1. Jugadoras
fantasma
–Yyyy... ¡quince!
–anunció Vicky, subrayando el último nombre
de su lista.
Sara la contempló admirada.
–¿Cómo lo has conseguido? ¡Si ayer sólo
éramos once!
Vicky se tocó la nariz con la caperuza del bolígrafo
con aire conspirador.
–Las cuatro nuevas son «jugadoras virtuales».
–¿Eso quiere decir que no son reales o que las has
apuntado sin su permiso? –quiso saber Sara, dando un mordisco
a su bocadillo.
–Ni lo uno ni lo otro. Significa que nos dejan poner su nombre
en la lista y rellenar los papeles con sus datos para que seamos
suficientes, pero no están de verdad en el equipo: no saben
jugar y no piensan venir a entrenar ni a los partidos. Son sólo
nombres sobre el papel para cumplir el cupo. Lo entiendes, ¿no?
–Sí, claro. Lo que yo llamo «jugadoras fantasma»,
vamos.
Sara se quedó pensativa un momento mientras mordisqueaba
lo que le quedaba del almuerzo. Faltaban sólo dos días
para entregar los papeles para que su equipo de fútbol femenino,
las Goleadoras, pudiera apuntarse a la liga interescolar. Gracias
a la diligencia de Vicky, su mejor amiga y una experta en organizar
cualquier cosa, parecía que habían superado el primer
escollo: reunir a quince jugadoras para el equipo. Hasta entonces
habían contado solamente con once, y las normas especificaban
que quince era el número mínimo. Pero aún necesitaban
más cosas: un entrenador, equipación y posibilidad
de utilizar el material del colegio, tanto los balones como el campo.
A pesar de que habían luchado mucho por este último
derecho, la verdad era que lo de poder entrenar en el colegio ya
no les importaba demasiado: hacía semanas que jugaban en
un solar que habían arreglado como campo de entrenamiento
y al que le habían cogido cariño. Por lo de la equipación
tampoco debían preocuparse, porque ahora que el director
las apoyaba, el colegio se encargaría de ello, igual que
había costeado las camisetas de los Halcones, el equipo masculino.
Pero sí necesitaban un entrenador; el padre de Sara, que
había sido futbolista profesional en su juventud, le había
dicho que él se ocuparía de eso. Pero pasaban los
días y no había noticias. Y, de la misma manera que
necesitaban poner los nombres de quince jugadoras en los papeles
de inscripción, también se les exigía que tuviesen
un entrenador.
–«Un adulto responsable» –masculló
Sara para sí misma, algo molesta–. Como si no hubiésemos
demostrado ya que somos responsables y que nos las arreglamos muy
bien solas.
Vicky estaba acostumbrada a las rarezas de su amiga, que solía
abstraerse con frecuencia: a veces hablaba sola o fantaseaba con
los ojos abiertos.
–¿Todavía no te ha dicho nada tu padre, Sara?
–adivinó.
Ella volvió a la realidad.
–No –gruñó–, y mira que le dije
que el plazo se acababa ya. Pero como es tan despistado...
–Bueno, bueno, que no cunda el pánico –dijo Vicky,
ajustándose las gafas–. Yo tengo preparados todos los
papeles, he rellenado los formularios...
–...Eso que en teoría debía hacer nuestro teórico
entrenador...
–...Y sólo falta añadir los datos de nuestro
«adulto responsable». –Miró a Sara–.
No sé cómo lo verás, pero si mañana
a mediodía no tenemos entrenador, ponemos a tu padre y ya
está.
Sara suspiró. Abrió la boca para decir algo, pero
luego lo pensó mejor y, en su lugar, suspiró otra
vez. Quería mucho a Germán, su padre, pero él
ya había intentado entrenarlas en una ocasión, antes
del emocionante partido contra los Halcones, y la cosa no había
salido bien. Era un asunto que a Sara no le gustaba recordar, y
por eso no lo mencionó cuando respondió a Vicky:
–Mi padre trabaja todo el día y sólo podría
entrenarnos los fines de semana.
