1. Un examen
difícil
–...Y antes de
que suene el timbre –terminó Pedro, el profesor de
lengua–, os recuerdo que teníais que entregar hoy el
comentario de texto que os mandé la semana pasada.
Se oyeron algunos gruñidos y protestas en la clase de 2ºC.
–Pero bueno, ¿qué os pasa esta mañana?
–preguntó Pedro frunciendo el ceño–. Estáis
con menos ganas de trabajar que de costumbre, que ya es decir, y
además no habéis parado quietos un momento. ¿Habéis
tomado dos litros de café para desayunar, o qué?
–Es que después del recreo tenemos un examen de naturales,
profe –respondió Lucas.
–Sí, uno super chungo –asintió Mateo,
su hermano gemelo.
–Y por eso no hemos hecho el comentario de texto, porque teníamos
que estudiar.
–Ya, claro –suspiró Pedro–. Bueno, pues
todas las asignaturas son importantes, así que el que no
me entregue el comentario ahora mismo tendrá una nota negativa,
¿está claro?
Entonces sonó el timbre, ahogando las protestas de los alumnos.
Como de costumbre, la mayoría salió corriendo por
la puerta, pero otros, los menos, tardaron un poco más, porque
estaban buscando en sus carpetas el comentario de texto que debían
entregar. Sara no lo tenía hecho; el día anterior,
a causa del entrenamiento con el equipo de fútbol, había
tenido el tiempo justo para estudiar para el examen de ciencias
naturales.
Aun así, tuvo que esperar a su amiga Vicky que, como no podía
ser de otro modo, se las había arreglado para tener acabado
el comentario de texto. Seguro que también se sabía
los temas del examen al dedillo, pensó Sara mientras veía
cómo Vicky dejaba su trabajo sobre la mesa del profesor.
Las dos amigas se reunieron en la puerta del aula.
–¿Y tú, qué? –dijo Vicky–.
¿No has hecho el comentario?
–Pues no, pero porque ayer me pasé toda la tarde estudiando
para el examen –se defendió ella–. Y no me mires
así, que tú también viniste al entrenamiento.
–Pero yo llevo dos semanas estudiando, no como tú,
que lo has dejado para el último día. Y por eso me
ha dado tiempo de hacer el comentario de texto, los ejercicios de
matemáticas y la redacción de inglés.
–¡La redacción y los ejercicios! –exclamó
Sara, dándose una palmada en la frente. Vicky abrió
la boca para reñirla otra vez, pero entonces llegó
Eva a toda velocidad y con cara de susto.
–¡Vicky, Vicky, por favor, dime qué diferencia
hay entre trayectoria y movimiento, que se me ha olvidado!
–¡Pero si eso es del tema uno! –se escandalizó
ella–. Lo repasamos el sábado pasado, ¿no te
acuerdas?
–¡Se me ha olvidado! –Eva empezó a morderse
las uñas, muy nerviosa–. ¡Ay, Vicky, voy a suspender
el examen! ¡Y si lo hago tendré que esperar otra evaluación
para volver al equipo!
Vicky la cogió por los hombros, tratando de tranquilizarla.
–A ver, mírame, respira hondo y repite conmigo: he
estudiado mucho para este examen.
–He estudiado mucho para este examen –dijo Eva, obediente.
–Y voy a aprobarlo, porque me lo sé todo más
o menos bien.
–Y voy a aprobarlo, porque... no, no, ¡no me lo sé!
–Sí te lo sabes –intervino Sara–. Vicky
tiene razón, has estudiado un montón. Seguro que te
sale bien y antes de que te des cuenta estarás jugando con
nosotras otra vez.
Los ojos de Eva brillaron de ilusión. Era una fanática
del fútbol y una de las mejores del equipo femenino del colegio,
las Goleadoras, pero estaba sacando muy malas notas porque se pasaba
todo su tiempo libre jugando, y su padre le había prohibido
tocar un balón hasta que su expediente mejorase. Vicky llevaba
varias semanas dándole clases particulares, pero la verdadera
prueba de fuego venía ahora: con los exámenes de final
de trimestre.
