1: El anuncio de la discordia

Un sol de justicia aplasta a las veinte mil personas que se han reunido hoy en el estadio. Sin embargo, a nadie le importa el calor. Hay muchas otras sensaciones que experimentar.
Porque estas veinte mil personas han venido a verlas a ellas: a veintidós jóvenes mujeres en pantalón corto que corren detrás de un balón.
Y, sobre todo, están aquí por una en particular.
Se llama Sara, y es la gran promesa de la selección nacional femenina. Por primera vez en su historia, esta selección ha llegado hasta la final en un campeonato mundial. El marcador señala un empate a uno y sólo cinco minutos para que termine el partido. Cinco minutos para la gloria.
Hoy hace mucho, mucho calor, pero veinte mil personas están pendientes de las evoluciones de Sara, la pelirroja, que acaba de atrapar un balón y corre por la banda como una flecha hacia la portería contraria. Miles de hinchas corean su nombre hasta enronquecer. Incluso la afición rival admira su clase y su calidad.
Sara corre, alentada por más de diez mil gargantas. Una jugadora del equipo contrario trata de detenerla. Sara se detiene, levanta la cabeza y ve a una compañera desmarcada. Dribla y le pasa el balón, y en cuanto se ha asegurado de que sigue bajo control, continúa corriendo. Casi inmediatamente le devuelven el esférico. Apenas frena un poco para recogerlo y, de nuevo, sale disparada. Los hinchas rugen como una sola voz.
La defensa rival trata de interceptarla. Sara ha llegado al borde del área y se para por segunda vez, estudiando la situación. Una de las defensas hace amago de entrarle. Sara pasa la pelota a una compañera y se deshace de sus marcadoras.
Está cerca, muy cerca. Su rápida maniobra ha despistado a la defensa del equipo contrario.
–¡Aquí, pásamela! –grita, y pronto el balón vuela de nuevo, directo hacia la atrevida jugadora pelirroja.
Sara frena su carrera en seco, sin aliento. El balón va muy alto. No logrará alcanzarlo.
Sólo tiene unos segundos para sopesar sus posibilidades. Descarta el remate de cabeza. Está demasiado lejos; no logrará darle con suficiente fuerza.
Quedan cinco minutos, y Sara tiene una única oportunidad de sentenciar el partido. Si empatan, habrá prórroga, y las jugadoras están ya demasiado cansadas. En esas condiciones, cualquier desliz puede suponer un error fatal, la diferencia entre la victoria y la derrota, entre ganar un partido y perderlo, entre ser las campeonas mundiales y quedarse a las puertas.
Sara no duda más. Toma impulso y salta con todas sus fuerzas cuando el balón está ya casi encima de ella. Trata de girar el cuerpo en el aire; es una maniobra arriesgada y difícil, pero si logra empalmar un disparo…
Lo ha ensayado mil veces en los entrenamientos y sabe que casi nunca le sale bien. Pero en esta ocasión tiene que conseguirlo.
Gira el cuerpo un poco más, lanza la pierna, buscando el balón… los dos segundos que tarda su pie en alcanzarlo parecen pasar a cámara lenta.
Sara chuta con todas sus fuerzas y el balón sale disparado hacia la portería.
La joven cae al suelo. Está de espaldas y, por tanto, no puede ver si la chilena le ha salido bien.
Pero no pasan ni tres segundos antes de que medio estadio se venga abajo. La portera se ha quedado un instante paralizada, contemplando la jugada de Sara, boquiabierta, y eso le ha restado capacidad de reacción. Se ha estirado para detener el balón, pero demasiado tarde… la pelota se cuela en su portería…
–¡¡¡GOOOOOOOOL!!!
Sara se da la vuelta para ver, aún sin poder creerlo, la pelota alojada en la portería rival. Mientras los hinchas celebran el gol, el partido y el título mundial, sus compañeras se le echan encima para festejar la victoria mientras corean su nombre.
–¡Sa-ra, Sa-ra, Sa-ra…!


–¡SARA! –rugió de pronto una voz.
Ella volvió a la realidad y miró a su alrededor, aturdida todavía. Lo primero que vio fue el rostro de su amiga Vicky, que la contemplaba con cierta expresión angustiada. Lo siguiente, veinticinco pares de ojos guasones clavados en ella. Y a su profesor de física señalando a la pizarra.