–Ya lo sé; lo que quería decir es que podríamos
ponerlo a él de «entrenador virtual»... o «fantasma»,
como dices tú.
–Pero entonces, ¿estás diciendo que nos las
arreglemos toda la temporada sin entrenador?
Vicky lanzó un suspiro muy teatral.
–No, yo quiero que tengamos un entrenador porque así
aprenderemos más cosas y mejoraremos más rápido,
pero si no lo tenemos...
–Entiendo –asintió Sara.
No pudieron seguir hablando porque sonó el timbre que indicaba
el final del recreo. En el camino de vuelta a clase se cruzaron
con algunas de las chicas del equipo.
–¿Cómo va esa lista? –preguntó
Carla, la portera, saltando para mirar por encima del hombro de
Vicky–. ¡Eh, si ya somos quince! –Y chocó
las palmas con Eva, que lanzó un «¡Hurra!»
que se oyó por todo el pasillo.
Sara y Vicky sonrieron y cruzaron una mirada.
–Mejor les decimos mañana lo del entrenador –susurró
Sara al oído de su amiga.
–Hay otra cosa que me preocupa –dijo Vicky cuando las
dos entraban ya en su clase–. ¿Has hablado con Julia?
Recuerda que dijo que se iría del equipo después del
partido contra los chicos.
Sara comprendió lo que su amiga quería decir. Julia
era una de sus mejores jugadoras, pero también era tremendamente
tímida y odiaba tener que jugar delante de mucha gente. El
partido contra los Halcones había supuesto para ella una
dura prueba que no estaba dispuesta a pasar por segunda vez.
–Pero acordamos que se quedaría en el equipo y jugaría
sólo un ratito cada partido –le recordó a Vicky
mientras las dos se sentaban en sus asientos y sacaban los libros
de inglés–, y así se le iría quitando
el miedo escénico y... anda –dijo de pronto, cayendo
en la cuenta–. Aunque seamos quince, si cuatro son «jugadoras
fantasma», ninguna de las otras puede quedarse en el banquillo
en un partido.
Una inquietante imagen acudió a su mente...
Las Goleadoras están
a punto de comenzar un partido, pero les falta una. Sara mira a
un lado y a otro, inquieta.
–¿Dónde está Julia? –le pregunta
a Vicky.
–Se ha escondido porque no quiere jugar.
–¿Cómo que no quiere jugar? –se enfada
Sara–. ¡Pero tiene que hacerlo!
Se vuelve hacia la banda, donde la rubia coleta de Julia asoma por
debajo del banquillo.
–¡Julia, sal de ahí inmediatamente! –ordena.
–¡No quiero, tengo miedo!
–¿De qué tienes miedo, si puede saberse?
De pronto, ve a cuatro espectros que flotan sobre el banquillo.
–Sooomos las jugadoras fantaaaaasmaaaa –canturrean–.
Veniiiimos a jugar este partiiiido...
–Vosotras no podéis jugar –objeta Sara, un poco
nerviosa–. ¡Sois fantasmas!
–Pero estaaaaamos en la liiiiistaaaa, así que podemos
jugaaar –responden ellas.
–Eso es técnicamente cierto –interviene Vicky–,
pero, aunque no juegue Julia, vosotras sois cuatro, y sólo
tenemos un puesto libre.
Las chicas fantasmales sonríen de forma escalofriante cuando
miran a las Goleadoras y dicen:
–Eso se pueeeede arreglaaaar....
Sara sacudió la
cabeza, con el corazón latiéndole con fuerza, para
alejar de su mente la escena que acababa de imaginar. Mientras,
Vicky seguía hablando, sin darse cuenta de que su amiga se
había puesto pálida de pronto.
–...O encontramos a alguien que la sustituya de verdad, o
Julia tendrá que jugar de principio a fin. Y eso no le va
a gustar.
Sara trató de centrarse en lo que estaba diciendo Vicky.
Intentó imaginarse (sin fantasmas de por medio) qué
diría Julia cuando se enterase de que tendría que
jugar de titular.
–No, no le va a gustar –coincidió.