–Sí, sí, tienes razón... –dijo
Eva sonriendo–. Voy a la biblioteca a repasar antes del examen.
Lo tenemos a cuarta hora, ¿y vosotras?
–Justo después del recreo –suspiró Sara–,
pero yo no puedo estudiar más o me estallará la cabeza.
Me voy a las gradas a despejarme un poco.
Vicky las miró a las dos alternativamente.
–Vete con ella –dijo Eva generosamente–. Ya sé
que tú no necesitas estudiar más porque ya te lo sabes
todo.
–Bueno, tanto como todo... –empezó Vicky.
Pero accedió a acompañar a Sara al patio, aunque pronto
descubrieron que allí no había muy buen ambiente.
Muchos de los alumnos de secundaria estaban sentados en las gradas
o en los bancos con la nariz metida en un libro de texto.
–Jo, se ha lucido Emilio –suspiró Sara; Emilio
era el profesor de ciencias naturales–. Casi todos tenemos
examen hoy o mañana. Con razón había tan poca
gente en el entrenamiento de ayer, y eso que dentro de poco tenemos
un partido de los difíciles.
–De los muy difíciles –asintió Vicky solemne,
consultando su libreta de notas–. El sábado que viene
jugamos contra las Tornado Girls, que son un equipo nuevo, como
nosotras, pero en dos semanas nos toca el colegio Montesol, que
ganó la liga el año pasado y quedó subcampeón
el anterior.
–Qué mala pata, justamente ahora que estamos de exámenes
y no podemos prepararlo bien.
–¿Queréis cerrar el pico ya, cotorras? –les
llegó una voz airada desde algún punto por encima
de ellas–. ¡Algunos queremos repasar!
Las dos se dieron la vuelta y descubrieron a un par de chicos sentados
en una de las gradas superiores. Uno era alto y desgarbado, y el
otro, bajito y algo rechoncho; los dos tenían el libro de
ciencias naturales abierto sobre las rodillas.
Sara y Vicky los conocían. Se llamaban Jorge y Óscar
y, tiempo atrás, habían sido sus amigos, pero Sara
estaba enfadada con ellos desde el partido contra el colegio San
Pablo, y apenas se hablaban, excepto para lanzarse pullas.
–¡Si queréis estudiar, id a la biblioteca! –replicó.
Pero Vicky, que en realidad no tenía nada contra ellos, preguntó
a su vez:
–¿Dónde os habéis dejado a Sam?
Sara frunció el ceño al escuchar el nombre del que
era el tercer miembro del Trío y blanco directo de su ira.
Jorge se mosqueó.
–¿Qué pasa, que crees que no podemos vivir sin
él? ¡Para que lo sepas, nosotros somos seres autónomos
e independientes!
–Oye, tranquilo, que sólo era una pregunta amable para
iniciar una conversación civilizada –protestó
Vicky–. Y no era tan descabellada, ¿eh? Porque, de
hecho, casi siempre vais los tres juntos.
–Dijo que tenía algo que hacer y que nos adelantáramos
nosotros –respondió Óscar, poniendo fin a aquella
absurda discusión.
–¿Por qué os interesa tanto lo que Sam haga
o deje de hacer? –preguntó Jorge, receloso.
–¡A mí no me interesa para nada! –saltó
Sara inmediatamente.
–Aaaah, se acabó, me rindo –dijo Vicky exasperada–.
No se puede razonar con vosotros, así que voy a hacer algo
más productivo.
Y abrió su libreta en busca de su LISTA DE PREGUNTAS QUE
TIENEN MÁS PROBABILIDAD DE CAER EN EL EXAMEN. Sara no se
había traído su libro, así que miró
a su alrededor en busca de alguien conocido; pero todos parecían
centrados en repasar para el examen. La única persona que
parecía pasar del tema era una chica de pelo corto, chupa
de cuero y aspecto de dura que se entretenía lanzando penaltys
en el campo de fútbol. Lo tenía para ella sola, porque
hasta los Halcones, el equipo masculino, habían preferido
dedicar el recreo a estudiar en lugar de pelotear.