Y de verdad hacía calor, un calor pesado todavía, para haber llegado ya el mes de septiembre; pero no se encontraba en ningún estadio, sino en el colegio, en clase de ciencias naturales. Y los veinticinco chicos y chicas que la observaban no parecían, ni mucho menos, hinchas con ganas de desgastar su nombre.
–¿Perdón? –se atrevió a decir. Se oyeron algunas risitas.
–¿Otra vez en las nubes? Supongo que no estarías pensando en la solución del problema…
Sara miró desesperada a la pizarra, pero había desconectado hacía un buen rato y las operaciones que había escrito el profesor no tenían ningún significado para ella.
Abrió la boca, tratando de pensar a toda velocidad; su salvación llegó en forma de un susurro apresurado:
–¡Setenta y cuatro coma tres kilómetros por hora!
Sara reconoció la voz de Vicky, pero, para no delatarla, ni siquiera la miró. Tragó saliva y repitió:
–Setenta y cuatro coma tres…
–Sí, yo también lo he oído –cortó el profesor–. Muchas gracias, Vicky.
Carcajada general. Sara le lanzó a Vicky una mirada de disculpa, pero ella se había quedado con la vista fija en el profesor, horrorizada. Sintió lástima por ella. Vicky era una estudiante brillante, pero le sentaba muy mal que la regañaran o la pillaran en falta. Y, desde que era amiga de Sara, esto era algo que sucedía a menudo.
Trató de olvidar sus ensoñaciones para concentrarse en la clase, con un suspiro de resignación que sonó más alto de lo que ella esperaba, y que arrancó más risitas a su alrededor. Frunció el ceño. De acuerdo, aquel estadio no era real. Pero lo que había visto en él, aunque fueran imaginaciones suyas, era mucho más emocionante que una clase de ciencias. Eso, desde luego.
Su mirada vagaba de nuevo hacia la ventana cuando recibió un codazo de Vicky que la devolvió a la realidad. Y entonces, oportunamente, sonó el timbre.


–¡Todos los problemas de la página doce para mañana! –se lamentaba Vicky–. Es la última vez que te saco de apuros en clase cuando te quedas pensando en las musarañas, ¿me oyes?
–Bueno, vale, ya he dicho que lo siento. Te prometo que te ayudaré con los deberes.
–Sí, y ya sé lo que pasará después –siguió protestando Vicky–. Terminaré haciendo yo tus deberes, como aquella vez que… ¿me estás escuchando?
Sara había dejado de prestarle atención. Se había detenido junto al campo de fútbol, donde sus amigos estaban ya jugando el partidillo reglamentario de todos los recreos. Uno de los chicos la saludó con la mano. Era su hermano Bruno, pecoso y pelirrojo también, pero un poco más bajito que ella. Sara era un año mayor: tenía trece años, mientras que Bruno acababa de cumplir los doce.
–¿Juegas?
Sara sonrió. No siempre se llevaba bien con Bruno, pero sí tenían en común su afición al fútbol. De modo que no se hizo de rogar y entró en el partido.
–¡Nos vemos luego! –le dijo a Vicky alegremente.
Ésta suspiró con paciencia. Era lo que tenía ser amiga de alguien como Sara. Estaba acostumbrada, así que se encogió de hombros y recorrió el patio con la mirada buscando un banco libre. El más próximo estaba ocupado por Virginia y sus amigas, que se reían escandalosamente, celebrando el último marujeo del fin de semana. En otro de los bancos estaba el Trío, como solían llamar a tres chicos que iban siempre juntos y que compartían una común afición por los cómics , la fantasía y los juegos de rol en general. Eran bastante inofensivos, pero a Vicky la asustaban un poco sus pintas, las camisetas que exhibían, llenas de calaveras, orcos y dragones y, para qué negarlo, el mundo en el que se movían, y que ella desconocía. El tercer banco lo acababa de ocupar un grupo de chicas de tercero, por lo que Vicky bordeó el campo de fútbol, pasó frente al almacén del material deportivo y se sentó en la grada. Una vez acomodada, echó un nuevo vistazo a Sara, que ya corría, entusiasta, detrás del balón, y se sumió en la lectura de una novela de Agatha Christie. Le gustaban los libros de misterio porque suponían un reto a su inteligencia, igual que las matemáticas: un crimen, un asesino; un problema, una única solución. Aunque el puzzle fuera complicado, sólo había una manera de resolverlo, y eso era mucho más de lo que podía decirse de la vida en general.
