Ficha de la obra

Título: Octavio y el hijo de la sombra.

Escrito: En 2003

Publicado: No.

Comentarios: Esta es la primera entrega de lo que iba a ser una nueva saga. Escribí el primer libro y lo envié a la editorial SM junto con la primera parte de Memorias de Idhún. Les gustó mucho más Idhún, de modo que ese fue el proyecto en el que me centré. Me tuvo ocupada durante los años siguientes, y cuando lo acabé tenía otras muchas historias en la cabeza. Así que este libro se quedó en un cajón porque, aunque la trama de este primer libro está cerrada, tiene un final abierto porque hay una historia general que debía desarrollarse en entregas posteriores. Otra curiosidad: con 21 años escribí una novela titulada Los hijos del sol negro, que era otra versión de la historia de Octavio, y que tampoco llegó a publicarse. Ahí sí que estaba toda la trama desarrollada, pero muy mal desarrollada, para ser sincera :D. Me gusta más el enfoque de Octavio y el hijo de la sombra, aunque no llegara a continuar la saga.

Capítulo 4: La chica de los ojos tristes

—Ya la he visto —dijo Dani, muy ufano—. Va a primero de bachiller.

—Estupendo —murmuró Octavio, sin levantar la vista del libro de sociales.

Dani le quitó el libro sin contemplaciones.

—Oye, ya está bien —le espetó—. Esto es un recreo, ¿sabes? R-E-C-R-E-O. Sirve para descansar entre las clases, no para estudiar más.

Octavio intentó recuperar su libro, sin éxito.

—Odio que me hagas eso —gruñó.

—Debería tirarte el libro a la basura. Y te lo tendrías bien merecido, por pringao. ¿Cómo es posible que te preocupen los exámenes? ¡Tío, despierta, eres un psíquico, tienes poderes mentales!

—Eso, dilo bien alto, que se entere todo el mundo.

—Últimamente estás más gruñón que de costumbre, ¿lo sabías? —observó Dani.

Octavio renunció a intentar recuperar su libro.

—Bah, es igual —se rindió—. Total, el profesor no va a venir hoy…

—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Dani con interés.

Octavio vaciló.

—No lo sé, es una idea que se me ha ocurrido de repente y… lo he visto tan claro como si hubiera pasado ya.

—¡Una premonición! —saltó Dani, más contento que unas pascuas—. ¡Tío, has tenido una premonición!

—Espera, aún o sabemos si… —empezó Octavio, pero Dani continuó:

—Para que luego digas que tus premoniciones no sirven para nada. ¡Pues mira, ésta sí ha servido de algo!

Y, ante la mirada horrorizada de Octavio, Dani se volvió hacia la papelera, apuntó, lanzó y encestó el libro de sociales de su amigo con admirable puntería.

—¿¡Pero qué haces!? —exclamó Octavio, poniéndose en pie de un salto para ir a recuperarlo.

Junto a la papelera se topó con Pat, que iba a tirar los restos de su bocadillo. Llevaba en la mano un minibrick de leche con chocolate. Octavio se detuvo y la observó cautelosamente. Pat le devolvió la mirada. Después se giró hacia la papelera y vio el libro de Octavio. Y sonrió.

—No —dijo Octavio, adivinando sus intenciones—. No.

Se lanzó hacia ella, pero Pat ya había alargado hacia la papelera la mano con el brick, y lo estrujaba con todas sus fuerzas. Octavio llegó demasiado tarde como para impedir que el chorro de chocolate resbalase sobre su cuidadísimo e inmaculado libro.

—¿¡Pero tú estás loca, o qué!? —le chilló, recuperando el libro de la papelera.

—A ver, niño, que no soy yo la que va tirando libros a la basura —replicó Pat; y, tras arrojar el brick a la papelera, se alejó con aires de reina.

—La odio —masculló Octavio.

—Tío, lo siento —farfulló Dani a su espalda.

Octavio no dijo nada. Echando humo, se dirigió a la entrada del edificio, mientras intentaba limpiar la cubierta del libro con un kleenex.

Sin embargo, su premonición resultó acertada, porque llegó la hora de sociales y el profesor no apareció. Los alumnos de 1º F llevaban ya diez minutos largos armando jaleo cuando llegó Antonio, su tutor.

