PRÓLOGO:
LA ISLA BLANCA
Ellos vivían desde hacía incontables milenios en la
Isla, que se alzaba como un fantasma entre las brumas del Mar de
Zafir. La Isla había estado allí siempre, con sus
playas de arenas blancas donde rompían las olas que extendían
su manto de espuma sobre la orilla; con sus acantilados de roca
caliza, con sus bloques de mármol y su altísima montaña
con la cumbre cubierta de nieve virgen. La Isla lo dominaba todo
desde la superficie del mar, como un vigía insomne.
Los habitantes de la Isla eran gente alegre y pacífica. Sus
risas cristalinas, sus albas túnicas, sus rostros agradables
y bondadosos... eran parte de la Isla, como la Isla era parte de
ellos. Poseían unas hermosas alas de pluma de cisne que les
nacían en la espalda, y por ello solían decir que
vivían más cerca del cielo que ningún mortal.
Su líder era un hombre a quien llamaban el Guía, porque
podía remontarse en el aire más alto que ninguno,
enredando sus alas en jirones de nubes y observando la Isla desde
arriba; por eso veía más lejos, y decía que
subía tan alto que en los días claros podía
ver en el horizonte la línea borrosa del continente.
Pero aquel día algo no era igual que siempre; los moradores
de la Isla estaban serios y preocupados, y el Guía había
dicho que no tenía ganas de volar; se había sentado
sobre la roca más alta de los acantilados de caliza, porque
necesitaba pensar.
La noche anterior, bajo la pálida luz de la luna llena, dos
amigos habían tenido una fuerte disputa, quebrando la paz
y la armonía en los corazones de las criaturas aladas. Gritos,
malas palabras... aquello nunca antes había sucedido en la
Isla.
El Guía meditaba, sus ojos fijos en la espuma de las olas
que se estrellaban contra los bloques de mármol.
De pronto oyó un grito, y vio dos figuras que descendían
volando desde lo alto de la montaña. El Guía no pudo
distinguirlas con claridad, porque sus formas se confundían
con el cielo, completamente encapotado con un manto de nubes blancas.
El Guía se puso en pie de un salto. Una de las figuras parecía
perseguir a la otra, y las dos descendían en picado a una
velocidad vertiginosa.
El Guía desplegó las alas y acudió a su encuentro.
Suspendido en el aire, gritó... y su llamada de advertencia
se mezcló con otro grito de miedo y dolor.
Todo fue demasiado rápido. Una mancha roja se extendía
sobre las blancas rocas de mármol.
Retumbó un trueno.
CAPÍTULO
I: BOSQUE-VERDE
—¡Única,
despierta!
Única abrió los ojos con sobresalto. El corazón
le latía muy deprisa, y respiraba con dificultad.
—El trueno... —murmuró.
—Era una pesadilla, Única —explicó una
vocecita jovial.
Única se restregó un ojo, se estiró sobre su
cama de hierbas y se volvió hacia la pequeña figura
que se recortaba contra la luz del exterior en la puerta de su agujero.
Reconoció a Fisgón, el gnomo.
—Buenos días, hermosa dama —saludó el
hombrecillo, quitándose ceremoniosamente su elegante sombrero
y saltando al interior del refugio.
—Fisgón, ¿qué pasa? —preguntó
Única, aún algo adormilada—. ¿Es tarde?
—El sol está ya muy alto. Todos estábamos esperándote.
Única se incorporó. Entonces se dio cuenta de que
aún sujetaba con fuerza su talismán de la suerte,
una flautilla de caña que siempre había llevado colgada
al cuello, hasta donde ella podía recordar. La soltó
y se apresuró a seguir gateando al gnomo, que ya brincaba
hacia la salida.
Única vivía en un agujero al pie del que, según
ella, era el árbol más grande de Bosque-Verde. Claro
que ella no había recorrido Bosque-Verde todo entero, porque
era inmenso; ni conocía a nadie que lo hubiera hecho.
Pero, de todas formas, Única necesitaba el árbol más
grande de Bosque-Verde, porque ella misma era la criatura más
grande de Bosque-Verde, más grande que cualquiera de los
miembros de la Gente Pequeña. Los gnomos decían que
Única tampoco era como la Gente Grande que vivía fuera
del bosque, así que solían llamarla la Mediana. A
ella no le importaba, porque siempre la habían aceptado entre
ellos.
Única parpadeó cuando el sol primaveral le dio en
plena cara. Una criatura alada revoloteó hasta ella.
—¡Buenos días, Única! —dijo con
voz musical—. Hemos tenido que venir a buscarte, y Cascarrabias
está muy enfadado.
