1. Un partido
por sorpresa
Acababa de sonar el timbre
que anunciaba el recreo, y Sara corría por los pasillos del
colegio a toda velocidad. Se abría paso entre la marea de
alumnos, asomándose a las clases, buscando a las jugadoras
de su equipo. Tropezó con Ángela y Alicia, que salían
del aula de 2º A charlando animadamente.
—¡Oye, ten más cuidado! —protestó
la primera.
—¡Sí, que pareces un tío, pedazo de bruta!
—la secundó su amiga del alma.
—Lo siento —jadeó Sara deteniéndose junto
a ellas—. Ten¬go que deciros... algo muy importante.
Las dos dieron un gritito de emoción.
—¿Héctor quiere salir con una de nosotras? —aventuró
Alicia.
—¿Vienen los Mystic Boys a tocar a la ciudad? —añadió
Ángela.
—No, eso no puede ser, nos habríamos enterado.
—Ya, es verdad...
—¡No es nada de eso! —las cortó Sara con
impaciencia—. ¡Es que mañana tenemos un partido!
Las dos la miraron como si estuviera loca.
—Estás de broma, ¿no?
—¡La liga no se reanuda hasta la semana que viene, lo
dijis¬te ayer en el entrenamiento!
—Sí, pero ¿os acordáis del partido contra
el Liceo, que no pudimos jugar por culpa de la lluvia? —dijo
Sara—. ¡Pues la fe¬deración lo ha fijado
para mañana! Así que a las once en punto quiero veros
en el cole como clavos, porque si no...
La amenaza quedó en el aire, puesto que en aquel mo¬mento
los móviles de Ángela y Alicia pitaron a la vez. Sara
no se entretuvo con ellas: todavía tenía que avisar
al resto del equipo, y debía hacerlo antes de que las demás
chicas hicieran planes para el sábado.
Las Goleadoras habían acabado la primera vuelta de la liga
interescolar en una posición media, ni al principio ni al
final de la clasificación. Habían contado con que
disponían de dos se¬manas libres antes del comienzo de
la segunda vuelta, pero en el último momento, la federación
había notificado a David, su entrenador, que aprovecharían
uno de esos sábados para jugar el partido que tenían
pendiente. Sara se había enterado aquella misma mañana,
al llegar al colegio, y se había pasado las dos últimas
clases mordiéndose las uñas, nerviosa, preguntándose
cómo iban a preparar el partido con tan poca antelación.
Pero lo primero era avisar a todas las jugadoras. Vio a Fani junto
a las taquillas y le gritó sin detenerse:
—¡Mañana a las once tenemos partido en el cole!
¡Pásalo!
Encontró a las demás en las gradas del campo de fútbol
y se detuvo junto a ellas para recuperar el aliento.
—Eh, ¿adónde vas tan deprisa? —sonrió
Eva.
—Tranquila, que no hemos dicho nada importante antes de que
tú llegaras —se burló Carla.
—Mañana... tenemos partido —pudo decir Sara por
fin.
—Ya lo sabemos —respondió Mónica.
—¡Sí, sí, a las once en el cole contra
el Liceo! —saltó Isa emocionada—. ¡Wiiiii!
—¿Ya... ya lo sabíais? —balbuceó
Sara con extrañeza.
Mónica alzó su móvil.
—Acabamos de recibir todas un mensaje de Vicky —explicó.
Sara se sintió muy tonta de repente. Naturalmente, nada más
entrar en clase le había contado a Vicky, su mejor amiga,
el asunto del partido, y le había hablado de la necesidad
de informar a todo el equipo cuanto antes. Sólo que Vicky
había sido, como de costumbre, más inteligente que
ella, y en lugar de salir corriendo al sonar el timbre se había
limitado a men¬sajear a todo el mundo. Sara se dio la vuelta
y la vio acercarse tranquilamente por el patio, charlando con Fani,
Ángela y Alicia. Decidió ver el lado positivo de la
situación.
—Bueno —dijo—, al menos ya se han enterado todas.
—Jo, pues a mí no me hace gracia —suspiró
Mónica—. Tenía planes para mañana.
—¿Habrá entrenamiento extra esta tarde? —preguntó
Alex—. Yo también he quedado, pero puedo pasar de la
gente y venir a jugar, ¿eh?
Sara esperó a que Vicky y las demás llegaran junto
a ellas para responder:
—David me ha dicho que lo que queramos, pero que, si no nos
vemos esta tarde, mañana habrá que venir antes, a
las nueve y media o a las diez, para organizar la táctica
y todo eso.