—A ver, sentaos todos —dijo, con un tono de voz extraño.

Los niños captaron que se trataba de algo serio, porque ocuparon sus respectivos asientos y miraron a Antonio, inseguros.

—Vuestro profesor de sociales, Valentín, no va a venir hoy.

—¡Hurra! —soltó algún gracioso por detrás, pero los demás lo acribillaron con la mirada.

—No es motivo de alegría, Jiménez —dijo Antonio, muy serio—, porque Valentín no va a venir tampoco mañana, ni pasado, ni nunca más. Anoche falleció en un accidente de coche cuando volvía a casa…

Se le quebró la voz y no pudo seguir hablando. Sobrevino un pesado silencio en el aula, y Jiménez habría dado lo que fuera por volver atrás en el tiempo y poder mantener la boca cerrada.

Nadie comentó nada. Cuando llegó el profesor de guardia y anunció que tenían estudio, ninguno rechistó. Octavio sacó el libro de sociales y acarició la cubierta con churretones de chocolate. Valentín había sido un hombre serio y un poco gris, pero era buena persona. Octavio lamentó no haber podido conocerle mejor en el mes escaso que llevaban de curso.

A mitad de hora le llegó un papelito doblado. Lo abrió y reconoció la letra de Dani: “¿Lo sabías?”.

Octavio se volvió hacia él y negó con la cabeza. Dani alzó las cejas significativamente y Octavio entendió que quería comentarle algo.

A la salida le expuso otra de sus teorías:

—¿Te acuerdas de la chica de la conferencia, la del otro día? Estoy seguro de que conoce a alguien que es capaz de predecir la muerte de la gente. Si esa persona viene a nuestro instituto, seguro que ya sabía lo que le iba a pasar a Valentín.

—¿No estás sacando las cosas de quicio?

—Nada de eso; aquí hay algo raro, algo que huele a misterio sobrenatural, y voy a averiguar qué es. Y sólo hay una manera de hacerlo.

—Tú lo que quieres es tener una excusa para hablar con ella.

—¿Tanto se me nota?

—Dani, es  mayor que tú.

—¿Y qué? Es preciosa. Parece una princesa.

—A mí me recuerda a alguien, pero no sé a quién… anda, mira, ahí está.

—¿¡Dónde!? —casi gritó Dani, pegando un salto y mirando hacia todos lados.

Octavio lo agarró para que se estuviera quieto y lo obligó a mirar en la dirección correcta.

Efectivamente, allí estaba ella, de pie junto a la puerta, con la mochila a los pies y la carpeta entre las manos. Parecía muy nerviosa, y tenía los ojos rojos.

—Ha estado llorando —observó Dani, sobrecogido—- ¿Crees que será por lo de Valentín?

—A lo mejor eran amigos.

—O igual llora por algo que no tiene nada que ver. Voy a decirle algo.

—Quieto ahí. —Octavio lo retuvo por la chaqueta cuando ya se marchaba—. Vas a hacer el ridículo. ¿No ves que somos unos críos comparados con ella?

—¿Y qué? Yo soy muy alto para mi edad.

—No seas cabezota, Dani. Va a primero de bachiller, tendrá dieciséis años o por ahí.,.. ¡y además, seguro que tiene novio!

Dani le dirigió una mirada de reproche.

—Se supone que eres mi amigo; no deberías decirme esas cosas.

Octavio puso los ojos en blanco.

En aquel momento, la chica alzó la cabeza para mirar a alguien que entraba por la puerta. Destacaba entre la multitud de chicos y chicas que salían del instituto porque era mayor que ellos y un poco más alto. Tendría dieciocho o diecinueve años, era moreno y parecía muy reservado para su edad; además, llevaba un abrigo negro que lo hacía parecer aún más serio. Fue directamente hacia la chica y los dos se fundieron en un abrazo.

—¡Ah! —dijo Dani, herido en lo más hondo.

—Te lo dije —le recordó Octavio, sin piedad.

—¿Cómo lo sabías? ¿Otra premonición?

—No, hombre, simple sentido común.

—Ese tipo parece mayor que ella.

