I.
PIEDRA Y HIELO
La magia no era suficiente.
Se había dado cuenta muchos días atrás, pero
simplemente no había querido creerlo. Por pura obstinación
había seguido su marcha hacia el norte, siempre hacia el
norte, aun cuando ni todos los hechizos térmicos eran ya
capaces de mantener su cuerpo caliente, aun cuando hacía
ya días que su montura había caído sobre la
nieve, abatida por el frío y la inanición.
Pero él había continuado su viaje, cojeando, ajeno
a todo esto, sin ser apenas consciente de lo que sucedía
a su alrededor. Sabía que estaba ya muy cerca, lo intuía.
Los conjuros localizadores no podían equivocarse.
Y, no obstante...
Se detuvo un momento, aterido de frío, tiritando. Se pasó
la lengua por los labios amoratados y miró en torno a sí,
desorientado. La ventisca confundía sus sentidos; la cortina
de nieve le impedía ver qué había más
adelante, y el sordo sonido del viento lo aturdía sin piedad.
Buscó algún punto de referencia, pero ni siquiera
fue capaz de distinguir los picos de las montañas en la oscuridad.
No tenía ya fuerzas para abrir un túnel seco entre
la tormenta de nieve. La magia lo abandonaba poco a poco, y ya apenas
conseguía mantener su cuerpo caliente.
Cuando fue consciente de que tenía frío, comprendió
de pronto que, si el hechizo térmico ya no funcionaba, ningún
otro lo haría tampoco. Tenía que detenerse, descansar
en algún sitio, buscar un refugio. Se volvió hacia
todos lados, pero sólo el viento y la nieve respondieron
a su muda petición de auxilio. Se echó sobre las manos
el poco aliento que le restaba y siguió caminando, abriéndose
paso a duras penas por la helada tierra de Nanhai.
Volvió a detenerse unos metros más allá, sin
embargo. Sus sentidos de mago le alertaban de un peligro indefinido
oculto en algún lugar de la tormenta. O tal vez su intuición,
al igual que su magia, le estaba fallando también.
Apenas tuvo tiempo de preparar un hechizo de protección antes
de que la bestia se le echara encima.
El mago ahogó una exclamación y pronunció instintivamente
las palabras de un conjuro defensivo; pero nada sucedió.
La chispa de su magia no prendió, su poder no acudió
a su llamada.
Tuvo apenas un instante para echarse a un lado y rodar sobre la
nieve, tratando de alejarse del animal, pese a que sabía
que, una vez en el suelo, ya no tenía escapatoria. Se arrastró
como pudo, pero la bestia ya cargaba de nuevo contra él.
El mago dio media vuelta y alzó los brazos, para protegerse,
en un movimiento instintivo completamente inútil.
Y, cuando las garras de la bestia se hundieron en su carne, el hechicero
gritó de dolor y de terror, y se preguntó, por un
momento, cómo era posible que hubiera llegado tan lejos para
acabar de aquella manera.
La bestia coreó su grito con un gruñido. De pronto,
dio un respingo, y emitió un lastimero aullido de dolor.
Hizo un esfuerzo por alejarse de su víctima, pero las patas
no le obedecieron. El mago lo vio echar la cabeza hacia atrás,
abrir las fauces en un grito silencioso, poner los ojos en blanco...
y después, la enorme bestia cayó pesadamente sobre
él, muerta.
Tardó un poco en asimilar la idea de que, de alguna milagrosa
manera, se había salvado. Se arrastró como pudo desde
debajo del voluminoso cuerpo del animal, jadeando y sujetándose
el vientre ensangrentado, dejando un rastro carmesí sobre
la nieve. No quiso pensar en que, aun con la bestia muerta, en su
estado sería muy difícil salir vivo de allí.
Sin embargo, inmediatamente otro asunto vino a reclamar su atención.
Ante él se alzaba una figura alta y esbelta, ataviada con
una capa de pieles blancas que la ventisca sacudía furiosamente.
Sostenía en la mano derecha una espada cuyo filo irradiaba
un suave brillo glacial. El mago levantó la cabeza hacia
él, y el recién llegado le devolvió una mirada
indiferente e inhumana que lo atemorizó aun más que
la bestia que había estado a punto de quitarle la vida. Con
todo, conocía aquellos ojos azules demasiado bien.
Intentó levantarse, pero no fue capaz. Se le nubló
la vista y cayó cuan largo era sobre la nieve, a los pies
de su salvador.