—La táctica será la misma de siempre —replicó
Carla con un bostezo de aburrimiento—. Y yo voy a estar donde
siempre: en la portería. Así que no necesito venir.
Sara le dirigió una mirada de enfado y se volvió hacia
Vicky, que ya había sacado una de sus libretas. Entre las
dos organi¬zaron la votación, y finalmente se decidió
por mayoría hacer un entrenamiento extra aquella tarde. Muchas
lo preferían a tener que madrugar el sábado.
—Nos vendrá bien —trató de animarlas Eva—.
No olvidéis que el Liceo es uno de los mejores equipos de
la liga, así que tenemos que esforzarnos.
De modo que aquella tarde casi todas las chicas del equipo se presentaron
en el colegio después de las clases para entre¬nar. Pero,
en realidad, no practicaron mucho. Después de un breve calentamiento
y unos ejercicios básicos, David las reunió a su alrededor
y estuvieron un rato hablando de lo que iban a hacer en el partido
del día siguiente. En cierto sentido, Carla tenía
razón: no habría grandes novedades. A David le gustaba
que sus pupilas disfrutaran jugando, que se lo pasaran bien en el
campo, más allá de rivalidades o de competitividad.
A veces era divertido probar cosas nuevas, y lo hacían, pero
sólo de cara a partidos que parecían más sencillos,
o cuando ya las habían practicado en los entrenamientos.
Afrontar un partido difícil con una estrategia diferente,
o que no controlaran toda¬vía, sólo serviría
para ponerlas nerviosas y hacerlas sentir más inseguras que
de costumbre.
—Sé que no esperabais que tuviésemos que jugar
contra el Liceo tan pronto —concluyó—, pero seguro
que lo haréis bien. Es verdad que es un buen equipo, pero
también lo era el Mon¬tesol, y jugasteis un partidazo
contra ellas, ¿verdad?
Hubo murmullos de asentimiento.
—Pues entonces no hay más que hablar. Mañana,
jugad como sabéis y todo irá bien.
Al día siguiente, cuando Sara llegó al colegio ataviada
con la equipación de las Goleadoras, descubrió, no
sin sorpresa, que el campo de fútbol ya estaba ocupado.
Boquiabierta, contempló cómo los Halcones, el equipo
masculino del colegio, mantenían un disputado partido contra
otro equipo que vestía de verde y blanco.
Se sintió un poco incómoda. Hacía mucho tiempo
que las Goleadoras no coincidían con los Halcones. El calendario
estaba confeccionado de manera que, cuando el equipo de chicas jugaba
en casa, el de chicos lo hacía en el colegio rival, y viceversa.
Pero claro, reflexionó Sara mientras se dirigía a
reunirse con sus amigas, lo de aquel día era una emergencia.
Las Goleadoras tenían un partido pendiente, y sólo
podían jugarlo uno de los fines de semana de descanso antes
de la segunda vuelta. Pero en la liga de chicos, en la que participaban
más equipos, no había semanas de descanso entre la
primera y la segunda vuelta, así que los Halcones jugaban
todos los sába¬dos. Y aquél, en concreto, les
había tocado coincidir.
—¡Hola, jefa! —saludó Isa cuando la vio—.
¿Has visto? ¡El campo está ocupado!
—¡Síiii, están jugando los Halcones! —suspiró
Alicia con los ojos brillantes.
—¡Ojalá hubiéramos venido antes! —se
lamentó Ángela—. ¡Así habríamos
podido ver el partido desde el principio!
—¿Con lo poco que os gusta madrugar? —se burló
Alex—. ¡No me creo que os hubierais levantado antes
para venir a ver un partido!
—¡Por los Halcones, lo que sea! —replicó
Alicia, muy digna.
Carla hizo como que le entraba una arcada, e Isa se echó
a reír. Vicky las llamó al orden:
—Un poco de respeto, ¿eh? Tampoco es tan malo apoyar
a los Halcones.
—¿Cómo que no? —gruñó Alex—.
¡Qué pronto te has olvida¬do de que son el enemigo!
—Sólo son el equipo masculino —replicó
Vicky—. Todos re¬presentamos al mismo colegio, así
que no tiene sentido que nos peleemos a estas alturas, y yo no pienso
entrar en una estúpida guerra de sexos. Sería tirar
piedras contra nuestro pro¬pio tejado.