—Sí, tiene aspecto de ser universitario.

—Ah —repitió Dani, como si aquello acabara de hundirlo más todavía.

La pareja, sin embargo, no parecía muy feliz. Ella le estaba contando algo al recién llegado, y parecía a punto de llorar. Él la escuchaba, sombrío.

Antes de que Octavio pudiera detenerlo, Dani echó a andar hacia ellos, como si se dirigiese a la puerta del instituto. Alarmado, Octavio lo siguió. Pero lo único que hizo Dani es pasar junto a ellos, confundiéndose entre la gente.

A los oídos de ambos amigos llegó el fragmento de una conversación.

—…No tendría que habértelo dicho…

—¡Pero lo sabías! ¿Cómo lo sabías?

—No te pongas así; no ha sido culpa mía. Sabía que iba a pasar y ya está, ¿vale?

La chica se echó a llorar, y él la abrazó. Dani quiso pararse para seguir escuchando, pero Octavio tiró de él hasta la salida. Se detuvieron ya en la calle, a una distancia prudencial. Octavio se sentía incómodo y miraba hacia cualquier otra parte. No le parecía bien espiar un momento que, aunque tuviera lugar en plena puerta del instituto, era algo personal. Dani, en cambio, no se perdía detalle.

—Será bruto —masculló, apretando los puños—. ¿Has visto cómo la hace llorar? ¡Canalla! Ojalá yo fuera más alto y más fuerte. Se iba a enterar.

Octavio apenas lo estaba escuchando. Había detectado que, desde el otro extremo del patio, otra persona observaba fijamente a la pareja, con cara de pocos amigos.

Era Pat.

Se había quedado al borde de la cancha de baloncesto, con el balón entre las manos, sin hacer caso a sus compañeros, que le exigían que reanudase el partido. Y, cuando Octavio volvió a mirar a la chica de la puerta y a su compañero, descubrió que seguían abrazados, pero que él también tenía su mirada clavada en la de Pat, seria y… ¿desafiante?

Cuando los dos se separaron, y Octavio pudo verle de nuevo la cara a la chica, se fijó mejor en sus rasgos y lo comprendió. A pesar de los ojos llorosos y la nariz hinchada, se parecía extraordinariamente a…

—Dani, ya sé quién es —dijo de pronto—. Es la hermana de Pat.

—¿Qué? —su amigo se  volvió hacia él—. ¿De esa bruta? ¡Pero si no se parecen en nada!

—Claro que se parecen. Fíjate bien. Tienen los mismos ojos y la forma de la cara es parecida.

—Sí, bueno, pero…

—Y Pat tiene una hermana —prosiguió Octavio—. Lo dijo el Ogro el primer día de clase.

Vio entonces que Pat soltaba el balón, abandonando el partido, y se dirigía con paso seguro hacia la pareja, que seguía en la puerta. Llamó la atención de su hermana, no sin antes lanzar una mirada amenazadora a su compañero.

Contrariada, la chica se separó de su novio y se alejó unos pasos de él para hablar a solas con Pat. Dani y Octavio estaban demasiado lejos como para escuchar lo que decían, pero parecía claro que Pat no estaba muy contenta con la situación y trataba de convencer a su hermana de alguna cosa. La réplica de ella fue bastante cortante.

—Le ha dicho que se meta en sus asuntos —dijo Dani.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ha puesto la misma cara de fiera que pone mi hermana cuando me echa de su cuarto.

Octavio se fijó entonces en el novio de la chica. Aguardaba un poco más lejos, pero lanzaba miradas recelosas a Pat.

Finalmente, la hermana de Pat regresó con él, y los dos se fueron juntos. El brazo del joven rodeaba los hombros de la chica. Dani lo miró casi con odio cuando pasaron por su lado.

Y no era el único, observó Octavio. Pat se había quedado allí plantada, aún con los ojos fijos en la puerta por donde la pareja se había marchado, y su expresión no presagiaba nada bueno.

—No me gusta ese tipejo —declaró Dani, celoso.

—Pues me parece que nuestra querida Pat tampoco lo soporta.

Dani se volvió hacia él, muy serio.