—Buenos días, Liviana —saludó Única.
El hada se posó con elegancia sobre una flor, batiendo sus
delicadas alas, que desprendían un suave polvillo dorado.
Única salió al aire libre y se puso en pie, escuchando
el canto del viento entre los árboles. Bosque-Verde relucía
aquella mañana con un brillo salvaje y magnífico,
como una esmeralda de múltiples caras. Aspiró la fresca
brisa que mecía sus cabellos rubios y se dispuso a seguir
al hada y al gnomo, que ya se alejaban entre los árboles.
No le costó mucho trabajo alcanzarlos, porque era bastante
más grande que ellos. Liviana medía unos diez centímetros
de estatura, lo cual no estaba mal para su raza. Fisgón alcanzaba
los quince; y Cascarrabias, el duende, llegaba a los treinta. Pero
Única los superaba a todos: medía nada menos que un
metro.
Los gnomos, raza inquieta y viajera, habían recorrido mucho
mundo. Algunos de los de Bosque-Verde incluso habían vivido
en casas humanas. Fisgón decía que los humanos eran
más grandes que Única, y que los únicos Medianos
que conocían los gnomos eran los barbudos enanos de la Cordillera
Gris.
Pero Única tampoco se parecía a ellos.
Era delgada, de brazos largos y grandes ojos violetas. Su piel era
de un pálido color azulado, y su cabello era rubio, fino
y lacio, y le caía sobre los hombros enmarcándole
el rostro.
Única era diferente a todos los habitantes de Bosque-Verde.
Los duendes la habían encontrado cuando ella era muy niña,
sola, y la criaron hasta que fue demasiado grande como para caber
en sus casas. La Abuela Duende le había dicho, mirándola
fijamente:
—Tú no eres de aquí, niña.
La Abuela Duende sabía mucho, y los duendes decían
que incluso sabía más que los gnomos (esto no les
hacía mucha gracia a los gnomos, pero no se enfadaban por
ello; todo el mundo quería y respetaba a la Abuela Duende).
Única había buscado sus orígenes en las diferentes
razas de Bosque-Verde, pero no había tenido suerte. No se
parecía ni a los duendes, ni a las hadas, ni a los gnomos,
ni a las dríades, ni a los geniecillos de los árboles,
ni a las náyades, ni a las asrai, ni a los uldras, ni a los
tánganos, y mucho menos a los terribles habitantes de la
noche: los trolls y los trasgos.
Única había abandonado su búsqueda mucho tiempo
atrás.
—¿Qué te pasa, Única? —le preguntó
Liviana al verla cabizbaja y meditabunda—. Te veo triste.
—Hoy he tenido un sueño —explicó Única—.
He soñado con gente que vivía en una isla de color
blanco en medio del mar.
Fisgón abría la marcha, pero tenía un oído
muy fino y enseguida se volvió para preguntar:
—¿Y eran como tú?
—No del todo. Tenían alas.
—Entonces has soñado con las hadas —dedujo Liviana.
—Pero no eran alas como las tuyas. Eran alas de pájaro,
con plumas blancas. Además, tenían la piel pálida.
—En cualquier caso —añadió el gnomo, saltando
por entre las plantas—, tú no puedes venir de una isla,
porque no hay mar en Bosque-Verde.
—¿Qué es el mar? —preguntó Liviana.
—Es...uh...como un lago muy grande, inmenso, tan enorme que
no se ve la otra orilla.
Fisgón sabía muchas cosas porque, aunque nunca había
salido de Bosque-Verde, pertenecía a una familia de famosos
viajeros.
—Y, si tus parientes están en esa isla —razonó
Liviana—, ¿por qué estás tú aquí,
y por qué no tienes alas?
—Pasó algo —fue lo único que pudo decir
Única.
—¿El qué? —quiso saber Fisgón.
Única frunció el ceño, haciendo memoria: un
trueno, rojo sobre blanco... después, sacudió la cabeza
desalentada. No recordaba más.
Los tres llegaban en aquel momento a un claro donde los esperaba,
con cara de pocos amigos, una criatura rechoncha y de gran nariz.
A la vista estaba que se encontraba de muy mal humor aquella mañana;
sus ojillos negros echaban chispas por debajo de los cabellos oscuros
que se escapaban del gorro.
—¡Hemos perdido media mañana! —chilló—.
Ya no podemos ir de excursión al manantial; se nos echará
la noche encima, y nos sorprenderán los trolls y los trasgos...
—Lo siento, Cascarrabias —murmuró Única
humildemente—. Me he dormido.