–¡Alex! –la llamó Sara, y la chica de la
chupa de cuero se volvió hacia ella. En menos de dos minutos,
las dos estaban practicando regates en el campo.
–Algunas cosas nunca cambian –sonrió Vicky al
mirarlas.
Poco después sonó el timbre, y todos los alumnos regresaron
a sus aulas con la cabeza baja y arrastrando los pies, como si fueran
directos al matadero. Sara volvió a toparse con Óscar
y Jorge en el pasillo. Estaban manteniendo una tensa conversación
con Lucas y Mateo, los terribles gemelos de los Halcones.
–¡Vaya, si resulta que sí hay dos sin tres! –se
burlaba Lucas.
–¿Qué le habéis hecho a vuestro Gran
Jefe Friki? –añadió Mateo.
–¿Por qué todo el mundo supone que no podemos
ir a ninguna parte sin Sam? –se enfadó Jorge.
Sara dejó de prestarles atención. Una chispa de curiosidad
se había encendido en su interior, pero ella la apagó
rápidamente: lo que hiciera Sam no era asunto suyo en absoluto.
Los alumnos de 2ºC fueron ocupando sus sitios con nerviosismo,
y la mayoría aprovechó para pasar las páginas
del libro de texto una vez más, mientras miraban la puerta
de reojo por si aparecía el profesor. Pero trascurrían
los minutos y Emilio no llegaba.
–Qué raro –comentó Sara–. ¿Por
qué se iba a retrasar justo cuando tenemos el examen?
–Ah, no, esto es un desastre –murmuró Vicky consultando
su reloj otra vez–. ¡Cuanto más tarde, menos
tiempo tendremos para hacer el examen!
–¡A lo mejor se ha tenido que ir por algún motivo
y no nos va a hacer el examen hoy! –añadió Sara
esperanzada.
Pero no hubo suerte. Cinco minutos después, Emilio apareció
por la puerta con el montón de exámenes y una cara
más seria de lo habitual.
–Silencio –dijo, y todos se callaron inmediatamente.
No fue por su tono de voz, bastante tranquilo, sino por su expresión:
parecía que fuera a estallar en cualquier momento, y ninguno
de los alumnos de 2ºC tenía la menor intención
de provocar la explosión.
Emilio repartió los exámenes y esperó un momento
a que todos leyeran el cuestionario. Después dijo:
–¿Alguna pregunta?
Nadie se habría atrevido a replicar. Nadie excepto Vicky,
que levantó la mano imprudentemente.
–Perdón... es que creo que hay un error en el esquema
de la pregunta cinco. Se nos pide que describamos el funcionamiento
de la pila, pero los nombres están mal puestos. Quiero decir
que la barra de cobre debería estar en el polo positivo,
y no al revés, ¿no?
Hubo un silencio sepulcral mientras todos asimilaban lo que Vicky
acababa de decir (aunque la mitad no lo había entendido)
y el profesor se ponía un poco más rojo.
Sin embargo, no estalló, como todos temían, sino que
respiró hondo y dijo con voz gélida:
–Cierto, es un error. Corregidlo: donde pone «barra
de cobre» debería poner «barra de cinc»,
y al revés.
Todos se apresuraron a anotarlo en sus exámenes.
La siguiente media hora estuvieron inclinados ante las hojas, muy
concentrados, hasta que sonó el timbre. En todo aquel tiempo,
el profesor no dijo una palabra ni cambió de expresión.
Cuando se fue del aula, llevándose los exámenes consigo,
los alumnos de 2ºC se relajaron de inmediato.
–¡Bueno, pues ya está hecho! –exclamó
Sara, estirándose sobre su silla–. Pase lo que pase,
el examen está acabado, así que lo voy a celebrar
jugando al fútbol toda la tarde.
–¿Por qué será que no me sorprende? –sonrió
Vicky.