—Pues, con gran dolor de mi corazón, tengo que decir que, por una vez y sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con ella. Está claro que ese fulano está amargándole la vida a su hermana.

—Pues a mí me ha parecido bastante enamorada.

—¿De ese tipo? ¡Vamos, por favor! Seguro que la tiene engatusada. No me ha parecido buen tío. Es demasiado…

—¿Sombrío? —lo ayudó Octavio—. ¿Patibulario?

—Jo, macho, no sé de dónde sacas esas palabrejas.

—De unos objetos llamados libros. Tienen hojas, ¿sabes?, y se pueden leer y todo.

—¡Oye!, a ver qué dices. Que yo leo mucho, ¿eh?

—Sí, ya lo sé: tebeos.

—Se llaman cómics, y también tienen hojas que se leen, listillo.

—En cualquier caso, y volviendo al asunto de la hermana de Pat… no creo que sea asunto nuestro.

—¡Pero, Octavio! —protestó Dani, escandalizado—. ¡Lo está pasando mal! ¡Tenemos que ayudarla! Bueno, vale que es la hermana de Pat, pero nadie es perfecto, ¿no?

—Dani, eso sería meternos donde no nos llaman y, además, ¿qué podemos hacer nosotros?

—¿Cómo que qué podemos hacer? ¿Cómo que qué podemos hacer? ¡Tú eres un psíquico y yo soy… eh… el amigo de un psíquico! ¡Ya se nos ocurrirá algo!

—Que no, Dani, que no es buena idea.

—Octaviooooooo… —suplicó Dani.

Octavio no dijo nada al principio, pero finalmente suspiró.

—Vale, intentaremos averiguar quién es ese chico que va con ella…

—¡Bien!

—…pero —prosiguió Octavio, impertérrito—, como ha sido idea tuya, tú te encargarás de la peor parte: interrogar a Pat.

Dani gimió como si le estuvieran arrancando las tripas.

 


 

Al día siguiente se reunieron de nuevo en el recreo, para conferenciar.

—Se llama Cristina Escudero, pero todos la llaman Cris —confirmó Octavio—. Va a 1º B de Bachiller y es la hermana mayor de Pat.

Dani emitió un sonido indefinido.

—Eso le quita muchos puntos —admitió—. ¿Te imaginas la pesadilla que sería tener a Pat de cuñada?

—Pero, Dani, ¿todavía te haces ilusiones?

—A ver, Octavio, la esperanza es lo último que se pierde. Si rescatamos a Cris del canalla de su novio, seguro que estará muy agradecida y a lo mejor se fija en mí…

—Sigue soñando —se rió Octavio—. Hablando del canalla, ¿has podido sonsacarle algo a Pat?

Dani le dirigió una mirada compungida.

—Todavía no le he dicho nada. Es que no sé cómo acercarme a ella. Me odia, ¿recuerdas?

—Nos odia —corrigió Octavio—. Igual que al novio de su hermana. Me parece que Pat odia a demasiada gente, y no creo que eso sea bueno para su salud.

—¿Y a quién le importa? —replicó Dani, encogiéndose de hombros—. A quien hay que rescatar es a Cris, no a ella. Por mí, como si la parte un rayo.

—Dani, no hay que rescatar a nadie. Me parece que…

—¿Ah, no? —cortó Dani—. Ata cabos, Octavio. ¿No recuerdas la conferencia del doctor Dos Santos? ¿Y lo que preguntó Cris?

—Sí, ¿y qué?

—Usa tu poder de deducción, amigo. Es como sumar dos y dos. Ella conoce a alguien que puede predecir la muerte de una persona. Y su novio es un tipo serio y patidifuso.

—Patibulario —corrigió Octavio—. Ya veo a dónde quieres ir a parar, pero eso no es lógica racional, es inventarte relaciones extrañas donde no las hay.

—¿Ah, no? Me apuesto lo que quieras a que ese tío tiene algún poder extraño. Y te diré algo más: ¿sabes por qué Cris estaba ayer tan alterada? Tú escuchaste lo que decían, igual que yo: estoy seguro de que hablaban de Valentín. Fijo que el novio de Cris le había dicho que el profe de sociales iba a morir el martes pasado. Y acertó.

 

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