Ya no quedaba nadie en el comedor, y la posadera
limpiaba las mesas con gesto aburrido. Su hija barría el suelo indolentemente,
bañada por la luz rojiza del fuego que crepitaba en el hogar. De vez en
cuando bostezaba con cierta teatralidad, para que su madre la enviara pronto a
la cama; era ya muy tarde, los clientes se habían mostrado especialmente
intratables aquella noche, y ella estaba cansada. Pero la posadera fingía
no darse cuenta.
Fuera llovía
torrencialmente. Esto era bueno para el negocio, porque con aquel tiempo hasta
los peregrinos más penitentes se veían incapaces de dormir al raso,
lo cual se traducía en un lleno total en la fonda.
La
lluvia seguía golpeando el techo. Las dos mujeres trabajaban en silencio,
un silencio sólo enturbiado por el chasquido de la madera que ardía
en la chimenea, por el sonido de la escoba contra el suelo y por los ocasionales
bostezos de la joven.
Entonces llamaron
a la puerta. Toc, toc, toc. Tres golpes, ni uno más. Pero tres golpes enérgicos
y decididos, que no admitían ser ignorados.
Madre
e hija detuvieron su quehacer y volvieron la mirada hacia la puerta, dudosas.
No esperaban a nadie más.
-¡Está
cerrado! -zanjó la voz del posadero, que bajaba por la escalera-.¡
Y de todas formas no queda sitio!
El
visitante insistió: toc, toc, toc. El posadero hizo un gesto malhumorado.
-Deberías
abrir -le espetó su mujer-. Por caridad.
El
hombre gruñó algo y fue a abrir la puerta.
Fuera,
calándose bajo la lluvia, había un joven de unos veinticinco años,
alto y delgado, Las greñas de cabello castaño se le pegaban al rostro,
y hasta la perilla chorreaba agua. Su capa le era totalmente inútil para
resguardarse del chaparrón.
-¡Un
juglar! -exclamó la chica, encantada, al ver la vihuela que colgaba a su
costado.
El joven sonrió.
-Mattius,
para servirles a ustedes -saludó con una reverencia-. Me preguntaba si
podrían alojarme por esta noche.
-No
queda sitio -repitió el posadero, mirándolo con desconfianza-. Además,
¿tienes dinero para pagar?
La
sonrisa del juglar se esfumó. Hizo sonar un saquito que llevaba colgado
de su cinto.
-Soy bueno en mi trabajo
y me pagan bien -afirmó con gravedad-. Además, puedo dormir aquí
abajo. No me importa. Sólo quiero resguardarme de la lluvia.
El
posadero pareció dudar.
-Fernán...
-protestó su mujer.
El barbudo
rostro del hombre mostró cierta expresión de lástima al mirar
más detenidamente al juglar.
-Está
bien -accedió, apartándose para dejarle pasar-. Pero nada de escándalos,
¿entendido?
-Soy un juglar serio
-aseguró Mattius, cruzando el umbral.
Tomó
asiento en un banco junto al fuego. A una seña de su madre, la muchacha
corrió a traerle una manta.
-Ha
quedado algo de sopa -dijo la posadera-, porque hoy he hecho cena como para un
ejército. La pondré a calentar.
Mattius
le dedicó una sonrisa de agradecimiento. La moza reapareció con
una manta, y se la tendió. El juglar se envolvió en ella, sin una
palabra.
-Habrás viajado mucho
-comentó ella con envidia, al cabo de un rato-. ¿Eres peregrino?
-Voy
a Santiago, sí -asintió el joven-. Y vengo desde Francia siguiendo
el Camino. No debe de faltar mucho ya, ¿verdad?
-Si
no lloviera esta noche, verías desde aquí las luces de la ciudad
-intervino el posadero-. Quizá podrías haber llegado al amanecer.
-Tiempo de perros... -suspiró
su esposa-. Es habitual por aquí. En esta época del año llueve
dos días de cada tres.