Sin embargo, las cosas no fueron tan sencillas.
Hacia el final de la tarde empezó a correr el rumor de que
algo pasaba con Emilio, el profesor de ciencias naturales. Había
quien decía que los iba a suspender a todos, que alguien
le había oído decírselo a otro profesor.
–Eso es absurdo –dijo Vicky, sacudiendo la cabeza–.
¿Cómo va a suspender a todos? Los que hemos... han
hecho bien el examen –se corrigió– no pueden
suspender.
–Será un bulo –dijo Carla, la portera del equipo,
encogiéndose de hombros–. Venga, vamos al solar a jugar.
Y las Goleadoras, o al menos la mayoría de ellas, pasaron
el resto de la tarde peloteando.
Pero al día siguiente estalló la bomba. Los rumores
de que algo muy malo había pasado con los exámenes
de segundo y tercero crecieron, y justo antes del recreo, cuando
los chicos y chicas de 2ºC ya guardaban sus libros de matemáticas,
entró Emilio. La cara de Clara, la profesora, se ensombreció
inmediatamente.
–Atended un momento –pidió–. Emilio tiene
algo que deciros acerca del examen.
Todos se callaron de golpe. No solían hacerlo con tanta rapidez,
pero los rumores no habían dejado de extenderse desde el
día anterior, y a todo el mundo le picaba la curiosidad.
–Los de segundo y tercero hicisteis ayer el examen de fin
de trimestre –empezó el profesor de ciencias naturales–.
Bien... pues que sepáis que estáis todos suspendidos.
Todos los alumnos de todas las clases.
–¿¿¡¡¡¡Quéeeee!!!??
–se oyó un grito unánime, y los alumnos de 2ºC
empezaron a protestar todos a la vez. Sólo Vicky se molestó
en levantar la mano y agitarla tanto como pudo.
–¿Sí, Vicky? –la invitó Emilio.
Ella trató de hacerse oír entre las quejas de sus
compañeros.
–Sí, vale, pero yo no puedo estar suspendida –dijo
con voz aguda.
–Tú también. Cuando digo todos, es todos.
Los chicos y chicas de 2ºC volvieron a hablar todos a la vez,
mientras Vicky se quedaba blanca como una pared. De pronto, alguien
hizo la pregunta mágica.
–Pero ¿por qué?
Y entonces, un coro de voces repitió:
–Eso, ¿por qué?
–¿Es un castigo?
–¡Eso no es justo, profe!
–Si me escucháis un momento –respondió
Emilio–, os lo explicaré.
Poco a poco, los alumnos fueron guardando silencio hasta que el
profesor pudo continuar.
–Ayer, poco después del recreo –empezó–,
alguien entró la puerta de la sala de profesores, revolvió
entre mis cosas y se llevó una de las fotocopias del examen.
De forma que alguien ha copiado, y no sólo eso... Además
trazó un elaborado plan para hacerlo. Hizo una falsa llamada
a recepción preguntando por mí, y aprovechó
que fui a coger el teléfono para forzar la cerradura de la
sala de profesores, que estaba cerrada, y llevarse un examen.
Hubo un silencio sepulcral mientras los alumnos digerían
la noticia y se preguntaban quién habría sido tan
audaz y retorcido como para poner en práctica algo así.
De pronto, Sara dio un respingo. Sabía exactamente quién
podía haberlo hecho. Se volvió hacia Vicky y, a juzgar
por la mirada significativa que ella le devolvió, comprendió
enseguida que su amiga estaba pensando exactamente lo mismo.
–Como comprenderéis –prosiguió Emilio–,
esta conducta no se puede tolerar. Así que, a menos que el
culpable confiese, todos los alumnos de segundo y tercero tenéis
ese examen suspendido con un cero redondo. En el momento en que
dé la cara la persona que copió, me molestaré
en corregir los exámenes y poneros a cada uno la nota que
os corresponde. Pero mientras tanto... podéis dar ese examen
por cateado.
Los chicos y chicas de 2ºC tardaron un instante en reaccionar.
