Llego con retraso,
lo sé. No es sólo a causa del mal tiempo, es que me
ha costado Dios y ayuda encontrar este lugar, a pesar de que las indicaciones
parecían claras y precisas. Me pasé el desvío,
y mira que lo andaba buscando. O, mejor dicho, andaba buscando una
carretera, no un camino de cabras cerrado por una valla y casi comido
por la vegetación.
La lluvia no ha
facilitado las cosas tampoco. No es una tormenta ni nada parecido,
sólo una lluvia fina e incómoda. Pero la humedad cala
hasta los huesos, las nubes son bajas y de un color gris plomizo,
y hay bastante niebla. Un día encantador, vaya.
Esto no va a afectar
a mi valoración de la finca. Tengo demasiada experiencia en
este trabajo como para dejarme desanimar por un día tristón.
Sé de sobra que tarde o temprano saldrá el sol, simplemente
hay que tener un poco de imaginación y visualizar el lugar
con un poco menos de humedad y un poco más de colorido.
Por el momento,
sí parece claro que habría que despejar la maleza del
camino. Mi vehículo avanza lenta y pesadamente, aunque eso
se debe también al barro que se pega a las ruedas. También
sería necesario asfaltar esto y convertirlo en una carretera
decente. Demasiados cambios, y ni siquiera he visto la casa todavía.
Tuerzo a la derecha
y de pronto la finca aparece ante mí, oscura y lúgubre,
como todas las casas antiguas un día de lluvia. A simple vista
parece más grande de lo que imaginaba, y está bastante
bien conservada. En esto, la agencia no me engañó: las
fotos eran actuales.
Aparco el coche frente a la entrada, al lado de un Mégane de
color vino y una furgoneta gris. Como suponía, me estaban esperando.
Bajo del coche,
me echo sobre la cabeza la capucha del abrigo y me dirijo a paso ligero
hasta el porche, donde me esperan dos hombres. A uno lo conozco. Es
Mario Aguilar, el de la agencia. Un tipo joven y entusiasta, pero
bastante competente. El otro rondará los cuarenta y muchos,
y es un individuo bajo y corpulento, que está empezando a quedarse
calvo. Parece muy nervioso. Supongo que no se siente a gusto con la
idea de vender una propiedad que ha pertenecido a su familia durante
tantas generaciones. De todas formas, en la agencia me dijeron que
no soy el primero al que se la enseñan.
—Señor
Correa —saluda Aguilar alegremente,
estrechándome la mano con energía—. ¿Le
ha costado encontrar el sitio?
—Un poco,
sí —reconozco—. La carretera está bastante
escondida.
Centro mi atención
en el dueño de la casa, que se presenta como Pedro Gutiérrez.
—Daniel
Correa —respondo—. Un placer.
—¿Entramos?
Realizamos con
cierta rapidez la visita de rigor. No porque no haya nada que ver,
sino porque yo sé exactamente qué es lo que estoy buscando.
Para cuando bajamos de nuevo al vestíbulo, me he hecho una
idea bastante precisa de la situación.
Es una casa grande
y bien distribuida. Ya lo sabía por los planos, pero me ha
gustado ver que las habitaciones tienen el tamaño adecuado,
ni muy grandes, ni muy pequeñas. Hay un cuarto de baño
en cada planta, el salón es lo bastante grande como para instalar
un pequeño comedor y la chimenea está en buen estado.
La casa tiene un serio problema de cañerías, como era
de esperar, pero nada que no pueda arreglarse. Lo cierto es que es
exactamente lo que estaba buscando.
—¿Y
bien? —sonríe Aguilar—. No todos los días
se encuentran fincas de esta antigüedad y tan bien conservadas,
¿no es cierto?
—No —reconozco—.
Pero aun así, habría que poner calefacción central,
cambiar las cañerías, reformar la cocina y los baños,
restaurar las baldosas de los suelos, renovar todo el mobiliario...
ah, y arreglar el tejado: tiene goteras.
—Nada que
no haya que reformar en cualquier finca de estas características,
como ya sabrá usted —replica Aguilar, impertérrito—.
Si lo desea, podemos darle un margen de un par de días para
pensarlo; pero ya hay otras personas interesadas en visitar la propiedad.
Lo dudo mucho,
pero le sigo el juego y adopto una expresión poco convencida.
—Parece
que ya no llueve —prosigue Aguilar, echando un vistazo por la
ventana—, pero el cielo está cada vez más oscuro.
Más vale que aprovechemos para marcharnos ahora, no sea que
nos pille el chaparrón.
Reacciono.
—¿Ya?
Si sólo hemos visto la casa. Me interesa visitar también
la parcela. Veinte hectáreas, según la información
que me facilitó.
Gutiérrez,
que ha permanecido callado como un muerto durante toda la visita,
da un respingo.
—¿La
parcela? —repite, receloso—. ¿Para qué quiere
verla?
Me esfuerzo por
no mirarlo como si fuera tonto.
—Porque
estoy interesado en adquirir toda la propiedad, no sólo la
casa —le explico pacientemente.
—Bueno,
pero hace un mal día, y estará todo el suelo embarrado
—replica Gutiérrez, cada vez más nervioso.
—Llevo calzado
adecuado —contesto, señalando mis botas de montaña.
—Ahí
no hay nada que ver. Sólo hay un bosque, y ya está.
—¿Un
bosque? —repito, lanzando una mirada de reproche a Aguilar;
no me había contado que la parcela contenía terreno
forestal.
—Sí,
y bastante tupido —asiente Gutiérrez, animado por mis
dudas—. No vale la pena adentrarse en él.