-Lo sé
-dijo Mattius-. Pero esa es una de las cosas que hacen que el Camino valga la
pena. Si fuera sencillo, no serviría como penitencia.
-Así
pues, ¿habías estado antes en Galicia? -quiso saber la chica.
-Sí,
hace tiempo. Vuelvo a Santiago porque me han dicho que están a punto de
terminar la nueva catedral.
El pecho
de la posadera pareció henchirse de orgullo.
-Es
más grande y bonita que la anterior -afirmó, alargándole
un tazón de caldo caliente-. Los moros no consiguieron vencer al Santo
Apóstol.
-¿Sabías
que la basílica fue destruida por los moros hace mucho tiempo? -inquirió
la joven.
-Sí, lo sé. Almanzor
el Vencedor llegó a esta ciudad en el año de Nuestro Señor
de 997. Lo recuerdo.
-No puedes recordarlo
-gruñó el posadero-. Eso sucedió en tiempos de mi bisabuelo.
Mattius clavó en él sus ojos de color miel.
-Recuerdo
haberlo oído. Recuerdo historias sobre ello.
-Debes
de conocer cientos de historias -comentó la chica, admirada-. ¿Por
qué no nos cuentas una?
Mattius
sonrió.
-Sé historias sobre
Mío Cid, el de Vivar, sobre Fernán González, sobre Bernardo
del Carpio, sobre Roldán, sobre los caballeros del Rey Arturo de la Gran
Bretaña... también conozco muchos romances y canciones de amor.
El
posadero iba a decir algo, pero el juglar añadió:
-Pero
puedo contaros una historia sobre el moro Almanzor y la tumba del Santo Apóstol.
-¿De verdad? -exclamó
la mujer, ilusionada.
-Es muy tarde,
María -protestó el posadero-. Y va a despertar a los clientes.
-Es
corta -aseguró Mattius-. Y puedo prescindir de la vihuela.
-Así
tendremos algo que contarles a los peregrinos que descansan aquí -hizo
notar la posadera.
Su marido asintió,
y Mattius sonrió de nuevo.
Los
tres se sentaron para escuchar la historia. Fuera, la lluvia seguía golpeando
la posada.
*
* * *
Cuentan que Almanzor llegó a Santiago poco
antes del año 1000, por lo cual muchos creyeron que se trataba de una señal,
de un aviso de que el fin del mundo de acercaba. Y los que estaban en la ciudad
aquel día tuvieron razones para pensar así.
Las
huestes de Almanzor llegaron por sorpresa. Eran muchos y, aunque en Santiago se
luchó con valentía, los moros pronto tomaron el burgo, asolando
todo lo que encontraban a su paso. Aquellos que no lograron huir o esconderse
en alguna parte, lejos de la mirada del Vencedor, murieron o fueron hechos prisioneros.
Almanzor
avanzaba a grandes pasos por las calles de Compostela. Sus recias botas pisaban
fuerte, sus ojos brillaban como ascuas y llevaba la barba revuelta y la cimitarra
desnuda bañada en sangre. Quienes así le vieron aseguraban que parecía
el mismísimo diablo.
En la basílica
se había reunido un grupo de valientes monjes en torno al sepulcro del
apóstol. Habían atrancado la puerta y habían jurado que lo
protegerían con sus vidas. Ajenos a lo que sucedía fuera, rogaban
a un Dios que no parecía escucharlos.
Cuando
Almanzor abrió de una patada las puertas de la basílica, todos ellos
se echaron a temblar.
-Es el final -gimió
uno.
-Que Dios se apiade de nosotros
-murmuró el mayor-. Quedaos en silencio, hermanos; quizá no nos
encuentren.
Era una esperanza vana, pues
el sepulcro era lo único que Almanzor había ido a buscar a la basílica.
Los monjes habían ocultado la entrada a la cripta tras un retablo, que
por el momento los mantenía a salvo de la mirada inquisidora del Vencedor.
