eso lo hizo la muchacha…
ella sola. No es solo un unicornio. Es el último unicornio,
toda la fuerza de su raza reside en ella.
Percibió el resentimiento de Zeshak, y supo lo que estaba
pensando. El shek había sido partidario de acabar con la
vida de la joven que se hacía llamar Victoria al hacerla
prisionera, pero Ashran había optado por utilizar su poder…
y aquella chica, cuyo cuerpo albergaba el espíritu del último
unicornio, había acabado por escapar de ellos. Ahora ella
y su compañero, el último dragón, eran lo único
que amenazaba la estabilidad de su imperio.
—También el dragón será un adversario
temible, en cuanto aprenda a emplear su poder.
“Entonces, debemos acabar con ellos antes de que eso suceda”
—Llevamos más de quince años intentando acabar
con ellos, Zeshak. Y no lo hemos conseguido.
“¿Estás empezando a pensar que no podemos evitar
el cumplimiento de la profecía?”, siseó Zeshak
en su mente.
—No; estoy empezando a pensar que no hemos seguido la estrategia
adecuada.
La serpiente no dijo nada, pero clavó en el Nigromante sus
hipnóticos ojos tornasolados, esperando una explicación.
—Desgraciadamente, Zeshak, no los conozco tanto como quisiera.
Conozco bien a Kirtash, mucho mejor de lo que él mismo cree;
empiezo a conocer a Victoria, porque tuve ocasión de tratar
con ella, y creo que puede ser una pieza importante para mis planes
futuros, aunque ella no lo sepa. Pero el muchacho, el dragón,
sigue siendo un completo extraño para mí. Y eso no
me gusta. Ahora que están aquí, en Idhún, voy
a tener ocasión de observarlos, de estudiarlos, de conocerlos
y comprenderlos... y de encontrar su punto débil.
Zeshak lo miró, con la boca entreabierta, dejando ver su
larga lengua bífida. Casi parecía que se reía.
“Estrategia básica shek”, comentó.
Ashran asintió.
—De todas formas, no me opongo a que vosotros ataquéis
primero. Pocas cosas pueden escapar a la mirada de un shek, y sospecho
que, vayan a donde vayan, terminaréis por encontrarlos. Quizá
logréis acabar con ellos entonces, con uno solo de ellos,
al menos, y entonces no habrá más que hablar. Pero,
si fracasáis, al menos habré tenido la ocasión
de estudiar a la Resistencia con más detalle, y puede que
para entonces ya se hayan confirmado mis sospechas.
El shek entrecerró los ojos y aguardó a que el Nigromante
siguiera hablando. Ashran lo miró y sonrió.
—Tal vez —dijo el hechicero con suavidad— la clave
para su destrucción no esté en nosotros, sino en ellos
mismos.
Zeshak comprendió. Lentamente, su rostro de reptil esbozó
una sinuosa sonrisa.