—Bueno,
pero aun así quiero verlo. Necesito saber si podría
contar o no con ese terreno.
—¿Por
qué? ¿Qué es lo que quiere hacer con él?
—Bueno,
depende de lo grande que sea la superficie aprovechable, y de cómo
esté distribuído. Pero, de entrada, necesitaría
un pequeño parking y una piscina. Y si es posible, una zona
de juegos infantiles.
—¿Una
piscina? No sabía que las casas rurales tuvieran piscina.
—Las mías
sí la tienen.
Estoy empezando
a impacientarme. No quiero que se me note demasiado que hace tiempo
que le tengo echado el ojo a esta región, y que por el momento
esta es la única casa que me convence, de todas las que he
visto. Normalmente el juego consiste en que ellos intentan venderme
la casa, y yo remoloneo y pongo pegas para que mejoren la oferta.
Me resulta extraño que sea el dueño el que ponga pegas.
Me obliga a mostrar interés, y eso no es bueno.
—Vayamos
a echar un vistazo —interviene Aguilar, oportunamente—.
Si no le apetece salir, señor Gutiérrez, puede esperarnos
aquí; no tardaremos.
Gutérrez
reacciona.
—No, no
—se apresura a responder—. Voy con ustedes.
Salimos de nuevo
al porche y rodeamos la finca. Echo un vistazo a los alrededores.
El paisaje es impresionante, un paraíso del senderismo y los
deportes de montaña. Ninguna de las casas de campo que he visitado
por aquí está tan alejada de la civilización
y a la vez tan bien conservada como ésta. Sería una
pena desaprovechar el terreno que la rodea. Ya había hecho
cálculos antes de venir y, además de todo lo que le
he dicho a Gutiérrez, también había añadido
por mi cuenta un pequeño camping y un picadero para poder ofrecer
a nuestros clientes un servicio de paseos a caballo. Veinte hectáreas
dan para todo eso, y aún sobra espacio.
La visión
de la propiedad de la finca echa por tierra mis cábalas. El
dueño tiene razón: tras la cancela que da paso al terreno
adyacente se extiende un verdadero bosque, denso y salvaje. Para que
un bosque pueda crecer de esta manera tienen que haberlo descuidado
durante décadas. No me explico cómo han desaprovechado
así semejante espacio.
—Puf...
—resoplo—. Un buen bosque, sí señor. ¿Por
qué no me dijeron que se trataba de un terreno forestal?
Aguilar interviene,
raudo:
—Es terreno
forestal, pero todos los permisos están ya en regla. Por lo
visto, hace tiempo que los dueños pensaban arreglar todo esto,
aunque por alguna razón abandonaron el proyecto. —Mira
a Gutiérrez, que asiente con la cabeza, confirmando sus palabras—.
Por lo menos, le ahorraron el papeleo.
—Aun así,
será complicado aprovechar el terreno. Talarlo y desbrozarlo
todo costará un dineral.
—¿Talarlo?
—La voz de Gutiérrez suena de pronto como el chillido
de un ratón—. ¡Pero no puede hacer eso! Quiero
decir... que el bosque siempre ha estado aquí, es parte de
la herencia familiar...
—... pero,
si no me equivoco, su familia está dispuesta a desprenderse
de esa herencia, ¿no? De lo contrario, no estaríamos
hoy aquí.
Gutiérrez
deja caer los hombros.
—Sí,
pero... en fin, contábamos en que dejarían la parcela
como está.
—Así
no me sirve para nada, ¿sabe? Si finalmente decido adquirir
la finca, será porque voy a remodelar todo esto. Si fuera un
bosque un poco menos... impenetrable, por así decirlo, se podrían
acondicionar rutas para que la gente pasease. Pero desde aquí
no se aprecia ni un mísero sendero. Es
curioso que lo que hay tras la valla de la finca sea más agreste
que el paisaje que la rodea.
Gutiérrez
desvía la mirada, pero no dice nada. Aguilar agita el juego
de llaves de la finca.
—¿Quiere
pasar a echar un vistazo?
—No, déjelo.
No sabría por dónde empezar. Llevo calzado de montaña,
pero ahí detrás no hay ni sitio para poner los pies,
con tanta vegetación.
Gutiérrez
murmura algo entre dientes. Ha sonado como “A ella le gusta
así”, pero no puedo estar seguro. Es un tipo un poco
raro.
—Bien —asiente
Mario, guardándose las llaves en el bolsillo de la parka—.
En tal caso, creo que está todo visto, ¿no?
Regresamos al
porche y nos detenemos allí para despedirnos. Las formalidades
de siempre. Estaremos en contacto, ya le llamaré, gracias por
venir... Nos estrechamos las manos y cada cual se dirige hacia su
vehículo.
Cuando ya estoy
insertando la llave en el contacto, oigo que me llaman:
—¡Señor
Correa!
Me detengo y bajo
la ventanilla. Es Gutiérrez. Parece aún más nervioso
de lo normal. Mira hacia todos lados y se pasa la lengua por los labios
antes de decir, en un rápido susurro:
—Si finalmente
decide comprar la casa, deje el bosque como está.
—Si tanto
le gusta el bosque, ¿por qué no conserva la propiedad?
Me responde con
una breve risa sardónica.
—Señor
Correa, no lo entiende... el bosque es la única razón
por la cual queremos desprendernos de la propiedad. Por eso, hágame
caso. Respete la zona que hay al otro lado de la cancela. Déjela
en paz, y ella no le causará problemas.
—¿Ella?
—repito.