Pero los moros estaban arrasando la iglesia por completo, y si Almanzor no encontraba
lo que quería, le prendería fuego. Así había sido
siempre.
-Rezad, hermanos -insistió
el mayor, en un murmullo apenas audible.
Los
labios de los monjes se movieron al unísono, formando las palabras de una
silenciosa plegaria.
Fuera de la cripta,
Almanzor se paseaba arriba y abajo por la nave central de la basílica.
Uno de sus hombres se acercó,
presuroso.
-Sidi -dijo con respeto-.
Hemos encontrado una capilla lateral.
El
Vencedor se volvió rápidamente.
-¿Y
qué hay? ¿El sepulcro?
-No,
sidi. -El sarraceno tragó saliva-. Una niña. Una niña cristiana,
viva y sola.
Almanzor se dirigió
inmediatamente hacia allí.
La
niña no pasaría de los diez años, pero si cabello era negro
como el ala de un cuervo, y sus ojos verdes como esmeraldas. Arrodillada ante
una imagen de la Virgen, la niña rezaba sin preocuparse de los moros que
la observaban. Por alguna extraña razón, ninguno de ellos había
osado ponerle la mano encima.
Almanzor
lanzó una mirada desdeñosa a sus hombres y se adelantó.
-¿Dónde
está el sepulcro de Santiago, niña? -le preguntón con rudeza.
Ella
se volvió hacia el moro.
-Si os
lo digo, habéis de prometerme que lo respetaréis.
Almanzor
soltó una risotada que fue coreada por su gente.
-Si
no nos lo dices, morirás.
-Y si
os lo digo, moriré igualmente -replicó la niña con audacia-.
Vos no ganáis nada con la profanación del Santo Sepulcro.
-Existe
una ridícula leyenda entre los cristianos que cuenta cómo Santiago,
que llevaba muchos siglos muerto, apareció en una batalla contra mi gente
y guió a los suyos hacia la victoria.
-Es
cierto -asintió la niña.
-¿Y
por qué no se ha levantado ahora de su tumba para defender a los compostelanos,
que tanto creen en él? Nuestra victoria hoy no sería completa si
no acabásemos definitivamente con esa necia superstición. ¿Por
qué voy a respetar los restos de alguien a quien llaman Matamoros?
Ella
movió la cabeza, y Almanzor se sintió estúpido de pronto
por estar dando explicaciones a una niña cristiana. Pero ella habló
de nuevo:
-Ya habéis triunfado
sobre esta ciudad. Dejadnos a los que quedamos un poco de esperanza, algo en qué
creer. Os lo ruego: no castiguéis más a los cristianos de Compostela.
Almanzor
no dijo nada. Tan sólo se quedó mirándola con la cimitarra
en la mano, oprimiendo la empuñadura con tanta fuerza que se hacía
daño. Sería tan fácil alzarla... descargar un golpe sobre
la niña... rebanarle el cuello de un solo tajo.
Pero
no debía hacerlo. Aquella mocosa había osado desafiarle, y él
tenía que demostrar a sus hombres que era capaz de manejarla, de infundirle
miedo.
-Los grandes generales lo son
porque saben demostrar su magnanimidad en casos como éste -prosiguió
la niña-. Es esto lo que los distingue de los simples bárbaros.
Esta
audaz afirmación provocó alguna risa entre los moros que contemplaban
la escena. Almanzor no se volvió. Ya se ocuparía de ellos más
tarde.
De momento, le interesaba lo que
aquella chiquilla acababa de decir.
-¿Y
tú crees que yo soy un bárbaro, niña? -inquirió.
-Creo
que sois un gran general. Si respetáis la tumba del apóstol, en
esta ciudad también se respetará vuestra memoria. Escuchadme, señor.
Nada hemos hecho los compostelanos que merezca la destrucción de las reliquias
de nuestro santo patrón.