Pronto se olvidó del mundo y se sumergió en los entresijos de la apasionante investigación criminal en torno al asesinato de Roger Ackroyd.
De modo que aquella mañana, que comenzó como tantas otras, se inició un curso que prometía ser normal y corriente, pero que se acabó transformando en el mejor año de sus vidas. Nuevo curso, sí, pero, salvo para los recién llegados, el colegio era el mismo que siempre, y también los amigos y los profesores. Por eso nadie prestó atención al principio a Eloy, el profesor de gimnasia, cuando salió al patio, con su chándal y su silbato colgado sobre el pecho, para pegar un cartel en la puerta del almacén de material.
Sólo cuando Eloy ya se iba, uno de los chicos, Roberto, reparó en él. Se detuvo en seco y echó un vistazo curioso al cartel que acababa de colocar, tratando de leerlo desde su posición en el campo de fútbol. El balón que Sara le lanzó pasó por delante de él sin que se diera cuenta.
–¡Pero tío…! –protestaron varios jugadores de su equipo.
Para entonces ya había un par de curiosos en torno al cartel que había puesto el profesor. Bruno salió corriendo hacia el almacén para ver de qué se trataba.
–¡Vuelve al partido, renacuajo! –tronó Alex amenazadoramente; Alex no era un chico, sino una chica. No solía jugar a fútbol con ellos, pero, cuando lo hacía, se encargaba de ponerlos a todos en su sitio, chicos y chicas. Y es que Alex tenía fama de chica dura, y no sin motivo.
Sin embargo, detrás de Bruno se fueron los gemelos Lucas y Mateo, y en cuanto empezaron a hacer comentarios entusiasmados acerca del contenido del anuncio, el resto del grupo se reunió con ellos.
Para cuando Sara llegó a la puerta del almacén, todos habían leído ya el cartel, que decía lo siguiente:

LA DIRECCIÓN DEL COLEGIO
QUIERE FORMAR UN EQUIPO DE FÚTBOL MASCULINO
PARA PARTICIPAR EN LA LIGA LOCAL.
LA SELECCIÓN DE JUGADORES SE HARÁ
A LO LARGO DE LA SEMANA QUE VIENE.
INTERESADOS ACUDIR AL CAMPO DE FÚTBOL
EL MIÉRCOLES DESPUÉS DE LAS CLASES.
FIRMADO: ELOY.

A Bruno se le iluminaron los ojos.
–¡Moooola! –fue su única valoración.
Lucas y Mateo chocaron las manos.
–¡Lo conseguimos! –dijeron a la vez.
Lo cierto era que el grupo llevaba ya un par de años insistiendo al director del colegio para que les permitiera formar un equipo federado y participar en la liga interescolar. Porque, aunque se lo pasaban muy bien jugando juntos en el recreo, a la larga resultaba un poco monótono, y todos estaban de acuerdo en que sería muy emocionante jugar contra equipos de otros colegios.
–¡Qué bien! –exclamó Sara dando un salto de alegría–. Ojalá nos cojan a todos para el equipo.
Varios pares de ojos la miraron como si fuera un extraterrestre.
–Bueno, a ti, desde luego, no te van a coger –replicó Lucas con guasa, mientras Mateo asentía muy convencido.
Sara se picó.
–¿Y se puede saber por qué no, listo? ¡Si juego mejor que vosotros dos juntos!
Esto era estrictamente cierto, y los gemelos lo sabían. A todos les gustaba jugar al fútbol, pero nadie lo vivía con tanta intensidad como Sara ni practicaba tantas horas. Ni siquiera su hermano Bruno.
Para salvar su dignidad, y antes de que nadie le diera la razón a la chica, Mateo replicó:
–Porque ahí dice MAS-CU-LI-NO, lista. ¿O es que te has vuelto chico de repente?
–A lo mejor es un chico disfrazado de chica –se burló Lucas–. ¡Y nosotros sin enterarnos!
Todos se echaron a reír. Sara miró a su alrededor, buscando la complicidad de alguna de las otras chicas. Pero Alex ni siquiera se había molestado en acercarse a leer el cartel, y Eva, que también solía jugar con ellos a menudo, no había ido a clase aquel día. Sara se encontró de pronto sola entre un grupo de chicos que, hasta el día anterior, la habían aceptado como a una más. Volvió a leer el anuncio con atención, buscando en él algo que le asegurara que podría entrar en el equipo, pero la palabra «MASCULINO» no dejaba lugar a dudas.