—Por su
propio bien, señor Correa.
—¿Es
una amenaza?
—Más
bien una advertencia.
Dejo escapar un
suspiro exasperado. Gutiérrez se despide con un gesto y se
encamina hacia su vehículo. Definitivamente, o es muy raro
o está mal de la cabeza.
De vuelta al hostal, escribo frenéticamente en una libreta
que siempre llevo conmigo. Tengo que consultarlo con mis socios, porque
acondicionar el terreno de la finca costará tiempo y mucho
dinero, pero creo que valdrá la pena la inversión. Si,
como dice el de la agencia, todas los permisos están en regla,
podríamos empezar a talar el bosque casi de inmediato. Llevado
por el entusiasmo, empiezo a tomar notas sobre el plano de la finca,
señalando en la parcela el lugar donde podrían situarse
la piscina, el parking, el picadero... Luego, entre mis socios y el
arquitecto lo cambiarán todo de sitio, pero me da igual.
El timbre del
móvil me interrumpe. Alargo la mano para cogerlo mientras echo
un vistazo por la ventana. Fuera llueve a cántaros.
—¿Diga?
—¿Señor
Correa? Soy Mario. Quería pedirle disculpas por el comportamiento
del dueño esta tarde, es...
—...Es un
poco paranoico. ¿Qué es lo que pasa con ese terreno?
—No lo sé
muy bien. Es una especie de leyenda local, dicen que allí vive
alguien... una mujer, o un espíritu, no lo sé.
—¿Un
fantasma? —He oído historias semejantes a lo largo de
mi carrera profesional; casi todas las fincas rurales con más
de cien años de antigüedad arrastran tras de sí
alguna historia de fantasmas.
—No exactamente...,
bueno, no le haga caso. Usted sabe que sólo son supersticiones
y que, una vez que firme la escritura, podrá hacer lo que quiera
con ese terreno.
Cómo me
ha calado, el cabrito. Sabe que me tiene en el bote.
—Sí,
bueno..., aun así, no es un espacio muy cómodo para
trabajar, con superstición o sin ella. Demasiados árboles
para mi gusto.
—Lo comprendo,
señor Correa. Pero es normal que haya árboles en un
lugar como éste. Estamos hablando de uno de los pocos paraísos
naturales que se conservan casi intactos en nuestro país.
Demonios, tiene razón, y lo sabe. Y sabe que yo lo sé.
Alea iacta est,
pienso mientras contemplo a los obreros tomar posesión de la
casa. Hoy luce un sol magnífico; es un tiempo muy diferente
al del día en que vi la finca por primera vez, hace apenas
cinco semanas. Me aguardan unos meses llenos de trabajo intenso y
grandes proyectos, pero sigo pensando que vale la pena y que, cuando
la casa rural esté completamente acondicionada, con una publicidad
adecuada funcionará desde el principio. La gente amante de
la montaña se muere por veranear en sitios como éste.
Paseo en torno
a la casa, mientras oigo las voces de los obreros y el escándalo
que arman al desparramar sus herramientas por las habitaciones. Música
para mis oídos.
Mis pasos me llevan
hasta la cancela que conduce al terreno del bosque. Sigue cerrada,
como siempre. Ahora la llave que abre esa cerradura se halla en mi
poder, pero no tengo prisa por internarme ahí. Todavía
necesito tiempo para realizar los planos, obtener el equipo necesario
y hablar con las personas adecuadas. El bosque será lo último
que arregle en este lugar, pero terminaré haciéndolo.
Las fotografías aéreas han revelado que su extensión
es más pequeña de lo que parecía a simple vista,
por lo que necesitaremos echar abajo todos los árboles , incluso
en la zona del camping. Pero va a costar trabajo. Los árboles
se apiñan unos contra otros y la maleza apenas deja huecos
entre ellos, por no hablar del arroyo que cruza el bosque de parte
a parte. De todas formas, en otras partes del planeta están
despejando selvas enteras, por lo que no veo por qué mi pequeña
parcela de terreno boscoso tendría que dar problemas.
Echo un vistazo
al bosque a través de las rejas de la cancela. Nada se mueve,
pero de pronto tengo la extraña sensación de que alguien
me está observando, en silencio, receloso y a la vez expectante.
Sacudo la cabeza. Imaginaciones mías.
—Caramba, sí que ha cambiado esto desde la última
vez que vine —dice Alicia.
—Te has
dado prisa, ¿eh? —sonríe Alfredo.
—No había
mucho que hacer, en realidad —respondo, conduciéndoles
hasta el salón, donde ya arde un alegre fuego—. Ya visteis
que estaba bastante bien conservada.
Mis socios y yo
tomamos asiento en torno a la chimenea. Hace frío fuera, pero
nuestra nueva casa rural es cálida y acogedora, es espaciosa
y al mismo tiempo entrañable, es añeja y a la vez moderna.
Sé que he hecho un buen trabajo, y estoy orgulloso de ello.
—Casi que
podríamos inaugurarla ya, ¿no?
—No está
terminada todavía —me apresuro a responder.
—Ya lo sé,
pero pronto llegará la primavera, y si podemos aprovecharla
esta temporada...
—Nadie va
a necesitar la piscina todavía —añade Alfredo—.
Sé que es lo último que pensabas hacer, y que por eso
la parcela todavía sigue igual que cuando compramos la finca,
pero si nos esperamos a que termines la obra se nos va a echar el
verano encima.
Muevo la cabeza.
—Obras y
ruidos —les recuerdo—. No es una buena tarjeta de presentación.
La gente viene aquí a descansar: “Tiempo, calma y silencio”,
¿recordáis?