Pero, cuando lo hicieron, un aluvión de protestas se abatió
sobre el profesor de ciencias naturales.
–¡Profe, eso no es justo!
–¡Yo no copié en el examen!
–¿Por qué tenemos que pagar todos por ese tío?
–¡No puede suspendernos a todos! ¡Seguro que es
ilegal!
Emilio, sin embargo, no respondió ni una sola palabra. Se
despidió con un gesto y salió del aula sin hablar.
Las quejas de los alumnos se dirigieron entonces a la profesora
de matemáticas, que había contemplado la escena sin
intervenir; pero, por suerte para ella, en aquel momento sonó
el timbre del recreo, y Clara se apresuró a echarlos a todos
del aula.
Por supuesto, el castigo del profesor de naturales fue el tema más
comentado en aquel recreo. Sara y Vicky se aposentaron en las gradas,
como de costumbre, y el resto de sus amigas se reunió con
ellas.
–¿Os habéis enterado de lo del examen de natu?
–dijo Carla nada más llegar.
–Sí, tías, qué fuerte –asintió
Alex–. Nos ha cargado a todos los de segundo y tercero.
–Pero ¿por qué a todos los cursos? –dijo
Mónica–. Teníamos exámenes diferentes,
¿no? ¿Es que Emilio no sabe cuál le han robado?
–Por lo visto no, porque siempre hace fotocopias de sobra
–explicó Ángela–. Pero sabe que alguien
ha cogido un examen porque estaban todos revueltos.
–Sí. Además, el ladrón lo engañó
para que fuera a recepción y después forzó
la cerradura de la sala de profesores –añadió
Alicia, su amiga del alma, emocionada; se notaba que tanto ella
como Ángela estaban disfrutando con el cotilleo.
–En resumen, que no se sabe a qué clase pertenece la
persona que se llevó el examen –comprendió Mónica–,
así que nos ha suspendido a todos. Pues no me parece justo.
–A mí tampoco, ¡esto es un desastre! –dijo
Vicky mordiéndose las uñas–. ¡Jamás
en mi vida me han puesto un cero! ¿Qué le voy a decir
a mi padre ahora?
–Bueno, pero tú seguro que apruebas la evaluación
–dijo Eva–, porque has sacado buenas notas todo el curso
y además te portas superbien en clase, participas y todo
eso. Pero a mí, si me ponen un cero en este examen, me catearán
del todo la asignatura y no podré volver al equipo.
–Pero la persona que copió lo confesará, ¿no?
–intervino Dasha, la defensa rusa, pensativa–. ¿Quién
sería capaz de dejar que todo el mundo suspendiera por su
culpa?
Carla se rió mordazmente.
–Ay, Dasha, aún tienes mucho que aprender de la filosofía
de los españoles: «Todo vale mientras no me pillen».
–No todos somos así –protestó Vicky–.
Yo confesaría de inmediato.
–Tú no confesarías, Vicky –rebatió
Sara–, porque, en primer lugar, ni se te pasaría por
la cabeza copiar.
Todas se rieron.
–Buf, pues yo no podría, qué corte –dijo
Julia–. Por eso jamás he copiado en un examen, porque
me moriría de vergüenza si me pillaran.
–Pues yo creo que el ladrón confesará –opinó
Fani, que hasta el momento había estado muy ocupada devorando
su bocadillo–, porque si no lo hace va a suspender igual,
así que, ¿qué ganaría dejando que nos
cateen a todos?
–Mal de muchos, consuelo de tontos –murmuró Carla.
–Pues a mí no me parece tonto –dijo Alicia–.
Se las arregló para alejar al de natu de la sala de profesores,
forzar la cerradura y entrar cuando no había nadie.
–Sí –asintió Ángela con admiración–.
A mí no se me habría ocurrido nada de eso.
–Cierto, parece una treta digna de las de Sam –dijo
entonces Carla; y todas se callaron de pronto, porque había
dado en el clavo: era exactamente lo que todo el mundo estaba pensando
y nadie se había atrevido a decir.