—Vale, estaré de acuerdo contigo cuando esos orangutanes
nos valoren como equipo con los mismos derechos que ellos —declaró
Mónica—. No antes.
—Pero no todos son así —dijo Sara—. Y bueno,
la verdad es que la opinión de gente como Lucas y Mateo debería
impor¬tarnos bien poco.
—¿Por qué estamos hablando de los Halcones todavía?
—protestó Carla—. ¡Quienes deberían
preocuparnos son las ju¬gadoras del Liceo! Vamos a jugar contra
ellas y no contra los chicos, ¿no?
Pero era evidente que algunas, especialmente Julia, que era muy
tímida, estaban preocupadas.
—Tranquilas —dijo Sara—, el partido de los Halcones
estará a punto de terminar. Después se irán
a casa, jugaremos noso¬tras y ya está.
Pero las cosas no salieron exactamente como ella había predicho.
Para empezar, los Halcones ganaron su partido por un apabullante
cuatro a uno, lo que motivó que se fueran a las duchas celebrando
su victoria escandalosamente, muy satis¬fechos de sí
mismos. «Como pavos reales», murmuró Mónica
cuando los vio marcharse.
Sara miró el reloj. Eran las once menos cuarto, así
que no tenían mucho tiempo para calentar.
—Andando, chicas, que tenemos trabajo —las apremió.
Momentos más tarde, y bajo la supervisión de David,
que acababa de llegar, las Goleadoras trotaban en torno al campo
de fútbol. Las chicas del Liceo también habían
aparecido ha¬cía un rato, y los chavales del club de
fans de las Goleadoras habían ocupado su lugar habitual en
las gradas y desplegaban la nueva pancarta que habían confeccionado
para la ocasión. Decía:
«EN
FÚTBOL Y HASTA EN BOXEO
GANAREMOS A LAS DEL LICEO»
Se notaba que el cartel
lo habían hecho deprisa y corrien¬do. No era de extrañar,
pues se habían enterado de la fecha del partido la tarde
anterior.
—No me gusta la pancarta —le dijo Vicky a Sara mientras
calentaban—. Parece que estamos incitando a la violencia.
—Bueno, el boxeo es un deporte...
—Ya, pero tal y como está puesto, parece que amenace¬mos
con liarnos a tortas. Y ya sabes que Alex no necesita que se lo
digan dos veces.
—Es una forma de hablar. Supongo que no hay muchas palabras
que rimen con Liceo...
—¡Claro que las hay! —replicó Vicky—.
«Mareo», «balanceo», «apogeo»,
«carraspeo»...
Sara iba a desafiarla a que inventara una rima de apoyo al equipo
que incluyera la palabra «carraspeo» cuando su aten¬ción
se vio atraída por lo que sucedía en las gradas: algunos
de los chicos del equipo masculino se habían sentado allí
con la intención, al parecer, de quedarse a ver el partido
de las Goleadoras.
—Oh, no —murmuró, deseando que las demás
no se die¬ran cuenta.
Pero no tuvo suerte. Ángela y Alicia ya miraban a los chicos
de reojo, soltando risitas disimuladas, y Julia había bajado
la cabeza, roja como un tomate, para que el pelo le tapara la cara.
Mónica, por su parte, lanzaba a los Halcones miradas de enfado,
como desafiándolos a que hicieran un solo comentario machista,
mientras que Alex les hizo a los gemelos un gesto de amenaza, pasándose
dos dedos por el cuello, para recordarles que, como se pasaran de
la raya, tendrían que vérselas con ella.
Sara pensó en la última vez que los Halcones habían
ido a verlas. Se habían colado en el solar donde entrenaban
y se ha¬bían burlado cruelmente de ellas porque muchas
de las chicas aún no sabían jugar. Ahora, sin embargo,
parecían estar más contenidos. Quizá el hecho
de estar en un partido oficial y de tener tan cerca al ruidoso club
de fans de las Goleadoras los invitaba a comportarse de manera más
formal. O tal vez fuera que las chicas por fin parecían un
equipo de verdad y jugaban partidos de verdad. En cualquier caso,
a Sara le pareció que en la actitud de los Halcones había
más interés que ganas de fastidiar.
Pero no pudo seguir reflexionando sobre el tema, porque el partido
estaba a punto de empezar. Tras los trámites de rigor, ambos
equipos ocuparon posiciones en el campo y el árbitro pitó
el comienzo del partido.