Es el lema de
nuestra empresa, y nos gusta que no sea simplemente un señuelo
publicitario. Alicia suspira. Alfredo parece preocupado. Es normal,
esta finca ha supuesto una inversión importante. Pero saben
que tengo razón.
No es éste
el único motivo por el cual no quiero inaugurar la casa todavía,
pero no les voy a dar más detalles. De momento, no pienso contárselo
a nadie.
La realidad es
que llevamos varios días intentando abrir un sendero en el
bosque, y no hay manera. Misteriosamente, la maleza vuelve a invadir
el terreno despejado al día siguiente. Los operarios se impacientan,
y en general todos nos sentimos como Sísifo, repitiendo la
misma tarea una y otra vez.
Y lo peor no es eso, sino el hecho de que hay gente asustada. Por
el amor de Dios, ¿cómo puede alguien asustarse de un
pedazo de bosque? Y, sin embargo, es cierto, aunque me cueste admitirlo:
ese lugar da mala espina.
Desde que trabajo
aquí he traspasado la cancela un par de veces. En ambas ocasiones
me costó mucho abrirme paso a través de la vegetación,
y tuve la sensación, totalmente irracional, de que alguien
me estaba vigilando. La segunda vez incluso me perdí. ¿Cómo
puede uno perderse en un terreno tan pequeño? Si no fuera porque
me parecía imposible, habría jurado que los árboles
habían cambiado de sitio para cerrarme el paso.
No puedo contarles
esto a mis socios, gente de ciudad que no tiene experiencia en trabajo
de campo, como es mi caso. Aparte de que sonaría estúpido.
—Si te das
prisa, puede que la piscina esté terminada para cuando empiece
la temporada —está diciendo Alicia—. Y con respecto
al picadero, no hace falta que esté en funcionamiento al principio,
pero sí convendría que las instalaciones estuviesen
finalizadas. Entonces podríamos inaugurar la casa el próximo
mes de abril. Perderíamos marzo, pero de todas formas...
La conozco lo
bastante como para saber que no es una sugerencia, sino una orden.
En fin. Esta tarde,
en el calor acogedor de la casa, sentado junto al fuego con Alfredo
y Alicia, todas mis dudas parecen banales. Lo bueno que tienen mis
socios es que siempre aportan una buena dosis de pragmatismo y realidad
a cualquier situación. Y fechas, citas y calendarios. Cuando
estoy en zonas de montaña, donde parece que el tiempo no existe,
me viene bien que me pongan plazos. Si no, se me pasarían los
días sin sentir y sin hacer nada productivo.
Parece decidido,
pues. Abriremos en abril, o como muy tarde, a primeros de mayo.
Me presento en
la casa tres días después, antes que nadie, y me planto
ante la cancela que separa el bosque de nuestra nueva casa rural.
Le dirijo una larga mirada desafiante. Por favor, si son sólo
un montón de árboles. ¿De qué tengo miedo?
Oigo entonces
un coche que se acerca por el camino. Mis trabajadores han llegado
ya.
En esta ocasión
he traído el doble de personal, todos equipados con motosierras.
Me quedo de pie, observando cómo trabajan, y cómo los
árboles van cayendo, uno tras otro. Siento dentro de mi alma
una especie de grito silencioso, un grito de dolor y de ira, y un
escalofrío recorre mi espalda. No sé qué me pasa.
Este lugar ejerce un extraño efecto en mí, me hace sentir
incómodo, como si fuera el blanco de una mirada acusadora que
se vuelve cada vez más y más hostil.
Regreso a la finca
para supervisar a los jardineros que están trabajando en el
patio delantero. Los conozco, han decorado para mí los jardines
de otras dos casas rurales.
Estamos eligiendo
el color de los rosales que van a plantar en la entrada cuando, de
pronto, un horrible grito resuena por toda la propiedad. Nos quedamos
de piedra un momento.
—Ha sido
en la parte de atrás —dice alguien, y corremos todos,
como un solo hombre, a ver qué está sucediendo.
Cruzamos la cancela
y nos abrimos paso a través del bosque, saltando por encima
de los troncos caídos, hasta el lugar donde siete de mis peones
han formado un corro en torno al octavo. Se oyen exclamaciones de
angustia y gritos de socorro. Cuando logro ver qué ha sucedido,
se me hiela la sangre en las venas.
El trabajador
yace en medio de un arbusto de ramas anormalmente finas y largas,
como alambres, que se han enredado en torno a sus miembros, aprisionándolo.
Una de ellas ha rodeado su cuello y lo ha estrangulado hasta matarlo.
Un accidente, no fue nada más que eso. Un extraño y
desafortunado accidente, pero un accidente, al fin y al cabo. Sin
embargo, ha sido lo bastante desagradable como para que me haya quedado
sin algunos de los miembros de mi equipo. He perdido un tiempo precioso
buscando más trabajadores, pero no pienso retrasarlo más.
Voy a acabar con ese maldito bosque de una vez por todas.
Hoy he puesto
a todos a trabajar en ello, incluyendo a los jardineros. También
yo colaboro. Los leñadores talan árboles, los demás
desbrozamos el terreno con hoces y rastrillos, o retiramos los troncos
caídos. Cuanto antes acabemos con esto, mejor.
Terminamos la
jornada sin un solo accidente, habiendo despejado un terreno considerable,
aunque hemos tenido que pelear a brazo partido contra la vegetación.
Obstinadamente, la breña se resistía a dejarse arrancar,
las sierras resbalaban sobre la madera húmeda, nuestros pies
se hundían en el barro, pese a que hace semanas que no llueve.