Despertó en un lugar cálido y acogedor. No obstante,
seguía teniendo frío, mucho frío, sobre todo
en el estómago. Abrió los ojos con esfuerzo, pero
no pudo hacer nada más. Se sentía demasiado débil.
De pronto, un rostro de piedra apareció en su campo de visión.
Lanzó una breve exclamación de sorpresa; enfocó
mejor la mirada, y pudo decir, con un hilo de voz:
–¿Yber?
El gigante gruñó algo y se retiró un poco.
Fue otra voz, serena e impasible, la que respondió a su pregunta.
–Se llama Ydeon.
Giró la cabeza y descubrió entonces a una silueta
vestida de negro, sentada cerca de él, que lo observaba con
seriedad. Parpadeó un par de veces y frunció el ceño.
–¿Kirtash? ¿Qué haces aquí?
–Salvarte la vida una vez más –respondió
el joven con cierta dureza–. Algo que se está convirtiendo
en una costumbre, por lo que veo. También podría preguntarte
yo qué haces tú aquí, Shail. ¿Acaso
me buscabas?
Shail empezaba ya a pensar con claridad.
–No eres tan importante –murmuró, molesto–.
No, no te buscaba a ti. ¿Qué te hace pensar eso?
–Entonces, ¿cómo has llegado hasta aquí?
Ydeon podrá decirte que no son muchos los que vienen a visitarle.
–No me metas en esto –rechinó el gigante–.
Es amigo tuyo, ¿no?
–No somos amigos –replicaron los dos a la vez. Enseguida
guardaron silencio, percatándose de lo absurdo de la situación.
–No me metáis en esto –repitió Ydeon–.
Me voy: tengo cosas que hacer.
Se levantó para marcharse; se detuvo un momento junto a Shail.
–Toma –le dijo, tendiéndole un cuenco de sopa–.
Te sentará bien.
Shail alzó la cabeza y lo miró, agradecido. Esbozó
un gesto de dolor al alargar la mano hacia su bastón. Ydeon
se inclinó para acercarle el cuenco.
–Fea herida, mago –comentó.
–Se curará, supongo... –empezó Shail,
pero se interrumpió, al darse cuenta de que el gigante no
se refería a la lesión de su estómago–.
Ah, eso –dijo entonces, echando un vistazo mohíno a
su pierna lisiada–. No, eso no se curará, me temo.
No puede crecer de nuevo.
–Humm –dijo Ydeon, pensativo–. Nunca se sabe.
Pudiera ser.
Shail no replicó. No le gustaba hablar del tema, y menos
con un desconocido. Tomó el cuenco con ambas manos, porque
era tan grande como un balde, y se concentró en el caldo
que humeaba en su interior.
El gigante inclinó la cabeza, todavía meditabundo,
y abandonó la estancia sin una palabra.
Ninguno de los dos jóvenes habló durante un rato.
Christian contemplaba, absorto, el reflejo de las luces de la caldera
de lava que calentaba la habitación, sentado en un rincón,
con el aire aparentemente relajado que era propio de él.
Shail terminó la sopa y trató de dejar el cuenco en
una repisa, pero la herida no se lo permitió. Conteniendo
un grito de dolor, se arriesgó a mirar hacia abajo. Le sorprendió
ver que el frío que sentía no era solo una impresión
suya: tenía el vientre cubierto de escarcha.
–¿Qué me has hecho? –pudo decir, con una
nota de temor en su voz.
Christian no se volvió para mirarlo.
–Es una técnica shek de curación –respondió,
lacónico–. La herida sanará más deprisa.
Shail tardó un poco en hablar.
–Supongo que debo darte las gracias –admitió,
de mala gana.
–No te molestes. No lo he hecho por ti.
–Ya lo suponía. ¿Qué era esa bestia de
la que me has rescatado?
–Un barjab. Salen a cazar por la noche, pero son lentos y
pesados. No son difíciles de matar..., en condiciones normales.
–El Anillo de Hielo por poco acaba conmigo –admitió
el mago tras un momento de silencio–. Mi magia ya había
dejado de funcionar cuando ese animal me atacó. Si no llegas
a aparecer...
–Ya te he dicho que no lo he hecho por ti –cortó
Christian con sequedad–. No vuelvas a mencionarlo.
Shail lo miró, conteniendo la ira.
–Si tanto te importa Victoria, ¿por qué la has
abandonado? –le reprochó.