Cascarrabias era incapaz de estar enfadado con Única durante
mucho tiempo (y eso que los duendes tienen muy malas pulgas), porque
se habían criado juntos, y él la quería como
a una hermana pequeña. Así que no gruñó
más.
—Única ha tenido una pesadilla —explicó
Liviana.
Cascarrabias miró a Única, y después a Fisgón.
—Única casi nunca tiene pesadillas —dijo, y miró
al gnomo amenazadoramente—. ¡Seguro que ha sido culpa
tuya, Fisgón! Tú nos llevaste ayer cerca del terrible
lugar donde no cantan los pájaros.
Liviana se estremeció, pero Fisgón no parecía
asustado.
—¡Quiero saber qué hay en esa zona del bosque!
—se defendió—. Si por lo menos me hubieras dejado
acercarme un poquito más... ¡eh, tengo una idea! Como
ya no tenemos tiempo para ir al manantial, podríamos explorarla...
—¡Ni hablar! —estalló Cascarrabias.
—Sabéis, creo que Fisgón tiene razón
—intervino Única—. No me gusta la idea de que
haya un sitio donde no canten los pájaros... pero no es la
primera vez que nos acercamos... y siempre que lo hemos hecho he
tenido el mismo sueño.
—¡Ajá! —exclamó Fisgón antes
de que Cascarrabias abriera la boca—. ¿Lo ves? ¡Quizá
ese lugar esté encantado! ¡Quizá Única
proceda de allí! ¡Quizá...!
—¡Cierra la boca!
—¡Ooh, vamos a verlo, vamos a verlo, vamos a verlooo!
Una dulcísima música interrumpió (para alivio
de Cascarrabias) el nervioso parloteo del gnomo.
Era Única, que tocaba con su flauta una de tantas melodías
que ella había inventado.
La música ascendió entre los troncos de los árboles
y se perdió en la floresta. La música alivió
los corazones de todos y se llevó los malos pensamientos.
La música los envolvió a los cuatro y los acunó
con ternura, como una madre mece a sus hijos.
Cuando Única dejó de tocar se produjo un breve silencio.
Entonces Fisgón dijo en voz baja:
—¿Qué puede pasarnos? Los trasgos duermen de
día, y los trolls se convierten en piedra si los toca la
luz del sol.
—Yo quiero ir a ver —dijo entonces Única.
Cascarrabias miró a Liviana, pero ella se encogió
de hombros.
—Está bien —dijo por fin.
Fisgón dio un formidable brinco.
Poco después, los cuatro caminaban a través del bosque.
Única tarareaba una canción sin palabras, y Cascarrabias
se entretenía cogiendo bayas y frutos para la comida.
—Debemos de estar ya cerca —anunció el gnomo,
que iba delante.
Liviana jugaba con una mariposa que quería demostrarle que
volaba más rápido que ella.
—No falta mucho, ¿verdad? —preguntó Cascarrabias
alcanzándolos sudoroso, arrastrando un saco lleno de bayas.
Única negó con la cabeza, sin dejar de cantar. El
duende hizo un alto; dejó el saco en el suelo y se pasó
su mano de cuatro dedos por la frente. Entonces reparó en
algo.
—¿Dónde se ha metido Fisgón?
Liviana dejó en paz a la mariposa.
—Estaba aquí hace un momento.
—¡¡Fisgóóóón!! —gritó
Cascarrabias, y su voz grave resonó por entre los árboles;
pero se calló enseguida, intimidado.
—No se oye nada —hizo notar Única, estremeciéndose—.
Esto no me gusta.
Ninguno de los tres habló; Única habría asegurado
que no oía ni los latidos de su corazón, y eso que
estaba convencida de que palpitaba con fuerza.
De pronto hubo un movimiento entre el follaje... y apareció
el gnomo, triunfante.
—¡Oh, amigos, esto es increíble! —empezó
rápidamente, antes de que Cascarrabias tuviera tiempo de
reñirle—. ¿Cómo no hemos venido antes
por aquí? ¡Hay una ciudad, una ciudad grande, de casas
grandes...!
—¿Una ciudad humana? —preguntó Liviana,
temblando.
—¡Yo me voy! —declaró el duende, dando
media vuelta.
—¡No, espera! —Fisgón lo agarró
por el cuello—. No es una ciudad humana: es una ciudad de
Medianos.
—¡Medianos! —repitió Liviana, a la par
que Única ahogaba un grito—. ¿La gente de Única?
¿Hemos encontrado a la gente de Única?
—Eh... no exactamente...
Pero Única ya corría entre los arbustos.