El bosque parece luchar por su supervivencia, o eso haría,
si tuviera inteligencia. Pero no la tiene, y nuestra victoria en la
batalla de hoy así lo demuestra.
Mientras regreso al pueblo, agotado, anoto mentalmente que he de invitar
a Gutiérrez a darse un baño cuando la piscina esté
terminada.
No es posible. No es posible. No es posible.
Los árboles
no han vuelto a crecer de un día para otro, pero sí
una densa capa de vegetación que habrá que desbrozar
nuevamente. Pero eso no es lo peor.
El bosque ha invadido
la finca, o al menos lo que podríamos considerar una especie
de avanzadilla. Inexplicablemente, la hiedra ha cubierto los muros
de la casa, han crecido plantas en los rincones, y la cocina, cuya
ventana quedó abierta la noche interior, se ha visto asaltada
por una planta trepadora que se ha extendido por buena parte del mobiliario.
Y todo esto en una sola noche.
Es de locos. Ya era extraño que el jardín, tan cuidadosamente
arreglado, se hubiera vuelto agreste de repente, con todos los macizos
de flores creciendo sin control. ¿Pero cómo pueden haber
crecido plantas en el interior de la casa?
Mi gente está
inquieta, pero yo procuro mostrarme sereno y los pongo a trabajar
a todos otra vez. Después de examinar la situación con
más calma, decido que dejaré la hiedra donde está,
porque le da un toque más rústico al edificio. Pero
el jardín hay que retocarlo, y desde luego, la casa no se puede
quedar así.
Paso el resto
del día arrancando las malas hierbas que han crecido en los
rincones de todas las habitaciones, Dios sabe cómo. Al atardecer,
el jardín está más o menos decente y los peones
han vuelto a desbrozar el terreno de bosque que habíamos despejado.
Algunos están furiosos, y deciden pasar la noche en la casa,
conmigo. Si es obra de algún gracioso, no va a volver a jugárnosla.
Encargamos unas
pizzas y unas cervezas y nos sentamos en torno a la televisión
para ver el partido. Mientras cenamos, no puedo evitar pensar en mi
casa rural, en que está habitable y casi lista para ser inaugurada,
y que lo único que lo impide es un bosque terco y rebelde.
Aprieto los dientes. Me siento estúpido, y decido que no pienso
rendirme ante un puñado de árboles.
Me centro en el partido y procuro desconectar de todo eso.
En el segundo
tiempo, justo cuando nuestro equipo está atacando y nosotros
los animamos a gritos, la pantalla de la televisión estalla
de pronto en pedazos, con un violento chisporroteo. Nos quedamos mudos
un instante, algunos nos hemos cubierto la cara por instinto. Cuando
volvemos a mirar, la voz muere en nuestras gargantas.
Lo que ha destrozado
la pantalla del televisor es una rama que la ha atravesado con violencia,
de parte a parte. Ha entrado por una ventana entreabierta, ha ensartado
el aparato y ahora oscila ante nosotros, como una siniestra advertencia.
—Sabía que vendría —dice Gutiérrez
con una media sonrisa.
No respondo, pero
mis dedos tamborilean sobre la mesa, impacientes, mientras mi anfitrión
pone la cafetera en el fuego.
—Le advertí
que esto pasaría si no la dejaba en paz —dice Gutiérrez,
sentándose frente a mí—. No quiso escucharme.
—Sólo
es un bosque —replico—. ¿Quién está
tan interesado en conservar un bosque? ¿Es una asociación
ecologista, o algo parecido? Porque si es así, lo que están
haciendo es algo completamente ilegal. No pueden boicotearme en mi
propia finca. Ese terreno es propiedad de mi empresa, y usted sabe
que tenemos permiso para construir ahí.
—No son
ecologistas. O, al menos, no el tipo de ecologistas que usted conoce.
—¿Entonces...?
Gutiérrez
me dirige una larga mirada.
—La criatura
que le boicotea, como usted dice, solamente está tratando de
defender su hogar. Usted también lo haría si alguien
se empeñara en echar abajo su casa.
—¿Criatura?
Disculpe, me he perdido.
Gutiérrez
suspira y pasea la mirada por la habitación, sin duda pensando
en cómo empezar.
—Hace siglos
—dice entonces—, el mundo era un lugar distinto, cubierto
de bosques, lleno de lugares recónditos jamás pisados
por un ser humano. Y había seres que vivían en ellos,
criaturas que se ocultaban de la mirada del hombre, para quienes las
selvas y los bosques eran su reino, sus dominios. El avance de la
civilización los ha ido diezmando rápidamente. A estas
alturas, probablemente quedarán muy pocos como ellos en el
mundo. El bosque de mi... perdón, de su finca, es el hogar,
el postrero refugio, de uno de sus últimos vástagos.
Mis antepasados pactaron con ella hace mucho tiempo. Pero verá,
con el paso de los siglos se ha ido volviendo más y más
recelosa y agresiva. No sé si es que su bosque se le queda
pequeño, o es que sabe, de alguna manera, que los humanos hemos
exterminado a su raza casi por completo. Mis hermanos y yo no nos
sentíamos a gusto con esa criatura habitando en la propiedad
familiar, aunque lo ha hecho durante generaciones, y por eso, a la
muerte de mi padre...
—... se
apresuraron a venderla. Pero aún no sé de qué
me está hablando, señor Gutiérrez. Si no he entendido
mal, hay alguien que habita en esa parcela de bosque, y esa mujer
lleva allí desde hace... ¿siglos?