Almanzor
se quedó callado por un instante, examinando la situación. Podría
matar a la niña allí mismo, pero sus hombres siempre recordarían
que había permitido que una chiquilla cristiana lo pusiera en evidencia.
También podía demostrar
que era capaz de escuchar a sus enemigos. Que los respetaba. Al fin y al cabo,
él siempre había dicho que era necio aquel que no valoraba a sus
contrarios. Sólo así había llegado a ser quien era.
Y
no un simple bárbaro.
-Sea -dijo
al fin-. Juro por Alá y nuestro santo profeta Mahoma que respetaré
tus deseos y el sepulcro de Santiago; pues, sea o no contrario a nuestras creencias,
los cristianos son capaces de luchar y morir por su nombre. Muy grande debió
de ser su fe cuando creyeron verlo peleando a su lado en la batalla.
Un
murmullo de desconcierto recorrió el grupo de sarracenos, Pero la mirada
de Almanzor no admitía réplica.
Cuando
el retablo cayó y echaron abajo la puerta de la cripta, los monjes ahogaron
gritos de miedo y desolación.
-Ave
María purísima -susurró uno de ellos al ver entrar al terrible
Almanzor.
El monje mayor le plantó
cara, poniéndose entre él y el sepulcro.
-No
tocarás esta santa tumba, infiel, mientras yo viva -le amenazó.
Almanzor
le dirigió una breve mirada.
-Sacad
el sepulcro de aquí -ordenó a los monjes.
Ellos
se miraron unos a otros, perplejos.
-Esta
tumba no irá a ninguna parte -replicó el monje mayor.
-Sacad
eso de ahí -repitió Almanzor, volviéndose para marcharse-,
porque esta basílica va a arder hasta los cimientos, y no creo que deseéis
que vuestro apóstol arda con ella. ¿O sí?
Dio
la espalda a los monjes y salió de la cripta.
-Obedeced
-aconsejó un viejo y sabio sarraceno, con una sonrisa desdentada-. Y dad
gracias a vuestro Dios porque la magnanimidad de Almanzor es grande.
Cuando
la iglesia se derrumbó, hacía ya rato que los moros se habían
marchado. Sólo quedaban en la plaza los monjes velando el sepulcro, y observando
con gesto sombrío cómo los últimos restos de la basílica
ardían entre las llamas. Una negra columna de humo ascendía hasta
un cielo cubierto de nubes plomizas.
El
monje mayor pasó una mano sobre la tapa del ataúd que contenía
las reliquias del apóstol.
-¿Por
qué? -se preguntó otro de los monjes en voz alta.
El
monje mayor negó con la cabeza.
-Los
caminos del señor son inescrutables, hermano Jacobo.
Dirigió
entonces su mirada hacia las ruinas de la basílica.
-Construiremos
una mayor -decidió-, que glorifique el poder de Dios, cuya divina providencia
ha permitido que conservemos los restos de nuestro santo patrón.
Vio
cómo, a su alrededor, poco a poco iban saliendo de sus escondites los supervivientes
de la masacre.
-¡Aleluya! -clamó
entonces el religioso-. ¡Demos gracias al señor, aleluya! ¡Nuestro
santo patrón, el apóstol Santiago, sigue intacto! ¡Es un milagro!
Y,
como una sola voz, los compostelanos corearon:
-¡Aleluya!
¡Aleluya!
*
* * *
La voz de Mattius se extinguió. Nadie dijo nada durante un momento. En
la chimenea, una rama chisporroteó y se partió con un chasquido.
El fuego arrancaba reflejos cobrizos del cabello ondulado del juglar.
-¿Y
la niña? -preguntó entonces la hija del posadero.
Mattius
se encogió de hombros.
-Desapareció.
Los moros que estuvieron aquel día en la basílica contarían
más tarde esta historia. Los cristianos que la escuchaban legaban a la
conclusión de que aquella chiquilla que había conmovido al despiadado
Almanzor no podía ser sino un ángel de Dios.