—¡Espera, Única! —la llamó Fisgón.
Ella no escuchaba. Corría hacia la ciudad de los Medianos
mientras su vestido de hojas secas se enredaba con las ramas del
follaje, y su flautilla saltaba rítmicamente sobre su pecho.
Entonces, en su precipitación, no se dio cuenta de que el
suelo se inclinaba bajo sus pies descalzos, y resbaló por
un talud cubierto de musgo. Rodó y rodó, hasta que
dio con sus huesos en un colchón de mullida hierba.
Se incorporó como pudo, algo dolorida. Se colocó bien
la corona de flores que llevaba en el pelo y comprobó que
no tenía ninguna herida.
Entonces miró hacia adelante y el corazón le dio un
brinco.
La Ciudad de los Medianos.
Los edificios estaban hechos de un material que Única no
había visto nunca. Los tonos de las casas eran blancos y
azules, y por eso a Única le resultó, con todo, una
ciudad completamente diferente a las que había visto hasta
entonces.
—Ondas —murmuró para sí misma.
Sí; los edificios apenas tenían líneas rectas,
sino suaves curvas. Arcos, cúpulas, bóvedas y paredes
ligeramente abombadas.
—¿Cómo puede una ciudad ser tan diferente de
Bosque-Verde y, sin embargo, encajar tan bien en él? —se
preguntó Única, perpleja.
Se levantó con presteza y caminó hacia las construcciones
azules y blancas. Sentía cierta sensación de familiaridad
hacia ellas, una sensación que había aparecido nada
más ver las suaves cúpulas.
—Estoy en casa —dijo, al advertir que las puertas eran
de su tamaño.
Corrió hacia la ciudad, pero se detuvo a pocos metros de
las primeras casas.
El silencio.
Única aferró con fuerza su flauta al darse cuenta
de lo que pasaba allí: era una ciudad abandonada. No había
absolutamente nadie.
Observando con atención, pudo darse cuenta de que la vegetación
había invadido la ciudad; las enredaderas trepaban por las
blancas paredes, algunas ya resquebrajadas. Allá un arco
se había derrumbado, aquí una bóveda amenazaba
ruina...
La población parecía una tumba.
Única inspiró profundamente.
—¡¡¿A dónde habéis ido?!!
—chilló con todas sus fuerzas—. ¡¡¿Dónde
estáis?!!
Nada ni nadie le respondió. Única se llevó
la flauta a los labios, pero su música parecía sonar
más débil que nunca... Echó a correr entre
las casas; tenía la extraña sensación de que
huía de algo, pero no sabía de qué.
Sus amigos la encontraron horas más tarde acurrucada bajo
una cúpula semiderruida, tocando suavemente la flauta.
—¿Es ésta tu casa? —preguntó Liviana
suavemente.
—No parece una isla —comentó Fisgón, y
Cascarrabias le dio un codazo para que cerrara la boca.
—Era mi casa —respondió Única—.
Ahora ya no lo es. —Miró a su alrededor con cierto
miedo—. Este lugar está maldito.
Cascarrabias se sentó junto a ella.
—Es extraño que no quede nadie —comentó—.
Las ciudades no se abandonan así como así. ¿Qué
pasó? ¿A dónde han ido todos?
—No lo sé. Escuchad... no seré yo la última,
¿verdad?
Nadie dijo nada durante un momento. No sabían qué
responder. Quizá los duendes la habían llamado Única
porque ella era la última de su pueblo, la única que
quedaba de la raza de los Medianos de piel azul.
—No lo creo —respondió finalmente Cascarrabias,
tratando de parecer convencido—. Habrá más poblaciones
como ésta, en alguna parte.
Echó un vistazo al cielo, que empezaba a ponerse oscuro.
—La hora de los trasgos —murmuró—. Tenemos
que volver a casa, Única. Podemos venir aquí otro
día.
—¿Dónde está Fisgón? —preguntó
entonces Liviana.
—¡Ese condenado gnomo! —gruñó Cascarrabias,
al comprobar que se había esfumado—. ¡Estoy cansado
de ir detrás de él!
—Pero es un gnomo, Cascarrabias —dijo el hada—.
No puede reprimir su curiosidad.
—¿No ha oído nunca el viejo dicho “La
curiosidad mató al gnomo”? ¡Debemos irnos ya!
Única mordisqueaba distraída un fruto que había
sacado del bolsón de Cascarrabias. Liviana se acercó
a ella.
—¿Qué vas a hacer, Única? —le preguntó,
mientras Cascarrabias se desgañitaba llamando al gnomo.