—Yo no he
dicho que sea una mujer, señor Correa —replica Gutiérrez
con una cansada sonrisa.
Parpadeo, desconcertado.
—¿Y
entonces qué es? ¿Un animal?
—No sabría
decirle. La tradición habla de algunos seres cuya descripción
se aproxima a lo que habita en nuestra finca. Las leyendas del norte
hablan de las xanas, jóvenes sobrenaturales que viven en los
estanques, aunque la nuestra parece sentir preferencia por los árboles
y los terrenos frondosos. Puede que sea una ninfa, o una de las dríadas
de la mitología latina, o simplemente un hada como las que
describían los celtas. O puede que no sea nada de todo eso.
No conocemos tanto a los habitantes del bosque como para haber establecido
una clasificación detallada y fiable.
Me quedo mirándolo
fijamente. Supongo que me está tomando el pelo, pero, o finge
muy bien, o se cree de verdad lo que está diciendo, y no sé
qué es peor.
Intento aclarar
mis ideas.
—Pero, vamos
a ver... ¿usted la ha visto alguna vez?
Por el rostro
redondo de Gutiérrez se expande una beatífica sonrisa.
—Oh, sí,
la vi en una ocasión, cuando era niño. Se había
quedado adormecida entre las ramas de un árbol, al sol, y quizá
por eso la sorprendí. Tenía la piel del mismo color
de la corteza, y sus cabellos parecían ramas de árbol.
Era esbelta y ligera... más pequeña que una mujer humana.
Del tamaño de una niña, aunque estaba claro que era
una hembra... adulta, quiero decir.
>> No le hizo mucha gracia verme allí. Se dejó
caer al suelo y se esfumó... Y por alguna razón, al
volver a casa empezó a picarme todo el cuerpo. Me salieron
sarpullidos y no se me fueron en dos semanas. El médico dijo
que habría rozado alguna planta venenosa... y no lo dudo, ¿sabe?
Ella es muy vengativa. No soporta que violen su intimidad, y por esta
razón le convendría dejar su bosque en paz. Porque se
está conteniendo, no me cabe duda. Pero usted no la conoce.
No va a rendirse, porque ya no tiene nada que perder.
—No me irá
a decir usted que tengo que tener miedo de un hada, ¿verdad?
—concluyo, burlón.
—Usted verá.
Pero en las últimas décadas han desaparecido varias
personas allí dentro; entre ellas, mi tío, que en su
día tuvo intención de hacer con el bosque lo mismo que
usted pretende, y que un día se internó en él
y jamás volvió. Ni siquiera encontraron su cuerpo; y
cuando un miembro del equipo de búsqueda se esfumó también,
y otro murió en extrañas circunstancias, captamos la
indirecta y lo dejamos estar. Nadie de mi familia volvió a
cruzar esa cancela desde entonces, y le aconsejo a usted que haga
lo mismo.
Me levanto de
un salto. La cafetera empieza a pitar, pero no le presto atención.
Gutiérrez puede jurar que sólo me está advirtiendo,
pero a mí todo esto me suena a amenaza, y me da muy mala espina.
—Ya he oído
suficiente. No he venido aquí para escuchar cuentos de hadas,
señor Gutiérrez; y, en vistas de que no es capaz de
ofrecerme más información que un galimatías sin
sentido, voy a empezar a pensar que es usted el que está detrás
de todo esto. Ándese con ojo porque, como esto siga así,
me encargaré de avisar a la policía. Ha muerto una persona
en ese bosque; hasta hoy pensaba que era un accidente, pero me estoy
empezando a preguntar si no está usted tan loco como para haber
provocado algo semejante.
Es una acusación
grave, pero estoy enfadado. Salgo de la casa echando chispas, con
la sensación de haber estado perdiendo el tiempo. Por si acaso,
esta noche también dormiré en la casa rural.
Me quedo plantado en el patio, sin saber si reír, llorar o
gritar de ira. Al fin sólo consigo murmurar:
—Esto es
el colmo.
Me pregunto si
no me estoy volviendo tan loco como Gutiérrez, y me doy a mí
mismo el clásico pellizco para comprobar que no estoy soñando.
Ay, duele. Estoy despierto.
La hiedra que
había crecido de forma espontánea los días anteriores
y que le daba a la finca “un toque más rústico”,
se ha desarrollado tanto que ha cubierto toda la casa, hasta el punto
de ocultarla completamente. Es una imagen inquietante y aterradora,
pero que también produce en mí un intenso arrebato de
ira.
Corro hasta el
porche y trato de abrirme paso por entre las ramas, pero la vegetación
es tan tupida que no consigo encontrar la puerta. Sin dejar de repetir
“Esto es el colmo”, me dirijo hacia la parcela para coger
una de las motosierras que mis peones han dejado allí hasta
el día siguiente. Cargo con ella, pero antes de traspasar de
nuevo la parcela para regresar a la casa, me vuelvo al bosque y grito:
—¿Quieres
guerra? ¡Pues, seas quien seas, la tendrás!
Como suponía,
nadie me responde. Es entonces cuando me fijo en el bidón de
gasolina que mis chicos han dejado junto a las motosierras, y una
idea diabólica me pasa por la cabeza.
Menos de cinco
minutos después, estoy rociando con gasolina los árboles
de la parcela. Se acabó. Cuanto antes terminemos con esto,
mejor.
Cuando enciendo
el mechero para prender fuego a la maleza, una salvaje sensación
de triunfo se apodera de mí. Por muy terco que sea un bosque,
todos se inclinan ante las llamas.