-Es
un cuento bonito. Me ha gustado.
-Pero
ya es tarde, y mañana hay que levantarse al alba -concluyó el posadero-,
así que todos a dormir.
A punto
ya de subir a acostarse, la joven esperó un momento a que su madre desapareciera
en la cocina, y se acercó a Mattius, que dormiría en el suelo del
comedor, para prestarle una manta más. Cuando el juglar se echó
la manta por encima, ella, jugueteando nerviosamente con un objeto que tenía
en las manos, le dijo:
-Si eres peregrino,
deberías llevar esto. Todos lo llevan. Da buena suerte.
El
joven volvió la mirada hacia lo que ella le tendía. Era una gran
concha blanca. Tenía en el centro una mancha roja en forma de corazón.
-Es
una vieira -explicó la muchacha-. Esta es especial, ya sabes... por el
corazón. La guardaba para alguien como tú.
Mattius
le dio las gracias.
-¿Cuál
es tu nombre? -le preguntó.
-Teresiña
me llaman -respondió ella, enrojeciendo.
-Teresiña
-repitió el juglar, muy serio.
-¡Zagala,
a dormir! -la riñó su madre desde la puerta de la cocina.
-¡Buenas
noches! -susurró ella apresuradamente.
Dudó
un momento y después estampó un beso en la mejilla del juglar.
Él
la observó subir las escaleras a toda velocidad con un revuelo de faldas.
Oyó su voz desde arriba, cantando suavemente una cantiga antigua cuyos
orígenes se perdían en la bruma del tiempo:
-"Pela
ribeira do río
cantando ía la virgo
d'amor.
Quen amores
à,
Cómo dormirá?
Ai, bela frol!"
Mattius
sonrió. Acurrucado junto a las últimas pavesas del fuego, se quedó
dormido.
*
* * *
Al día siguiente, Teresiña bajó muy temprano para preparar
el desayuno, pero el juglar ya se había ido. La joven corrió a la
puerta, la abrió de par en par y se asomó al exterior.
El
cielo galaico estaba despejado y sólo se veían algunos pequeños
jirones de nubes en el horizonte. Las hojas de los helechos, más verdes
que nunca, goteaban brillantes y claras perlas de agua de lluvia. En el camino,
enfangado y lleno de charcos que reflejaban el azul del cielo, no se veían
las huellas de Mattius por ninguna parte, como si el juglar no hubiera salido
de la posada aquella mañana, o se hubiese marchado volando.
-¡Cosa
de meigas! -exclamó Teresiña, sorprendida, y se santiguó;
al oír la voz de su madre llamándola, volvió a entrar en
la casa, cerrando la puerta tras de sí, y recorrió el comedor con
la mirada.
Todo lo que quedaba como recuerdo
de la visita del juglar eran tres maravedíes sobre una de las mesas, y
la historia del moro Almanzor y el sepulcro del apóstol.
*
* * *
Había amanecido nublado, y no parecía que fuera a despejarse; el
cielo estaba cubierto por pesadas nubes de color plomizo, pero eso no parecía
importar a los turistas que llenaban la plaza del Obradoiro, ni a los peregrinos
que -a pie o en bicicleta- habían llegado aquel día a Santiago para
cumplir sus votos al santo. No faltaban los puestecillos de venta de recuerdos
ni un par de gaiteiros que daban ambiente a la plaza. Más allá,
un hombre se había caracterizado -con gran acierto- de bruja, con escoba
y todo, y permitía a los niños hacerse fotos con él, a cambio
de "la voluntad".
Ajeno a todo
ello, un joven alto y delgado, de pelo castaño, quizá demasiado
largo, y perilla descuidada, con las manos metidas en los bolsillos de unos vaqueros
gastados, y una guitarra a la espalda, recorría la plaza del Obradoiro
paseando con indolencia. Se detuvo frente a un puesto y se quedó mirando
un grupo de figuritas con forma de simpáticas brujillas.