El shek alzó la cabeza con brusquedad y lo miró fijamente,
pero no respondió. Sus ojos eran un puñal de hielo,
y le advertían de que no siguiera hablando; Shail, sin embargo,
no se arredró.
–Victoria lo dio todo por ti, serpiente –le echó
en cara–. Ahora se debate entre la vida y la muerte, y lo
primero que hiciste tú en cuanto recobraste las fuerzas fue
marcharte a la otra punta del mundo, bien lejos de ella.
Christian no alzó la voz, pero su tono era peligrosamente
gélido cuando dijo:
–Piensa lo que quieras, mago. No voy a perder el tiempo dándote
explicaciones y, además, no tengo por qué hacerlo.
–Tal vez no tengas que dármelas a mí –replicó
Shail, con más suavidad–, sino a ella. ¿Qué
pasará si despierta y no estás allí? O, peor
aún... ¿qué pasará si no sobrevive?
Si tanto la quieres, ¿por qué no estás a su
lado ahora?
Christian no respondió. Shail suspiró, inquieto. Aquel
joven le inspiraba sentimientos encontrados. Por un lado, había
luchado a su lado en la Resistencia, había contribuido a
la caída de Ashran, había arriesgado su vida por Victoria.
Pero antes de eso había sido su enemigo en la Tierra durante
cinco años, a lo largo de los cuales la Resistencia había
tratado, sin éxito, de salvar las vidas que él iba
arrebatando sin la menor compasión. Además, ya los
había traicionado en una ocasión, y el propio Shail
había sido testigo de cómo asesinaba a Jack en los
Picos de Fuego. El milagroso e inexplicable retorno del dragón
al mundo de los vivos no podía borrar el hecho de que el
shek lo había matado.
–He venido hasta aquí siguiendo la pista de Alexander
–dijo entonces, cambiando de tema–. ¿Has sabido
algo de él?
Christian tardó un poco en responder.
–No –dijo finalmente–. Pero si está en
Nanhai, los gigantes lo encontrarán.
Shail asintió y se tendió de nuevo sobre el jergón.
Se sentía débil todavía; aún necesitaría
mucho reposo para restablecerse por completo. Christian se levantó,
con intención de salir de la estancia. Pero se detuvo en
la entrada y se volvió hacia el mago.
–Ella está bien –dijo a media voz.
Shail abrió los ojos.
–¿Cómo dices?
–Que ella está bien. Estable, quiero decir. Sigue inconsciente,
pero su corazón todavía late. Sigue ahí, a
pesar de todo el tiempo que ha pasado. Creo que eso es una buena
señal.
–¿Cómo... cómo sabes todo eso?
–Porque todavía lleva puesto mi anillo.
El anillo... Shail recordó aquella joya, que tan siniestra
le resultaba. La piedra, engarzada en una serpiente de plata, parecía
un ojo que espiara a todo el que posaba su mirada en ella. El mago
había sabido desde el principio que aquel no era un anillo
cualquiera. Siempre había sospechado que el shek controlaba
a Victoria, de alguna manera, a través de él. Había
tardado en aceptar el hecho de que la voluntad de Victoria, incluso
con la sortija puesta, seguía perteneciéndole. Lo
que la joya les proporcionaba a ambos era una suerte de comunicación
sin palabras que los mantenía unidos incluso en la distancia.
«Es un amuleto poderoso», se dijo Shail. Ciertamente,
lo era; pero también se trataba de una prueba de afecto,
de un vínculo que simbolizaba el sentimiento que, contra
todo pronóstico, había enlazado los destinos de un
unicornio y un shek en algún punto intermedio entre dos mundos
sumidos en el caos.
Y, por un momento, Shail los envidió a ambos. Su propia relación
con Zaisei, la sacerdotisa celeste, era hermosa y sincera, pero
no gozaba de la intensidad del amor que se profesaban Christian
y Victoria. Tampoco tenían modo de seguir comunicados cuando
se separaban, al menos no de esa manera. Shail había abandonado
la Torre de Kazlunn varios meses atrás. Se había despedido
de Zaisei, con el convencimiento de que ella estaría segura
con Gaedalu y los magos de la Orden. Pero seguía echándola
de menos cada noche, soñando con el instante en que volvería
a estrecharla entre sus brazos.
Perdido en sus recuerdos, Shail se sumió lentamente en un
pesado sopor. No fue consciente de que Christian abandonaba la estancia,
en silencio.