Contemplo cómo
el fuego empieza a lamer la base de los árboles y no puedo
evitar que una sonrisa siniestra ilumine mi rostro.
—¿Qué
me dices a esto, eh? —le grito al bosque—. ¡Esta
casa es mía!, ¿me oyes? ¡El bosque es mío!
¡Mío!
Mientras las llamas
devoran la vegetación, me parece oír un extraño
grito de ira y desesperación, un grito cargado de sentimiento,
pero demasiado agudo como para ser humano. Me estremezco, y regreso
a casa. Consigo abrirme paso a través de la hiedra, con la
ayuda de la motosierra; encuentro la puerta y entro. Llego hasta la
cocina, me agencio un par de cervezas y vuelvo al coche. Lo aparco
en la parte de atrás de la casa y, aún sentado al volante,
disfruto del espectáculo.
Despierto al día siguiente, cuando los primeros rayos de sol
hieren mi rostro. Me cuesta un poco volver a la realidad pero, cuando
lo hago, descubro que sigo en el coche. Recuerdo de golpe todo lo
que sucedió la noche anterior, y me entra el pánico.
No sé en qué estaba pensando para prenderle fuego a
la parcela; si ha acabado con el bosque, estupendo, pero... ¿y
si se ha extendido a los terrenos adyacentes? Peor aún... ¿y
si el viento hubiese desviado las llamas hacia mi finca? ¿Cómo
se me ocurrió quedarme dormido aquí?
Salgo del vehículo
con tanto ímpetu que casi caigo de bruces al suelo. Miro a
mi alrededor y veo, con considerable alivio, que todo está
en orden. Las llamas no han traspasado la cancela. El coche sigue
en su sitio, aunque detecto que han crecido algunas plantas en torno
a las ruedas. No parecen muy peligrosas, sin embargo; intentan aferrarse
tímidamente a los bajos del coche, pero es como si les faltara
fuerza. No sé por qué, lo considero una buena señal.
Corro hacia la
verja y entro en la parcela con precaución.
El fuego parece
haberse extinguido solo durante la noche, pero ha arrasado una buena
parte de bosque. Satisfecho, recorro la superficie quemada, lo bastante
grande como para construir hasta tres piscinas de tamaño considerable.
Pero pronto, los
árboles me cierran el paso, y descubro que hay una parte del
bosque, más de la mitad, para ser exactos, con la que el fuego
no ha logrado acabar. El arroyo ha actuado de barrera y ha protegido
a los árboles, pero parece haber algo más. Los troncos
se han apretado unos contra otros, formando una impresionante muralla
vegetal. El bosque se ha replegado, volviéndose todavía
más impenetrable que antes. En esta zona, los árboles
son mucho más grandes y más altos. Detecto que las llamas
han llegado a tocarlos, pero se extinguieron antes de hacerles verdadero
daño.
Muevo la cabeza. Podría dejar esta parte del bosque como está;
ya he despejado un terreno lo bastante amplio como para construir
casi todo lo que habíamos planeado, aunque el picadero tendría
que ser bastante pequeño. Pero han pasado demasiadas cosas
extrañas últimamente, una persona ha muerto y ahora
mismo mi finca está invadida por una rara especie de hiedra
que crece sin control. No puedo dejar las cosas aquí, este
lugar –y lo que quiera que habite en él- es un peligro.
Palpo el bolsillo de mi pantalón en busca del móvil.
Estupendo, hay cobertura.
Hago un par de
llamadas; una, a Alicia, para decirle que lo de despejar la parcela
está resultando más trabajoso de lo que esperaba, y
que voy a necesitar más maquinaria. Cuesta un poco convencerla,
pero por fin dice que lo hablará con Alfredo. Eso quiere decir
que le parece bien, de modo que hago una segunda llamada y doy instrucciones
para que envíen un equipo de leñadores con cortadoras
y procesadoras. Me toca discutir un poco; nadie parece creer que sea
necesario enviar maquinaria pesada a una parcela tan pequeña,
pero insisto. Pagaré bien. A estas alturas, estoy dispuesto
a pagar lo que haga falta.
Cuelgo el teléfono,
sintiéndome profundamente satisfecho conmigo mismo. Doy media
vuelta para regresar a la casa cuando, de repente, oigo tras de mí
algo parecido a una risa. Me giro, nervioso, y miro a mi alrededor.
—¿Quién
está ahí?
Nadie responde.
Una brisa mueve las ramas de los árboles, que susurran a mi
alrededor. Me vuelvo hacia todos lados. Detrás de mí
se extiende el terreno devastado por las llamas, erizado de árboles
negros, restos de lo que ayer mismo era un espacio rebosante de vida.
Antes, este paisaje era para mí el símbolo de mi victoria.
Ahora, de pronto, los árboles muertos, devorados por las llamas,
se me antojan siniestros y amenazadores.
Y ante mí,
el bosque, un corazón verde que todavía late, guardián
de profundos misterios. Las ramas de los árboles vivos, sacudidas
por un viento inexistente, producen un sonido ensordecedor. Me miran,
me señalan, me acusan. Me tapo los oídos, y entonces
se oye de nuevo esa especie de risa. No sé de dónde
viene. No sé a quién pertenece. Si eso fuera posible,
casi diría que se trata de una voz formada por miles de voces,
las voces de los árboles, que se burlan de mí.
Tengo que salir de aquí. Doy media vuelta para marcharme, pero
oigo un siseo furioso a mis pies. Dirijo mi mirada al suelo, con precaución,
por si hay alguna serpiente. Y sí, veo algo que se alza entre
las cenizas y se mueve... como una serpiente.