—Le preguntaré a la Abuela Duende —respondió
ella con sencillez.
Cogió la flautilla para tocar una suave melodía; pero
algo no funcionó, porque el instrumento no emitió
ningún sonido. Probó otra vez: la flauta seguía
muda.
—Tal vez esté atascada por dentro —dijo Liviana
al ver su apuro.
Única iba a responder cuando apareció Cascarrabias
arrastrando tras de sí a Fisgón, a quien había
agarrado por una de sus puntiagudas orejas.
—¡Los gnomos no maduran nunca! —se quejaba el
duende—. ¡Tengo que cuidar de ti como si fueses un bebé!
—¡Suéltame, suéltame! ¡He encontrado
algo muy interesante!
—¿Qué? —preguntó Única,
impaciente.
Fisgón consiguió soltarse y se frotó la oreja
dolorida, refunfuñando por lo bajo. Después, muy dignamente,
se ajustó el sombrero y se dirigió a Única
y Liviana, ignorando al duende:
—Hermosas damas, os comunico que del poblado sale un camino
de tierra blanca que parece haber sido hecho por los Medianos que
vivían aquí.
—¡Un camino! —exclamó Liviana, excitada—.
¿Y a dónde lleva?
—Iba a averiguarlo cuando este bruto me lo impidió
—replicó Fisgón, lanzando una mirada irritada
a Cascarrabias.
—¡Quizá comunique con otra ciudad! —apuntó
Liviana, muy nerviosa.
—Es extraño que nadie supiera de este lugar —comentó
Cascarrabias.
—Es el lugar donde no cantan los pájaros —le
recordó Liviana.
—Preguntaremos a la Abuela Duende —zanjó Única
con una sonrisa.
La noche caía ya, y los cuatro emprendieron la vuelta a casa.
La Abuela Duende era, posiblemente, el ser más anciano de
todo Bosque-Verde. Ya no le quedaban cabellos, y sus ojillos negros
como botones apenas se le veían en el rostro apergaminado
y arrugado como una pasa. Pero la Abuela Duende era muy sabia, aunque
a veces decía cosas extrañas. Por las noches se sentaba
al pie del olmo donde vivía y era entonces cuando, bajo la
luz de las estrellas, la Gente Pequeña acudía a pedirle
consejo o a escuchar historias.
Aquella noche, Única y sus amigos se reunieron una vez más
en torno a ella, en esta ocasión para preguntarle por la
ciudad de la Gente Mediana.
La Abuela Duende dijo, después de un largo silencio:
—Llegaron de muy lejos, de fuera de Bosque-Verde. Ni siquiera
yo recuerdo cuándo fue eso. Eran gente como Única
y, aunque algunos gnomos se acercaban a ellos para escuchar desde
lejos su maravillosa música, la mayoría de los Pequeños
les tenían miedo a causa de su tamaño.
—¿Cómo puede ser que nadie los recuerde? —preguntó
Cascarrabias.
—Porque la Gente Pequeña vive poco tiempo, y Única
crece despacio. Las hadas son caprichosas y olvidan fácilmente.
Además, cuando ellos se fueron... ni los pájaros querían
acercarse a la ciudad que dejaron atrás.
—¿Y a dónde fueron? —quiso saber Única.
—Nadie lo sabe. Un día desaparecieron sin dejar ni
rastro. Tampoco sabemos por qué Única no se fue con
ellos.
La Mediana bajó la cabeza, entristecida.
—Quizá se fueron por donde habían venido —sugirió
la Abuela Duende.
—¿Y por dónde vinieron?
—Por el Camino, por supuesto. Todo el mundo sabe que los Medianos
hicieron el Camino, y el Camino trajo a los Medianos.
La Abuela Duende no dijo más.
Pocos días después, Única partía, con
poco equipaje porque en Bosque-Verde no se necesita poseer gran
cosa, en busca de los suyos siguiendo el Camino. El inquieto gnomo
Fisgón no pudo resistir la llamada de la aventura y se ofreció
a acompañarla; y Cascarrabias y Liviana tampoco quisieron
abandonarla.
La Gente Pequeña se reunió para despedir a Única.
La echarían de menos, pero todos habían sabido siempre
que tarde o temprano se marcharía.
Fue así como Única, la Mediana de Bosque-Verde, dio
la espalda a su casa, el árbol más grande de todos,
y a la Gente Pequeña que le deseaba suerte y, acompañada
por un duende, un hada y un gnomo, echó a andar por el Camino
de los Medianos que la llevaría, sin saberlo ella, muy lejos
del lugar donde se había criado y que ahora abandonaba en
busca de su gente.