-Meigas
gallegas -dijo la vendedora-. Traen suerte... en el amor, en la salud, en los
negocios...
El joven compró una.
Luego siguió su paseo por la plaza hasta distinguir a lo lejos a una niña
de unos diez años, de cabello negro como el ala de un cuervo y ojos de
color verde esmeralda, sentada en los escalones de la entrada de la catedral.
Se
la quedó mirando, pensativo, preguntándose por qué habría
vuelto a aquel lugar después de tanto tiempo, y si lo recordaría.
Él,
desde luego, sí la había reconocido. A pesar del tiempo transcurrido
(años, décadas, siglos), ninguno de los dos había cambiado.
Así eran los espíritus de la tierra.
Se
acercó a ella.
-Buenos días
-saludó-. Hacía tiempo que no nos veíamos.
-Hola,
Mattius -dijo la niña sin sorprenderse.
El
joven sonrió.
-Me recuerdas.
Se
sentó a su lado y comenzó a rasguear la guitarra suavemente. Ella
no dijo nada más por el momento. Se limitaba a observar a la multitud con
una mirada entre curiosa, inquisitiva y asustada.
-Sorprendida,
¿eh? -comentó Mattius-. No puedes forjar la leyenda de un milagro
a tu alrededor y pensar que todo va a seguir igual.
-Pero
hay tanta gente... -murmuró ella-. Todos a ver la tumba del santo apóstol.
¿Hicimos bien?
-Estaba escrito
-replicó Mattius.
Se metió
la mano en el bolsillo de la camisa y sacó la "meiga" que acababa
de comprar.
-Ten -dijo-. Para ti.
La
niña sonrió.
-¿Quién
nos imaginó de esta forma? Las meigas nunca hemos sido así.
-Déjalo.
Es su manera de agradeceros que el sepulcro siga en su sitio.
La
niña se apartó un mechón de cabello negro de la cara, y clavó
sus ojos verdes en la multitud.
-Los
tiempos cambian -dijo-. Esta ciudad no es la misma que hace mil años. Pero
la gente sigue igual.
Mattius sonrió.
-La
gente siempre sigue igual -dijo.
Se quitó
el sombrero y lo colocó en el suelo, frente a él. Al inclinarse,
se le salió de debajo de la camisa un cordoncillo del que colgaba una vieira
blanca con una mancha roja en forma de corazón.
Mattius
no lo devolvió a su lugar. Se levantó y rasgueó su guitarra
con fuerza.
-¡Señoras y
señores! -gritó-. ¡Mattius el juglar tiene una historia que
contarles!
La niña lo miró,
divertida. Mattius le devolvió la mirada y se encogió de hombros.
-¿Qué
quieres? Es mi trabajo, ya lo sabes. Son malos tiempos para los juglares, pero
hay sitios donde todavía queda algo de magia. Como aquí, por ejemplo.
¿No crees?
La meiga no dijo nada.
Jugueteó con la figurita y dirigió su mirada esmeralda a la gente
que se aproximaba.
-¡Señoras
y señores! -decía Mattius-. ¡Niños y niñas!
¡Acérquense a escuchar la fascinante y dramática historia
del famoso trovador gallego Macías, el amante perfecto, el poeta que murió
por amor en los tiempos en los que la gente todavía podía morir
por amor!
La meiga y el juglar pronto
se vieron rodeados por un grupo de curiosos. Ella alzó la mirada. Un último
rayo de sol se filtró entre las nubes y le acarició gentilmente
el rostro.
Era un día muy parecido
a aquel en que Almanzor entró en la ciudad. Ella lo recordaba bien.
La
voz de Mattius se entrelazó con la música de los gaiteiros y ascendió
atravesando las nubes, desde la plaza del Obradoiro.
© LAURA
GALLEGO GARCÍA