Doy un paso atrás,
pero ese “algo” se lanza contra mi tobillo derecho a una
velocidad endiablada y se enrosca en torno a él. Doy un grito
de alarma y trato de liberarme, pero pierdo el equilibrio y caigo
al suelo, y de inmediato siento que me oprimen también el tobillo
izquierdo. Ahora que estoy más cerca veo que no se trata de
serpientes, sino de plantas, tal vez una variante de la misma hiedra
trepadora que ha ocultado mi casa, o lo que es peor, de aquellas extrañas
lianas que estrangularon a uno de mis hombres hasta matarlo.
Me debato, furioso,
e intento arrancarme las plantas de los tobillos, pero sólo
consigo herirme los dedos. Tiran y tiran de mí, y cuando me
quiero dar cuenta, me estoy hundiendo en la tierra. Tengo que salir
de aquí, tengo que salir de aquí como sea. Consigo ponerme
de pie a duras penas, pero no logro moverme; mis pies se hallan sólidamente
clavados en el suelo y cada vez están más hondo, y entonces
entiendo, con horror, lo que me está sucediendo. Me están
plantando.
Grito, aterrorizado,
pero nadie me escucha. Grito mientras mis pies echan raíces,
raíces que se hunden en la tierra buscando agua y alimento,
grito mientras mi piel se endurece y mis brazos se agarrotan, grito
cuando mis dedos se alargan y les salen hojas tiernas, verdes, jóvenes.
Grito al sentir que la infección vegetal llega hasta mi cabeza
y mi cerebro, y trato de escapar, desesperado, porque tengo miedo
de dejar de pensar, de dejar de ser yo. Pero la naturaleza es implacable
y el proceso continúa, sin piedad. Grito mientras todos mis
órganos, uno por uno, se van quedando rígidos, transformados
en madera de árbol en un proceso irreversible e infinitamente
doloroso. Ya no puedo respirar, siento que me asfixio... pero aún
puedo lanzar un último alarido de terror cuando mi corazón
deja de ser un corazón de carne y, por tanto, no se le puede
exigir que siga latiendo.Grito hasta que la corteza recubre mi boca
y la savia fluye por mis venas, y entonces ya no puedo gritar más,
porque los árboles no tienen voz.
Lo último
que oigo antes de que mis sentidos humanos desaparezcan del todo bajo
mi nueva piel vegetal es una risa femenina, dulce y seductora, pero
también incomparablemente despiadada y cruel.
Tiempo, calma y silencio.
La capa superficial
está árida y reseca, por lo que he de hundir mis raíces
en capas más profundas para encontrar sustento. No tengo que
ir muy lejos; este suelo es rico y fértil. Estaré estupendamente
aquí.
La brisa sacude
mis ramas y hace vibrar las hojas. Me uno al cántico de los
árboles, puesto que todos vibran al mismo son. La noche ha
sido larga y fresca, pero el sol comienza a calentar mi corteza, y
mis hojas se estremecen cuando la luz pone en marcha el mecanismo
de la vida y da comienzo la fase diurna de mi respiración vegetal.
De pronto, el
suelo empieza a temblar. Puede que sea un terremoto, pero a los árboles
no nos preocupan esas cosas. No importa cuánto tiemble el suelo,
nosotros seguiremos fírmemente agarrados a él, no como
esas criaturas móviles, tan precarias, tan inestables.
El temblor se
convierte en una especie de zumbido. Algo se estremece. Algo avanza
a través del bosque, no puedo verlo ni oírlo, pero lo
siento. Debe de ser un animal muy grande, para hacer temblar el suelo
de ese modo.
También
el aire vibra. Y es una vibración violenta, no sé de
qué clase, sólo sé que afecta hasta a la última
fibra de mi tronco. Supongo que esta es la forma en que los árboles
percibimos el ruido. Es ciertamente desagradable.
Algo pasa entonces,
algo que me alerta desde la punta de las raíces hasta las hojas
más altas. Estaba entrelazado con otro árbol, una encina;
mis raíces se habían topado con las suyas en el subsuelo
y se habían enredado. Y a través de ese contacto percibo
que su savia ya no circula. ¿Qué está pasando?
Siento miedo.
Hasta hoy no sabía que los árboles pudieran hacer tal
cosa, pero yo tengo miedo, estoy aterrorizado, porque algo se acerca,
algo viene a buscarme y yo no puedo escapar. Y ahora envidio a las
criaturas móviles a las que hace un rato despreciaba, porque
ellas pueden huir, pueden salir corriendo, y yo no puedo moverme de
aquí. De modo que estoy condenado a esperar y desear que, sea
lo que sea, no repare en mi existencia.
Solo un instante
antes de que llegue mi turno una parte de mí recuerda, de pronto,
una llamada telefónica, un equipo de leñadores equipados
con motosierras y con maquinaria pesada, que tenían que venir
a despejar una parcela forestal. Pero apenas tengo tiempo de pensar
en ello, porque algo frío y agudo se hunde en mi tronco segando
mis fibras, partiéndome en dos. Si tuviera boca, gritaría
de miedo y de dolor; su tuviera piernas, saldría corriendo.
Pero lo único que puedo hacer es sufrir esta agonía
en silencio, mientras destrozan mi corteza, y después mi carne
de árbol, y finalmente el corazón de mi tronco. Y se
hace eterna esta tortura, hasta que me separan por completo de mis
raíces, de la tierra, de la vida... para siempre.
© LAURA
GALLEGO GARCÍA
© LAURA GALLEGO
GARCÍA