–Seguro que habrá también un equipo femenino –manifestó, pero por dentro no estaba tan segura.
–Seguro que no –se burló Lucas.
–¿Y por qué no, si puede saberse? –replicó ella, molesta–. ¿Me vas a decir, a estas alturas, que el fútbol es sólo para tíos?
Lucas iba a replicar, pero se quedó con la palabra en la boca. Por la cara que puso, Sara adivinó que eso era justamente lo que iba a decir. Echó un vistazo a su alrededor, pero ninguno de sus amigos le sostuvo la mirada.
–Vamos, Sara, entiéndelo –dijo Roberto–. Está muy bien jugar en el recreo y todo eso. Pero un equipo federado es… es algo serio.
–¿Insinúas que yo no soy seria? ¡Pero si entreno el doble que vosotros y soy la mejor del grupo!
–Bueno, pero un equipo no está formado por una sola persona –murmuró Bruno por lo bajo–. Y está claro que en el equipo de chicos no puedes jugar porque…
–Porque eres una chica –concluyó Lucas triunfal.
Sara los miró a todos una vez más. Alguno tuvo la decencia de mostrarse avergonzado.
–Esto es increíble –masculló enfadada, y salió corriendo en busca de Eloy.

Lo encontró un rato más tarde en el gimnasio, dando clase de educación física a los mayores. Atropelladamente, le explicó que en el anuncio que había puesto en la puerta del almacén no se hablaba de ningún equipo de fútbol para chicas.
–Es que el equipo va a ser sólo de chicos –replicó Eloy; seguía con la vista clavada en sus alumnos, y no se había dignado mirar a Sara ni una sola vez.
–¿Y no va a haber también un equipo de chicas? –preguntó Sara, sin poder creerlo.
–No –fue la respuesta, seca y cortante. Ella no se rindió.
–¿Y por qué no?
–Porque no. Porque las chicas no juegan al fútbol, ése es un deporte para chicos.
–Eso es una tontería –se enfadó Sara–. Yo juego al fútbol.
–Tú eres un bicho raro.
–Pero…
–¡Vamos, moved el trasero, que es para hoy! –gritó Eloy a los chicos y chicas del gimnasio, ignorando a Sara–. ¡Alberto, te he visto: veinte flexiones más!
Sara se quedó quieta , asimilando lo que le había dicho. Seguía dándole vueltas, buscando una solución desesperadamente.
–¿Y si reuniese a un grupo de chicas para hacer un equipo?
–¿Todavía sigues ahí? ¡Mira que llegas a ser cabezota! Habría que ver a ese equipo…
Sara cazó la oportunidad al vuelo.
–¡De acuerdo! ¿Cuánto tiempo tengo?
Eloy se volvió hacia ella muy despacio y la miró por primera vez.
–¿Cuánto tiempo tienes para qué? ¿Para encontrar gente o para formar un equipo? No es lo mismo. Hay muchas chicas, pero pocas jugadoras de fútbol. No encontrarás más bichos raros como tú.
Sara apretó los dientes. Estaba claro por qué Eloy no era, precisamente, el profesor más popular del colegio.
–Claro que lo haré. Y no soy ningún bicho raro.
–Yo tendré a mi equipo seleccionado en menos de dos semanas. ¿Crees que podrás haber reunido para entonces a once jugadoras de fútbol?
Sara tragó saliva. Era mucha gente. De entrada, a ella sólo se le ocurrían tres chicas que podrían estar interesadas.
–¿Lo ves? –dijo Eloy–. Yo tengo candidatos a patadas. Tú, en cambio, no tienes a nadie. ¿Y sabes por qué? Porque el fútbol no es un deporte de chicas, a ver si te entra ya en la cabeza. Y, a propósito, deberías estar ya en clase. El recreo de las once ha terminado hace diez minutos.
Sara dio media vuelta para marcharse. Vaciló un momento y después se volvió de nuevo para decirle al profesor:
–Pues voy a formar un equipo de chicas. Jugaremos mejor o peor, pero tenemos tanto derecho como los chicos a participar en la liga interescolar. Así que dentro de una semana se las presentaré.
Eloy no dijo nada. Sara salió del gimnasio sin despedirse y corrió a su clase.